domingo, 18 de enero de 2015

POLIANDRIA


Poliandria en Tibet
Los romanos tenían más de una evidencia para sentirse el centro del mundo conocido. Habían construido un Imperio dilatado que funcionaba razonablemente bien, aunque costaba comunicarlo y se desajustaba con frecuencia. Para mantenerlo, negociaban con pueblos muy diferentes, como los celtas y se enteraban de situaciones que ellos, a pesar de su fama de corruptos, nunca hubieran adoptado (entre otros motivos, porque desafiaban sus nociones de la propiedad y la filiación).

Diez y a veces doce [celtas] tienen esposas comunes a todos ellos; sobre todo, los hermanos. Si hubiera descendencia de esas esposas, se los considera hijos de aquel con quien ella se casó siendo virgen. (Julio César: Guerra de las Galias)

Entre los romanos existían alternativas legales como el repudio y el divorcio de mutuo acuerdo, para las parejas que no disfrutaban la vida en común. Los cristianos que los sucedieron, eran todavía más estrictos. Para ellos, el matrimonio había sido instituido por Dios y no podía ser disuelto. Hay visiones atroces de las consecuencias del adulterio y la promiscuidad, como describen las cartas de san Pablo, cuando anuncia el inminente fin del mundo que sobrevendría tras el regreso del Hijo de Dios (promesa que se posterga desde hace ya veinte siglos).
En ese momento los muertos saldrán de sus tumbas, como en la escena de espeluznante de un filme gore, para ser juzgados por los actos de su vida. Los adúlteros se descubrirán ligados corporalmente a sus parejas, y las prostitutas a la multitud de clientes a quienes vendieron su cuerpo. Esa imposibilidad de separarse más allá de la muerte, cuando todo lo que se pretendió fue pasar un buen rato que mejor se olvidara, debía causar espanto a los pecadores.

Cada oveja con su pareja (antiguo refrán español)

La posibilidad de que las mujeres, habitualmente sometidas a las decisiones de sus maridos, que a pesar de los juramentos no les deben fidelidad, puedan aprovechar los mismos privilegios de sus parejas, y convivir con tantos hombres como les plazca, suele ser evaluada por la opinión dominante como una prueba de que el mundo se ha trastornado y se dirige hacia la ruina, como la demostración de una falta de principios inaceptable.
Barbara Hutton y primer esposo
Durante el siglo XX, Barbara Hutton, heredera de una familia norteamericana enriquecida por el comercio, durante la adolescencia fue considerada la mujer más rica del planeta. Eso le abría las posibilidades de casarse con quien quisiera; a pesar de lo cual no pudo evitar que sus parejas la defraudaran, en ocasiones robándola, otras golpeándola. Ocho veces se casó y mantuvo relaciones con muchos hombres que solo llegaban a distraerla por un rato, antes de que el aburrimiento volviera a imponerse.

Solo me he acostado hombres con los que me he casado. ¿Cuántas mujeres pueden decir eso? (Elizabeth Taylor)

