sábado, 8 de marzo de 2014

ESPOSAS DEL DIABLO

En la Mitología griega, Zeus, considerado el padre de los dioses, a pesar de estar casado, no dudaba en seducir a los humanos que le resultaban atractivos (habitualmente mujeres, pero también jovencitos imberbes, como demuestra la historia de Ganímedes). A veces se mostraba tal cómo era, con resultados mortales para su amante, en el caso de Semele, o se metamorofoseaba en un cisne, de acuerdo a la experiencia de Leda; de un toro, como comprobó Europa, etc. El resto de los dioses y semidioses griegos hacía lo mismo. Para el cristianismo, esa generalizada promiscuidad sexual entre seres sobrenaturales y mortales, resultaba una situación incómoda para una religión monoteísta y fuera de toda duda, un modelo reprobable de conducta. Sentirse acosado o poseído por Dios, solo podía ser un privilegio al que pocos mortales estaban en condiciones de aspirar. Esos eran los santos, los elegidos, mientras que el común de la gente debía conformarse con practicar la virtud y esperar la recompensa en el otro mundo.
Cuando Bernini representa en mármol el éxtasis místico de santa Catalina de Siena, la actitud corporal de la monja es compleja, a la vez erótica y religiosa, pero no resulta obscena para la visión de quienes recorren el templo donde el grupo escultórico se encuentra. Las ropas desordenadas, los párpados bajos, la boca entreabierta, los muslos separados, refieren al arrobo espiritual y también a otra situación bastante más terrena que cualquier mujer experimenta en otros contextos. Para aquellos que no son creyentes, puede ser incómoda esta ambigüedad, en la que el sexo y la espiritualidad poco se diferencian.
En los textos dejados por los místicos cristianos, el paralelismo entre los dos órdenes no se esconde nunca. Santa Teresa de Ávila y otros santos hablan de Jesús como de un esposo amante y exigente, que invade el alma de aquellos que se le entregan y disfrutan de su presencia.
Veis aquí mi corazón, / yo le pongo en vuestra palma / mi cuerpo, mi vida, mi alma, / mis entrañas y afición / dulce Esposo y Redención / pues por vuestra me ofrecí: / ¿qué mandáis hacer de mí? (Teresa de Ávila: Vuestra soy, para Vos nací)
Si Dios puede ser vivido de esa manera tan carnal, ¿por qué extrañarse de que pase algo semejante con el Diablo? La presencia del Diablo era una experiencia cotidiana en el Medioevo. Desde el Medioevo, el Diablo fue representado como un gigante peludo, oscuro, con frecuencia negro (aunque también rojo o verde). Presentaba los rasgos combinados de un ser humano y algún animal (macho cabrío, serpiente, perro, oso, toro o murciélago). Su cuerpo despedía un fuerte olor a azufre o podredumbre, rasgos por los que san Atanasio afirmaba que era posible reconocerlo de lejos y huir de él mediante la señal de la cruz, el salpicado de agua bendita o la enunciación de la bien conocida locución latina; Vade retro, Satana! (¡Apártate, Satanás!). El Diablo era muy activo y peligroso en sus relaciones con los humanos, a quienes pretendía seducir, para apoderarse de sus almas por el resto de la eternidad. ¿Se encontraba el Diablo por todas partes, disputándole a Dios cada una de las criaturas que trajo al mundo? Textos medievales europeos como el Decretorum y el Policratus, criticaban la creencia popular de que las mujeres sin pareja cabalgaran por las noches, montadas en animales monstruosos, detrás de la diosa Diana, figura proveniente del mundo pagano, por lo tanto inaceptable para la verdadera fe que había llegado con el cristianismo. Diana y su cohorte eran espejismos inducidos por el Diablo. Los predicadores alertaban desde hacía siglos en toda Europa sobre los riesgos de apartarse del culto cristiano. Los funcionarios públicos perseguían a los disidentes, utilizando la delación, la cárcel, la tortura y la muerte, como probaron los albigenses, bogomilos y otros sectarios.
¿Cómo podía suceder que la figura del Diablo, tan repugnante en las representaciones visuales y el discurso del Poder que lo denostaba, fuera sin embargo irresistible para quienes se habían convertido en sus víctimas y (de acuerdo a lo que se contaba de ellos) no dudaran en besarle el trasero en señal de respeto? Someterse a él costaba la vida eterna. ¿Bajo qué circunstancias las mujeres, porque ellas eran las seguidoras más frecuentes, llegaban a sentirse atraídas por una fealdad imposible de ignorar?
El motivo de que los demonios se conviertan en íncubos o súcubos no es con vistas al placer, (…) sino con la intención de que por medio del vicio de la lujuria puedan provocar un doble daño contra los hombres, es decir, en el cuerpo y el alma, de modo que los hombres puedan entregarse más a todos los vicios. (Heinrich Kramer y Jacob Sprenger: Malleus Maleficarum)
La astucia y los poderes del Diablo eran tales, que en caso de necesidad asumía las apariencias más adecuadas para seducir a sus víctimas. Mujeres bellísimas embrujaban a los hombres desprevenidos, con el objeto de hacerlos caer en el pecado. Atractivos hombres jóvenes tentaban a las mujeres que olvidaban las recomendaciones de sus padres. El sexo era la trampa ideal para perder a las almas débiles. ¿Cómo llegaba a suceder que tanta gente se dejara confundir? Los ángeles de Dios eran espíritus incorpóreos, formados por energía pura. También los demonios se manifestaban de ese modo. Con el tiempo se fue afirmando la imagen de seres malignos tan densos que podían ser confundidos con las criaturas del mundo real o que se apoderaban de cadáveres frescos, para animarlos a su antojo. La tortura utilizada por la Inquisición para exterminar a cualquier mujer sospechada de poner en peligro el dominio masculino, permitió reunir una detallada descripción de los procedimientos que habrían utilizado los demonios para relacionarse íntimamente con los seres humanos.
En ciertos casos, los demonios se presentaban como íncubos, seres de aspecto indudablemente masculino, cuya seducción las mujeres no eran capaces de resistir, no solo por la indeclinable voluntad de corromper todo lo que encuentra que anima al Diablo, como por la debilidad que la tradición machista atribuía al común de las mujeres. Si un hombre que quiere apoderarse de una mujer, no toma en cuenta que pueda hallar resistencia, ¿por qué habría de resultar más difícil para el Diablo? El pintor Johann Heinrich Füssli representó varias veces, desde fines del siglo XVIII hasta comienzos del XIX, a los íncubos que oprimen a sus víctimas femeninas, imitando la postura tradicional del coito “a la misionera”.
¿Por qué el hombre tiene en su naturaleza esta horrible facultad de gozar con mayor intensidad cuando tiene conciencia de dañar a la criatura de la cual goza! (Gabrielle D´Annunzio: El Inocente)
Los demonios podían enamorarse de mujeres solteras o casadas por igual (incluso llegar a seducir a monjas dedicadas a una vida de plegaria y contemplación). Esas criaturas del mal podían ser tan apasionadas y persistentes en su relación, como los amantes humanos. A pesar de lo anterior, la frialdad persistente de los genitales hubiera debido alertar a sus parejas humanas. Estas historias aparecen hacia el final de la Edad Media, para explicar la contumacia de las brujas que no podían alegar ignorancia. En otros casos, al parecer bastante menos frecuentes, los demonios adoptaban la modalidad de súcubos de aspecto femenino que distraían y atormentaban a los castos anacoretas, como fue el caso de los santos Antonio, Hilarión, Sereno o Jerónimo, que los percibían bajo el aspecto de mujeres desnudas que se les ofrecían con gestos y palabras obscenas.
Amparados por ese disfraz carnal, esas criaturas malignas robaban durante el coito el semen de sus amantes masculinos. Librarse del sexo mediante una castración sobrenatural, como se afirma que le sucedió al monje Equitius, en respuesta a sus plegarias a Dios, para que dejaran de perseguirlo los súcubos, hubiera debido considerarse una bendición. El súcubo femenino ofrecía a los hombres que lo aceptaban como pareja, la ventaja de un apasionamiento difícil de hallar en las mujeres humanas. Puesto que el sexo era malo, cualquier placer sexual que un hombre encontrara, debía resultar sospechoso de provenir del Diablo. Gracias a la decisión de hipotecar su vida eterna, un hombre se aseguraba el disfrute del sexo que de otro modo moriría sin conocer. En el Malleus Maleficarum, texto de consulta de los Inquisidores sobre la caza de brujas que asoló a Europa durante los siglos XV a XVIII, se cuentan historias horribles de hombres que caen en relaciones carnales con demonios invisibles. El atractivo de estos demonios podía ser tal que enamoraban a sus parejas humanas o los convertían en sus clientes adictos, cuando actuaban como prostitutas de burdeles.
La fecundación asistida es una técnica que hoy concierne a la ciencia y en el Medioevo se atribuía al Diablo. Librado a sus propios recursos, alguien tan poderoso no lograba superar la esterilidad a la que había sido condenado. Asociándose a los humanos, en cambio... podía llegar a reproducirse, un proyecto temible que debía detenerse antes de que fuera demasiado tarde. Al copular con los hombres, los súcubos de aspecto femenino cumplían con una tarea odiosa pero necesaria: apoderarse del preciado semen que debía permitirles reproducirse a continuación, utilizando el útero de mujeres que habían sido seducidas por su apariencia masculina. Lo más probable, sin embargo, era que esta descendencia consistiera en monstruos que por su deformidad no costaba identificar. Las relaciones entre humanos y demonios, particularmente en el caso de estos con mujeres, son relaciones placenteras cargadas de erotismo ya que, tanto los demonios como las mujeres, acuden para obtener placer; y en particular éstas, para liberarse de ciertas represiones sexuales dominantes en sus vidas cotidianas. (Vladimir Acosta: La humanidad prodigiosa, El imaginario antropológico medieval)

