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viernes, 14 de noviembre de 2014

RECLAMOS: UN ESPACIO PROPIO DE LAS MUJERES


Marie Dentière
Marie Dentière, esposa de un Teólogo protestante, durante la Reforma de comienzos del siglo XVI, se definía como una ferviente partidaria de la renovación del cristianismo y no podía evitar la crítica al mismo movimiento religioso en el que participaba, porque no había hallado en él más oportunidades para expresar sus pensamientos, que las habituales en el seno de la Iglesia Católica. Las quejas que se atrevió a publicar constituían un abierto desafío a las estructuras del Poder, que prometía costarle caro.

Pareciera que la alianza que [las mujeres nos] colocamos en nuestra mano el día del matrimonio, fuera como el anillo del rey Giges, que tenía la propiedad de hacerlo invisible, pero en nuestro caso, no para protegernos de nuestros enemigos, sino para arrebatarnos el derecho al tiempo y al espacio, para impedirnos el acceso a la plaza pública. (Marie Dentière)

A pesar de la rebelión contra la autoridad del Papa romano, Calvino había prohibido en su culto la prédica de las mujeres, tal como la Iglesia Católica había hecho durante siglos. La sociedad patriarcal concedía un limitado espacio al desempeño de las mujeres, con tal que lo dedicaran al servicio de la familia, comenzando por la obediencia al esposo, desatendiendo sus propios intereses. Ellas podían ser vistas como reinas de la cocina y el dormitorio, pero en ningún caso sus dueñas, puesto que debían compartir esos territorios con otras personas (los hombres de la familia) a quienes les correspondía seguir.

El lugar de la mujer es la casa. (Pierre-Joseph Proudhon: ¿Qué es la propiedad?)
Mujeres revolucionarias

Quien declara esto es un destacado ideólogo del cambio social del siglo XIX. Él se negaba a aceptar cualquier posibilidad de que las mujeres fueran incluidas entre los beneficiados por el nuevo régimen de derechos y obligaciones propuesto por la Revolución Francesa. Si las ciudadanas continuaban marginadas ¿de quiénes debían esperarse las decisiones que terminaran con esa situación?

Para una mujer (…) tener una habitación propia, no digamos una habitación tranquila y a prueba de sonido, era algo impensable aún a principios del siglo XIX, a menos que los padres de la mujer fueran excepcionalmente ricos (…). Sus capital, que dependía de la buena voluntad de su padre, solo le alcanzaba para vestir; ella estaba desprovista de pequeñas posesiones al alcance hasta de hombres pobres, como Keats, Tennyson o Carlyle. (Virginia Woolf: Una habitación propia)

Virginia Woolf
El reclamo de un espacio gobernado por las mujeres, imagen de su independencia en todos los aspectos de la vida, reaparece en distintos momentos de la Historia, en forma declarada o encubierta, sin quedar satisfecho nunca. La escritora Virginia Woolf tituló uno de sus ensayos Una habitación propia. Ese era el reclamo de una intelectual de comienzos del siglo XX, que pertenecía al grupo Bloomsbury, una reunión de pensadores de vanguardia, provenientes de la clase alta inglesa, que exploraban todas las ideas renovadoras que circulaban en la época, desde las políticas y estéticas, hasta las sexuales.
En ese ambiente que podía suponerse liberado de convenciones, Woolf planteaba la necesidad de establecer un espacio propio de las mujeres, que les permitiera descubrir sus intereses y desarrollar sus proyectos. Si ellas pesaban tan poco en la Historia de la Humanidad, era porque no habían llegado a disfrutar las condiciones materiales que posibilitaron el rol asumido por los hombres.
Nora Helmer, protagonista de la pieza teatral Casa de Muñecas de Henryk Ibsen, estrenada cuarenta años antes, era todavía más radical: no había ninguna posibilidad de desarrollo independiente para la mujer, mientras continuara atada a la institución del matrimonio.
Jenny Westphalen y Karl Marx
Casi por la misma época, Karl Marx le planteaba por escrito a su esposa la urgente necesidad de acordar un distanciamiento que debía servirles para reconsiderar su relación (y al menos en el caso de él, para facilitar su relación con otra mujer).