La actriz Elizabeth Taylor, que alcanzó la fama cuando era una niña, también se casó (y divorció) en más de una oportunidad. Dos veces lo hizo en la madurez con el mismo hombre (el actor Richard Burton). Una vez enviudó (de Michael Todd, por quien se convirtió del cristianismo al judaísmo). Lo hizo con hombres de su edad y ambiente, con otros mayores o bastante menores, que nada tenían que ver con el mundo del espectáculo. Si algo la exime de ser condenada por la moral dominante en su época, es que nunca tuvo más de un marido al mismo tiempo. Fue monógama, solo que nunca por mucho tiempo con el mismo hombre.
Elizabeth Taylor y sucesivos esposos
En el pasado, lo más probable era que hubiera un hombre para cada mujer. No se trataba de una garantía constitucional o un mandato religioso. La naturaleza misma se encarga de aproximar el número de nacimientos de un género y otro. A pesar de lo anterior, en las guerras muchos hombres mueren demasiado jóvenes, por lo que muchas mujeres se quedarían sin la pareja que necesitan, mientras que paralelamente, en lugares poco habitados, como el continente americano después de la llegada de los conquistadores europeos, sucedía lo contrario: en ciertas regiones faltaban mujeres. Cada una de las residentes disponía de demasiados hombres, para que pudiera formar pareja con un solo.
Supongamos mujeres que disfrutan la inesperada posibilidad de elegir pareja, mujeres que a veces no dependen de ningún hombre para subsistir, porque disponen de propiedades e industrias que han heredado o adquirido con sus propios recursos.
Ellas podrán cambiar de pareja si lo desean, que llegado cierto punto de desgaste de una relación, por lo tanto deciden si vale la pena (o no) realizar algún esfuerzo para salvarla. ¿Qué opciones se les presentan en la actualidad?
Primera opción: resignarse a la mala decisión en la que incurrieron al escoger pareja. El matrimonio es una institución, para muchos creyentes se trata inclusive de un sacramento, y una vez dado el paso, no hay retroceso (de acuerdo a la óptica del catolicismo, al menos).
Otra opción: incorporar un nuevo miembro a la pareja, alguien que supla las deficiencias detectadas en la pareja (es la opción poliándrica, no tolerada habitualmente por las instituciones civiles o religiosas).
Una tercera opción: divorciarse de una pareja legal, aunque hubiera que pagar cara la libertad, para entablar de inmediato una nueva relación monogámica, en la confianza de que la próxima resulte más satisfactoria que la anterior (esta es una opción desaconsejada por algunos cultos religiosos, pero aceptada por las leyes de casi todos los Estados y la opinión pública).
Barbara Hutton y Cary Grant
Cuando Barbara Hutton o Elizabeth Taylor acumulaban sucesivos matrimonios por amor, seguidos por rápidos divorcios atribuibles al desvanecimiento de la pasión, lo hacían exponiéndose a ser evaluadas moralmente por millones de lectores de la prensa y espectadores de cine que no las conocían personalmente, que por lo tanto ignoraban la mayor parte de sus circunstancias, pero de todos modos tenían acceso privilegiado a detalles de sus vidas que en otra época hubieran permanecido ignorados. Ellas no eran mujeres de un solo hombre, pero tampoco se trataba de poliandras declaradas. Técnicamente, continuaban siendo monógamas. Sus detractores y admiradores no les perdonarían la promiscuidad evidente.
La poliandria o convivencia legal de una mujer con varios hombres, es una situación bastante rara, a diferencia de lo que pasa con la poligamia o convivencia legal de un hombre con varias mujeres. Se da en ciertas comunidades aisladas, como los mosso del este de Tibet, los inuits o esquimales de Canadá o las tribus hunza del norte de Pakistán, en las que existe desde hace generaciones un pronunciado desequilibro entre muchos hombres y pocas mujeres. No es una crisis atribuible a la Naturaleza, que estadísticamente se encarga de emparejar a los géneros, sino la evidencia de una práctica humana reveladora del distinto valor que se atribuye a los hombres y las mujeres.
En China se consideraba que los hombres resultaban de mayor utilidad económica para la familia, mientras que las mujeres representarían una carga, puesto que al casarse quedaban fuera del grupo que tanto había invertido en ellas. Por eso, no dudaban en matar a las niñas al nacer, o antes de nacer, como se ha denunciado que ocurre hoy gracias al empleo de las ecografías que permiten averiguar el sexo del feto durante el embarazo.
Draupadi y hermanos Pandavas
El desequilibrio entre hombres y mujeres se ha resuelto en la India, permitiendo que los cinco hermanos Pandavas, dando cumplimiento al consejo de Kunti, su madre, que les ha pedido no separarse bajo ninguna circunstancia, compartan una única esposa, unos cinco siglos antes de nuestra era. Si bien es Arjuna, el arquero, quien la introduce en la casa del grupo, tras haberla ganado en un concurso organizado por el padre de la joven, es Yudhishtira, el mayor de los hermanos, quien ejerce primero sus derechos de esposo.
Como consecuencia de esta relación múltiple, la mujer pare cinco hijos en años sucesivos, uno por cada padre. Posteriormente, los Pandavas toman otras esposas, pero Draupadi continúa siendo la favorita de todos. En cierta ocasión Arjuna regresa inesperadamente al hogar, en busca de una lanza que olvidó, y sorprende la intimidad de uno de sus hermanos con Draupadi, situación por la que se lo castiga.
Draupadi no es bien considerada por sus contemporáneos, al punto que Dushasana se atreve a despojarla de sus ropas en público. No obstante, el dios Krishna intervienes para protegerla, suministrándole un sari interminable. En el libro sagrado del Mahabharata, se la presenta como el modelo de las esposas, totalmente consagrada al servicio de sus cinco esposos y ejemplo insuperable de castidad 
Entre los esquimales, cuando una esposa se quedaba esperando el regreso del marido, que había salido de caza, los hermanos menos del hombre podían acostarse con ella. La poliandria no se da nunca en sociedades matrilineales, donde la descendencia se define por el lado de la madre, no por el lado del padre.
El objetivo de la poliandria no es otorgar a las mujeres mayores libertades que las concedidas tradicionalmente a los hombres, sino evitar que las tierras de una familia se subdividan con cada nueva generación, hasta que resulten insuficientes para alimentar a sus propietarios. Gracias a la poliandria, todos los hijos que tiene una mujer con varios esposos, son considerados hermanos entre ellos y continúan explotando la misma propiedad.