viernes, 7 de marzo de 2014

SIRENAS TENTADORAS, HEMBRAS FATALES

Mujer, mujer divina, / Tienes el veneno que fascina. / En tu mirar / Mujer alabastrina, / Tienes vibración de sonatina / Pasional. (Agustín Lara: Mujer)
No es raro que muchos hombres (no todos) sueñen con mujeres fuertes, conscientes de sus poderes, difíciles de controlar, tanto que las consideran fatales, porque ellas les permitirían disfrutar una excitación que no encuentran en las relaciones con mujeres sumisas. Los versos del bolero dan cuenta de ese personaje fascinante por el riesgo que las acompaña. Hay mujeres temibles, mejor sería no encontrarlas nunca, porque después de que eso ocurre, no es posible para un hombre sobrevivir a su maldad. ¿Dónde reside la peligrosidad de una mujer? Es difícil encontrar algo que no pueda ser temido por un hombre. ¿Qué puede haber de malo, por ejemplo, en que una mujer cante? Si lo hace bien, su voz deleitará a los hombres que la oigan y fantaseen sobre la intimidad que podrían disfrutar con ella. En la mitología griega, sin embargo, las sirenas atraen con sus cantos seductores a los navegantes, con el objeto de hacerlos naufragar en los roqueríos y devorarlos a continuación.
Encantan a los mortales que se acercan. ¡Pero es bien loco el que se detiene a escuchar sus cantos! Nunca volverá a ver a su mujer ni a sus hijos, pues con sus voces de lirio las sirenas lo encantan, mientras que la ribera vecina está llena de osamentas blanqueadas y de restos humanos de carnes corrompidas. (Homero: La Odisea)
En las orillas del Rin, la virgen Lorelei cumplía la misma función de tentadoras y destructivas. Entre los eslavos, las rusalkas eran figuras femeninas seductoras, instaladas en roqueríos (las sirenas y Lorelei) o entre las ramas de los árboles de un bosque (las rusalkas) que solo esperan a no van en busca de sus víctimas masculinas. Aguardan pacientes, como las arañas en su red, que las víctimas penetren el territorio que ellas controlan, para someterlos a sus planes, que son darles muerte. Las Wilas de la mitología polaca son mujeres que pecaron de frivolidad mientras vivieron y no descansan después de muertas. Controlan tormentas y se metamorfosean en cisnes, caballos, serpientes o lobos. Ellas conservan de las sirenas las voces encantadoras y el comportamiento cruel respecto de los hombres infieles. Para los eslavos, esas figuras fantasmales salen a la medianoche, de los cursos de agua donde viven, después de haber muerto ahogadas. Son hermosas y sabias. A veces se las representa cepillándose la larga cabellera, a comienzos del verano. Cantan y bailan para atraer a sus víctimas, los hombres más atractivos, y ahogarlos a continuación (si se prefiere, para llevarlos al más allá). En algunas versiones, basta con oírlas reír para morir.
No se puede armar una pareja estable con sirenas, porque destruyen a los hombres que atrapan. A pesar de la crueldad de sus intenciones, respetan limitaciones que la sociedad tradicional impone a las mujeres: viven para complacer a los hombres (inicialmente, antes de destruirlos). También hay sirenas seductoras en el mundo islámico, pero no llegan a ser temibles para los hombres (una situación que resultaría ofensiva para ellos) sino complacientes y excitantes, en el mejor estilo de las conejitas Playboy:
Dos maravillosas criaturas de largos cabellos ondulados como las olas, de cara de luna y de senos admirables y redondos y duros cual guijarros marinos; pero desde el ombligo carecían de las suntuosidades carnales que generalmente son patrimonio de las hijas de los hombres, y las sustituían con un cuerpo de pez que se movía a derecha y a izquierda, de la propia manera que las mujeres, cuando que a su paso llaman la atención. Tenían la voz muy dulce (…) pero no comprendían ni hablaban ninguno de los idiomas conocidos y contentábanse con responder únicamente con la sonrisa de sus ojos. (Anónimo: 1001 Noches).
El ingenio que de acuerdo a la opinión de los hombres caracteriza a su propio género, les permite burlar la trampa mortal que plantea el asedio de las mujeres. Orfeo logra derrotar a las sirenas cuando su canto se superpone y finalmente tapa el de ellas, evitando que los marineros del Argos encallen. Irritadas por el fracaso de su maldad, en algunas versiones del mito las sirenas se ahogan voluntariamente (cuesta creerlas tan torpes) y en otras se convierten en piedra. Ulises vuelve a derrotarlas en la Odisea, cuando tapa los oídos de su tripulación con cera y se reserva para sí el privilegio de oírlas y sobrevivir, porque ha pedido que lo aten al mástil de la nave. Esta es una imagen formidable: el héroe se expone a las circunstancias que destruyen a otros hombres menos astutos, pero antes se pone a resguardo de cualquier riesgo. En la mitología de Bretaña, la malvada Ahez, hija del rey Grallon, entrega las llaves de ciudad de Ys al demonio (que se le aparece como el milagroso San Corentin). El castigo no tarda en llegar. Ys es hundida en el mar y Ahez es convertida en sirena. Las historias recopiladas por Elsie Masson en Folk Tales of Britain, la describen como una mujer hermosa y cruel. Ella seduce a los hombres atractivos, les entrega máscaras que los vuelven invisibles, y les impiden abandonar a la princesa, porque el artefacto los estrangulan. Un asistente negro se apodera entonces de los cuerpos de las víctimas y los arroja al mar, donde sus almas continúan penando. En Popular Legends of Brittany, recopilación de historias tradicionales efectuada por la madre de Oscar Wilde, un joven comprometido en matrimonio oye hablar de una Bruja que vive en el fondo de un lago. Sube a un bote en forma de cisne que lo hunde en las aguas. Allí encuentra a una mujer bellísima, habitante de un palacio construido con perlas y caracolas, con una escalera de cristal. Ella está recostada en un sofá dorado, vestida de seda verde y le propone compartir sus riquezas casándose con ella. Los pescados que fríen para el banquete, se convierten en hombres al ser tocados por el joven. La Bruja es la responsable del encanto. Al tratar de huir, la Bruja lo convierte en una rana y le impide huir. La intervención providencial de la novia que se disfraza de hombre y se aventura en ese mundo que ha sido fatal para el hombre, otorga un final feliz a la historia. Contra la maldad de una mujer de otro mundo, que degrada a los varones mediante sus encantos, solo cabe esperar la ayuda de otra mujer, terrenal, que acepta someterse a quien la toma por esposa.
Entre las innumerables trampas que el astuto enemigo [el Diablo] ha tendido por todos los senderos y campos del mundo, la mujer es la más grande y de la que casi nadie puede escapar. Estas, triste cabeza, malévola estirpe, linaje corrupto, engendra muchos escándalos por todo el mundo, provoca disputas, riñas y crueles sediciones, lleva a la guerra a viejos amigos, separa afectos y enemista a padres e hijos; (…) también destrona a reyes y tetrarcas, crea discordias entre pueblos, sacude ciudadelas, destruye ciudades, multiplica las matanzas, prepara filtros mortales y enloquecida siembra incendios por poblados y campos; en fin, ninguna forma del mal hay en el mundo en la que la mujer no tome parte. Es un sexo envidioso, liviano, irascible, avaro, desmedido en la bebida y de vientre voraz; disfruta con la venganza, anhela siempre vencer sin miedo a crimen o engaño alguno con tal de poder vencer; por medios lícitos e ilícitos desea obtener lo que quiere y nada que sea placentero le parece ilegítimo. Cambia de cara resplandeciente, pero esconce sórdidos secretos; es un sexo mentiroso y procaz y no se halla libre del delito del hurto; (Marbodo de Rennes: Liber decem capitulorum)
En la historia contada por Paracelso, Ondina es un espíritu de las aguas, inmortal y dotado de gran belleza, que aspira a tener un alma, gracias al matrimonio con un hombre, que debería darle un hijo. La Sirenita de Hans Christian Andersen y un siglo más tarde Ondine, la pieza teatral de Jean Giraudoux, le dieron forma literaria al mito del desencuentro de una pareja cuyos integrantes pertenecen a mundos distintos. Ondina se casa con Sir Lawrence, que promete serle fiel hasta que la muerte los separe, pero al parir a su hijo, la ninfa comienza a envejecer y el marido deja de sentirse atraído por ella. Cuando lo descubre durmiendo con otra mujer, Ondina lo maldice, condenándolo a morir apenas caiga dormido de nuevo y regresa al agua de donde salió, con lo que completa su trayectoria de mujer fatal, a pesar de ser presentada previamente como víctima del hombre al que destruye. En la mitología de los mapuches del sur de Chile, los Sumpall, criaturas encargadas de la salvaguarda de fuentes de agua, atraen a seres humanos, por igual machos y hembras a los que seducen desde el fondo de las corrientes de agua, con sus voces incomparables. En ocasiones, se vengan de aquellos que dañan las fuentes de agua potable. Sus víctimas pueden volver a la superficie, con regalos de peces y mariscos para las familias que dejaron. Otras veces, las mujeres solas que pasean junto a los ríos, pueden ser fecundadas por los sumpall machos. La Pincoya y el Pincoy, son sirénidos de la mitología del archipiélago de Chiloé, en el sur de Chile. Se observa a la Pincoya en noches de luna llena, sentada en las piedras, peinando su cabellera rubia. Cuando sigue una embarcación, es porque se ha enamorado de algún marinero, a quien lejos de matarlo, como sus parientas europeas, le otorga una pesca abundante.