La separación temporal es útil, ya que la comunicación constante origina la apariencia de monotonía que lima la diferencia entre las cosas. Hasta las torres de cerca no parecen tan altas, mientras las minucias de la vida diaria, al tropezar con ellas crecen desmesuradamente. Lo mismo sucede con las pasiones: los hábitos consuetudinarios que como resultado de la proximidad se apoderan del hombre por entero y toman forma de pasión, dejan de existir tan pronto desaparece del campo visual su objeto directo. Las pasiones profundas (…) recuperan su vigor bajo el mágico influjo de la ausencia. (Karl Marx: carta a su esposa Jenny von Westphalen)

No cuesta demasiado entender que los seres humanos se atraen y necesitan acercarse, tocarse, establecer una intimidad en la que los espacios de cada uno se confunden, porque las fronteras desaparecen, pero la idea de compartir durante la mayor parte del tiempo el poco o mucho espacio que se dispone con otra persona, no siempre ha sido vista como la forma ideal de convivir.
Para algunos, levantar las barreras y renunciar al espacio propio, es una decisión atemorizante, que amenaza con trastornar sus hábitos más arraigados y los obliga a retroceder, postergando cualquier compromiso a largo plazo, como el matrimonio. ¿Será posible amoldarse a la rutina de convivir con alguien que hasta entonces se conocía de lejos o basándose en breves encuentros, que disimulaban pequeñas o grandes incompatibilidades? ¿Terminará arrepintiéndose del proyecto de compartir el espacio?
Hay parejas encantadoras o seductoras, que sin embargo roncan, que huelen mal cuando los perfumes y desodorantes se disipan, que hablan más de lo necesario, que están siempre vigilando a la otra persona. Hay novios atentos al mínimo capricho de sus novias, que se revelan como celosos patológicos, una vez que la vida en común se establece. ¿Aceptará cada miembro de la pareja las (buenas y malas) costumbres que el otro aporta a la relación, que no suelen ser confesadas durante la etapa de acercamiento, que a veces ni siquiera se han revelado y no siempre están dispuestos a sacrificar?
Mujeres griegas en el gineceo
Para los griegos de la Antigüedad, establecer una prudente distancia entre los géneros era la única alternativa que se dejaba para la mujer digna de respeto y el hombre responsable ante sus iguales. Según los espartanos que vivían preparándose para la guerra, la vecindad del enamoramiento heterosexual, el matrimonio y la vida familiar, planteaban riesgos indeseables para los intereses del Estado. Que los encuentros sexuales entre marido y mujer debieran hacerse sin luces, indica no la obligación de preservar el pudor, como la imposición de mantener lo más impersonal que fuera posible una relación que no debía complicarse con el afecto. Hasta la simple idea de comer en familia era interpretada como un resquebrajamiento de la disciplina militar.En la democrática Atenas, el lugar asignado a la mujer no era más amplio. 
La esposa ocupaba un espacio propio, el Gineceo, ubicado lejos de la calle, en la parte más oculta de la casa, compartido con sirvientas y niños pequeños. El hombre la visitaba cada vez que deseaba, para mantener relaciones sexuales destinadas a la procreación. Una vez satisfecho, se apartaba a su propio espacio, que incluía las calles y plazas, compartidas con otros hombres.
Los encuentros más estimulantes entre hombres y mujeres ocurrían durante las orgías, banquetes que combinaban la discusión intelectual del alto vuelo, el sexo, la comida y el consumo de vino. Allí, las mujeres invitadas eran atractivas y bien educadas hetairas (prostitutas) con quienes los hombres discurrían de igual a igual, acerca de política y filosofía. Estaban maquilladas, lucían largas cabelleras y escotes, habían leído libros y estaban informadas sobre la actualidad, a diferencias de las esposas. Cualquier desborde estaba permitido en ese espacio controlado por los hombres, similares a los clubes Playboy del siglo XX, con la diferencia de la cultura involucrada.
Los espartanos desconfiaban tanto de las relaciones heterosexuales, que ponían límites legales odiosos como la obligación efectuar los contactos en la más completa oscuridad, sin otro objeto que generar ciudadanos útiles para el Estado. Hasta la simple idea de comer en familia era interpretada como un resquebrajamiento de la disciplina militar.
Mujeres chinas del Medioevo
La idea de recluir a las mujeres para facilitar su control, reaparece en diversas culturas. En un palacio construido en China alrededor del siglo XIV, se asignaban distintas áreas a las distintas categorías de miembros de la familia. Las habitaciones del señor de la casa estaban en la parte delantera, mientras que a las mujeres se les reservaba otros espacios, en el centro de la casa. La esposa legal y sus hijos vivían en una casa que miraba al este, mientras que las concubinas y sus hijos habitaban casas que miraban al oeste. Cada familia tenía sus habitaciones propias, sus muebles y un patio que les permitía vivir sin contactarse con la familia de al lado, a pesar de estar todos relacionados con el señor de la casa. Al dividirlas, el hombre confirmaba su rol decisivo y simultáneamente el rol accesorio de las mujeres.
Pies de mujer china
En ocasiones, juzgan, están demasiado próximos de la pareja, a quien ven dormir o despertar, libre de los artificios de la seducción diurna, y donde están sin mayores defensas cuando se desencadena una agresión. Dormir con la pareja, aplaca los temores nocturnos a la soledad, suministra un interlocutor permanente, que fuerza a un diálogo continuado, capaz de agotar todos los temas imaginables y destruir gran parte del encanto de cualquier relación. Muchas parejas naufragan en el territorio de la cama compartida, mientras que otras solo se mantienen vigentes gracias a esa vecindad donde se acompañan, consuelan o establecen treguas en el final de cada jornada.

