Mostrando entradas con la etiqueta Brujas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Brujas. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de abril de 2014

LOS PODERES DE LILITH

Los gatos salvajes se juntarán con hienas y un sátiro llamará al otro; también allí reposará Lilith y en él encontrará descanso. (Isaías: 34:14)
Una mujer deseable (y deseada por muchos hombres) que ha tenido muchas parejas y las ha desechado sin mayor pena, a medida que la defraudan, solo puede ser temida por aquellos a quienes sedujo y dañó. Suelen representarla sola, no tanto porque los hombres la desprecien, sino porque ella demuestra repetidamente que no los necesita. ¿Por qué habría de resignarse al rol de víctima que aceptan otras mujeres, cuando sus artes malignas le permiten controlar a todos aquellos que se le acercan? Ella es capaz de someter a cualquier mortal o demonio. Lo demostró en el comienzo de los tiempos, cuando era la pareja de Adán, y la experiencia de esos encuentros que la convirtieron en fértil madre de una infinidad de seres infernales, le otorga poderes desusados, que obligan a retroceder a más de uno que se atreve a desafiarla, y la convierte en un imán irresistible para el resto de los humanos.
Los pintores de la era victoriana utilizaron la figura de Lilith para representar a mujeres atractivas y sin restricciones morales, que cualquier hombre desearía acariciar. Las alas que el mito le atribuía, han desaparecido en las representaciones del siglo XIX y solo quedan disponibles para el disfrute del observador, siluetas de mujeres pelirrojas, desnudas o vestidas con abandono, tan voluptuosas como temibles. No son las compañeras aburridas pero dignas de confianza, que administran el hogar el hogar y los hombres desean encontrar en sus hogares, cuando vuelven cansados, sino las imágenes inalcanzables de placeres que solo se dan en la imaginación. John Colliers pinta a Lilith envuelta en una serpiente, prometiendo un doble disfrute: aquel que se entregue a esa hembra, conocerá las delicias del sexo descontrolado y aceptará el contacto con el mal que los cultos monoteístas prohiben expresamente a sus seguidores. Ella es la promesa de una gran infracción placentera. Su disfrute acarrea sin embargo la condena eterna. ¿La serpiente aprisiona a Lilith o es ella quien le permite al demonio, al enroscarse en su cuerpo, alcanzar una altura y una seducción que de otro modo le estarían negadas? Las mujeres fatales no pasan inadvertidas para la sociedad, mientras las virtuosas, que cumplen con la misión que les ha sido atribuida, dejan un aura poco conflictiva que no tarda en desvanecerse. Las malvadas pueden hacer daño a los hombres que en mala hora permitieron que se les acerquen, y acepten la humillación de ponerse al servicio de ellas, en lugar de dominarlas, como exige la tradición machista.
Al mismo tiempo que Jehová creó a Adán, creó una mujer, Lilith, modelada a partir de la tierra. Ella le fue dada a Adán como esposa. Pero hubo una discusión entre ellos acerca de una materia que de acuerdo a los jueces debería ser discutida a puertas cerradas. Ella pronunció el inefable nombre de Jehová y desapareció. (Moisés de León: Sefer ha-Zohar)
Lilith, conocida como la Mujer Escarlata, sea por el color de su cabellera o por la sangre que se vertía durante el culto que le estaba dedicado, era una rebelde. Según el Talmud, después de haber concluido voluntariamente su relación con Adán, a quien se negó a obedecer, Lilith se instaló en la orilla del Mar Rojo y rechazó la oferta de regresar al jardín del Edén que le hacían los ángeles, mientras continuaba pariendo miles de hijos, durante ciento treinta años, a partir del semen de Adán que continuaba impregnándola. En otras versiones de la misma historia, es el Demonio quien le otorga esa formidable fecundidad. Los miles de hijos paridos por Lilith (criaturas peludas conocidas como lilims) eran destruidos uno tras otro, por decisión de Dios, a medida que llegaban al mundo. Cien de ellos morían diariamente. En lugar de ser recordada como una madre desconsolada y conmovedora, como sucede con la figura de Niobe, Lilith aparece como una amenaza mortal para los hijos ajenos. Lilith aparece en cultos sumerios de varios siglos antes de la escritura de los textos bíblicos. Los Lilitu, semidioses hermafroditas, habrían surgido del Gran Caos del Abismo acuático. A diferencia de su madre, serían criaturas benévolas con los seres humanos y estarían relacionados con el viento de la noche. Lilith sería el lado femenino de uno de esos semidioses y habría estado encargada de guiar a los humanos en el tránsito hacia la sabiduría y la inmortalidad. Sus ritos, conducidos por sacerdotisas, debían ser de carácter sexual, porque prometían la eterna juventud (una búsqueda que no ha concluido nunca) a los hombres que se sometían a ellos.
