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domingo, 18 de enero de 2015

CAZADORAS (NO SOLO DE HOMBRES): MUJERES QUE TOMAN LA INICIATIVA


Miss Cougar y amigo
Estoy orgullosa de representar a una nueva raza de mujeres fuertes, independientes, exitosas, que andan en busca de alguien que sea más atractivo que el común de los hombres de cuarenta años. (Gloria Navarro, Miss Cougar America)

El tema de las cazadoras de hombres puede haber adquirido cierta actualidad, pero no da para reírse de él. Las mujeres independientes que toman la iniciativa en asuntos de toda índole (política, negocios, profesiones liberales, incluso relaciones de pareja) probablemente resultan más amenazantes para los hombres, que dignas de burla. Están demasiado cerca y han proliferado, porque constituyen un ejemplo demasiado tentador para las nuevas generaciones. En inglés se las denomina cougar women (pumas) y sus eventuales parejas son los cubs (cachorros) que ellas crían.
Pueden ser protectoras y a la vez dominantes. Resultan muy atractivas y difíciles de detener. No dudan en asumir iniciativas que hasta no hace mucho parecían aterrorizarlas o al menos no sospechaban que estuvieran en condiciones de competir con sus similares masculinos. No se resignan a la mítica soledad del Poder. Dedican mucho dinero y energías para mantenerse vigentes como objetos deseables para los hombres.
Cuando eran más jóvenes, podían limitarse a esperar que las eligieran como pareja. En su madurez, suelen ser profesionales que disponen de abundantes medios económicos que las han vuelto independientes de los hombres y saben lo que les atrae de la relación con ellos. En los EEUU, ellas organizan Convenciones en ciudades turísticas, que sirven para conocer parejas. Eligen a reinas de belleza. Participan en cruceros temáticos por el Caribe, donde uno de los atractivos es la presencia de hombres dispuestos a ser cazados. Se multiplican los locales donde se ofrecen espectáculos strip tease masculino para una clientela femenina. El stripper se ha convertido en una rutina de las despedidas de soltera.
Cuando se difunde la noticia de una joven esposa que da a luz un hijo con enanismo, tras haber pasado por una despedida de soltera donde la figura protagónica había sido un stripper de esa condición, lo que sucede en esas celebraciones queda expuesto bajo una luz perturbadora.
Probablemente siempre hubo mujeres que deseaban tomar la iniciativa en todas las esferas de la actividad humana; la mayor novedad es que en la actualidad no llegan a  censurarse tanto como sucedía. La cougar woman suele ser la concreción del mito de la diosa Diana de la Antigüedad, una mujer que gracias al poder que probablemente alcanzó mediante su esfuerzo, se considera por encima de las limitaciones habituales de aquellas que la precedieron.
No depende económicamente de un hombre, aunque puede haber sufrido esa limitación en el pasado y no está dispuesta a sufrirlo de nuevo. Tiene edad suficiente para haber establecido una familia, que no necesita ampliar. Exhibe una trayectoria profesional que no puede ser cuestionada. Ha sabido invertir el capital que reunió y le asegura el futuro. Dedica buena parte de su dinero al cuidado de su imagen personal. Goza de una libertad impensable para la mayoría de sus congéneres, que deben consultar a sus maridos, parientes y conocidos para tomar las decisiones más triviales.
Cuando han alcanzado tal grado de independencia, ¿qué considera ella que puede faltarle?  Nada, porque si advierte que algo necesita, controlan su propio dinero, y por lo tanto lo compran. Cuando se proponen obtener la compañía de un hombre, lo capturan, no se sientan a esperar que él pase y decida seducirlas.
Mae West en espectáculo
A mediados del siglo XX, la actriz y escritora Mae West elaboró primero en el teatro, luego en el cine, la caricatura de una mujer devoradora, imposible de detener, a la vez independiente y urgida de parejas masculinas.