MUJERES ENCLAUSTRADAS



Estoy como una mosca atrapada en una telaraña. (Rosie: carta escrita a Marius Feneck, vecino que no le respondió, durante su encierro en Londres)

Rescate de Rapunzel por el Príncipe
En Rapunzel, el cuento popular recopilado a comienzos del siglo XIX por los hermanos Jakob y Wilhelm Grimm, una heroína de largas trenzas vive en lo alto de una torre inaccesible, donde la encerraron para evitar que entre en contacto con  ningún hombre. Quien la mantiene allí, desde los doce años, es una mujer madura, la Dama Gothel, una hechicera. Eso no impide que la joven cante para sentirse acompañada y suelte sus cabellos dorados, llamando la atención del Príncipe heredero que pasa por ese lugar apartado. Rapunzel lo seduce involuntariamente, porque ese parece ser su Destino o si se prefieren términos más modernos, la irresistible pulsión de sus hormonas.  
La mujer impedida de formar una pareja por decisiones de quienes ejercen la autoridad, de acuerdo a criterios que ni siquiera entiende, halla la forma de burlar la prohibición. En los cuentos de hadas el encierro femenino suele ser físico, no mental. A diferencia de las heroínas del siglo XIX de Jane Austin, que se encuentran presas de las convenciones sociales, Rapunzel, Blanca Nieves o la Bella Durmiente aceptan la primera oportunidad que se les brinda para escapar con el primer hombre que tienen delante de los ojos. En el caso de Rapunzel, que la torre carezca de puerta no es mayor obstáculo para entrar en contacto con su posible pareja. Ella le permite utilizar sus largos cabellos para escalar la torre y seducirla.

En el primer momento, Rapunzel se asustó mucho, al ver un hombre, pues jamás sus ojos habían visto ninguno. Pero el Príncipe le dirigió la palabra con gran afabilidad y le explicó que su canto le había impresionado de tal manera su corazón, que ya no había gozado de un momento de paz hasta hallar la manera de subir a verla. Al escucharlo, perdió Rapunzel el miedo, y cuando él le preguntó si lo quería como esposo, viendo la muchacha que era joven y apuesto, pensó: “Me querrá más que la vieja” [la Hechicera] y le respondió, poniendo la mano en la suya: “Sí, mucho deseo irme contigo”, (Jakpv y Wilhelm Grimm: Rapunzel)