El otro aspecto de los Lilitu era más repulsivo. Se los consideraba responsables de enfermedades varias y sobre todo, de la muerte de niños, a quienes chupaban la sangre, cuando acababan de nacer o cuando estaban en el vientre materno. Para eludir el maleficio de los Lilitu, se protegía a los bebés con amuletos portadores de los nombres de tres ángeles: Snivi, Snsvi y Smnglof). Yahvéh formó entonces a Lilith, la primera mujer, del mismo modo que había formado a Adán, aunque en lugar de polvo puro utilizó excrementos y sedimentos. De la unión de Adán con este demonio-hembra y con otra parecida llamada Naamá, hermana de Túbal Caín, nacieron Asmodeo e innumerables demonios (…). Muchas generaciones más tarde, Lilith y Naamá se presentaron ante el tribunal de Salomón, disfrazadas como rameras de Jerusalén. (Yalqut Reubeni) Tal como sucedía con la temible Pandora de la mitología griega, la Lilith judía era la figura femenina que desafiaba las prohibiciones elaboradas por los hombres y acarreaba todo tipo de perjuicios a quienes se atrevieran a imitar su independencia. Lilith rondaba (y tentaba) por las noches a los hombres que dormían solos, una situación poco recomendada en una comunidad que luchaba por crecer y reproducirse en medio de guerras y pestes que la diezmaban. Para los hombres, era mejor casarse y engendrar hijos con una mujer de la comunidad, que ser visitado por un demonio femenino capaz de reproducir su desafío a Dios. En el texto del Zohar judío, se la denomina Hayo Bischat, la Bestia, una figura de la cual no descenderían los seres humanos, sino las criaturas que se consideran su escarnio, como se suponía de los simios (en evidente oposición a las teorías de Darwin).
Demonio maligno que el hombre ha creado sobre una cama en una noche de sueño. (R. Thompson y R. Campbell: Diablos y Espíritus Malignos de Babilonia)
Durante la Edad Media, se atribuía al Demonio la habilidad de asumir también una seductora apariencia femenina, gracias a lo cual consigue robar el semen de los hombres solteros, con el objeto de procrear seres infernales.
Lilith reaparece en el siglo XIX como heroína de novelas y poemas que desafían el orden establecido, como personaje excitante de pinturas eróticas. Durante el siglo XX, pasa a convertirse en representante de la rebeldía contra el machismo que impulsaron las feministas. Poco queda de la imagen repulsiva que se le atribuyó durante siglos. Ahora ella promete la revancha a sus congéneres. Alguien tan apegado a la ortodoxia cristiana como el novelista C.S. Lewis, atribuye a la cruel reina Jadis de Las Crónicas de Narnia, la condición de descendiente de Lilith, razón por lo que sería irremediablemente perversa, de los pies a la cabeza. Primo Levi reactualiza la tradición judía en pleno siglo XX
A ella le gusta mucho el semen del hombre, anda siempre al acecho de ver dónde ha podido caer (…). Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo. (Primo Levi: Lilit y otros relatos)
Las figuras de mujeres guerreras que pueblan los comics para adultos (Mistica en X-Men) y los video-juegos, no intentan esconder su filiación demoníaca. Llegan a la existencia para que los hombres las disfruten (visualmente) y para que las mujeres fantaseen con la posibilidad de imitarlas. Las caracterizan poderes inauditos, no solo sexuales, sino recursos tecnológicos y una carencia de principios que resultan fatales para los hombres que caen bajo su influjo. Lilith brinda a sus admiradores la oportunidad de retomar la temática bíblica desde un ángulo inhabitual, en el borde mismo de la parodia, para oponerse a la visión establecida.