¿Para qué hacer sufrir a un hombre casándote con él, cuando se puede hacer felices a muchos? (Mae West)  

El desparpajo femenino puede no ser bien apreciado por la sociedad, que durante siglos ha intentado reducir a las mujeres a un rol sumiso que termina por convertirse en segunda naturaleza para muchas. En contraste con ellas, las rebeldes corren el riesgo de que las señalen con el dedo o las lapiden, pero no el de ser ignoradas.
Si conquistan a los hombres que le interesan, mientras su atractivo sexual se encuentra vigente, luego, cuando advierten que el encanto se ha debilitado o extinguido, no tienen demasiados problemas en pagarles por su compañía (tal como los hombres vienen haciendo desde siempre con las mujeres).
Sex and the Cuty
Una mujer envejecida, pero con recursos económicos, que paga con dinero, regalos o contactos los favores de un gigoló, no es una imagen demasiado amable para una cougar woman, como tampoco puede serlo aquella de un hombre envejecido, que paga los servicios de una prostituta. La idea sea ha vuelto menos extraña, gracias a personajes de la serie de televisión Sex and the City, donde el personaje de Samantha Jones continúa siendo atractiva, de ningún modo ridícula, cuando se exhibe con parejas esporádicas pero sin duda más jóvenes. Ella dice a uno de esos hombres:

Te quiero, pero más me quiero a mí misma. (Samantha Jones: Sex and the City)

Los hombres pasan por la vida de una mujer poderosa y quedan marcados por la experiencia, no a la inversa, como suponía la tradición machista. Una canción de 1929 resume la visión despectiva del gigoló que se deja seducir (o más bien, financiar) por mujeres mayores. En ese momento, él podía ser un bailarín al que una mujer pagaba para que la acompañara durante un baile de salón, circunstancia que ofrecía la oportunidad de entablar un diálogo discreto, durante el cual se negociaban transacciones posteriores de índole más íntima.

Just a gigoló / everywhere I go / people know the part / I´m playing. / Paid for every dance / selling each romance / every night some heart / betraying. (Leonello Casucci y Julius Brammer: Just a Gigolo)

Joan Collins y actual esposo
Actrices maduras de Hollywood como Joan Collins, Cher, Barbara Hershey, Demi Moore, Madonna, Susan Sarandon, Cameron Diaz, Katie Couric, Halle Berry, se han exhibido ante la prensa con sus parejas bastante más jóvenes que ellas, a quienes parecen elegir o desechar de acuerdo a su capricho (pero que tarde o temprano las abandonan, porque se sienten atraídos por mujeres de su edad). Si la historia se cuenta de ese modo, sugiere una moraleja desalentadora: aquellas que salen de caza, terminan defraudadas.
Vista desde otra perspectiva, las pocas cazadoras que se encuentran en condiciones de practicar ese deporte, no deben compartir las ilusiones de establecer una pareja que subsista hasta el final de sus días. La estabilidad no puede ser su objetivo, cuando se encuentran en condiciones de evaluar aquello que les satisface y aquello que no.
Fran Drescher y actual esposo
Fran Drescher, comediante que alcanzó notoriedad en la sitcom The Nanny, utilizó su experiencia matrimonial con un hombre 16 años más joven, como núcleo temático de otra sitcom, Living with Fran, que no tuvo la misma recepción que la anterior, y fue cancelada al terminar la segunda temporada de exhibición. En el mundo contemporáneo no debiera haber ningún obstáculo para aceptar la imagen de una mujer tonta, que fracasa repetidamente cuando trata de conquistar a un hombre de más edad, educación y riqueza. No obstante, la idea de poner el poder en manos de la mujer, incluyendo la elección de parejas, se opone a las expectativas de la audiencia masiva.

Demasiadas mujeres esperan que los hombres les brinden la felicidad. Yo no dependo de los hombres para conseguir la mía. Sé cómo manejar a los hombres. Tengo un código, sin embargo: nada de alcohol, nada de tabaco y tampoco hombres casados. Hay demasiados hombres alrededor. (Mae West)