De acuerdo a estas historias destinadas a la infancia, que siempre resultan aleccionadoras, dignas de ser tomadas como modelos de comportamiento, la vida en pareja no tiene comparación posible con el tedio de la soledad. Desde el punto de vista masculino, la fantasía de salvar a una mujer tiene varios aspectos destacados. Primero, establece el rol providencial del hombre, cuya intervención termina con una situación injusta que la mujer sola es incapaz de resolver.
Segundo y consecuencia de lo anterior, ella debe quedar eternamente agradecida por el servicio que le han prestado; o lo que es igual, debe considerarse sometida al hombre a partir de ese momento. Por eso la liberación de Rapunzel de su torre, entraña un segundo y definitivo encierro, esta vez en el interior de la institución del matrimonio vigilada por el Estado y la Iglesia.
Dama de Shalott
Elena, la dama de la isla de Shalott que aparece en el poema de Alfred Tennyson, es un hada de los tiempos del Rey Arturo. Vive encerrada en una torre, cantando y tejiendo día y noche un tapiz inacabable, como el de Penélope, sin la esperanza de que un hombre (su pareja soñada) la rescate de la reclusión algún día. Ni siquiera conoce el motivo de la maldición que le impide mirar directamente el mundo real, por lo que se conforma con ver las imágenes que refleja (y también distorsiona) un espejo puesto frente a la ventana. Fuera de la torre, en la orilla opuesta, se encuentra el castillo de Camelot, del cual entran y salen los caballeros, que cabalgan ágiles y agitan pendones que atraen la mirada. El joven Lancelot, el más atractivo por la pureza de su vida, se encuentra entre ellos.

A un tiro de flecha de su alero / cabalgaba él en medio de las mieses; / venía el sol brillando entre las hojas, / llameando en las broncíneas grebas / del audaz y valiente Lancelot. / Un cruzado por siempre de rodillas / ante una dama fulgía en su escudo / por los remotos campos amarillos / cercanos a Shalott. (Tennyson: La Dama de Shalott)

Elena se enamora de él y decide rebelarse contra la maldición. Se dice que está harta de vivir entre sombras. Mira directamente el paso del caballero y el espejo se quiebra. Elena abandona la protección de la torre, aborda un bote y se deja llevar por la corriente del río, rumbo a Camelot, donde espera reunirse con su amado. Cuando Lancelot la descubre, de regreso de una de sus misiones, ella está muerta.
La historia de la dama de Shalott instruye a las mujeres sobre los riesgos de poner fin a la reclusión que sufren por decisión propia.  Dentro de su encierro, ellas permanecen libres del escarnio del tiempo. No cambian. Están solas y sin duda estériles, pero (si ello sirve de consuelo) son eternamente jóvenes. Al entrar en contacto con el mundo real y alternar con la diversidad de hombres que lo habitan, quedan expuestas a los riesgos que afronta cualquier mujer, una circunstancia que significa decepción, envejecimiento y muerte. La moraleja implícita es que conviene conformarse con la vida en la torre, cualesquiera sean sus límites, porque el mundo exterior se revela todavía más temible.
En una época definida por la universalidad de los derechos humanos, abundan los enclaustramientos de mujeres, destinados a facilitar la sumisión a un hombre que de otro modo no estaría en condiciones de reclamar la obediencia de ellas.
Natascha Kampush después de su liberación
En 1996, la joven Natascha Kampusch escapó del encierro en que la había mantenido Wolfgang Prikopil, su raptor durante ocho años, tiempo en que la fotografió y grabó en video, para vender el material en el mercado de pornografía sadomasoquista de Viena. La progresiva desubicación de la adolescente ha sido descrita por ella.

Es una sensación muy extraña que todo funcione sin ti y que no haya nadie para rescatarte. El secuestrador me decía que yo no le importaba a nadie, y que ya era una persona muerta. (Natascha Kampusch)