CAZA DE BRUJAS

Las mujeres a quienes la sociedad suele negar derechos que los hombres disfrutan por el solo haber nacido con determinados genitales, aquellas que a lo largo de la Historia fueron compradas, vendidas y abusadas, pueden rebelarse un día contra quienes han sido sus amos y explotadores. Quizás demoren la rebelión por temor a las represalias que les harían perder las pocas ventajas que disfrutan después de una larga lucha, pero de todos modos alimentan fantasías de venganza, tales como aliarse con el Enemigo más temido, el Diablo capaz de hacer pasar un mal rato a los hombres, tanto en este mundo como en el otro. De vez en cuando, la prensa del siglo XXI trae noticias alarmantes de sectas que realizan ceremonias donde se sacrifican animales (o un niño recién nacido, como ocurrió en Quillaguay, Chile, en los últimos meses de 2012). La audiencia masiva se espanta, pero los implicados en estas actividades son vistos como gente desequilibrada, que no controla su consumo de drogas y necesita atención siquiátrica. En el mundo contemporáneo cuesta atribuir situaciones de ese tipo al Diablo, a pesar de que figuras tan respetadas como el Papa Juan Pablo II se encargó de recordar su existencia en el mundo contemporáneo. Lo habría exorcizado siguiendo el rito de Urbano VIII en el Vaticano, durante 1982, cuando le presentaron durante una audiencia a una mujer poseída por el Maligno.
Entregarse al Diablo no resultaba inverosímil en el Medioevo, cuando los seguidores y también los perseguidores del Diablo se encontraban en todas partes y tenían garantizado el respaldo de las instituciones.
Aquí está el mundo invisible, atrapado, definido y calculado. En estos libros está el Diablo desnudado de todos sus torpes disfraces. Aquí están todos los espíritus que les son familiares; sus íncubos y súcubos; las brujas que viajan por tierra, por aire y por mar: los hechiceros de la noche y del día. No teman. Lo encontraremos si es que se ha mezclado entre nosotros, y me propongo destrozarlo por completo en cuanto muestre la cara. (Arthur Miller: Las brujas de Salem)
Miller escribe su pieza teatral a mediados del siglo XX, en los EEUU, cuando se encuentra en curso una caza de brujas conducida por Eugene McCarthy, un político ambicioso, que no tiene al Diablo como centro, sino al comunismo, entendido como la suprema amenaza al modo de vida norteamericano. Algo parecido ocurría en el ámbito del adversario de entonces, la URSS, como quedaba demostrado por los juicios de Stalin a partir de los años `30, contra los enemigos internos y seguidores del capitalismo. La intolerancia, demuestra la obra, cambia de rostro de acuerdo a los temores de cada época, pero sigue operando igual. Hay que atrapar al disidente o no importa a quien, con el objeto de asegurar el Poder de unos pocos funcionarios sobre la comunidad.
En la Europa salida del Medioevo, que no terminaba de aceptar las ideas de la modernidad, la posibilidad que le ofrecía a las mujeres de entablar un pacto con el Diablo, con alguien dotado de enormes poderes, que permitiera superar las humillaciones y restricciones de aquellas personas que se sabían condenados a perder todas las batallas que emprendieran, porque eran las más desprotegidas, era una alternativa seductora, aunque se supiera de antemano que tenía un precio altísimo en este mundo (la hoguera) y en el otro (la pérdida del alma). Por un lado existía la promesa de que el Diablo entregara todo aquello que sus interlocutores humano solicitaran, por inaccesible que pareciera, mientras que por el otro se aceptaba ir al Infierno después de la muerte. El Diablo es uno de los asociados que más ventajas podían traerle a una mujer, de acuerdo al punto de vista de los hombres que veían amenazado su dominio milenario sobre el sexo opuesto. Una mujer desagradable a la vista o tan solo independiente, no protegida por algún hombre, no tardaba en ser denunciada como bruja. Si en la actualidad ese calificativo no pasa de ser un insulto que se toma en broma y sin embargo revela un claro resentimiento masculino hacia el otro género (se advierte en los chistes que los hombres casados hacen de sus esposas) en el pasado era tomado en serio y ponía en grave peligro su vida.
El hombre caza y lucha. La mujer intriga y sueña, es la madre de la fantasía, de los dioses. Posee la segunda visión, las alas que le permiten volar hacia el infinito del deseo y de la imaginación. (Jules Michelet: La Hechicera)
Cuando las mujeres establecían alianzas con el Diablo, era para recuperar el poder del que fueron despojadas por los hombres muchos siglos antes, pero incluso con el apoyo de alguien tan temido por los mortales, su situación tendía a ser de sometimiento similar a la que sufrían en su relación con los hombres. El Diablo al que reconocían como amo, no las trataba mejor que sus padres, maridos o jefes, a pesar de haberles prometido disfrutes que excedían los límites humanos. Inquisidores bien documentados y dotados de una convicción sin fallas, se dedicaron durante tres siglos a la tarea de probar la culpabilidad de las brujas y la necesidad de someterlas a la Ordalía o Juicio de Dios. Se armaba una hoguera y se daba por sentado que las acusadas que fueran inocentes, no sufrirían quemaduras. O se sumergía al acusado en el agua durante largo rato, confiando que el inocente respiraría sin problemas. Por lo contrario, las culpables irían al Infierno achicharradas o ahogadas. Cuando se procedía de ese modo, lejos de cometer una injusticia, lejos de incurrir en actos crueles, se confirmaba una verdad sobre la cual hubiera sido imprudente plantear ninguna duda.
Aquí estamos, señores [se refiere a los miembros de la Santa Inquisición], para dar inicio al proceso. Aquellos que invocan los derechos del hombre, acaban por negar los derechos de la Fe y los derechos de Dios, olvidando que aquellos que traen la verdad tienen el deber sagrado de acercarla a todos, eliminando a quienes pretenden subvertirla, pues quien tiene el derecho de mandar, tiene también el derecho de castigar. ¿Debemos dejar que continúe propagando herejías, perturbando el orden público y sembrando los gérmenes de la anarquía, minando los fundamentos de la civilización que construimos, la civilización cristiana? (Dias Gomez: O Santo Inquérito)
Que las mujeres sean temibles, tanto por lo que hacen concretamente, como por lo que imaginan hacer o lo que podrían imaginar que es posible hacer, es un tema fuera de discusión. Las brujas existían a pesar de los herejes que pretendían entenderlas como gente con problemas mentales, que hubieran debido ser auxiliados, antes que torturados. Para la mayoría, era el deber de todo buen cristiano descubrirlas, denunciarlas y reprimirlas, aunque no hubiera demasiadas pruebas de sus atrocidades. Durante los aquelarres o sabbats, reuniones de brujas que se realizan en montañas y bosques, donde se parodia la ceremonia cristiana de la Misa, todo convoca la presencia de un ser maligno y sobrenatural. En el curso de las celebraciones nocturnas, las mujeres disfrutaban de satisfacciones impías que les estaban negadas en su vida cotidiana. Tal como sucedía con las bacantes de la Antigüedad, las brujas se embriagaban, volaban, sacrificaban niños que todavía no habían sido bautizados, con el objeto de beber su sangre y copular con el Diablo. De acuerdo a los textos de san Agustín a santo Tomás de Aquino, las parejas infames establecidas por seres humanos (mujeres, sobre todo) y demonios eran vistas como una ignominia que desafiaba los planes de Dios y debían ser combatidas. El oficio del cazador de brujas era atractivo, si alguien era capaz de acallar su conciencia cuando le tocaba ejercerlo. Aseguraba poder e invulnerabilidad a quien asumiera la tarea. Permitía apoderarse de los bienes de los acusados, ganarse fama de justo, exponerse a que se desvivieran por sobornarlo con dinero y en especies, cobrarse viejas deudas, satisfacer rencores, obtener la sumisión de la comunidad. Por eso no es raro que reaparezca en época de incertidumbre, cuando la gente asustada necesita conocer al menos dónde se manifiesta el Enemigo.