Suele haber algo intimidante en la imagen de una mujer madura y segura de sí misma, que sale en busca de una pareja más joven, alguien que de acuerdo a sus adversarios, podría ser su hijo pero no lo es, aunque sí alguien que se encuentra subordinado a ella. El fantasma del incesto queda flotando en la condena social de estas uniones dispares, que pueden resultar satisfactorias inicialmente para quienes las viven.
¿Qué sale ganando la mujer madura de la relación con un hombre más joven? Puede suponer que el vigor de un amante en la plenitud de su sexualidad. También la posibilidad de modelar a ese hombre de acuerdo a las demandas de la mujer.
¿Qué gana él? Probablemente la experiencia de acceder a una mujer que ha pasado por otros hombres y en lugar de ser devaluada por esa circunstancia, aprendió de ellos (o lo más probable, por causa de ellos) a tomar la iniciativa incluso en asuntos como la seducción.
Las dos iniciativas resultan sospechosas. ¿Desde cuándo las mujeres que han sufrido decepciones en el curso de sus anteriores relaciones de pareja, buscan la repetición de lo sucedido en encuentros con sujetos que pueden ser tan inseguros como los hombres jóvenes? ¿Qué placer obtienen ellas de la oportunidad de educarlos y hacerlos madurar, cuando al hacerlo se arriesgan a perderlos?
El tiempo es uno de los principales adversarios de estas mujeres que derriban tantas barreras. Aunque las cazadoras demoren con sabiduría la aparición de los inevitables signos de la edad y los hombres que atraparon disfruten esa oportunidad que les fue concedida, la relación de estas parejas tiene los días contados. Pueden ser días felices, pero el tiempo juega en contra. Los testigos no los envidian ni acompañan en su felicidad. Sólo apuestan cuánto durará la conquista.
Pentesilea derrotada por Aquiles
Para la mentalidad masculina, que no suele resignarse a perder sus privilegios milenarios, las mujeres que toman la iniciativa en lo sexual como en cualquier otro ámbito, tarde o temprano deben ser derrotadas por un hombre. Más aún, a pesar de las muchas victorias que pueden exhibir en todos los campos de la actividad humana, ellas suelen dar la impresión de estar buscando siempre al hombre las someta, como confiesa Pentesilea, reina de las amazonas.

PENTESILEA: Dejad que venga [se refiere a Aquiles, el enemigo del que se ha enamorado]. Dejad que ponga su pie acerado en mi nuca. Así lo quiero. (…) Dejad que me arrastre por los pelos atada a sus caballos, y que este cuerpo, lleno de vida floreciente, sea arrojado con ignominia al campo abierto, como pasto matinal de los perros, de la horrenda familia de las aves rapaces. ¡Prefiero ser polvo, a ser una hembra que carece del poder de seducción! (Heinrich von Kleist: Pentesilea)