CAZADORAS (NO SOLO DE HOMBRES): MUJERES QUE TOMAN LA INICIATIVA


Miss Cougar y amigo
Estoy orgullosa de representar a una nueva raza de mujeres fuertes, independientes, exitosas, que andan en busca de alguien que sea más atractivo que el común de los hombres de cuarenta años. (Gloria Navarro, Miss Cougar America)

El tema de las cazadoras de hombres puede haber adquirido cierta actualidad, pero no da para reírse de él. Las mujeres independientes que toman la iniciativa en asuntos de toda índole (política, negocios, profesiones liberales, incluso relaciones de pareja) probablemente resultan más amenazantes para los hombres, que dignas de burla. Están demasiado cerca y han proliferado, porque constituyen un ejemplo demasiado tentador para las nuevas generaciones. En inglés se las denomina cougar women (pumas) y sus eventuales parejas son los cubs (cachorros) que ellas crían.
Pueden ser protectoras y a la vez dominantes. Resultan muy atractivas y difíciles de detener. No dudan en asumir iniciativas que hasta no hace mucho parecían aterrorizarlas o al menos no sospechaban que estuvieran en condiciones de competir con sus similares masculinos. No se resignan a la mítica soledad del Poder. Dedican mucho dinero y energías para mantenerse vigentes como objetos deseables para los hombres.
Cuando eran más jóvenes, podían limitarse a esperar que las eligieran como pareja. En su madurez, suelen ser profesionales que disponen de abundantes medios económicos que las han vuelto independientes de los hombres y saben lo que les atrae de la relación con ellos. En los EEUU, ellas organizan Convenciones en ciudades turísticas, que sirven para conocer parejas. Eligen a reinas de belleza. Participan en cruceros temáticos por el Caribe, donde uno de los atractivos es la presencia de hombres dispuestos a ser cazados. Se multiplican los locales donde se ofrecen espectáculos strip tease masculino para una clientela femenina. El stripper se ha convertido en una rutina de las despedidas de soltera.
Cuando se difunde la noticia de una joven esposa que da a luz un hijo con enanismo, tras haber pasado por una despedida de soltera donde la figura protagónica había sido un stripper de esa condición, lo que sucede en esas celebraciones queda expuesto bajo una luz perturbadora.
Probablemente siempre hubo mujeres que deseaban tomar la iniciativa en todas las esferas de la actividad humana; la mayor novedad es que en la actualidad no llegan a  censurarse tanto como sucedía. La cougar woman suele ser la concreción del mito de la diosa Diana de la Antigüedad, una mujer que gracias al poder que probablemente alcanzó mediante su esfuerzo, se considera por encima de las limitaciones habituales de aquellas que la precedieron.
No depende económicamente de un hombre, aunque puede haber sufrido esa limitación en el pasado y no está dispuesta a sufrirlo de nuevo. Tiene edad suficiente para haber establecido una familia, que no necesita ampliar. Exhibe una trayectoria profesional que no puede ser cuestionada. Ha sabido invertir el capital que reunió y le asegura el futuro. Dedica buena parte de su dinero al cuidado de su imagen personal. Goza de una libertad impensable para la mayoría de sus congéneres, que deben consultar a sus maridos, parientes y conocidos para tomar las decisiones más triviales.
Cuando han alcanzado tal grado de independencia, ¿qué considera ella que puede faltarle?  Nada, porque si advierte que algo necesita, controlan su propio dinero, y por lo tanto lo compran. Cuando se proponen obtener la compañía de un hombre, lo capturan, no se sientan a esperar que él pase y decida seducirlas.
Mae West en espectáculo
A mediados del siglo XX, la actriz y escritora Mae West elaboró primero en el teatro, luego en el cine, la caricatura de una mujer devoradora, imposible de detener, a la vez independiente y urgida de parejas masculinas.

¿Para qué hacer sufrir a un hombre casándote con él, cuando se puede hacer felices a muchos? (Mae West)  

El desparpajo femenino puede no ser bien apreciado por la sociedad, que durante siglos ha intentado reducir a las mujeres a un rol sumiso que termina por convertirse en segunda naturaleza para muchas. En contraste con ellas, las rebeldes corren el riesgo de que las señalen con el dedo o las lapiden, pero no el de ser ignoradas.
Si conquistan a los hombres que le interesan, mientras su atractivo sexual se encuentra vigente, luego, cuando advierten que el encanto se ha debilitado o extinguido, no tienen demasiados problemas en pagarles por su compañía (tal como los hombres vienen haciendo desde siempre con las mujeres).
Sex and the Cuty
Una mujer envejecida, pero con recursos económicos, que paga con dinero, regalos o contactos los favores de un gigoló, no es una imagen demasiado amable para una cougar woman, como tampoco puede serlo aquella de un hombre envejecido, que paga los servicios de una prostituta. La idea sea ha vuelto menos extraña, gracias a personajes de la serie de televisión Sex and the City, donde el personaje de Samantha Jones continúa siendo atractiva, de ningún modo ridícula, cuando se exhibe con parejas esporádicas pero sin duda más jóvenes. Ella dice a uno de esos hombres:

Te quiero, pero más me quiero a mí misma. (Samantha Jones: Sex and the City)

Los hombres pasan por la vida de una mujer poderosa y quedan marcados por la experiencia, no a la inversa, como suponía la tradición machista. Una canción de 1929 resume la visión despectiva del gigoló que se deja seducir (o más bien, financiar) por mujeres mayores. En ese momento, él podía ser un bailarín al que una mujer pagaba para que la acompañara durante un baile de salón, circunstancia que ofrecía la oportunidad de entablar un diálogo discreto, durante el cual se negociaban transacciones posteriores de índole más íntima.

