Mostrando entradas con la etiqueta Vigilancia de hombres y mujeres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vigilancia de hombres y mujeres. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de octubre de 2015

TENTADORAS MUJERES PROHIBIDAS


Lippi: Lucrezia Butti (fragmento)
A comienzos del siglo XVI, Fra Filippo de Tomasso Lippi quedó huérfano cuando era un niño. Sus parientes lo entregaron a los monjes del Carmen en Florencia, a los ocho años. Fue la mejor decisión, pudo creerse, cuando profesó los votos religiosos a los quince años y se convirtió en uno de los discípulos de Masaccio, el pintor más famoso de la época. Lippi crecía en un ambiente protegido y hallaba la manera más adecuada de desarrollar su talento creativo.
No obstante, no debía sentirse demasiado satisfecho con el celibato que se veía obligado a seguir en el interior de un claustro, una existencia que no había elegido y sin embargo le prometía un desempeño profesional sin mayores apremios. La Iglesia era el principal cliente de los artistas de la época. Su trabajo como pintor de imágenes sagradas era reconocido. Ignoramos si tuvo aventuras amorosas que pasaron desapercibidas durante años, pero de haber desafiado las normas del monasterio, no habría sucedido lo que pasó cuando llegó a la madurez.
Lucrezia Butti y Lippi (grabado siglo XIX)
Lippi decidió utilizar como modelo de una de sus pinturas religiosas a una monja, Lucrezia Buti, treinta años más joven que él. El interés que le había despertado ella no era solo profesional, porque la secuestró del convento donde estaba recluida durante una procesión y a continuación la convirtió en su amante, a pesar de que él había cumplido ya cincuenta años, para escándalo de una comunidad que podía ser poco virtuosa en privado, pero se preocupaba de guardar las apariencias en público.
El Papa Pío II admiraba al artista y dispensó a ambos de sus votos religiosos, con lo cual permitía la celebración del matrimonio (una autorización que por algún motivo el pintor desaprovechó). Filippo y Lucrezia tuvieron un hijo, Filipino Lippi, que al crecer junto al padre fue reconocido como talentoso pintor, y luego una hija, Alessandra.
De acuerdo a Giorgio Vasari, que narró las anécdotas escandalosas de los grandes artistas (y a veces no dudaba en redondearlas con inexactitudes o aceptar en este caso las comidillas de lo que había sucedido casi un siglo antes) los parientes de Lucrecia, a pesar de haber conseguido que la joven se separara del artista y regresara al convento, envenenaron al pintor, para vengar la ofensa que habían sufrido como familia.

Ellos no se quisieron unir en matrimonio, por amar demasiado la libertad. (Matteo Bandello: Cuentos)

Matteo Bandello contó la historia de la pareja a mediados del siglo XVI. El poeta Robert Browning lo hizo en un poema del siglo XIX. En el siglo XX, la historia fue retomada por Gabrielle D´Annunzio. Ha llegado a convertirse en paradigma de los enamorados que desafían a poderes superiores a su pasión.
Augusta Leigh y Lord Byron
Los castigos que se prometen a los que se atrevan a desafiar el criterio dominante en una determinada sociedad sobre la elección de pareja, hace retroceder a quienes experimentan la tentación. Una elección como esa, que podría considerarse restringida a la privacidad, tiene consecuencias duraderas sobre todas las actividades de un ser humano. Lord Byron era un poeta reconocido, a comienzos del siglo XIX, en Inglaterra. Sus efímeras relaciones heterosexuales (y algunas homosexuales) habían sido aceptadas como evidencias de su extravagancia. La relación con Augusta Leigh, su hermanastra, en cambio, superó la buena voluntad de sus contemporáneos. El rumor atribuyó a Lord Byron la paternidad de una hija de Augusta y precipitó su destierro, para evitar que fuera juzgado por incesto.

Todas las cosas que amo me traen un recuerdo… Tú. (Lord Byron: carta a Augusta Leigh)

Las restricciones sociales más severas en la sociedad tradicional, afectaban a relaciones de pareja que pudieran tener algún futuro. Si una relación era fugaz, como la planteada en la prostitución o lo pederastia, daba lo mismo con quien se involucrara alguien. Casarse y tener hijos imponía otros criterios, más restrictivos.
La represión del Estado a las parejas compuestas por personas de distintas etnias, se manifestó en la Alemania nazi, con el objeto de evitar las relaciones entre aquellos a quienes se denominaba arios, definidos como cristianos rubios, de ojos claros, descendientes de un mítico pueblo indoeuropeo, y los judíos, a quienes se veía como un pueblo sin patria, corruptores de la raza perfecta.