jueves, 6 de marzo de 2014

MUJERES CAZADORAS

Las amazonas eran nómades, originarias de las llanuras del Cáucaso, que habían demostrado ser expertas en el arte de la equitación. Ellas se desplazaban a gran velocidad por las llanuras de Asia y Europa, luchaban de igual a igual con los ejércitos masculinos de otros pueblos. Se establecieron finalmente en las islas de Lesbos y Samotracia. De ellas se tuvo hasta no hace mucho la convicción de que eran criaturas mitológicas, imposibles de conectar con la realidad, en el mismo plano que los centauros, los unicornios y las sirenas. No dejaron edificios o textos, pero sí su fama, distorsionada por la memoria de sus adversarios. Ellas habrían utilizado a los hombres como simples reproductores y sirvientes, sin someterse en matrimonio a ninguno. Se encargaban de las tareas que en la Antigüedad se consideraban reservadas para los hombres: gobernaban, exploraban su inmenso territorio, producían armas, luchaban con ellas demostrando un valor no inferior al masculino. Cuando nacían hijos, producto de las relaciones que mantenían con sus prisioneros, las niñas eran educadas para la guerra y los niños cegados o muertos. De acuerdo a las representaciones plásticas, las amazonas se mutilaban el seno derecho, para que les fuera más fácil manejar el arco y la jabalina. ¿Cómo podía ser que las mujeres se organizaran como gobernantes y guerreras? Las amazonas debían ser criaturas fabulosas, como las sirenas y los centauros. Los griegos consideraban a las mujeres como simples reproductoras de la especie (a diferencia de la conversación culta y placer sexual de las bellas y bien remuneradas hetairas) no les concedían demasiados atractivos, ni el derecho a ser oídas por los hombres. Cuando las mujeres llegaban a ser catalogadas como decentes, no debían tomar iniciativas. Para no resultar intelectualmente inferiores a los hombres, debían prostituirse. No es que se les diera a elegir, sin embargo. La adopción de un rol u otro le correspondía a los hombres. Por eso las amazonas fueron descritas como criaturas tan feroces como improbables. Ellas gobernaban su nación. Ellas conducían los ejércitos. Ellas sometían a los hombres al rol de meros reproductores. De allí que seleccionaran como sus parejas a los prisioneros de guerra más fuertes y atractivos. Ellas los mantenían en esclavitud o los castraban, una vez que cumplían con la función que se les asignaba.
Las amazonas reflejaban, mediante una inversión de los roles atribuidos a los géneros, las mismas desigualdades que habían sido consagradas por la sociedad griega de la época. Como todo lo que sabemos de ellas se encuentra filtrado por el discurso de quienes fueron sus vencedores, la imagen puede no corresponderse con la verdad.
PENTESILEA: Nuestro pueblo, reunido en consejo, decidió que las mujeres (…) eran libres como el viento en campo abierto. Se fundaría un Estado emancipado, un Estado de mujeres, donde jamás volviera a imponerse, ambiciosa, la voz de ningún hombre; un Estado digno de hacer sus propias leyes, y obedecerse a sí mismo y protegerse. (Heinrich von Kleist: Pentesilea)
En las culturas patriarcales, los hombres suelen ser presentados de manera muy favorable, como arriesgados cazadores que desconocen el miedo cuando se trata de alimentar a sus familias. Ellos demuestran a cada rato ser capaces de tomar rápidas decisiones, de las cuales depende la supervivencia de aquellos a los que mantiene bajo su protección. Con frecuencia abusan del poder que se les ha otorgado, y las mujeres suelen ser las primeras en advertirlo, pero eso no altera la asignación tradicional de roles. Mientras tanto, las mujeres quedan reducidas al rol de objetos apreciados por los hombres. Las mujeres necesitan protección o se ofrecen a los hombres como trofeo y los obligan a enfrentarse unos contra otros, para que triunfe el más apto y se quede con ellas como premio. Cuando por cualquier motivo ellas se ausentan (o están presentes pero dejan de atraer) pueden ser fácilmente reemplazadas por otras más jóvenes y obedientes. No obstante la función de señuelo que se las invita a cumplir, para la visión paternalista no se espera que las mujeres tomen la iniciativa. La imagen corregida y mejorada del macho agresivo y planificador, se complementa con la figura de la hembra receptora, pasiva, a pesar de su aporte fundamental a la reproducción humana. Mientras el hombre caza, la mujer aguarda en el hogar, cuidando el hogar y las crías de su pareja que trajo al mundo. Esas nociones, por falsas que sean, terminaron por establecerse en la conciencia de tantas generaciones como una constante impuesta por la naturaleza, que parecen imposibles de superar o contrariar.