domingo, 30 de marzo de 2014

OFICIO DE CASAMENTERAS

Las mujeres cumplen funciones insustituibles: paren a sus propios hijos y ayudan como parteras o comadronas al parto de otras mujeres. Mucho antes de ese momento en el que no pueden estar ausentes, colaboran en la formación de parejas que tienen como finalidad la procreación. Cuando esto ocurre en sociedades muy restrictivas, la figura de la intermediaria se define como la de una profesional de las relaciones interpersonales. Entre los musulmanes, la khattaba tiene las mismas características y funciones. No parece casual la relación directa que se da entre culturas que impiden la libre circulación de las mujeres y la aparición de casamenteras que intentan superar un obstáculo como ese. Las casamenteras musulmanas huelen a los posibles integrantes de una futura pareja, que hasta el momento de la boda no se conocen personalmente, para dictaminar si ellos son compatibles o no. El método puede parecer primitivo, pero se corresponde con investigaciones científicas actuales. Dos personas que huelen distinto, poseen sistemas inmunológicos diferentes, circunstancia que anuncia para sus descendientes mayor resistencia a las enfermedades. La shadjente judía era (es todavía) una mujer casada, madura, conocedora de los miembros de su comunidad, que se preocupa de no dejar a nadie sin su pareja y es recompensada por la tarea, que tiene tanta importancia para la preservación de las tradiciones y la fe. La comedia musical Hello, Dolly!, basada en una pieza teatral de Thorton Wilder (The Matchmaker) basada a su vez en una farsa vienesa de Nestroy, convierte a la casamentera en protagonista de los enredos: ella es una pequeña empresaria que se desplaza por el laberinto de la diáspora judía, haciendo y deshaciendo parejas, mientras busca una conveniente para sí misma. Casarse es una misión irrenunciable de las mujeres, por tarde que se emprenda.
Before the Parade passes by / Before it goes on, an only I´m left. / Before the Parade passes by / I´ve gotta get in step while there´s still time left. (Jerry Herman: Before the Parade passes by)
A diferencia de lo que pasa en otras especies, hombres y mujeres tienden a formar parejas sexuales, rara vez tríos o grupos más extensos, dado que se advierten incapaces de contener el impulso de sus hormonas para dedicarse a una vida de privaciones en nombre de un objetivo superior, como propone la mayor parte de los cultos religiosos y proyectos políticos. Después del arbitrario ascetismo que planteaba el Medioevo cristiano, la voz de la intermediaria coincide con los impulsos de la Naturaleza. Ella puede ser mal vista, pero corresponde a una búsqueda de placer que no puede extirparse de la conducta humana.
Se glorifican / y se alegran / en la dulzura de la miel / los que se esfuerzan / por gozar / del premio de Cupido. / ¡Obedezcamos la orden de Venus! (Anónimo: Carmina Burana)
El tumulto de las hormonas no asegura relaciones humanas demasiado sólidas ni duraderas, un aspecto que representa lo fundamental desde la perspectiva de las instituciones. Por lo tanto, hombres y mujeres deben superar las barreras en ocasiones odiosas, que plantean las instituciones, para dificultar el cumplimiento de algo que nace de un deseo y termina siendo un deber.
Es forzoso al hombre amar a la mujer y la mujer al hombre. (…) El que verdaderamente ama es necesario que se turbe con la dulzura del soberano deleite, que por el Hacedor de las cosas fue puesto, porque el linaje de los hombres perpetuase. (Fernando de Rojas: La Celestina)
Cuando hay que armar parejas, la intermediación femenina se vuelve insustituible para la cultura tradicional. Puede ser que se desconfíe de la idoneidad de las mujeres en las tareas del gobierno, los negocios o el culto, que se consideran demasiado serios y difíciles de controlar. Para compensarlas de tanta represión, se les otorga el dominio de los asuntos domésticos, porque los hombres no son de confiar, cada vez que se les pone cerca de jóvenes solteras, cuyo honor debería preservarse para el matrimonio. Ellas no pueden circular demasiado en busca de marido, porque la simple exposición las devalúa, como pensaban los griegos de la Antigüedad o los musulmanes de todas las épocas.
Celestina, la vieja protagonista de la tragicomedia de Fernando de Rojas, es denigrada reiteradamente por aquellos que la conocen e incluso por aquellos que utilizan sus servicios. Se la llama hechicera, sagaz en maldades, astuta, alcahueta, componedora de miles de virgos, comadrona, abortista, trotaconventos, maestra de maquillajes. Vive de explotar a mujeres que se prostituyen para sobrevivir, y ayuda a mujeres que se consideraba honestas, como demuestra en la historia de los amores de Calixto y Melibea. La celestina corrompe todo lo que toca, dialoga con el mismo Diablo, su socio en la formación de parejas. En oposición a las honestas chaperonas preocupadas de la felicidad de quienes reúne, la celestina pierde a cualquier mujer que la escuche. No tiene al matrimonio como meta, sino al placer inmediato de las parejas. Consecuencia demorada de sus actos es la muerte y la condenación eterna de aquellos a quienes atrapa, qué duda cabe, pero en una cultura tan restrictiva como la medieval, eso no parece suficiente para detener a quienes sienten la urgencia del sexo. Aunque no puede quitársele responsabilidad de la intermediaria, surge la sospecha de que se trata de un chivo expiatorio más, para delegar sobre su figura femenina, como sucede con la imagen bíblica de Eva, la responsabilidad de todas las penurias sufridas por los seres humanos. Acusada de pactar con el Diablo, marcada previamente por una cuchillada en la cara, Celestina debería terminar pagando sus pecados en la hoguera de la Santa Inquisición.