jueves, 6 de marzo de 2014

DESCONTROL DE LAS BACANTES

John Collier: Sacerdotisa de Baco
¿Qué quieres que haga? ¿No sabes que si pretendes llevarle la contraria a una bacante sumida en el furor báquico, de loca la volverás aún más loca y te golpeará más veces? En cambio, si le sigues la corriente, te verás libres de ella tras apenas recibir un solo golpe. (Plauto: Amphitrion)
Tal vez el hombre y la mujer se enfrenten hoy por la posesión del control remoto del televisor, durante la preparación del almuerzo o el sitio donde él abandona la ropa usada, pero situaciones como esas no llegan a mayores, porque las responsabilidades de la vida cotidiana suelen estar compartidas. Los mismos derechos y obligaciones, es el lema de una prolongada lucha de las mujeres que no termina de imponerse. La noción tradicional del ama de casa, que sugiere el dominio no disputado sobre el espacio doméstico por la mujer que lo ocupa, en detrimento de los reclamos masculinos, viene de muy lejos y escamotea una Historia de conflictos nada triviales.
Las mujeres de la Grecia antigua pudieron hallarse reducidas a las estrecheces del gineceo, espacio alejado de los acontecimientos de la calle y las miradas masculinas, pero no debe olvidarse que allí precisamente, ellas se encontraban libres de la vigilancia de los hombres (padres, esposos, hijos crecidos). En el encierro podían desarrollar sus iniciativas domésticas junto a las otras mujeres de la casa y los niños pequeños. Entre esas cuatro paredes, al margen de la polis (la ciudad) y las responsabilidades de la vida política, que habían sido reservadas a los hombres, las mujeres se encontraban libres para encarar actividades consideradas propias de su género.
Para ahorrarles problemas, no se les ofrecían demasiadas alternativas. De haberse atrevido a organizarse en defensa de los intereses comunes, como plantea Lysistrata, la farsa de Aristófanes, otra habría sido su suerte. En la ficción, las atenienses cansadas de la interminable guerra con Esparta, que mantiene a los hombres ocupados lejos del hogar, hacen una huelga única: se niegan a recibirlos en sus lechos, con los que consiguen desmoralizarlos y acordar la paz con el enemigo. Aristófanes divertía a su audiencia, conocedores del escaso aliento de una rebeldía femenina.
Las restricciones del vestuario, el adorno personal y la conversación, se combinaban para que cada una supiera qué se esperaba de ella. Una mujer decente no se maquillaba ni perfumaba; usaba los cabellos cortos (no fuera que presumiera de peinados complejos y atractivos irresistible, como las prostitutas). Vestía ropas simples y sueltas, que ocultaban las líneas de su cuerpo. No abrumaba al hombre que la mantenía con su palabra ingeniosa.
Fuera de las visitas a templos y casas de parientes, nada justificaba que anduviera por la calle, donde tenía que ser acompañada por sirvientes o los hombres de la familia. Las festividades en honor del dios Baco (Dioniso para los griegos) llegaban todos los años para compensar por ese enclaustramiento femenino decretado por los hombres. En la tragedia de Eurípides, el conflicto surge porque el Rey Cadmo se niega a reconocer el carácter divino de Dioniso, que decide arruinar la ciudad de Tebas en castigo. Para ello, utiliza a las mujeres, que todo el mundo considera inofensivas o controladas.
DIONISO: Las he aguijoneado fuera de sus casas a golpes de delirio y habitan el monte en pleno desvarío. Las obligué a llevar el hábito de mis misterios, y a toda la estirpe femenina de los Cadmeos, a todas las mujeres, las saqué enloquecidas de sus hogares. Arremolinadas (,,,) bajo los verdes abetos, se echan sobre las peñas a cielo abierto. (Eurípides: Las Bacantes)
En su rebeldía contra el rol que se les asignaba en la antigua Grecia, las Bacantes ebrias eran capaces de matar a los hijos y hermanos que tanto habían cuidado mientras se mantenían sobrias. También podían destrozar los telares donde se manifestaban algunas de sus habilidades más apreciadas. Mientras duraba la intoxicación báquica, ellas permanecían ignorantes de sus crímenes, aunque no discutían la autoridad patriarcal (y más bien trataban de obtener su aprobación).
AGAVE: ¡Padre, bien puedes ufanarte de que engendraste unas hijas superiores a todos los humanos! (…) Tras abandonar en el telar mi rueca, he llegado a más noble empeño; cazar fieras con mis manos; y traigo en mis manos, como ves, estos trofeos de mi captura, para que en tu palacio se expongan colgados. Tú, padre, acéptalos en tus manos. Orgullosos por las presas de mi cacería, invita a los amigos a una fiesta. Pues eres dichoso, dichoso por lo que nosotras hemos realizado. (Eurípides: Las Bacantes)
Cuando las Bacantes despertaban de su intoxicación, recibían el castigo por sus crímenes. Los hombres habían recibido mientras tanto la advertencia de no cruzárseles en el camino, cada que ellas se entregaran a prácticas orgiásticas privadas y limitadas a unos pocos días por año. Locura breve, represión eficiente: los griegos conseguían equilibrar las tensiones que conducen al desorden, con una libertad limitada en el tiempo y un acuerdo colectivo, que dejaba a lo sucedido fuera de cualquier discusión.
Culto del delirio y la locura, locura divina que es arrebatamiento, posesión del dios. (…) A través de la experiencia del éxtasis y del entusiasmo, este orden se descubre como una simple ilusión, sin valor religioso. (Jean Pierre Vernant: Mito y sabiduría en la Grecia antigua)
El culto báquico se realizaba durante el invierno, con el objeto de solicitar de los dioses la fertilidad de la tierra. En Grecia el culto era mantenido en secreto, a pesar de lo cual no desapareció. Luego fue adoptado con las mismas precauciones por los romanos. Cuando las bacanales adquirieron notoriedad en el 186 antes de nuestra era, bajo la República, fueron objeto de burla en las comedias de Plauto, que las describía como simples juergas, que en lugar de celebrarse tres días por año, habían pasado a ser tan frecuentes que ocurrían cinco veces por mes, gozaban de asistencia multitudinarias y eran convocadas en un sitio tan expuesto como el pie del monte Aventino. Gracias a un Edicto de ese año, se inició una persecución religiosa que castigó a los participantes de los cultos dionisíacos (unas siete mil personas, hombres y mujeres por igual) bajo el argumento de que se trataba de un culto extranjero y conspiraban contra la seguridad del Estado.
Las mujeres desempeñaban un papel muy importante en estos cultos, lo que encaja bien con lo que se sabe de la situación de la mujer en estos años, en que habían vivido alejadas de sus esposos, que se encontraban en la guerra [Púnica] y en que se les había prohibido (…) el uso de joyas de más de una onza de oro, el vestir trajes de varios colores y la utilización en la ciudad de carros tirados por bueyes, por todo lo cual se encontraban terriblemente frustradas. (José María Blázquez Martínez: El Edicto sobre las bacanales del año 186 antes de Jesucristo).
Despedida de soltera
Durante las bacanales, se borraban las diferencias sociales y se facilitaban la comunicación de las mujeres de las familias tradicionales romanas con las marginadas de la sociedad. ¡Bienvenidos el vino, la música, la danza y la actividad sexual, que liberaban de su rutina a las mujeres y dejaba sin embargo intacta la sumisión a los hombres durante el resto del año! Los hombres precavidos no se les acercaban.
Baby shower
Lo más parecido a una celebración dionisíaca en la actualidad, son los baby showers, donde una mujer a punto de parir se reúne con sus amigas para recibir regalos, tomar el té y consumir dulces, y las despedidas de soltera, en las que se ha vuelto de rigor el consumo alcohólico por las mujeres y la presencia de strippers masculinos que se subordinan a ellas para excitarlas y anunciar las delicias de la vida en pareja. Esos dos momentos de libertad de género, quedan marcados sin embargo por el regreso al orden. El parto que anuncia el baby shower confirma las ataduras femeninas al hogar, mientras la simulación de libertinaje durante la despedida de soltera, da paso al compromiso de fidelidad a un solo hombre que se establece durante la ceremonia nupcial.