En la mitología romana, la diosa Diana es representada como una infalible cazadora que sale de noche, armada con arco y flechas, que recorre los bosques, seguida por un séquito de ninfas y lebreles. Nada parece haber en ella que recuerde a la mujer encerrada entre los muros del hogar, para evitar cualquier exposición a la amenaza masculina. De acuerdo a lo que Ovidio cuenta en Las Metamorfosis, Diana presenció los dolores del parto sufridos por su madre, motivo por el cual decidió mantenerse lejos de todo contacto de los hombres. La distancia no implica retirada temerosa, sino la conciencia de la superioridad de su sexo: ella no está dispuesta a someterse a nadie y más prudente para los hombres es ponerse a resguardo de su enojo, que desearla y forjar planes de poseerla. Una de sus víctimas humanas es Acteón, un joven cazador que por casualidad la ve desnuda, mientas ella se baña con sus acompañantes. En represalia, cuando lo descubre, Diana lo convierte en un venado, al que sus propios perros devoran. El mirón, en este caso involuntario, recibe un castigo desmedido (puesto que en ningún momento ha intentado propasarse). No debió desafiar los poderes de una diosa que no entiende como handicap su condición femenina. La hembra consciente de sus poderes, probablemente vivirá sola, sea porque así lo ha decidido o porque ningún hombre prudente se le acercará demasiado. Las mujeres no sometidas a un hombre, constituyen para la mentalidad patriarcal una amenaza cuya existencia se niega, y si eso resulta imposible, es preferible evitar, no sea que se la moleste y luego haya que sufrir las consecuencias de una rabia acumulada por siglos. La imagen de la mujer seductora, pero en el fondo víctima de la mirada masculina, que puede dominarla incluso cuando ella ha demostrado ser más fuerte y agresiva que él, ha permanecido en el imaginario colectivo, a pesar en ciertos casos ella se encuentra en condiciones de elegir o rechazar a su pareja.
De Catalina la Grande, Emperatriz de Rusia se sabe que no solo era una política e intelectual notablemente informada, que no tomaba en cuenta la opinión del común de la gente. Ella elegía a sus amantes entre los hombres más atractivos e inteligentes que llegaban a la Corte (no por casualidad, sino con el objeto de seducirla y hacer fortuna bajo su protección). Ella entrenaba a sus amantes en las funciones públicas y les encomendaba altos cargos, retribuyendo los variados servicios que les encomendaba con siervos y tierras. Potemkin fue uno de los favoritos que alivió las penas de su matrimonio primero y luego las de su viudez. Grígori Orlov fue otro de sus amantes y el Príncipe Zúbov otro, a pesar de los cuarenta años que lo distanciaban de la monarca. La emancipada Catalina fue objeto de difamaciones de todo tipo, que le atribuían una lujuria desenfrenada y ocultaban sus dotes de intelectual y estadista. Chéri, la novela de Colette, retrata a Léa, una mujer madura y experimentada en artes amatorias, que a comienzos del siglo XX seduce al hijo de una amiga, por pedido de ella. El joven se enamora de ella, pero al cabo de un tiempo de felicidad encuentra otra mujer, de su edad, y abandona a la madura. Perder a quien probablemente sea el último hombre que serán capaces de seducir, parece ser el destino de las mujeres mayores. En cuanto a la suerte del joven amante que disfrutó esa oportunidad única, no puede ser mucho mejor, decide Colette, que había pasado por la misma experiencia con su segundo marido.
No podía evitar pensar que había logrado escapar de algo, y que era de nuevo un hombre libre. Un sentimiento que más tarde se revelaría como un completo error. Pasaron muchos años antes de que entendiera que ambos habían sido injustamente castigados. Léa, por haber nacido muchos antes que él, y Chéri por no haber conseguido entender que Léa era la única mujer a la que sería capaz de amar. Y cuando cayó en la cuenta de que era así, sacó su vieja pistola reglamentaria y se pegó un tiro en la cabeza. (Colette: Chéri)