Si las mujeres de la sociedad tradicional permanecen encerradas y sin embargo aspiran a conocer hombres (o al menos conseguir que los hombres solteros se interesen en ellas y las libren de la vergüenza de envejecer sin haber encontrado marido) tendrán que recurrir a los servicios de especialistas femeninas, que por su condición social desprotegida o su edad madura, se supone que no corren tantos peligros de sufrir el abuso masculino y pueden circular libremente. La casamentera cumplía un rol fundamental en la sociedad colonial americana, poco después de la conquista española, que había sido efectuada por una mayoría de hombres solteros (o casados pero sin sus esposas cerca, por lo tanto disponibles para explorar a las indígenas). En México, de acuerdo a la descripción que ha dejado Fray Bernardino de Sahagún, las normas tan estrictas del pudor impedían a las jóvenes confesar que deseaban casarse. La intermediaria era una pieza fundamental para evitar que mujeres en la flor de la edad se quedaran solteras. En el Medioevo, la diferencia entre celestina y casamentera no era mucha. Dado el enclaustramiento de las mujeres, se recurría a las intermediarias que reunían a las parejas. Las celestinas lo hacían de manera clandestina y condenada por la opinión de la comunidad, mientras que en el caso de las casamenteras lo hacían de manera pública y reconocida. La celestina se encontraba al servicio de los hombres que pagaban sus servicios de entregadora de mujeres incautas, mientras la casamentera servía a las familias acomodadas que se preocupaban de asegurar el futuro de sus hijas. El oficio no ha desaparecido, a pesar de la modernidad espera que las parejas se formen por iniciativa de sus integrantes y basándose en el atractivo sexual. En la actualidad, los gobiernos locales de Japón, deseosos de detener la baja que experimenta desde hace años la tasa de fertilidad, emplean a mujeres que recorren las casas de sus vecinos para averiguar la existencia de hombres solteros. Ellas organizan fiestas destinadas a poner en contacto a hombres y mujeres que de otro modo, por el aislamiento que se ha vuelto una característica lamentable de la modernidad, continuarían cada uno por su lado. Internet ha llegado también para relacionar a solitarios, desde los chats que permiten diálogos desinhibidos entre solitarios, a los servicios de las empresas on line, que ofrecen organizar todo tipo de parejas. En un país islámico como Egipto, que podría suponerse muy restrictivo en todos los aspectos sexuales, las agencias matrimoniales anuncian sus servicios en la prensa. El teatro Metropolitan de New York ofrece un combo (paquete de servicios) para espectadores solteros, que incluye entradas para la ópera y tickets para una fiesta posterior, donde los asistentes pueden alternar en busca de parejas que posean los mismos intereses culturales. La Cruz Roja norteamericana ha organizado grupos de dadores de sangre… que sirven también para que las parejas se conozcan. En California, una casamentera que utiliza el seudónimo de Orly, afirma haber reunido a cien mil parejas (que la habrían recompensado por sus servicios, con cantidades que oscilan entre los U$ 10.000 a 100.000. La mediadora tradicional se incorpora a una industria en la que participan los wedding planners, los proveedores de catering, los fabricantes de vestuario, adornos florales, instalaciones festivas, etc. Casar a las parejas se ha convertido en un negocio.

sábado, 8 de marzo de 2014

ESPOSAS DEL DIABLO

En la Mitología griega, Zeus, considerado el padre de los dioses, a pesar de estar casado, no dudaba en seducir a los humanos que le resultaban atractivos (habitualmente mujeres, pero también jovencitos imberbes, como demuestra la historia de Ganímedes). A veces se mostraba tal cómo era, con resultados mortales para su amante, en el caso de Semele, o se metamorofoseaba en un cisne, de acuerdo a la experiencia de Leda; de un toro, como comprobó Europa, etc. El resto de los dioses y semidioses griegos hacía lo mismo. Para el cristianismo, esa generalizada promiscuidad sexual entre seres sobrenaturales y mortales, resultaba una situación incómoda para una religión monoteísta y fuera de toda duda, un modelo reprobable de conducta. Sentirse acosado o poseído por Dios, solo podía ser un privilegio al que pocos mortales estaban en condiciones de aspirar. Esos eran los santos, los elegidos, mientras que el común de la gente debía conformarse con practicar la virtud y esperar la recompensa en el otro mundo.