Just a gigoló / everywhere I go / people know the part / I´m playing. / Paid for every dance / selling each romance / every night some heart / betraying. (Leonello Casucci y Julius Brammer: Just a Gigolo)

Joan Collins y actual esposo
Actrices maduras de Hollywood como Joan Collins, Cher, Barbara Hershey, Demi Moore, Madonna, Susan Sarandon, Cameron Diaz, Katie Couric, Halle Berry, se han exhibido ante la prensa con sus parejas bastante más jóvenes que ellas, a quienes parecen elegir o desechar de acuerdo a su capricho (pero que tarde o temprano las abandonan, porque se sienten atraídos por mujeres de su edad). Si la historia se cuenta de ese modo, sugiere una moraleja desalentadora: aquellas que salen de caza, terminan defraudadas.
Vista desde otra perspectiva, las pocas cazadoras que se encuentran en condiciones de practicar ese deporte, no deben compartir las ilusiones de establecer una pareja que subsista hasta el final de sus días. La estabilidad no puede ser su objetivo, cuando se encuentran en condiciones de evaluar aquello que les satisface y aquello que no.
Fran Drescher y actual esposo
Fran Drescher, comediante que alcanzó notoriedad en la sitcom The Nanny, utilizó su experiencia matrimonial con un hombre 16 años más joven, como núcleo temático de otra sitcom, Living with Fran, que no tuvo la misma recepción que la anterior, y fue cancelada al terminar la segunda temporada de exhibición. En el mundo contemporáneo no debiera haber ningún obstáculo para aceptar la imagen de una mujer tonta, que fracasa repetidamente cuando trata de conquistar a un hombre de más edad, educación y riqueza. No obstante, la idea de poner el poder en manos de la mujer, incluyendo la elección de parejas, se opone a las expectativas de la audiencia masiva.

Demasiadas mujeres esperan que los hombres les brinden la felicidad. Yo no dependo de los hombres para conseguir la mía. Sé cómo manejar a los hombres. Tengo un código, sin embargo: nada de alcohol, nada de tabaco y tampoco hombres casados. Hay demasiados hombres alrededor. (Mae West)

Suele haber algo intimidante en la imagen de una mujer madura y segura de sí misma, que sale en busca de una pareja más joven, alguien que de acuerdo a sus adversarios, podría ser su hijo pero no lo es, aunque sí alguien que se encuentra subordinado a ella. El fantasma del incesto queda flotando en la condena social de estas uniones dispares, que pueden resultar satisfactorias inicialmente para quienes las viven.
¿Qué sale ganando la mujer madura de la relación con un hombre más joven? Puede suponer que el vigor de un amante en la plenitud de su sexualidad. También la posibilidad de modelar a ese hombre de acuerdo a las demandas de la mujer.
¿Qué gana él? Probablemente la experiencia de acceder a una mujer que ha pasado por otros hombres y en lugar de ser devaluada por esa circunstancia, aprendió de ellos (o lo más probable, por causa de ellos) a tomar la iniciativa incluso en asuntos como la seducción.
Las dos iniciativas resultan sospechosas. ¿Desde cuándo las mujeres que han sufrido decepciones en el curso de sus anteriores relaciones de pareja, buscan la repetición de lo sucedido en encuentros con sujetos que pueden ser tan inseguros como los hombres jóvenes? ¿Qué placer obtienen ellas de la oportunidad de educarlos y hacerlos madurar, cuando al hacerlo se arriesgan a perderlos?
El tiempo es uno de los principales adversarios de estas mujeres que derriban tantas barreras. Aunque las cazadoras demoren con sabiduría la aparición de los inevitables signos de la edad y los hombres que atraparon disfruten esa oportunidad que les fue concedida, la relación de estas parejas tiene los días contados. Pueden ser días felices, pero el tiempo juega en contra. Los testigos no los envidian ni acompañan en su felicidad. Sólo apuestan cuánto durará la conquista.
Pentesilea derrotada por Aquiles
Para la mentalidad masculina, que no suele resignarse a perder sus privilegios milenarios, las mujeres que toman la iniciativa en lo sexual como en cualquier otro ámbito, tarde o temprano deben ser derrotadas por un hombre. Más aún, a pesar de las muchas victorias que pueden exhibir en todos los campos de la actividad humana, ellas suelen dar la impresión de estar buscando siempre al hombre las someta, como confiesa Pentesilea, reina de las amazonas.