RAPTADAS Y VIOLADAS

Cautiva
El rapto de mujeres fue una práctica habitual de los pueblos primitivos, gracias a la cual se establecían parejas libres de los riesgos genéticos de un parentesco demasiado próximo. Si alguien decidía buscar pareja en el interior de la pequeña comunidad en la que había nacido, lo más probable era que terminara casándose con quien debía ser su pariente cercano, situación que no tardó en advertirse como un riesgo de taras genéticas en la descendencia. Lejos de ser considerada una situación violenta que desafiara el orden establecido, el rapto era una actividad que la comunidad aprobaba, para que las parejas no incurrieran en incesto. Si el matrimonio ha sido entendido como una institución necesaria para la supervivencia de la comunidad, el rapto indica la presencia del deseo sexual como una de sus motivaciones más intensas. En la mitología griega, Zeus, el padre de los dioses, rapta a quien luego se convierte en su esposa, la diosa Hera, pero también a la ninfa Europa, bajo la forma de un toro, como seduce a Antíope adoptando la apariencia de un sátiro. Para raptar al joven pastor Ganímedes, Zeus adquiere la apariencia de un águila capaz de llevar a su presa al cielo. Antes, Poseidón, rey del océano, había raptado al joven Pélope con parecidos propósitos.
Dafne y Zeus
Si Zeus no tiene necesidad de raptar a Danae, es porque la engaña presentándose como una lluvia de monedas de oro, que la convencen de recibirlo entre sus piernas. Para Plutarco, los raptos de los dioses griegos no hubieran sido posibles sin la aprobación de las víctimas. De hecho, en Esparta el rapto era prescrito por el ceremonial de las bodas. El simulacro incluía cargar con la novia en brazos, una costumbre que persiste en muchos países de Occidente para los recién casados, aunque se encuentre desprovista del significado original: el hombre alza a la mujer y cruza con ella el umbral simbólico que separa la soltería de la vida en pareja. En el mundo antiguo, esto iba acompañado por gritos y gestos de resistencia de la mujer. Hades, el dios del inframundo, rapta a la ninfa Perséfone, con el consentimiento de Zeus. Esta es una imagen bastante oscura del matrimonio. La mujer abandona el ámbito familiar para entregarse a una incertidumbre que teme, porque le resulta imposible prever las consecuencias. Al entregarse al novio (al quedar sometida a él) se libra de la seguridad o las cargas que puede haber sufrido en el seno de su familia, pero no por ello se independiza. Apenas queda bajo las reglas que impone su pareja. Las amazonas eran guerreras que raptaban a hombres en sus correrías, los utilizaban como sementales y luego los mataban, mutilaban o reducían a la esclavitud. El rapto instalaba una lógica del poder que la relación posterior no podía perturbar. El raptor (la raptora) no entregaba el mando. La pareja que se establecía, por legalizada que estuviera posteriormente, no alteraba la desigualdad inicial. Hay raptos que tienen consecuencias funestas. Cuando Layo se enamora de Crísipo, joven príncipe que le ha sido confiado por su padre para que lo eduque, él lo rapta y a continuación lo viola, causando el suicidio del adolescente y el enojo de los dioses, que deciden maldecirlo. Si Layo se casara y tuviera hijos, ellos habrían de matarlo. A pesar de las precauciones que toma Layo con su pareja, Yocasta, para evitar cualquier contacto sexual, durante una borrachera a la que es inducido por la mujer, engendra a Edipo, personaje cuya historia funesta se completa una generación más tarde, cuando todos los miembros de la familia han muerto. Teseo rapta a la amazona Antíope, que pare un hijo, Hipólito, quien al crecer despierta el deseo de Fedra, la esposa de su padre, una situación que de nuevo acarrea la muerte de todos los involucrados. De la captura de Helena por Paris, un troyano que no toma en cuenta su condición de mujer casada con Menéalo, surgen las hostilidades que se prolongan durante la interminable Guerra de Troya. La posibilidad de que se tratara de un rapto (por lo que suele representárselos como un hombre que sujeta a la mujer por la muñeca), y no de un acuerdo entre los amantes, permite que el honor de Helena quede a salvo, a pesar de los muchos años que ha convivido con Paris, y que regrese a su marido tras la derrota de los troyanos.
Rubens: Rapto de las sabinas
En los orígenes de Roma, Rómulo, fundador mítico de la ciudad, que inicialmente solo contaba con pobladores masculinos, decidió conseguir mujeres mediante el rapto sistematizado de aquellas provenientes de los pueblos vecinos. Para eso organizó una fiesta en honor del dios Neptuno. En medio de las libaciones, los hombres de Rómulo mataron a los vecinos y secuestran a las mujeres que los habían acompañado. Cuando los padres y maridos que habían sobrevivido intentaron rescatarlas, ellas detuvieron la guerra que parecía inevitable, informándoles que no estaban dispuestas a incrementar el número de las huérfanas o viudas, según cuenta Tito Livio. Por lo tanto, validaron la violencia y pasaron desde ese momento a comportarse como fieles esposas de quienes habían sido sus agresores.