Cuando Bernini representa en mármol el éxtasis místico de santa Catalina de Siena, la actitud corporal de la monja es compleja, a la vez erótica y religiosa, pero no resulta obscena para la visión de quienes recorren el templo donde el grupo escultórico se encuentra. Las ropas desordenadas, los párpados bajos, la boca entreabierta, los muslos separados, refieren al arrobo espiritual y también a otra situación bastante más terrena que cualquier mujer experimenta en otros contextos. Para aquellos que no son creyentes, puede ser incómoda esta ambigüedad, en la que el sexo y la espiritualidad poco se diferencian.
En los textos dejados por los místicos cristianos, el paralelismo entre los dos órdenes no se esconde nunca. Santa Teresa de Ávila y otros santos hablan de Jesús como de un esposo amante y exigente, que invade el alma de aquellos que se le entregan y disfrutan de su presencia.
Veis aquí mi corazón, / yo le pongo en vuestra palma / mi cuerpo, mi vida, mi alma, / mis entrañas y afición / dulce Esposo y Redención / pues por vuestra me ofrecí: / ¿qué mandáis hacer de mí? (Teresa de Ávila: Vuestra soy, para Vos nací)
Si Dios puede ser vivido de esa manera tan carnal, ¿por qué extrañarse de que pase algo semejante con el Diablo? La presencia del Diablo era una experiencia cotidiana en el Medioevo. Desde el Medioevo, el Diablo fue representado como un gigante peludo, oscuro, con frecuencia negro (aunque también rojo o verde). Presentaba los rasgos combinados de un ser humano y algún animal (macho cabrío, serpiente, perro, oso, toro o murciélago). Su cuerpo despedía un fuerte olor a azufre o podredumbre, rasgos por los que san Atanasio afirmaba que era posible reconocerlo de lejos y huir de él mediante la señal de la cruz, el salpicado de agua bendita o la enunciación de la bien conocida locución latina; Vade retro, Satana! (¡Apártate, Satanás!). El Diablo era muy activo y peligroso en sus relaciones con los humanos, a quienes pretendía seducir, para apoderarse de sus almas por el resto de la eternidad. ¿Se encontraba el Diablo por todas partes, disputándole a Dios cada una de las criaturas que trajo al mundo? Textos medievales europeos como el Decretorum y el Policratus, criticaban la creencia popular de que las mujeres sin pareja cabalgaran por las noches, montadas en animales monstruosos, detrás de la diosa Diana, figura proveniente del mundo pagano, por lo tanto inaceptable para la verdadera fe que había llegado con el cristianismo. Diana y su cohorte eran espejismos inducidos por el Diablo. Los predicadores alertaban desde hacía siglos en toda Europa sobre los riesgos de apartarse del culto cristiano. Los funcionarios públicos perseguían a los disidentes, utilizando la delación, la cárcel, la tortura y la muerte, como probaron los albigenses, bogomilos y otros sectarios.
¿Cómo podía suceder que la figura del Diablo, tan repugnante en las representaciones visuales y el discurso del Poder que lo denostaba, fuera sin embargo irresistible para quienes se habían convertido en sus víctimas y (de acuerdo a lo que se contaba de ellos) no dudaran en besarle el trasero en señal de respeto? Someterse a él costaba la vida eterna. ¿Bajo qué circunstancias las mujeres, porque ellas eran las seguidoras más frecuentes, llegaban a sentirse atraídas por una fealdad imposible de ignorar?
El motivo de que los demonios se conviertan en íncubos o súcubos no es con vistas al placer, (…) sino con la intención de que por medio del vicio de la lujuria puedan provocar un doble daño contra los hombres, es decir, en el cuerpo y el alma, de modo que los hombres puedan entregarse más a todos los vicios. (Heinrich Kramer y Jacob Sprenger: Malleus Maleficarum)
La astucia y los poderes del Diablo eran tales, que en caso de necesidad asumía las apariencias más adecuadas para seducir a sus víctimas. Mujeres bellísimas embrujaban a los hombres desprevenidos, con el objeto de hacerlos caer en el pecado. Atractivos hombres jóvenes tentaban a las mujeres que olvidaban las recomendaciones de sus padres. El sexo era la trampa ideal para perder a las almas débiles. ¿Cómo llegaba a suceder que tanta gente se dejara confundir? Los ángeles de Dios eran espíritus incorpóreos, formados por energía pura. También los demonios se manifestaban de ese modo. Con el tiempo se fue afirmando la imagen de seres malignos tan densos que podían ser confundidos con las criaturas del mundo real o que se apoderaban de cadáveres frescos, para animarlos a su antojo. La tortura utilizada por la Inquisición para exterminar a cualquier mujer sospechada de poner en peligro el dominio masculino, permitió reunir una detallada descripción de los procedimientos que habrían utilizado los demonios para relacionarse íntimamente con los seres humanos.