PODER DE LAS EMINENCIAS GRISES

El refrán afirma que detrás de cada gran hombre suele haber una gran mujer. ¿Será que el gran hombre la eclipsa? ¿Tal vez le impide mostrarse? ¿Acaso él ha logrado la preeminencia que disfruta gracias a ella? En cualquier caso, no es una idea cómoda para la mentalidad paternalista. Un gran hombre no tendría que deberle mucho a ninguna mujer, fuera de su madre, porque de no ser así cambiaría el valor que le atribuyen buena parte de sus congéneres. Un hombre célebre demanda el asesoramiento de otros hombres, a quienes designa como sus iguales o subordinados, sin perder el respeto de quienes lo observan, pero si convoca a una mujer para que le permita superar sus deficiencias, alentará la sospecha de que ha renunciado a prerrogativas fundamentales. Tanto del Presidente Bill Clinton como de Barak Obama se cuenta la misma anécdota inventada: durante una gira en la que uno u otro son acompañados por sus esposas, se detienen en un local modesto (estación de servicio o restaurante) y el propietario saluda afectuosamente a la mujer. El marido le pregunta a ella si se conocían, y obtiene la respuesta: fueron novios en su adolescencia. El Presidente reflexiona que de haberse casado con ese comerciante, ella viviría en ese lugar. La Primera Dama lo saca de su error: de haberse casado con el otro, ella viviría en la Casa Blanca. Se da por sentado que los hombres que luchan por el poder y lo obtienen, suelen tener otros hombres que actúan como sus consultores y los ayudan a alcanzar esa posición. Los personajes inteligentes y calculadores, que permanecen en segundo plano, por lo que pueden moverse con bastante libertad, son llamados eminencias grises y representan el verdadero poder detrás del poder. Aspasia de Mileto, de quien sus enemigos afirmaron que se ganaba la vida regenteando un burdel, fue amante de Pericles, conductor de la etapa más creativa de la democracia ateniense. De acuerdo a Plutarco, ella habría aconsejado emprender la Guerra de Samos, que costó la vida de tantos ciudadanos. Responsabilidad similar se le atribuyó por la Guerra del Peloponeso. Aspasia acumuló tantos enemigos, que la llevaron ante los tribunales, bajo la acusación de impiedad y haber corrompido a mujeres con el objeto de entregarlas a Pericles. En la mitología griega, la reina Ónfale consigue esclavizar nada menos que al semidios Heracles (Hércules). Recordando ese modelo humillante, la prolongada relación de Aspasia y Pericles fue vista por los contemporáneos como el sometimiento imperdonable de un hombre que había sido designado como conductor de la comunidad, a una mujer admirada por su elocuencia, deseada por sus destrezas sexuales, pero socialmente inferior, con la que el hombre no podía casarse, como había manifestado que deseaba, por tratarse de una extranjera. Incluso amparada por el más temido, una mujer de la Antigüedad debía permanecer al margen de la escena pública. La reina Leonor de Aquitania era una mujer independiente, en una el siglo XII, cuando tal situación resultaba inadmisible para su género. Eso la llevaba a ser infiel a su primer marido, a polemizar con el Papa, a impulsar a sus tres hijos a rebelarse contra su segundo esposo. Cuando su hijo Ricardo, llamado Corazón de León se enroló en la Tercera Cruzada, Leonor se convirtió en Regente de sus dominios y controló la vida de sus otros hijos y nietos. A pesar de la prolongada influencia que ejerció, tarde o temprano debía ceder el poder a los hombres con los que estaba emparentada. Hoy se ha vuelto posible que una mujer acceda a las altas responsabilidades sin recurrir a engaños, por sus propios méritos, aunque de todos modos haya quien sospeche de maniobras poco limpias y desconfíe de que merezca tal situación.
Al negarles la fuerza, la Naturaleza les ha dado como patrimonio la astucia para proteger su debilidad, y de ahí su falacia habitual y invencible tendencia al embuste. (…) La naturaleza no ha dado a la mujer más que el disimulo para defenderse y protegerse. Esta facultad suple a la fuerza que el hombre toma del vigor de sus miembros y de su razón, El disimulo es innato en la mujer. (Schopenhauer)
Séneca llegó a ser consejero de cuatro emperadores romanos, hacia el comienzo de nuestra era. Maquiavelo fue consultor de la poderosa familia Medici, que dominaba las finanzas de Florencia. Enrique VIII de Inglaterra contó con el apoyo de Tomas Moro y Cromwell, que no se entendían demasiado entre ellos. Napoleón consultaba a Talleyrand y Fouché, dos hombres que a pesar de ser enemigos, lo secundaron en la toma de decisiones. Hitler disponía de interlocutores como Goebbels y Goering. Henry Kissinger estableció la política exterior de los presidentes norteamericanos Nixon y Ford. ¿Fueron ellos menos respetados o temidos, porque recurrieran al asesoramiento de otros hombres? No. La posibilidad de que estas eminencias grises sean mujeres, no se da con la misma frecuencia. Las mujeres pueden ser vistas como compañía ornamental, como madres de familia, como tentaciones peligrosas, pero de allí a solicitar su opinión. Cuando se sospecha que la mujer influye, como se daba por sentado en la relación del Rey Carol II de Rumania con su amante, Magda Lupescu, la imagen del hombre se devalúa. El escritor Leon Tolstoi no sentía en sus últimos años de vida que le debiera nada a Sofía Andreievna, su esposa de toda la vida, que lo había secundado en la escritura de sus grandes novelas, pasando en limpio los manuscritos. Tan molesto se encontraba con ella, opuesta a que dilapidara los bienes de la familia, que la abandonó para salirse con la suya cuando advirtió que estaba por morir.
Una mujer nunca dirá que su marido “no ha alcanzado el éxito por ayudarme a mí”. Sería como disminuirle. Pero, si quieres ser una alta ejecutiva, precisas un sistema de apoyo. (Rosabeth Moss Kanter: Men and women of the corporation)