Las unas se arrancan los cabellos, las otras pierden el sentido, éstas guardan un sombrío silencio, aquéllas llaman a sus madres, quiénes se lamentan, quiénes quedan embargadas de estupor, algunas permanecen inmóviles y no pocas se dan a la fuga. Las doncellas robadas, presa ofrecida al dios Genio, desaparecen de allí y el temor multiplicó en muchas los naturales encantos. Si alguna se resiste tenaz a seguir al raptor, éste la coge en brazos, y estrechándola contra el ávido seno, la consuela con tales palabras: ¿Por qué enturbias con el llanto tus lindos ojos? Aquello que tu padre es para tu madre, eso seré yo para ti. (Ovidio: El Arte de Amar)
Grandes pintores de distintas épocas, como Poussin, David y Picasso, escultores como Juan de Bolonia, han representado el instante en que la fiesta de los romanos se convierte en rapto y asesinato. Es una imagen de violencia sin freno que se repite a través del tiempo y no resulta repulsiva para los observadores, porque combina la representación de raptores viriles, de fuertes músculos y víctimas semidesnudas, incapaces de hacer nada para torcer su destino. ¿Qué tipo de pareja puede fundarse a partir de una imposición de la fuerza masculina y la negación de que la mujer pueda controlar su vida? Una fantasía sadomasoquista en la que a pesar del engaño y la agresión evidentes del comienzo, conduce a un improbable final feliz.
Picasso: Rapto de las sabinas
Para los romanos, si la mujer que había sido raptada, se consideraba que estaba de acuerdo con el raptor, motivo por el cual el matrimonio era permitido. El Emperador Constantino prohibió ese final feliz tras la violencia, en el siglo IV, y la medida fue reforzada en el siglo VI por Justiniano, que estableció la pena de muerte para los raptores y la confiscación de todos sus bienes, para compensar a la familia ofendida. Los padres de la raptada quedaban autorizados para matar al raptor, si lo sorprendían in fraganti.
 Entre los pueblos germánicos, en cambio, el rapto de mujeres se compensaba con dinero o regalos entregados por el raptor a las familias de las víctimas. Antes del siglo IX de nuestra era, el rapto dejó de ser considerado un impedimento para el matrimonio en Europa. La iglesia católica prefirió considerar válidos aquellos raptos que las víctimas hubieran consentido. Cómo determinar que eso era cierto, gracias a la declaración de una mujer a la que de todos modos le estaba negado regresar al estado previo, o por el testimonio de un hombre a quien no le convenía inculparse, es cosa que cuesta entender.
El rapto de la novia era un procedimiento que permitía acelerar la boda, evitando los onerosos trámites del noviazgo tradicional, que requerían tiempo y capitales considerables. Una vez consumado el rapto, la preocupación de los parientes no era castigar al responsable, sino legalizar la trasgresión, negociar un matrimonio quecalme a la opinión pública.
Malinche y Hernán Cortés
Tradicionalmente, la mujer raptada no podía regresar a su ambiente de origen. Bien o mal, había quedado incorporada al grupo familiar del hombre que había tomado posesión de su cuerpo y su voluntad. Cuando la azteca Malinche fue entregada junto con otras mujeres jóvenes a los invasores españoles que habían llegado a México a comienzos del siglo XVI, no tardó en aprender la lengua de los extranjeros, con el objeto de servir de intérprete a su pareja, Hernán Cortés, con quien compartía la cama y no tardó en convertirse en el más valioso auxiliar de sus actividades militares.
Por contraposición a Guadalupe, que es la Madre virgen, la Chingada es la Madre violada. (…) Es la atroz encarnación de la condición femenina. Si la Chingada es una representación de la madre violada, no me parece forzado asociarla a la conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias. El símbolo de la entrega es doña Malinche, la amante de Cortés. (Octavio Paz: El Laberinto de la Soledad)
Ningún sentimiento de lealtad a su pueblo de origen parece haber quedado en pie. Malinche se sometió a las decisiones que tomaba su pareja, una situación que no comprometía ninguna reciprocidad de parte de él. Cuando Cortés la abandonó tras haberse apoderado de México y engendrado un par de hijos mestizos con ella, Malinche encontró a Juan Jaramillo, otro español de menor rango, que la convirtió en su pareja. El modelo suministrado Malinche a las parejas mestizas que se multiplicaron por el continente americano, es uno desigual a más no poder, en el que la mujer demuestra que no podría vivir sin el hombre que la ha elegido, por lo que sacrifica cualquier cosa a la relación, mientras que el hombre utiliza esa entrega incondicional en su exclusivo beneficio.