En ciertos casos, los demonios se presentaban como íncubos, seres de aspecto indudablemente masculino, cuya seducción las mujeres no eran capaces de resistir, no solo por la indeclinable voluntad de corromper todo lo que encuentra que anima al Diablo, como por la debilidad que la tradición machista atribuía al común de las mujeres. Si un hombre que quiere apoderarse de una mujer, no toma en cuenta que pueda hallar resistencia, ¿por qué habría de resultar más difícil para el Diablo? El pintor Johann Heinrich Füssli representó varias veces, desde fines del siglo XVIII hasta comienzos del XIX, a los íncubos que oprimen a sus víctimas femeninas, imitando la postura tradicional del coito “a la misionera”.
¿Por qué el hombre tiene en su naturaleza esta horrible facultad de gozar con mayor intensidad cuando tiene conciencia de dañar a la criatura de la cual goza! (Gabrielle D´Annunzio: El Inocente)
Los demonios podían enamorarse de mujeres solteras o casadas por igual (incluso llegar a seducir a monjas dedicadas a una vida de plegaria y contemplación). Esas criaturas del mal podían ser tan apasionadas y persistentes en su relación, como los amantes humanos. A pesar de lo anterior, la frialdad persistente de los genitales hubiera debido alertar a sus parejas humanas. Estas historias aparecen hacia el final de la Edad Media, para explicar la contumacia de las brujas que no podían alegar ignorancia. En otros casos, al parecer bastante menos frecuentes, los demonios adoptaban la modalidad de súcubos de aspecto femenino que distraían y atormentaban a los castos anacoretas, como fue el caso de los santos Antonio, Hilarión, Sereno o Jerónimo, que los percibían bajo el aspecto de mujeres desnudas que se les ofrecían con gestos y palabras obscenas.
Amparados por ese disfraz carnal, esas criaturas malignas robaban durante el coito el semen de sus amantes masculinos. Librarse del sexo mediante una castración sobrenatural, como se afirma que le sucedió al monje Equitius, en respuesta a sus plegarias a Dios, para que dejaran de perseguirlo los súcubos, hubiera debido considerarse una bendición. El súcubo femenino ofrecía a los hombres que lo aceptaban como pareja, la ventaja de un apasionamiento difícil de hallar en las mujeres humanas. Puesto que el sexo era malo, cualquier placer sexual que un hombre encontrara, debía resultar sospechoso de provenir del Diablo. Gracias a la decisión de hipotecar su vida eterna, un hombre se aseguraba el disfrute del sexo que de otro modo moriría sin conocer. En el Malleus Maleficarum, texto de consulta de los Inquisidores sobre la caza de brujas que asoló a Europa durante los siglos XV a XVIII, se cuentan historias horribles de hombres que caen en relaciones carnales con demonios invisibles. El atractivo de estos demonios podía ser tal que enamoraban a sus parejas humanas o los convertían en sus clientes adictos, cuando actuaban como prostitutas de burdeles.
La fecundación asistida es una técnica que hoy concierne a la ciencia y en el Medioevo se atribuía al Diablo. Librado a sus propios recursos, alguien tan poderoso no lograba superar la esterilidad a la que había sido condenado. Asociándose a los humanos, en cambio... podía llegar a reproducirse, un proyecto temible que debía detenerse antes de que fuera demasiado tarde. Al copular con los hombres, los súcubos de aspecto femenino cumplían con una tarea odiosa pero necesaria: apoderarse del preciado semen que debía permitirles reproducirse a continuación, utilizando el útero de mujeres que habían sido seducidas por su apariencia masculina. Lo más probable, sin embargo, era que esta descendencia consistiera en monstruos que por su deformidad no costaba identificar. Las relaciones entre humanos y demonios, particularmente en el caso de estos con mujeres, son relaciones placenteras cargadas de erotismo ya que, tanto los demonios como las mujeres, acuden para obtener placer; y en particular éstas, para liberarse de ciertas represiones sexuales dominantes en sus vidas cotidianas. (Vladimir Acosta: La humanidad prodigiosa, El imaginario antropológico medieval)

viernes, 7 de marzo de 2014

SIRENAS TENTADORAS, HEMBRAS FATALES

Mujer, mujer divina, / Tienes el veneno que fascina. / En tu mirar / Mujer alabastrina, / Tienes vibración de sonatina / Pasional. (Agustín Lara: Mujer)
No es raro que muchos hombres (no todos) sueñen con mujeres fuertes, conscientes de sus poderes, difíciles de controlar, tanto que las consideran fatales, porque ellas les permitirían disfrutar una excitación que no encuentran en las relaciones con mujeres sumisas. Los versos del bolero dan cuenta de ese personaje fascinante por el riesgo que las acompaña. Hay mujeres temibles, mejor sería no encontrarlas nunca, porque después de que eso ocurre, no es posible para un hombre sobrevivir a su maldad. ¿Dónde reside la peligrosidad de una mujer? Es difícil encontrar algo que no pueda ser temido por un hombre. ¿Qué puede haber de malo, por ejemplo, en que una mujer cante? Si lo hace bien, su voz deleitará a los hombres que la oigan y fantaseen sobre la intimidad que podrían disfrutar con ella. En la mitología griega, sin embargo, las sirenas atraen con sus cantos seductores a los navegantes, con el objeto de hacerlos naufragar en los roqueríos y devorarlos a continuación.