Una mujer que llega al poder por decisión de un marido a punto de morir, como fue el caso de la Presidente argentina María Estela Martínez de Perón, no tarda en quedar en evidencia como el instrumento de José López Rega, un desequilibrado que la convierte en portavoz y ejecutora de sus delirios. Por absurda que parezca la historia, ¿no sufrieron los Romanov y su corte imperial, en la Rusia zarista de comienzos del siglo XX, la misma seducción de un curandero y místico llamado Rasputin? Cuesta creer el poder que se le atribuye a las eminencias grises. ¿Son efectivamente tan hábiles en su manejo de la gente? ¿La fragilidad de sus víctimas las revela como propensas a que el primer desequilibrado las seduzca?
La inmensa mayoría de la gente es tan femenina en lo concerniente a su naturaleza y opiniones, que su pensamiento y acción se hallan gobernados por sensaciones y sentimientos, más que por consideraciones razonables. (Adolf Hitler)
Calificar como una figura protagónica de la política, supone condiciones inhabituales, sin importar el género. Incluye habilidades de comunicación y análisis de los hechos que no cualquiera dispone. Tampoco es fácil controlarlas. Margaret Thatcher difícilmente hubiera podido desarrollar su carrera política en los años `80, que la condujo a ser Primera Ministra del Reino Unido durante once años, sin el apoyo de Denis, su marido, que permaneció todo el tiempo ajeno a los tejemanejes políticos, silencioso y en segundo plano. En la actualidad, Joachim Sauer, el marido de Angela Merkel, es un profesor universitario que no comparte los intereses de su esposa y casi nunca la acompaña en los actos oficiales, continúa ocupándose de algo tan distante de la política como la Física teórica. La pareja había convivido ocho años, cuando decidieron casarse, probablemente ante el ascenso a la notoriedad de la mujer.
Mi marido no entiende lo que hacemos en la Cancillería. (Angela Merkel)
Para muchos hombres, es una lamentable coincidencia, que las mujeres, después de haber sido derrotadas y puestas en su lugar hace miles de año por el sistema patriarcal, regresen calladamente para disputar el poder monopolizado por sus vencedores. La imagen de Lady Macbeth que Shakespeare elaboró, ofrece una imagen horrible de aquellas hembras que empujan a sus parejas hacia el poder, obligándolos a cometer crímenes que no tardan en arruinarlos a ambos.
El peor ultraje para un hombre, ser gobernado por una mujer; es afrenta y menoscabo a su honor varonil. (Demócrito)
Para la cultura popular, que suele desvirtuar las evidencias, para favorecer la mejor digestión de las ideas dominantes, las mujeres han mandado siempre desde las sombras, entre las sábanas, allí donde no corren demasiado riesgo de perder, ni de lastimar la autoestima masculina. Desde que se tiene memoria, esa estrategia adoptarían al menos las más hábiles y prudentes, que aprendieron a eclipsarse y no responsabilizarse del daño que pueden causar las decisiones de los hombres. Durante el siglo XX, esas precauciones se fueron perdiendo, a medida que se alzaban las restricciones sobre la incorporación femenina a la escena pública.
En la actualidad [2013], según informaba la revista Business Week, de las 18 mujeres que son altas ejecutivas en las mayores empresas de los EEUU, siete de ellas tienen a su marido en casa. Por ejemplo, la presidente de Pepsi, Indra Nooyi, se hace cargo de la compañía. Su marido, Raj Kishan, cambió su trabajo a tiempo completo para convertirse en consultor y ocuparse de sus dos hijas. (Piergiorgio M. Sandra: “Hombres detrás de una gran mujer”)
Mantener a su esposa en segundo plano, era y es un proyecto viable para cualquier hombre que no desea ser opacado. Si eso no le basta, puede desecharla cuando deje de serle útil, para reemplazarla por otra más adecuada para su imagen personal, sin que estas decisiones le acarreen demasiadas críticas de la comunidad. Lamentable es la situación de un marido que al poner límites a su pareja, se encuentra un día marginado por ella. María Kalogeropoúlou, soprano regordeta que había construido una carrera junto a Giovanni Meneghini, su maduro y adinerado esposo, convertido en su representante artístico. Ella no dudó en librarse de su estorbo una década más tarde y cambiar su nombre por Maria Callas. Su nueva pareja, Aristóteles Onassis, no podía ser opacado, porque tenía figuración propia en el mundo de los negocios y no aceptaba roles secundarios. Al atarse a él, Callas debía subordinarse, puesto que dejaba de cantar y ni siquiera llegaba a convertirse en su esposa. Independizarse de un hombre para someterse a otro, era un error que llevó a Callas a la muerte.
¿Por qué una mujer que trabaja diez años para cambiar a un hombre, después se queja de que él ya no es el mismo con el que se casó? (Barbra Streisand)
Aunque las mujeres dispongan hoy de un espacio insospechado en la sociedad, cuando se la compara con la situación de sus congéneres de hace un siglo, no constituyen un verdadero peligro para el dominio masculino. La canción caribeña define la estrategia de los hombres que por comodidad o astucia, dejan que las mujeres controlen un terreno (casi siempre doméstico) en el que con toda seguridad van a cosechar decepciones, pero que les dará la ilusión de haber ganado terreno.
María Cristina me quiere gobernar / y yo le sigo, le sigo la corriente / porque no quiero que diga la gente / que me María Cristina me quiere gobernar. / Que vamos pa´ la playa, allá voy / que móntate en el carro y me monto / que bájate del carro y me bajo / que súbete en el puente y me subo / que tírate en el agua. ¿En el agua? / No, no, no, María Cristina que no, que no / María Cristina me quiere gobernar. (Benito Antonio Fernández Ortiz: María Cristina me quiere gobernar)
Se trata de un repliegue táctico de los hombres. Se las deja avanzar, en la confianza de que más temprano que tarde se distraerán, y entonces… Ellas creen haber vencido una guerra milenaria, pero todos los días llegarán evidencias de que tal cosa no pasó de ser una evaluación poco objetiva.