La llegada de los conquistadores europeos a América, fue acompañado por la liquidación de las estructuras sociales que existían (la familia entre ellas) y el apoderamiento de mujeres nativas, que fueron sometidas a una servidumbre similar en muchos aspectos a la esclavitud y convertidas en parejas ocasionales de esos hombres que habían dejado a las suyas del otro lado del océano.
La historia de esas indígenas raptadas y mantenidas en cautiverio, preñadas y a veces convertidas en compañeras estables, aunque rara vez casadas con ellos, porque las leyes lo prohibían expresamente, no goza del mismo reconocimiento que el opuesto, de las mujeres europeas o criollas, que fueron raptadas por los indígenas.
No había corrido ni cincuenta metros, cuando un indio me agarró de las trenzas y me levantó en el aire y me puso atravesada sobre la cruz del caballo, gritando: “no escapando cristiana… cristiana linda no matando, llevando toldo”. (Tiburcio Escudero: La Cautiva de los ranqueles)
Uno de los personajes recurrentes de la literatura sudamericano del siglo XIX, es la mujer blanca raptada por bandas de indígenas durante algunas de las incursiones (malones) que hacían en un territorio en disputa, poblado recientemente por los europeos y sus descendientes criollos. Esa mujer es apartada del mundo que se considera civilizado y convertida en la esposa (una más) de algún cacique. En el poema La Cautiva de Esteban Echeverría y el Martín Fierro de José Hernández, la mujer blanca huye de los indígenas con quienes se ha visto obligada a convivir, una experiencia que le hace preferir el hambre o la muerte, antes que continuar aceptando ese maltrato (sexual, aunque no se lo detalle).
En las pinturas de Johann Mauritz Rugendas y Ángel della Valle, se asiste a la captura y calvario de una cautiva en la Patagonia. Las obras de arte exponen el temor de los habitantes de las ciudades que no podían sentirse demasiado seguros, porque aún disputaban el territorio que le habían quitado a los habitantes originarios del continente. El rapto horroriza y seduce. El contacto con el salvaje degrada a las mujeres y les promete una experiencia cuya intensidad emocional que parecía inaccesible en el mundo civilizado.
La sociedad criolla, relacionando con el poder colonial, que suministraba empleos, contactos y oportunidades de progreso económico, pero sin los mismos derechos que disfrutaban aquellos que habían nacido en Europa, fue definiéndose a partir de los descendientes de esas relaciones originadas en un acto de violencia.
El tema de la cautiva tiende a distraer del rapto y la violación de mujeres indígenas por los conquistadores primero y por sus descendientes criollos después. Tanto en el arte como en realidad, las mujeres de la cultura patriarcal, eran robadas a las familias donde nacieron, para ser incorporadas a las familias de los novios. Que hubiera violencia real o simulada en el establecimiento de una pareja humana, no es un dato casual, ni accesorio. Formaba parte de un ritual que se respetó durante miles de años y solo ha tendido a debilitarse y desaparecer con la modernidad.


A pesar de las noticias desalentadoras que la prensa trae todos los días, surge también la resistencia colectiva a los viejos esquemas mentales. Cuando un político chileno cuenta, durante un acto partidario, una “ocurrencia” que acabarían de contarle, obtiene las risas de los participantes y el aplauso que busca para poner fin a su discurso, pero también una inmediata lluvia de repudio desde las redes sociales. Su planteo (absolutamente inocente, según él) es que todas las mujeres se tiendan en el suelo y se porten bien, mientras que los hombres se tiren sobre ellas y se porten mal.
No se trata ni siquiera de un chiste, un juego de palabras, sino de establecer una imagen de desiguales roles de poder y sumisión que la opinión pública ha definido como políticamente incorrectos no hace mucho. Ahora, el chascarrillo habitual de vestuarios masculinos o reuniones de amigos, pasa a ser conocido y condenado por una audiencia mucho mayor y muy activa, que se encarga de formar opinión entre los indecisos. La práctica tolerada y hasta fomentada en el pasado por las tribunas más autorizadas, queda al descubierto y los responsables deben pedir disculpas. ¿Es el signo de un cambio de época o tan solo la evidencia de que el tema pasa a ser discutido, mientras la violencia continúa, tomando precauciones para no ser descubierta?