Encantan a los mortales que se acercan. ¡Pero es bien loco el que se detiene a escuchar sus cantos! Nunca volverá a ver a su mujer ni a sus hijos, pues con sus voces de lirio las sirenas lo encantan, mientras que la ribera vecina está llena de osamentas blanqueadas y de restos humanos de carnes corrompidas. (Homero: La Odisea)
En las orillas del Rin, la virgen Lorelei cumplía la misma función de tentadoras y destructivas. Entre los eslavos, las rusalkas eran figuras femeninas seductoras, instaladas en roqueríos (las sirenas y Lorelei) o entre las ramas de los árboles de un bosque (las rusalkas) que solo esperan a no van en busca de sus víctimas masculinas. Aguardan pacientes, como las arañas en su red, que las víctimas penetren el territorio que ellas controlan, para someterlos a sus planes, que son darles muerte. Las Wilas de la mitología polaca son mujeres que pecaron de frivolidad mientras vivieron y no descansan después de muertas. Controlan tormentas y se metamorfosean en cisnes, caballos, serpientes o lobos. Ellas conservan de las sirenas las voces encantadoras y el comportamiento cruel respecto de los hombres infieles. Para los eslavos, esas figuras fantasmales salen a la medianoche, de los cursos de agua donde viven, después de haber muerto ahogadas. Son hermosas y sabias. A veces se las representa cepillándose la larga cabellera, a comienzos del verano. Cantan y bailan para atraer a sus víctimas, los hombres más atractivos, y ahogarlos a continuación (si se prefiere, para llevarlos al más allá). En algunas versiones, basta con oírlas reír para morir.
No se puede armar una pareja estable con sirenas, porque destruyen a los hombres que atrapan. A pesar de la crueldad de sus intenciones, respetan limitaciones que la sociedad tradicional impone a las mujeres: viven para complacer a los hombres (inicialmente, antes de destruirlos). También hay sirenas seductoras en el mundo islámico, pero no llegan a ser temibles para los hombres (una situación que resultaría ofensiva para ellos) sino complacientes y excitantes, en el mejor estilo de las conejitas Playboy:
Dos maravillosas criaturas de largos cabellos ondulados como las olas, de cara de luna y de senos admirables y redondos y duros cual guijarros marinos; pero desde el ombligo carecían de las suntuosidades carnales que generalmente son patrimonio de las hijas de los hombres, y las sustituían con un cuerpo de pez que se movía a derecha y a izquierda, de la propia manera que las mujeres, cuando que a su paso llaman la atención. Tenían la voz muy dulce (…) pero no comprendían ni hablaban ninguno de los idiomas conocidos y contentábanse con responder únicamente con la sonrisa de sus ojos. (Anónimo: 1001 Noches).