El judío es el fermento de descomposición de los pueblos. A diferencia del ario. el judío es incapaz de fundar un Estado e incapaz asimismo de crear nada. Solo es capaz de quitar, de robar o de destruir, imbuido por el espíritu de la envidia. (Aldolf Hitler)

La arbitrariedad de una descripción como esa, tenía como objeto justificar la supresión de garantías civiles, el despojo de bienes, el desplazamiento forzado hacia sectores del territorio designados por el Estado, y posteriormente el exterminio de millones de seres humanos, que hasta entonces, durante siglos, habían convivido con el resto de los alemanes. La existencia de matrimonios mixtos, en cambio, diluía las fronteras, estimulaba la tolerancia y sobre todo favorecía la reproducción de aquellos que el discurso oficial presentaba como adversarios. Prohibir los matrimonios, anularlos cuando ya se hubieran establecido y eliminar a los hijos nacidos de esa relación, se convirtieron en medidas urgentes para el nazismo.
Miscegenetion (mestizaje) es el término inglés que indica el asco de la sociedad tradicional norteamericana ante una posible contaminación racial entre blancos y negros, blancos e indios o blancos y orientales. Había sido normal que los propietarios blancos utilizaran a sus esclavas para disfrutar el sexo con ellas, disponiendo de la ventaja adicional de engendrar hijos esclavos que incrementaban su capital. Cuando la misma situación se daba con mujeres negras libres, no podía ser tolerada por los sectores más conservadores, porque ellas o sus hijos podían reclamar el acceso a un capital que su color de piel les vedaba.
Jeter y Loving
Se comenzó a hablar de miscenetion durante la Guerra Civil norteamericana del siglo XIX. Varias leyes prohibieron durante un siglo, en distintos Estados, la legalización de las parejas interraciales. A mediados de los años ´60 del siglo XX, la pareja formada por Mildred Jeter y Richard Loving (ella negra, él blanco) fue condenada a un año de cárcel en el Estado de Virginia, por el delito de haberse casado. La ejecución de la sentencia quedó en suspenso, con la condición de que abandonaran Virginia por veinticinco años. Lo que importaba era que el mal ejemplo no cundiera.

Mi marido es blanco y yo negra. Nos casamos hace cinco años en Washington, porque sabíamos que en nuestro condado del Estado de Virginia había ley que prohibía los matrimonios interraciales. Al regresar a casa, recién casados, fuimos encarcelados, juzgados y abandonar el Estado. (…) Sabemos que no podemos vivir allí, pero nos gustaría volver juntos por última vez, para despedirnos de nuestras familias y amigos. (Mildred Jeter: carta a Robert Kennedy)

En Sudáfrica, desde 1945 a 1985, las leyes del apartheid condenaban a la cárcel a quienes incurrieran en ese desafío. Las personas que no estén satisfechos con esas normas, deberán resignarse a cierta dosis (grande o pequeña) de infelicidad. Será el precio que pagan para que no se los margine o someta a castigos.
Algunos encuentran la manera de infringir las reglas en privado, sobre todo en el anonimato de las grandes ciudades, un ámbito en el que las parejas se mueven con mayor libertad y pueden eludir el control y las sanciones de la comunidad. Probablemente por eso en la cultura urbana proliferan situaciones como el adulterio y la prostitución o se establecen parejas que sirven como pantallas de otros estilos de vida, que no son precisamente los tolerados por la mayoría más conservadora.
Junto a lo anterior, hay también parejas (tal vez las menos) que proclaman su abierto desafío a las convenciones que venera la sociedad. Por distintos motivos, que van desde el haber sido descubiertos hasta la voluntad de exhibirse como modelos de vida alternativos, esas parejas enfrentan a la opinión mayoritaria y proclaman la voluntad de continuar una relación que la mayoría reprueba.

viernes, 14 de noviembre de 2014

RECLAMOS: UN ESPACIO PROPIO DE LAS MUJERES


Marie Dentière
Marie Dentière, esposa de un Teólogo protestante, durante la Reforma de comienzos del siglo XVI, se definía como una ferviente partidaria de la renovación del cristianismo y no podía evitar la crítica al mismo movimiento religioso en el que participaba, porque no había hallado en él más oportunidades para expresar sus pensamientos, que las habituales en el seno de la Iglesia Católica. Las quejas que se atrevió a publicar constituían un abierto desafío a las estructuras del Poder, que prometía costarle caro.

Pareciera que la alianza que [las mujeres nos] colocamos en nuestra mano el día del matrimonio, fuera como el anillo del rey Giges, que tenía la propiedad de hacerlo invisible, pero en nuestro caso, no para protegernos de nuestros enemigos, sino para arrebatarnos el derecho al tiempo y al espacio, para impedirnos el acceso a la plaza pública. (Marie Dentière)

A pesar de la rebelión contra la autoridad del Papa romano, Calvino había prohibido en su culto la prédica de las mujeres, tal como la Iglesia Católica había hecho durante siglos. La sociedad patriarcal concedía un limitado espacio al desempeño de las mujeres, con tal que lo dedicaran al servicio de la familia, comenzando por la obediencia al esposo, desatendiendo sus propios intereses. Ellas podían ser vistas como reinas de la cocina y el dormitorio, pero en ningún caso sus dueñas, puesto que debían compartir esos territorios con otras personas (los hombres de la familia) a quienes les correspondía seguir.