PENTESILEA: Dejad que venga [se refiere a Aquiles, el enemigo del que se ha enamorado]. Dejad que ponga su pie acerado en mi nuca. Así lo quiero. (…) Dejad que me arrastre por los pelos atada a sus caballos, y que este cuerpo, lleno de vida floreciente, sea arrojado con ignominia al campo abierto, como pasto matinal de los perros, de la horrenda familia de las aves rapaces. ¡Prefiero ser polvo, a ser una hembra que carece del poder de seducción! (Heinrich von Kleist: Pentesilea)

viernes, 14 de noviembre de 2014

RECLAMOS: UN ESPACIO PROPIO DE LAS MUJERES


Marie Dentière
Marie Dentière, esposa de un Teólogo protestante, durante la Reforma de comienzos del siglo XVI, se definía como una ferviente partidaria de la renovación del cristianismo y no podía evitar la crítica al mismo movimiento religioso en el que participaba, porque no había hallado en él más oportunidades para expresar sus pensamientos, que las habituales en el seno de la Iglesia Católica. Las quejas que se atrevió a publicar constituían un abierto desafío a las estructuras del Poder, que prometía costarle caro.

Pareciera que la alianza que [las mujeres nos] colocamos en nuestra mano el día del matrimonio, fuera como el anillo del rey Giges, que tenía la propiedad de hacerlo invisible, pero en nuestro caso, no para protegernos de nuestros enemigos, sino para arrebatarnos el derecho al tiempo y al espacio, para impedirnos el acceso a la plaza pública. (Marie Dentière)

A pesar de la rebelión contra la autoridad del Papa romano, Calvino había prohibido en su culto la prédica de las mujeres, tal como la Iglesia Católica había hecho durante siglos. La sociedad patriarcal concedía un limitado espacio al desempeño de las mujeres, con tal que lo dedicaran al servicio de la familia, comenzando por la obediencia al esposo, desatendiendo sus propios intereses. Ellas podían ser vistas como reinas de la cocina y el dormitorio, pero en ningún caso sus dueñas, puesto que debían compartir esos territorios con otras personas (los hombres de la familia) a quienes les correspondía seguir.

El lugar de la mujer es la casa. (Pierre-Joseph Proudhon: ¿Qué es la propiedad?)
Mujeres revolucionarias

Quien declara esto es un destacado ideólogo del cambio social del siglo XIX. Él se negaba a aceptar cualquier posibilidad de que las mujeres fueran incluidas entre los beneficiados por el nuevo régimen de derechos y obligaciones propuesto por la Revolución Francesa. Si las ciudadanas continuaban marginadas ¿de quiénes debían esperarse las decisiones que terminaran con esa situación?

Para una mujer (…) tener una habitación propia, no digamos una habitación tranquila y a prueba de sonido, era algo impensable aún a principios del siglo XIX, a menos que los padres de la mujer fueran excepcionalmente ricos (…). Sus capital, que dependía de la buena voluntad de su padre, solo le alcanzaba para vestir; ella estaba desprovista de pequeñas posesiones al alcance hasta de hombres pobres, como Keats, Tennyson o Carlyle. (Virginia Woolf: Una habitación propia)

Virginia Woolf
El reclamo de un espacio gobernado por las mujeres, imagen de su independencia en todos los aspectos de la vida, reaparece en distintos momentos de la Historia, en forma declarada o encubierta, sin quedar satisfecho nunca. La escritora Virginia Woolf tituló uno de sus ensayos Una habitación propia. Ese era el reclamo de una intelectual de comienzos del siglo XX, que pertenecía al grupo Bloomsbury, una reunión de pensadores de vanguardia, provenientes de la clase alta inglesa, que exploraban todas las ideas renovadoras que circulaban en la época, desde las políticas y estéticas, hasta las sexuales.
En ese ambiente que podía suponerse liberado de convenciones, Woolf planteaba la necesidad de establecer un espacio propio de las mujeres, que les permitiera descubrir sus intereses y desarrollar sus proyectos. Si ellas pesaban tan poco en la Historia de la Humanidad, era porque no habían llegado a disfrutar las condiciones materiales que posibilitaron el rol asumido por los hombres.
Nora Helmer, protagonista de la pieza teatral Casa de Muñecas de Henryk Ibsen, estrenada cuarenta años antes, era todavía más radical: no había ninguna posibilidad de desarrollo independiente para la mujer, mientras continuara atada a la institución del matrimonio.
Jenny Westphalen y Karl Marx
Casi por la misma época, Karl Marx le planteaba por escrito a su esposa la urgente necesidad de acordar un distanciamiento que debía servirles para reconsiderar su relación (y al menos en el caso de él, para facilitar su relación con otra mujer).