En 2008, fue descubierto en Austria otro hombre que había encerrado a su hija, durante más de veinte años, en un refugio subterráneo, lugar donde ella fue abusada sexualmente y llegó a parir seis hijos. Aproximadamente por la misma época, en la India, descubrieron a una mujer de treinta años que había pasado ocho años encerrada en una cabaña por sus padres.
En septiembre de 2009, en Estambul, aparecieron nueve mujeres que habían aceptado participar en una presunta versión femenina del reality show Gran Hermano que duró varios meses, durante los cuales sus imágenes fueron registradas y difundidas por Internet.
Noticias similares provienen de los más opuestos rincones del planeta. En la actualidad, cuando ni las monjas suelen permanecer encerradas en sus conventos, los hombres intentan controlar a sus parejas mediante formas variadas de privación de libertad.
En Carmen de Areco, Argentina, descubrieron a cinco mujeres jóvenes encerradas en cubículos del sótano de un cabaret donde las obligaban a prostituirse. Esta es una modalidad frecuente en el tráfico de personas: se conduce a las mujeres lejos de su ambiente habitual, donde es menos probable que nadie las ayude, y se las encierra para soltarlas solo para que las utilice un cliente.
No conviene pensar que la restricción es ejercida por explotadores tan evidentes como los intermediarios de la prostitución. En abril de 2010, en México apareció una mujer que habría permanecido encerrada por sus padres veinte años, desde que comenzó su adolescencia, probablemente para ocultar o (lo más probable) facilitar una agresión incestuosa.
Los abusos de la modernidad suelen diferir poco de los medievales. En julio de 2010, la prensa española contó la historia de una esposa gallega que cayó de un balcón y murió cuando intentaba escapar del departamento donde su pareja la mantenía encerrada.
Mujeres musulmanas veladas
En 2013, la policía inglesa descubre a tres mujeres de distintas edades (69, 57 y 30) y distintas nacionalidades (malasia, irlandesa e inglesa) que habían sido encerradas en una casa de Londres por una pareja anciana, durante treinta años, sin que los vecinos advirtieran nada. La más joven de las prisioneras había nacido en el encierro.
Una de las fantasías masculinas más arraigadas en distintas culturas, es la de apoderar y encerrar a una mujer que se considera deseable (a muchas mujeres, si eso resulta posible, como sucede en el harén) por un tiempo indeterminado, con el objeto de exponerlas a otros hombres o para obligarlas a generar riquezas que ellos no compartirán con ellas.
Edward Hopper: Pintura
Directamente conectada con la fantasía anterior se encuentra otra no menos halagadora para el narcisismo del hombre: aquella que se refiere al rescate de una mujer que fue encerrada injustamente por otro hombre o las instituciones que las marginan. En esta fantasía, lejos de hacer ningún esfuerzo para liberarse de la restricción que sufre, la prisionera aguarda la llegada del caballero que ha decidido a liberarla del primer captor, para apoderarse de ella a continuación (solo que ahora, bajo la condición de legítima esposa).
Las dos historias confirman los roles tradicionales que se atribuyen a las relaciones entre hombres y mujeres. Ellos se encargan de las tareas más atractivas: encierran o liberan mujeres, afrontando el riesgo de competir con otros hombres que tienen los mismos objetivos, mientras ellas los dejan hacer, aunque sufran durante la espera, y no ven otra alternativa que entregarse al salvador, como lo habían hecho antes con el raptor.