El ingenio que de acuerdo a la opinión de los hombres caracteriza a su propio género, les permite burlar la trampa mortal que plantea el asedio de las mujeres. Orfeo logra derrotar a las sirenas cuando su canto se superpone y finalmente tapa el de ellas, evitando que los marineros del Argos encallen. Irritadas por el fracaso de su maldad, en algunas versiones del mito las sirenas se ahogan voluntariamente (cuesta creerlas tan torpes) y en otras se convierten en piedra. Ulises vuelve a derrotarlas en la Odisea, cuando tapa los oídos de su tripulación con cera y se reserva para sí el privilegio de oírlas y sobrevivir, porque ha pedido que lo aten al mástil de la nave. Esta es una imagen formidable: el héroe se expone a las circunstancias que destruyen a otros hombres menos astutos, pero antes se pone a resguardo de cualquier riesgo. En la mitología de Bretaña, la malvada Ahez, hija del rey Grallon, entrega las llaves de ciudad de Ys al demonio (que se le aparece como el milagroso San Corentin). El castigo no tarda en llegar. Ys es hundida en el mar y Ahez es convertida en sirena. Las historias recopiladas por Elsie Masson en Folk Tales of Britain, la describen como una mujer hermosa y cruel. Ella seduce a los hombres atractivos, les entrega máscaras que los vuelven invisibles, y les impiden abandonar a la princesa, porque el artefacto los estrangulan. Un asistente negro se apodera entonces de los cuerpos de las víctimas y los arroja al mar, donde sus almas continúan penando. En Popular Legends of Brittany, recopilación de historias tradicionales efectuada por la madre de Oscar Wilde, un joven comprometido en matrimonio oye hablar de una Bruja que vive en el fondo de un lago. Sube a un bote en forma de cisne que lo hunde en las aguas. Allí encuentra a una mujer bellísima, habitante de un palacio construido con perlas y caracolas, con una escalera de cristal. Ella está recostada en un sofá dorado, vestida de seda verde y le propone compartir sus riquezas casándose con ella. Los pescados que fríen para el banquete, se convierten en hombres al ser tocados por el joven. La Bruja es la responsable del encanto. Al tratar de huir, la Bruja lo convierte en una rana y le impide huir. La intervención providencial de la novia que se disfraza de hombre y se aventura en ese mundo que ha sido fatal para el hombre, otorga un final feliz a la historia. Contra la maldad de una mujer de otro mundo, que degrada a los varones mediante sus encantos, solo cabe esperar la ayuda de otra mujer, terrenal, que acepta someterse a quien la toma por esposa.
Entre las innumerables trampas que el astuto enemigo [el Diablo] ha tendido por todos los senderos y campos del mundo, la mujer es la más grande y de la que casi nadie puede escapar. Estas, triste cabeza, malévola estirpe, linaje corrupto, engendra muchos escándalos por todo el mundo, provoca disputas, riñas y crueles sediciones, lleva a la guerra a viejos amigos, separa afectos y enemista a padres e hijos; (…) también destrona a reyes y tetrarcas, crea discordias entre pueblos, sacude ciudadelas, destruye ciudades, multiplica las matanzas, prepara filtros mortales y enloquecida siembra incendios por poblados y campos; en fin, ninguna forma del mal hay en el mundo en la que la mujer no tome parte. Es un sexo envidioso, liviano, irascible, avaro, desmedido en la bebida y de vientre voraz; disfruta con la venganza, anhela siempre vencer sin miedo a crimen o engaño alguno con tal de poder vencer; por medios lícitos e ilícitos desea obtener lo que quiere y nada que sea placentero le parece ilegítimo. Cambia de cara resplandeciente, pero esconce sórdidos secretos; es un sexo mentiroso y procaz y no se halla libre del delito del hurto; (Marbodo de Rennes: Liber decem capitulorum)
En la historia contada por Paracelso, Ondina es un espíritu de las aguas, inmortal y dotado de gran belleza, que aspira a tener un alma, gracias al matrimonio con un hombre, que debería darle un hijo. La Sirenita de Hans Christian Andersen y un siglo más tarde Ondine, la pieza teatral de Jean Giraudoux, le dieron forma literaria al mito del desencuentro de una pareja cuyos integrantes pertenecen a mundos distintos. Ondina se casa con Sir Lawrence, que promete serle fiel hasta que la muerte los separe, pero al parir a su hijo, la ninfa comienza a envejecer y el marido deja de sentirse atraído por ella. Cuando lo descubre durmiendo con otra mujer, Ondina lo maldice, condenándolo a morir apenas caiga dormido de nuevo y regresa al agua de donde salió, con lo que completa su trayectoria de mujer fatal, a pesar de ser presentada previamente como víctima del hombre al que destruye. En la mitología de los mapuches del sur de Chile, los Sumpall, criaturas encargadas de la salvaguarda de fuentes de agua, atraen a seres humanos, por igual machos y hembras a los que seducen desde el fondo de las corrientes de agua, con sus voces incomparables. En ocasiones, se vengan de aquellos que dañan las fuentes de agua potable. Sus víctimas pueden volver a la superficie, con regalos de peces y mariscos para las familias que dejaron. Otras veces, las mujeres solas que pasean junto a los ríos, pueden ser fecundadas por los sumpall machos. La Pincoya y el Pincoy, son sirénidos de la mitología del archipiélago de Chiloé, en el sur de Chile. Se observa a la Pincoya en noches de luna llena, sentada en las piedras, peinando su cabellera rubia. Cuando sigue una embarcación, es porque se ha enamorado de algún marinero, a quien lejos de matarlo, como sus parientas europeas, le otorga una pesca abundante.