MUJERES CASTRADORAS

El peso de la mujer en el imaginario masculino es ratificado todos los días por la publicidad audiovisual de productos de consumo, la prensa sensacionalista y las páginas eróticas de Internet. La mujer vende todo tipo de productos. La mujer excita a quienes la observan y ponen a volar su imaginación. Tanto disfrute sin obstáculos, tiene sin embargo un precio, que puede ser altísimo: la pérdida de la virilidad. La imagen de una mujer indefensa, tentadora, disponible para el primero que decida abordarla, se encuentra ligada con frecuencia a la imagen de la mujer castradora, que despoja al hombre de sus atributos.
Desde la Antigüedad, la amenaza de una vagina dentada puebla el imaginario de distintas culturas. Ese lugar tan deseado, capaz de despertar tantas fantasías masculinas, permanece desconocido, sea por el pudor, sea por el desinterés de quienes podrían estudiarlo. Al mismo tiempo atrae y asusta a quien pretenda tomarlo por asalto. En algunas historias esos dientes impiden el acceso masculino, hasta que el héroe del mito los quiebra para perpetrar el coito. En otras historias, esos dientes emasculan a quien ha logrado penetrar.
En los mitos toba-pilagá de América del sur, mujeres con vaginas dentadas descienden del cielo, se apoderan de la caza de los hombres y la devoran a la vez por la boca y el bajo vientre. Carancho, héroe de los matacos del Chaco, quiebra los dientes de las mujeres con una piedra y permite que los hombres y mujeres puedan aparearse.
En los mitos huicholes de México, el Sol ordena a Kauymáli (o Káuyumaric) implantar dientes en las vaginas, para evitar que la Humanidad prolifere. El héroe civilizador olvida la prohibición que él mismo ha impuesto y queda castrado (aunque no por mucho tiempo, dada su condición sobrenatural: el pene vuelve a crecerle, al punto de capacitarlo para mantener relaciones sexuales desde muy lejos, con las mujeres dormidas).

La historia bíblica de Judith es ejemplar. No es una prostituta, que se entrega a un hombre poderoso que oprime a su pueblo, sino una heroína de los hebreos. Primero seduce a Holofernes y a continuación lo degüella, durante el sopor de su noche de bodas. Holofernes, General de los ejércitos enemigos que han invadido Israel, es inaccesible para sus enemigos del sexo masculino. En cambio, bajo la guardia ante una mujer. Judith no es una Mantis Religiosa, insecto que decapita al macho que se le acercó para fecundarla, ni una Viuda Negra, la araña que también mata al macho, después de conseguir su semen. Ella arriesga su vida y mancilla su virtud, con el objeto de salvar a su pueblo.
Haga lo que haga, no ejecuta sus actos reprobables en provecho propio. Cuando seduce a quien ha designado como su víctima, no conviene entender eso como la búsqueda de una pareja entre aquellos que invadieron su patria y negaron su Dios. La tentación que la mujer ofrece, tiene como objetivo facilitar la destrucción del hombre que seduce. No hay una segunda oportunidad para Holofernes. De no ser asesinado en la noche de bodas, Judith saldría perdiendo.
De la reina Semíramis, que habría vivido en Asiria dos mil años antes de nuestra era, se cuenta que durante su reinado, que se prolongó durante cuatro décadas, liquidaba a sus amantes de una única noche, haciéndolos castrar en la mañana, para que ningún hombre pudiera atreverse a despojarla del poder.
Salomé no decapita con sus propias manos a Juan el Bautista, ni ordena a un verdugo que lo haga, pero a instancias de su madre baila para excitar a Herodes, su padrastro, que ha prometido recompensarla por su strip tease. Ella ha confesado antes que desea el amor del hombre santo, pero él la rechaza. Despechada, Salomé se dedica a perderlo.
HERODES (riendo): ¿Qué quieres tener en una bandeja de plata, oh dulce y hermosa Salomé, tú, que eres más hermosa que todas las doncellas de Judea? ¿Qué quieres que te traigan en una bandeja de plata? Dímelo. Cualquier cosa que sea, te la darán. Mis tesoros te pertenecen. ¿Qué es, Salomé? SALOMÉ (levantándose): La cabeza de Jokanaán. (…) HERODES: No, no, Salomé. No me pidas eso. (…) Pídeme la mitad de mi reino y te la daré. (Oscar Wilde: Salomé)
Tanta maldad seduce a los artistas que intentan dar una imagen repulsiva de la mujer. Oscar Wilde hace que Salomé bese los labios de la víctima que acaban de decapitar. El Aubrey Beardsley dibuja una mujer tempranamente arruinada, que se entrega a la crueldad como si fuera un vicio que deja la muerte donde pasa y termina destruyéndola a ella también. Wilde inventa un desenlace que se aparta de la tradición bíblica: asqueado por la perversidad de su hijastra, que hasta poco antes lo excitaba, Herodes ordena matarla. No es mala estrategia presentar mujeres tan horribles, puesto de que de ese modo se justifica la decisión de evitar cualquier trato con ellas, que dejan de ser tentadoras, para volverse mortíferas.
 Esa imagen puede ser tan atractiva para los hombres que temen a las mujeres con quienes se encuentran relacionados, como lo es para las mujeres resentidas con los hombres, que aspiran a controlarlos tanto como ellos suelen controlarlas.
La pequeña Lorena Gallo, inmigrante ecuatoriana establecida en los EEUU y casada con un ex marine norteamericano llamado John Wayne Bobbit, había sido objeto de reiteradas infidelidades y golpizas del marido. Otra en su lugar hubiera exigido un divorcio que le permitiera esquilmar al infiel. Lorena, en cambio, decidió en 1993 castrar a su marido en represalia por las humillaciones que había sufrido. Una noche, después de haber sido violada, aprovechó que él dormía y le seccionó el pene. A continuación subió a su auto, se alejó de la casa y arrojó el órgano en un parque. El suceso fue difundida por la prensa, Lorena fue considerada inocente por un Jurado en el que prevalecían las mujeres, y la pareja recorrió en forma conjunta y por separado los talk shows de la televisión.
 Eugenia Sánchez, una campesina de las Islas Canarias, sufrió durante años el acoso de un cuñado. Su marido, en lugar de defenderla, le advirtió que ya era bastante grande para saber qué hacer en esos casos. Cuando el cuñado comenzó a perseguir a las tres hijas menores de edad, Eugenia esperó a tenerlo cerca y lo castró con un cuchillo de cocina. Aunque la condenaron a seis años de cárcel, el indulto le permitió quedar libre a la semana de haber sido encerrada.
Casi veinte años más tarde, Julia Muñoz castra en el Perú a su conviviente que le ha sido infiel. En estas historias suele repetirse el esquema de Judith: una mujer débil y abusada, aprovecha el sueño o la excitación del hombre para mutilarlo, en la confianza de eso revertirá para siempre su indefensión. Gracias a la cirugía, la castración es revertida en los dos primeros casos, pero la situación es recordada muchos años después.
La expresión “mujer castradora” ha entrado en el lenguaje cotidiano, para aludir de manera metafórica a madres sobreprotectoras o esposas atentas. Si es infrecuente que las mujeres concreten de manera tan radical sus deseos criminales respecto del hombre, que las expone a ser sancionadas por la Justicia y marcadas como figuras temibles por la sociedad, la castración masculina es una aspiración que las mujeres dominantes ejercen en forma simbólica sobre sus parejas.
Ellas organizan sus actividades cotidianas (para obligarlos a rendir más, en su rol de machos proveedores), los mantienen informados (o desinformados), también se permiten regañarlos en privado y en público (para que todos adviertan quién de los dos tiene el poder), los libran de todo aquello que consideran interferencias (o vías de escape de una relación malsana), filtran sus contactos con el resto del mundo, mientras se proclaman al servicio de sus parejas.
Tarde o temprano, esos hombres engañan a sus mujeres, las despojan de su capital o ejecutan venganzas todavía más crueles. El conflicto puede no desembocar en una castración, pero sí en una ruptura irreversible y cruel de la pareja.