La separación temporal es útil, ya que la comunicación constante origina la apariencia de monotonía que lima la diferencia entre las cosas. Hasta las torres de cerca no parecen tan altas, mientras las minucias de la vida diaria, al tropezar con ellas crecen desmesuradamente. Lo mismo sucede con las pasiones: los hábitos consuetudinarios que como resultado de la proximidad se apoderan del hombre por entero y toman forma de pasión, dejan de existir tan pronto desaparece del campo visual su objeto directo. Las pasiones profundas (…) recuperan su vigor bajo el mágico influjo de la ausencia. (Karl Marx: carta a su esposa Jenny von Westphalen)

No cuesta demasiado entender que los seres humanos se atraen y necesitan acercarse, tocarse, establecer una intimidad en la que los espacios de cada uno se confunden, porque las fronteras desaparecen, pero la idea de compartir durante la mayor parte del tiempo el poco o mucho espacio que se dispone con otra persona, no siempre ha sido vista como la forma ideal de convivir.
Para algunos, levantar las barreras y renunciar al espacio propio, es una decisión atemorizante, que amenaza con trastornar sus hábitos más arraigados y los obliga a retroceder, postergando cualquier compromiso a largo plazo, como el matrimonio. ¿Será posible amoldarse a la rutina de convivir con alguien que hasta entonces se conocía de lejos o basándose en breves encuentros, que disimulaban pequeñas o grandes incompatibilidades? ¿Terminará arrepintiéndose del proyecto de compartir el espacio?
Hay parejas encantadoras o seductoras, que sin embargo roncan, que huelen mal cuando los perfumes y desodorantes se disipan, que hablan más de lo necesario, que están siempre vigilando a la otra persona. Hay novios atentos al mínimo capricho de sus novias, que se revelan como celosos patológicos, una vez que la vida en común se establece. ¿Aceptará cada miembro de la pareja las (buenas y malas) costumbres que el otro aporta a la relación, que no suelen ser confesadas durante la etapa de acercamiento, que a veces ni siquiera se han revelado y no siempre están dispuestos a sacrificar?
Mujeres griegas en el gineceo
Para los griegos de la Antigüedad, establecer una prudente distancia entre los géneros era la única alternativa que se dejaba para la mujer digna de respeto y el hombre responsable ante sus iguales. Según los espartanos que vivían preparándose para la guerra, la vecindad del enamoramiento heterosexual, el matrimonio y la vida familiar, planteaban riesgos indeseables para los intereses del Estado. Que los encuentros sexuales entre marido y mujer debieran hacerse sin luces, indica no la obligación de preservar el pudor, como la imposición de mantener lo más impersonal que fuera posible una relación que no debía complicarse con el afecto. Hasta la simple idea de comer en familia era interpretada como un resquebrajamiento de la disciplina militar.En la democrática Atenas, el lugar asignado a la mujer no era más amplio. 
La esposa ocupaba un espacio propio, el Gineceo, ubicado lejos de la calle, en la parte más oculta de la casa, compartido con sirvientas y niños pequeños. El hombre la visitaba cada vez que deseaba, para mantener relaciones sexuales destinadas a la procreación. Una vez satisfecho, se apartaba a su propio espacio, que incluía las calles y plazas, compartidas con otros hombres.
Los encuentros más estimulantes entre hombres y mujeres ocurrían durante las orgías, banquetes que combinaban la discusión intelectual del alto vuelo, el sexo, la comida y el consumo de vino. Allí, las mujeres invitadas eran atractivas y bien educadas hetairas (prostitutas) con quienes los hombres discurrían de igual a igual, acerca de política y filosofía. Estaban maquilladas, lucían largas cabelleras y escotes, habían leído libros y estaban informadas sobre la actualidad, a diferencias de las esposas. Cualquier desborde estaba permitido en ese espacio controlado por los hombres, similares a los clubes Playboy del siglo XX, con la diferencia de la cultura involucrada.
Los espartanos desconfiaban tanto de las relaciones heterosexuales, que ponían límites legales odiosos como la obligación efectuar los contactos en la más completa oscuridad, sin otro objeto que generar ciudadanos útiles para el Estado. Hasta la simple idea de comer en familia era interpretada como un resquebrajamiento de la disciplina militar.
Mujeres chinas del Medioevo
La idea de recluir a las mujeres para facilitar su control, reaparece en diversas culturas. En un palacio construido en China alrededor del siglo XIV, se asignaban distintas áreas a las distintas categorías de miembros de la familia. Las habitaciones del señor de la casa estaban en la parte delantera, mientras que a las mujeres se les reservaba otros espacios, en el centro de la casa. La esposa legal y sus hijos vivían en una casa que miraba al este, mientras que las concubinas y sus hijos habitaban casas que miraban al oeste. Cada familia tenía sus habitaciones propias, sus muebles y un patio que les permitía vivir sin contactarse con la familia de al lado, a pesar de estar todos relacionados con el señor de la casa. Al dividirlas, el hombre confirmaba su rol decisivo y simultáneamente el rol accesorio de las mujeres.
Pies de mujer china
En ocasiones, juzgan, están demasiado próximos de la pareja, a quien ven dormir o despertar, libre de los artificios de la seducción diurna, y donde están sin mayores defensas cuando se desencadena una agresión. Dormir con la pareja, aplaca los temores nocturnos a la soledad, suministra un interlocutor permanente, que fuerza a un diálogo continuado, capaz de agotar todos los temas imaginables y destruir gran parte del encanto de cualquier relación. Muchas parejas naufragan en el territorio de la cama compartida, mientras que otras solo se mantienen vigentes gracias a esa vecindad donde se acompañan, consuelan o establecen treguas en el final de cada jornada.