jueves, 6 de marzo de 2014

RAPTADAS Y VIOLADAS

Cautiva
El rapto de mujeres fue una práctica habitual de los pueblos primitivos, gracias a la cual se establecían parejas libres de los riesgos genéticos de un parentesco demasiado próximo. Si alguien decidía buscar pareja en el interior de la pequeña comunidad en la que había nacido, lo más probable era que terminara casándose con quien debía ser su pariente cercano, situación que no tardó en advertirse como un riesgo de taras genéticas en la descendencia. Lejos de ser considerada una situación violenta que desafiara el orden establecido, el rapto era una actividad que la comunidad aprobaba, para que las parejas no incurrieran en incesto. Si el matrimonio ha sido entendido como una institución necesaria para la supervivencia de la comunidad, el rapto indica la presencia del deseo sexual como una de sus motivaciones más intensas. En la mitología griega, Zeus, el padre de los dioses, rapta a quien luego se convierte en su esposa, la diosa Hera, pero también a la ninfa Europa, bajo la forma de un toro, como seduce a Antíope adoptando la apariencia de un sátiro. Para raptar al joven pastor Ganímedes, Zeus adquiere la apariencia de un águila capaz de llevar a su presa al cielo. Antes, Poseidón, rey del océano, había raptado al joven Pélope con parecidos propósitos.
Dafne y Zeus
Si Zeus no tiene necesidad de raptar a Danae, es porque la engaña presentándose como una lluvia de monedas de oro, que la convencen de recibirlo entre sus piernas. Para Plutarco, los raptos de los dioses griegos no hubieran sido posibles sin la aprobación de las víctimas. De hecho, en Esparta el rapto era prescrito por el ceremonial de las bodas. El simulacro incluía cargar con la novia en brazos, una costumbre que persiste en muchos países de Occidente para los recién casados, aunque se encuentre desprovista del significado original: el hombre alza a la mujer y cruza con ella el umbral simbólico que separa la soltería de la vida en pareja. En el mundo antiguo, esto iba acompañado por gritos y gestos de resistencia de la mujer. Hades, el dios del inframundo, rapta a la ninfa Perséfone, con el consentimiento de Zeus. Esta es una imagen bastante oscura del matrimonio. La mujer abandona el ámbito familiar para entregarse a una incertidumbre que teme, porque le resulta imposible prever las consecuencias. Al entregarse al novio (al quedar sometida a él) se libra de la seguridad o las cargas que puede haber sufrido en el seno de su familia, pero no por ello se independiza. Apenas queda bajo las reglas que impone su pareja. Las amazonas eran guerreras que raptaban a hombres en sus correrías, los utilizaban como sementales y luego los mataban, mutilaban o reducían a la esclavitud. El rapto instalaba una lógica del poder que la relación posterior no podía perturbar. El raptor (la raptora) no entregaba el mando. La pareja que se establecía, por legalizada que estuviera posteriormente, no alteraba la desigualdad inicial. Hay raptos que tienen consecuencias funestas. Cuando Layo se enamora de Crísipo, joven príncipe que le ha sido confiado por su padre para que lo eduque, él lo rapta y a continuación lo viola, causando el suicidio del adolescente y el enojo de los dioses, que deciden maldecirlo. Si Layo se casara y tuviera hijos, ellos habrían de matarlo. A pesar de las precauciones que toma Layo con su pareja, Yocasta, para evitar cualquier contacto sexual, durante una borrachera a la que es inducido por la mujer, engendra a Edipo, personaje cuya historia funesta se completa una generación más tarde, cuando todos los miembros de la familia han muerto. Teseo rapta a la amazona Antíope, que pare un hijo, Hipólito, quien al crecer despierta el deseo de Fedra, la esposa de su padre, una situación que de nuevo acarrea la muerte de todos los involucrados. De la captura de Helena por Paris, un troyano que no toma en cuenta su condición de mujer casada con Menéalo, surgen las hostilidades que se prolongan durante la interminable Guerra de Troya. La posibilidad de que se tratara de un rapto (por lo que suele representárselos como un hombre que sujeta a la mujer por la muñeca), y no de un acuerdo entre los amantes, permite que el honor de Helena quede a salvo, a pesar de los muchos años que ha convivido con Paris, y que regrese a su marido tras la derrota de los troyanos.
Rubens: Rapto de las sabinas