MUJERES CAZADORAS

Las amazonas eran nómades, originarias de las llanuras del Cáucaso, que habían demostrado ser expertas en el arte de la equitación. Ellas se desplazaban a gran velocidad por las llanuras de Asia y Europa, luchaban de igual a igual con los ejércitos masculinos de otros pueblos. Se establecieron finalmente en las islas de Lesbos y Samotracia. De ellas se tuvo hasta no hace mucho la convicción de que eran criaturas mitológicas, imposibles de conectar con la realidad, en el mismo plano que los centauros, los unicornios y las sirenas. No dejaron edificios o textos, pero sí su fama, distorsionada por la memoria de sus adversarios. Ellas habrían utilizado a los hombres como simples reproductores y sirvientes, sin someterse en matrimonio a ninguno. Se encargaban de las tareas que en la Antigüedad se consideraban reservadas para los hombres: gobernaban, exploraban su inmenso territorio, producían armas, luchaban con ellas demostrando un valor no inferior al masculino. Cuando nacían hijos, producto de las relaciones que mantenían con sus prisioneros, las niñas eran educadas para la guerra y los niños cegados o muertos. De acuerdo a las representaciones plásticas, las amazonas se mutilaban el seno derecho, para que les fuera más fácil manejar el arco y la jabalina. ¿Cómo podía ser que las mujeres se organizaran como gobernantes y guerreras? Las amazonas debían ser criaturas fabulosas, como las sirenas y los centauros. Los griegos consideraban a las mujeres como simples reproductoras de la especie (a diferencia de la conversación culta y placer sexual de las bellas y bien remuneradas hetairas) no les concedían demasiados atractivos, ni el derecho a ser oídas por los hombres. Cuando las mujeres llegaban a ser catalogadas como decentes, no debían tomar iniciativas. Para no resultar intelectualmente inferiores a los hombres, debían prostituirse. No es que se les diera a elegir, sin embargo. La adopción de un rol u otro le correspondía a los hombres. Por eso las amazonas fueron descritas como criaturas tan feroces como improbables. Ellas gobernaban su nación. Ellas conducían los ejércitos. Ellas sometían a los hombres al rol de meros reproductores. De allí que seleccionaran como sus parejas a los prisioneros de guerra más fuertes y atractivos. Ellas los mantenían en esclavitud o los castraban, una vez que cumplían con la función que se les asignaba.
Las amazonas reflejaban, mediante una inversión de los roles atribuidos a los géneros, las mismas desigualdades que habían sido consagradas por la sociedad griega de la época. Como todo lo que sabemos de ellas se encuentra filtrado por el discurso de quienes fueron sus vencedores, la imagen puede no corresponderse con la verdad.
PENTESILEA: Nuestro pueblo, reunido en consejo, decidió que las mujeres (…) eran libres como el viento en campo abierto. Se fundaría un Estado emancipado, un Estado de mujeres, donde jamás volviera a imponerse, ambiciosa, la voz de ningún hombre; un Estado digno de hacer sus propias leyes, y obedecerse a sí mismo y protegerse. (Heinrich von Kleist: Pentesilea)
En las culturas patriarcales, los hombres suelen ser presentados de manera muy favorable, como arriesgados cazadores que desconocen el miedo cuando se trata de alimentar a sus familias. Ellos demuestran a cada rato ser capaces de tomar rápidas decisiones, de las cuales depende la supervivencia de aquellos a los que mantiene bajo su protección. Con frecuencia abusan del poder que se les ha otorgado, y las mujeres suelen ser las primeras en advertirlo, pero eso no altera la asignación tradicional de roles. Mientras tanto, las mujeres quedan reducidas al rol de objetos apreciados por los hombres. Las mujeres necesitan protección o se ofrecen a los hombres como trofeo y los obligan a enfrentarse unos contra otros, para que triunfe el más apto y se quede con ellas como premio. Cuando por cualquier motivo ellas se ausentan (o están presentes pero dejan de atraer) pueden ser fácilmente reemplazadas por otras más jóvenes y obedientes. No obstante la función de señuelo que se las invita a cumplir, para la visión paternalista no se espera que las mujeres tomen la iniciativa. La imagen corregida y mejorada del macho agresivo y planificador, se complementa con la figura de la hembra receptora, pasiva, a pesar de su aporte fundamental a la reproducción humana. Mientras el hombre caza, la mujer aguarda en el hogar, cuidando el hogar y las crías de su pareja que trajo al mundo. Esas nociones, por falsas que sean, terminaron por establecerse en la conciencia de tantas generaciones como una constante impuesta por la naturaleza, que parecen imposibles de superar o contrariar.
En la mitología romana, la diosa Diana es representada como una infalible cazadora que sale de noche, armada con arco y flechas, que recorre los bosques, seguida por un séquito de ninfas y lebreles. Nada parece haber en ella que recuerde a la mujer encerrada entre los muros del hogar, para evitar cualquier exposición a la amenaza masculina. De acuerdo a lo que Ovidio cuenta en Las Metamorfosis, Diana presenció los dolores del parto sufridos por su madre, motivo por el cual decidió mantenerse lejos de todo contacto de los hombres. La distancia no implica retirada temerosa, sino la conciencia de la superioridad de su sexo: ella no está dispuesta a someterse a nadie y más prudente para los hombres es ponerse a resguardo de su enojo, que desearla y forjar planes de poseerla. Una de sus víctimas humanas es Acteón, un joven cazador que por casualidad la ve desnuda, mientas ella se baña con sus acompañantes. En represalia, cuando lo descubre, Diana lo convierte en un venado, al que sus propios perros devoran. El mirón, en este caso involuntario, recibe un castigo desmedido (puesto que en ningún momento ha intentado propasarse). No debió desafiar los poderes de una diosa que no entiende como handicap su condición femenina. La hembra consciente de sus poderes, probablemente vivirá sola, sea porque así lo ha decidido o porque ningún hombre prudente se le acercará demasiado. Las mujeres no sometidas a un hombre, constituyen para la mentalidad patriarcal una amenaza cuya existencia se niega, y si eso resulta imposible, es preferible evitar, no sea que se la moleste y luego haya que sufrir las consecuencias de una rabia acumulada por siglos. La imagen de la mujer seductora, pero en el fondo víctima de la mirada masculina, que puede dominarla incluso cuando ella ha demostrado ser más fuerte y agresiva que él, ha permanecido en el imaginario colectivo, a pesar en ciertos casos ella se encuentra en condiciones de elegir o rechazar a su pareja.
De Catalina la Grande, Emperatriz de Rusia se sabe que no solo era una política e intelectual notablemente informada, que no tomaba en cuenta la opinión del común de la gente. Ella elegía a sus amantes entre los hombres más atractivos e inteligentes que llegaban a la Corte (no por casualidad, sino con el objeto de seducirla y hacer fortuna bajo su protección). Ella entrenaba a sus amantes en las funciones públicas y les encomendaba altos cargos, retribuyendo los variados servicios que les encomendaba con siervos y tierras. Potemkin fue uno de los favoritos que alivió las penas de su matrimonio primero y luego las de su viudez. Grígori Orlov fue otro de sus amantes y el Príncipe Zúbov otro, a pesar de los cuarenta años que lo distanciaban de la monarca. La emancipada Catalina fue objeto de difamaciones de todo tipo, que le atribuían una lujuria desenfrenada y ocultaban sus dotes de intelectual y estadista. Chéri, la novela de Colette, retrata a Léa, una mujer madura y experimentada en artes amatorias, que a comienzos del siglo XX seduce al hijo de una amiga, por pedido de ella. El joven se enamora de ella, pero al cabo de un tiempo de felicidad encuentra otra mujer, de su edad, y abandona a la madura. Perder a quien probablemente sea el último hombre que serán capaces de seducir, parece ser el destino de las mujeres mayores. En cuanto a la suerte del joven amante que disfrutó esa oportunidad única, no puede ser mucho mejor, decide Colette, que había pasado por la misma experiencia con su segundo marido.
No podía evitar pensar que había logrado escapar de algo, y que era de nuevo un hombre libre. Un sentimiento que más tarde se revelaría como un completo error. Pasaron muchos años antes de que entendiera que ambos habían sido injustamente castigados. Léa, por haber nacido muchos antes que él, y Chéri por no haber conseguido entender que Léa era la única mujer a la que sería capaz de amar. Y cuando cayó en la cuenta de que era así, sacó su vieja pistola reglamentaria y se pegó un tiro en la cabeza. (Colette: Chéri)