MUJERES ENCLAUSTRADAS



Estoy como una mosca atrapada en una telaraña. (Rosie: carta escrita a Marius Feneck, vecino que no le respondió, durante su encierro en Londres)

Rescate de Rapunzel por el Príncipe
En Rapunzel, el cuento popular recopilado a comienzos del siglo XIX por los hermanos Jakob y Wilhelm Grimm, una heroína de largas trenzas vive en lo alto de una torre inaccesible, donde la encerraron para evitar que entre en contacto con  ningún hombre. Quien la mantiene allí, desde los doce años, es una mujer madura, la Dama Gothel, una hechicera. Eso no impide que la joven cante para sentirse acompañada y suelte sus cabellos dorados, llamando la atención del Príncipe heredero que pasa por ese lugar apartado. Rapunzel lo seduce involuntariamente, porque ese parece ser su Destino o si se prefieren términos más modernos, la irresistible pulsión de sus hormonas.  
La mujer impedida de formar una pareja por decisiones de quienes ejercen la autoridad, de acuerdo a criterios que ni siquiera entiende, halla la forma de burlar la prohibición. En los cuentos de hadas el encierro femenino suele ser físico, no mental. A diferencia de las heroínas del siglo XIX de Jane Austin, que se encuentran presas de las convenciones sociales, Rapunzel, Blanca Nieves o la Bella Durmiente aceptan la primera oportunidad que se les brinda para escapar con el primer hombre que tienen delante de los ojos. En el caso de Rapunzel, que la torre carezca de puerta no es mayor obstáculo para entrar en contacto con su posible pareja. Ella le permite utilizar sus largos cabellos para escalar la torre y seducirla.

En el primer momento, Rapunzel se asustó mucho, al ver un hombre, pues jamás sus ojos habían visto ninguno. Pero el Príncipe le dirigió la palabra con gran afabilidad y le explicó que su canto le había impresionado de tal manera su corazón, que ya no había gozado de un momento de paz hasta hallar la manera de subir a verla. Al escucharlo, perdió Rapunzel el miedo, y cuando él le preguntó si lo quería como esposo, viendo la muchacha que era joven y apuesto, pensó: “Me querrá más que la vieja” [la Hechicera] y le respondió, poniendo la mano en la suya: “Sí, mucho deseo irme contigo”, (Jakpv y Wilhelm Grimm: Rapunzel)

De acuerdo a estas historias destinadas a la infancia, que siempre resultan aleccionadoras, dignas de ser tomadas como modelos de comportamiento, la vida en pareja no tiene comparación posible con el tedio de la soledad. Desde el punto de vista masculino, la fantasía de salvar a una mujer tiene varios aspectos destacados. Primero, establece el rol providencial del hombre, cuya intervención termina con una situación injusta que la mujer sola es incapaz de resolver.
Segundo y consecuencia de lo anterior, ella debe quedar eternamente agradecida por el servicio que le han prestado; o lo que es igual, debe considerarse sometida al hombre a partir de ese momento. Por eso la liberación de Rapunzel de su torre, entraña un segundo y definitivo encierro, esta vez en el interior de la institución del matrimonio vigilada por el Estado y la Iglesia.
Dama de Shalott
Elena, la dama de la isla de Shalott que aparece en el poema de Alfred Tennyson, es un hada de los tiempos del Rey Arturo. Vive encerrada en una torre, cantando y tejiendo día y noche un tapiz inacabable, como el de Penélope, sin la esperanza de que un hombre (su pareja soñada) la rescate de la reclusión algún día. Ni siquiera conoce el motivo de la maldición que le impide mirar directamente el mundo real, por lo que se conforma con ver las imágenes que refleja (y también distorsiona) un espejo puesto frente a la ventana. Fuera de la torre, en la orilla opuesta, se encuentra el castillo de Camelot, del cual entran y salen los caballeros, que cabalgan ágiles y agitan pendones que atraen la mirada. El joven Lancelot, el más atractivo por la pureza de su vida, se encuentra entre ellos.