En los orígenes de Roma, Rómulo, fundador mítico de la ciudad, que inicialmente solo contaba con pobladores masculinos, decidió conseguir mujeres mediante el rapto sistematizado de aquellas provenientes de los pueblos vecinos. Para eso organizó una fiesta en honor del dios Neptuno. En medio de las libaciones, los hombres de Rómulo mataron a los vecinos y secuestran a las mujeres que los habían acompañado. Cuando los padres y maridos que habían sobrevivido intentaron rescatarlas, ellas detuvieron la guerra que parecía inevitable, informándoles que no estaban dispuestas a incrementar el número de las huérfanas o viudas, según cuenta Tito Livio. Por lo tanto, validaron la violencia y pasaron desde ese momento a comportarse como fieles esposas de quienes habían sido sus agresores.
Las unas se arrancan los cabellos, las otras pierden el sentido, éstas guardan un sombrío silencio, aquéllas llaman a sus madres, quiénes se lamentan, quiénes quedan embargadas de estupor, algunas permanecen inmóviles y no pocas se dan a la fuga. Las doncellas robadas, presa ofrecida al dios Genio, desaparecen de allí y el temor multiplicó en muchas los naturales encantos. Si alguna se resiste tenaz a seguir al raptor, éste la coge en brazos, y estrechándola contra el ávido seno, la consuela con tales palabras: ¿Por qué enturbias con el llanto tus lindos ojos? Aquello que tu padre es para tu madre, eso seré yo para ti. (Ovidio: El Arte de Amar)
Grandes pintores de distintas épocas, como Poussin, David y Picasso, escultores como Juan de Bolonia, han representado el instante en que la fiesta de los romanos se convierte en rapto y asesinato. Es una imagen de violencia sin freno que se repite a través del tiempo y no resulta repulsiva para los observadores, porque combina la representación de raptores viriles, de fuertes músculos y víctimas semidesnudas, incapaces de hacer nada para torcer su destino. ¿Qué tipo de pareja puede fundarse a partir de una imposición de la fuerza masculina y la negación de que la mujer pueda controlar su vida? Una fantasía sadomasoquista en la que a pesar del engaño y la agresión evidentes del comienzo, conduce a un improbable final feliz.
Picasso: Rapto de las sabinas
Para los romanos, si la mujer que había sido raptada, se consideraba que estaba de acuerdo con el raptor, motivo por el cual el matrimonio era permitido. El Emperador Constantino prohibió ese final feliz tras la violencia, en el siglo IV, y la medida fue reforzada en el siglo VI por Justiniano, que estableció la pena de muerte para los raptores y la confiscación de todos sus bienes, para compensar a la familia ofendida. Los padres de la raptada quedaban autorizados para matar al raptor, si lo sorprendían in fraganti.
 Entre los pueblos germánicos, en cambio, el rapto de mujeres se compensaba con dinero o regalos entregados por el raptor a las familias de las víctimas. Antes del siglo IX de nuestra era, el rapto dejó de ser considerado un impedimento para el matrimonio en Europa. La iglesia católica prefirió considerar válidos aquellos raptos que las víctimas hubieran consentido. Cómo determinar que eso era cierto, gracias a la declaración de una mujer a la que de todos modos le estaba negado regresar al estado previo, o por el testimonio de un hombre a quien no le convenía inculparse, es cosa que cuesta entender.
El rapto de la novia era un procedimiento que permitía acelerar la boda, evitando los onerosos trámites del noviazgo tradicional, que requerían tiempo y capitales considerables. Una vez consumado el rapto, la preocupación de los parientes no era castigar al responsable, sino legalizar la trasgresión, negociar un matrimonio quecalme a la opinión pública.
Malinche y Hernán Cortés
Tradicionalmente, la mujer raptada no podía regresar a su ambiente de origen. Bien o mal, había quedado incorporada al grupo familiar del hombre que había tomado posesión de su cuerpo y su voluntad. Cuando la azteca Malinche fue entregada junto con otras mujeres jóvenes a los invasores españoles que habían llegado a México a comienzos del siglo XVI, no tardó en aprender la lengua de los extranjeros, con el objeto de servir de intérprete a su pareja, Hernán Cortés, con quien compartía la cama y no tardó en convertirse en el más valioso auxiliar de sus actividades militares.
Por contraposición a Guadalupe, que es la Madre virgen, la Chingada es la Madre violada. (…) Es la atroz encarnación de la condición femenina. Si la Chingada es una representación de la madre violada, no me parece forzado asociarla a la conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias. El símbolo de la entrega es doña Malinche, la amante de Cortés. (Octavio Paz: El Laberinto de la Soledad)
Ningún sentimiento de lealtad a su pueblo de origen parece haber quedado en pie. Malinche se sometió a las decisiones que tomaba su pareja, una situación que no comprometía ninguna reciprocidad de parte de él. Cuando Cortés la abandonó tras haberse apoderado de México y engendrado un par de hijos mestizos con ella, Malinche encontró a Juan Jaramillo, otro español de menor rango, que la convirtió en su pareja. El modelo suministrado Malinche a las parejas mestizas que se multiplicaron por el continente americano, es uno desigual a más no poder, en el que la mujer demuestra que no podría vivir sin el hombre que la ha elegido, por lo que sacrifica cualquier cosa a la relación, mientras que el hombre utiliza esa entrega incondicional en su exclusivo beneficio.
La llegada de los conquistadores europeos a América, fue acompañado por la liquidación de las estructuras sociales que existían (la familia entre ellas) y el apoderamiento de mujeres nativas, que fueron sometidas a una servidumbre similar en muchos aspectos a la esclavitud y convertidas en parejas ocasionales de esos hombres que habían dejado a las suyas del otro lado del océano.
La historia de esas indígenas raptadas y mantenidas en cautiverio, preñadas y a veces convertidas en compañeras estables, aunque rara vez casadas con ellos, porque las leyes lo prohibían expresamente, no goza del mismo reconocimiento que el opuesto, de las mujeres europeas o criollas, que fueron raptadas por los indígenas.
No había corrido ni cincuenta metros, cuando un indio me agarró de las trenzas y me levantó en el aire y me puso atravesada sobre la cruz del caballo, gritando: “no escapando cristiana… cristiana linda no matando, llevando toldo”. (Tiburcio Escudero: La Cautiva de los ranqueles)
Uno de los personajes recurrentes de la literatura sudamericano del siglo XIX, es la mujer blanca raptada por bandas de indígenas durante algunas de las incursiones (malones) que hacían en un territorio en disputa, poblado recientemente por los europeos y sus descendientes criollos. Esa mujer es apartada del mundo que se considera civilizado y convertida en la esposa (una más) de algún cacique. En el poema La Cautiva de Esteban Echeverría y el Martín Fierro de José Hernández, la mujer blanca huye de los indígenas con quienes se ha visto obligada a convivir, una experiencia que le hace preferir el hambre o la muerte, antes que continuar aceptando ese maltrato (sexual, aunque no se lo detalle).
En las pinturas de Johann Mauritz Rugendas y Ángel della Valle, se asiste a la captura y calvario de una cautiva en la Patagonia. Las obras de arte exponen el temor de los habitantes de las ciudades que no podían sentirse demasiado seguros, porque aún disputaban el territorio que le habían quitado a los habitantes originarios del continente. El rapto horroriza y seduce. El contacto con el salvaje degrada a las mujeres y les promete una experiencia cuya intensidad emocional que parecía inaccesible en el mundo civilizado.
La sociedad criolla, relacionando con el poder colonial, que suministraba empleos, contactos y oportunidades de progreso económico, pero sin los mismos derechos que disfrutaban aquellos que habían nacido en Europa, fue definiéndose a partir de los descendientes de esas relaciones originadas en un acto de violencia.
El tema de la cautiva tiende a distraer del rapto y la violación de mujeres indígenas por los conquistadores primero y por sus descendientes criollos después. Tanto en el arte como en realidad, las mujeres de la cultura patriarcal, eran robadas a las familias donde nacieron, para ser incorporadas a las familias de los novios. Que hubiera violencia real o simulada en el establecimiento de una pareja humana, no es un dato casual, ni accesorio. Formaba parte de un ritual que se respetó durante miles de años y solo ha tendido a debilitarse y desaparecer con la modernidad.


A pesar de las noticias desalentadoras que la prensa trae todos los días, surge también la resistencia colectiva a los viejos esquemas mentales. Cuando un político chileno cuenta, durante un acto partidario, una “ocurrencia” que acabarían de contarle, obtiene las risas de los participantes y el aplauso que busca para poner fin a su discurso, pero también una inmediata lluvia de repudio desde las redes sociales. Su planteo (absolutamente inocente, según él) es que todas las mujeres se tiendan en el suelo y se porten bien, mientras que los hombres se tiren sobre ellas y se porten mal.
No se trata ni siquiera de un chiste, un juego de palabras, sino de establecer una imagen de desiguales roles de poder y sumisión que la opinión pública ha definido como políticamente incorrectos no hace mucho. Ahora, el chascarrillo habitual de vestuarios masculinos o reuniones de amigos, pasa a ser conocido y condenado por una audiencia mucho mayor y muy activa, que se encarga de formar opinión entre los indecisos. La práctica tolerada y hasta fomentada en el pasado por las tribunas más autorizadas, queda al descubierto y los responsables deben pedir disculpas. ¿Es el signo de un cambio de época o tan solo la evidencia de que el tema pasa a ser discutido, mientras la violencia continúa, tomando precauciones para no ser descubierta?