A un tiro de flecha de su alero / cabalgaba él en medio de las mieses; / venía el sol brillando entre las hojas, / llameando en las broncíneas grebas / del audaz y valiente Lancelot. / Un cruzado por siempre de rodillas / ante una dama fulgía en su escudo / por los remotos campos amarillos / cercanos a Shalott. (Tennyson: La Dama de Shalott)

Elena se enamora de él y decide rebelarse contra la maldición. Se dice que está harta de vivir entre sombras. Mira directamente el paso del caballero y el espejo se quiebra. Elena abandona la protección de la torre, aborda un bote y se deja llevar por la corriente del río, rumbo a Camelot, donde espera reunirse con su amado. Cuando Lancelot la descubre, de regreso de una de sus misiones, ella está muerta.
La historia de la dama de Shalott instruye a las mujeres sobre los riesgos de poner fin a la reclusión que sufren por decisión propia.  Dentro de su encierro, ellas permanecen libres del escarnio del tiempo. No cambian. Están solas y sin duda estériles, pero (si ello sirve de consuelo) son eternamente jóvenes. Al entrar en contacto con el mundo real y alternar con la diversidad de hombres que lo habitan, quedan expuestas a los riesgos que afronta cualquier mujer, una circunstancia que significa decepción, envejecimiento y muerte. La moraleja implícita es que conviene conformarse con la vida en la torre, cualesquiera sean sus límites, porque el mundo exterior se revela todavía más temible.
En una época definida por la universalidad de los derechos humanos, abundan los enclaustramientos de mujeres, destinados a facilitar la sumisión a un hombre que de otro modo no estaría en condiciones de reclamar la obediencia de ellas.
Natascha Kampush después de su liberación
En 1996, la joven Natascha Kampusch escapó del encierro en que la había mantenido Wolfgang Prikopil, su raptor durante ocho años, tiempo en que la fotografió y grabó en video, para vender el material en el mercado de pornografía sadomasoquista de Viena. La progresiva desubicación de la adolescente ha sido descrita por ella.

Es una sensación muy extraña que todo funcione sin ti y que no haya nadie para rescatarte. El secuestrador me decía que yo no le importaba a nadie, y que ya era una persona muerta. (Natascha Kampusch)

En 2008, fue descubierto en Austria otro hombre que había encerrado a su hija, durante más de veinte años, en un refugio subterráneo, lugar donde ella fue abusada sexualmente y llegó a parir seis hijos. Aproximadamente por la misma época, en la India, descubrieron a una mujer de treinta años que había pasado ocho años encerrada en una cabaña por sus padres.
En septiembre de 2009, en Estambul, aparecieron nueve mujeres que habían aceptado participar en una presunta versión femenina del reality show Gran Hermano que duró varios meses, durante los cuales sus imágenes fueron registradas y difundidas por Internet.
Noticias similares provienen de los más opuestos rincones del planeta. En la actualidad, cuando ni las monjas suelen permanecer encerradas en sus conventos, los hombres intentan controlar a sus parejas mediante formas variadas de privación de libertad.
En Carmen de Areco, Argentina, descubrieron a cinco mujeres jóvenes encerradas en cubículos del sótano de un cabaret donde las obligaban a prostituirse. Esta es una modalidad frecuente en el tráfico de personas: se conduce a las mujeres lejos de su ambiente habitual, donde es menos probable que nadie las ayude, y se las encierra para soltarlas solo para que las utilice un cliente.
No conviene pensar que la restricción es ejercida por explotadores tan evidentes como los intermediarios de la prostitución. En abril de 2010, en México apareció una mujer que habría permanecido encerrada por sus padres veinte años, desde que comenzó su adolescencia, probablemente para ocultar o (lo más probable) facilitar una agresión incestuosa.
Los abusos de la modernidad suelen diferir poco de los medievales. En julio de 2010, la prensa española contó la historia de una esposa gallega que cayó de un balcón y murió cuando intentaba escapar del departamento donde su pareja la mantenía encerrada.
Mujeres musulmanas veladas
En 2013, la policía inglesa descubre a tres mujeres de distintas edades (69, 57 y 30) y distintas nacionalidades (malasia, irlandesa e inglesa) que habían sido encerradas en una casa de Londres por una pareja anciana, durante treinta años, sin que los vecinos advirtieran nada. La más joven de las prisioneras había nacido en el encierro.
Una de las fantasías masculinas más arraigadas en distintas culturas, es la de apoderar y encerrar a una mujer que se considera deseable (a muchas mujeres, si eso resulta posible, como sucede en el harén) por un tiempo indeterminado, con el objeto de exponerlas a otros hombres o para obligarlas a generar riquezas que ellos no compartirán con ellas.
Edward Hopper: Pintura
Directamente conectada con la fantasía anterior se encuentra otra no menos halagadora para el narcisismo del hombre: aquella que se refiere al rescate de una mujer que fue encerrada injustamente por otro hombre o las instituciones que las marginan. En esta fantasía, lejos de hacer ningún esfuerzo para liberarse de la restricción que sufre, la prisionera aguarda la llegada del caballero que ha decidido a liberarla del primer captor, para apoderarse de ella a continuación (solo que ahora, bajo la condición de legítima esposa).
Las dos historias confirman los roles tradicionales que se atribuyen a las relaciones entre hombres y mujeres. Ellos se encargan de las tareas más atractivas: encierran o liberan mujeres, afrontando el riesgo de competir con otros hombres que tienen los mismos objetivos, mientras ellas los dejan hacer, aunque sufran durante la espera, y no ven otra alternativa que entregarse al salvador, como lo habían hecho antes con el raptor.