El lugar de la mujer es la casa. (Pierre-Joseph Proudhon: ¿Qué es la propiedad?)
Mujeres revolucionarias

Quien declara esto es un destacado ideólogo del cambio social del siglo XIX. Él se negaba a aceptar cualquier posibilidad de que las mujeres fueran incluidas entre los beneficiados por el nuevo régimen de derechos y obligaciones propuesto por la Revolución Francesa. Si las ciudadanas continuaban marginadas ¿de quiénes debían esperarse las decisiones que terminaran con esa situación?

Para una mujer (…) tener una habitación propia, no digamos una habitación tranquila y a prueba de sonido, era algo impensable aún a principios del siglo XIX, a menos que los padres de la mujer fueran excepcionalmente ricos (…). Sus capital, que dependía de la buena voluntad de su padre, solo le alcanzaba para vestir; ella estaba desprovista de pequeñas posesiones al alcance hasta de hombres pobres, como Keats, Tennyson o Carlyle. (Virginia Woolf: Una habitación propia)

Virginia Woolf
El reclamo de un espacio gobernado por las mujeres, imagen de su independencia en todos los aspectos de la vida, reaparece en distintos momentos de la Historia, en forma declarada o encubierta, sin quedar satisfecho nunca. La escritora Virginia Woolf tituló uno de sus ensayos Una habitación propia. Ese era el reclamo de una intelectual de comienzos del siglo XX, que pertenecía al grupo Bloomsbury, una reunión de pensadores de vanguardia, provenientes de la clase alta inglesa, que exploraban todas las ideas renovadoras que circulaban en la época, desde las políticas y estéticas, hasta las sexuales.
En ese ambiente que podía suponerse liberado de convenciones, Woolf planteaba la necesidad de establecer un espacio propio de las mujeres, que les permitiera descubrir sus intereses y desarrollar sus proyectos. Si ellas pesaban tan poco en la Historia de la Humanidad, era porque no habían llegado a disfrutar las condiciones materiales que posibilitaron el rol asumido por los hombres.
Nora Helmer, protagonista de la pieza teatral Casa de Muñecas de Henryk Ibsen, estrenada cuarenta años antes, era todavía más radical: no había ninguna posibilidad de desarrollo independiente para la mujer, mientras continuara atada a la institución del matrimonio.
Jenny Westphalen y Karl Marx
Casi por la misma época, Karl Marx le planteaba por escrito a su esposa la urgente necesidad de acordar un distanciamiento que debía servirles para reconsiderar su relación (y al menos en el caso de él, para facilitar su relación con otra mujer).

La separación temporal es útil, ya que la comunicación constante origina la apariencia de monotonía que lima la diferencia entre las cosas. Hasta las torres de cerca no parecen tan altas, mientras las minucias de la vida diaria, al tropezar con ellas crecen desmesuradamente. Lo mismo sucede con las pasiones: los hábitos consuetudinarios que como resultado de la proximidad se apoderan del hombre por entero y toman forma de pasión, dejan de existir tan pronto desaparece del campo visual su objeto directo. Las pasiones profundas (…) recuperan su vigor bajo el mágico influjo de la ausencia. (Karl Marx: carta a su esposa Jenny von Westphalen)

No cuesta demasiado entender que los seres humanos se atraen y necesitan acercarse, tocarse, establecer una intimidad en la que los espacios de cada uno se confunden, porque las fronteras desaparecen, pero la idea de compartir durante la mayor parte del tiempo el poco o mucho espacio que se dispone con otra persona, no siempre ha sido vista como la forma ideal de convivir.
Para algunos, levantar las barreras y renunciar al espacio propio, es una decisión atemorizante, que amenaza con trastornar sus hábitos más arraigados y los obliga a retroceder, postergando cualquier compromiso a largo plazo, como el matrimonio. ¿Será posible amoldarse a la rutina de convivir con alguien que hasta entonces se conocía de lejos o basándose en breves encuentros, que disimulaban pequeñas o grandes incompatibilidades? ¿Terminará arrepintiéndose del proyecto de compartir el espacio?
Hay parejas encantadoras o seductoras, que sin embargo roncan, que huelen mal cuando los perfumes y desodorantes se disipan, que hablan más de lo necesario, que están siempre vigilando a la otra persona. Hay novios atentos al mínimo capricho de sus novias, que se revelan como celosos patológicos, una vez que la vida en común se establece. ¿Aceptará cada miembro de la pareja las (buenas y malas) costumbres que el otro aporta a la relación, que no suelen ser confesadas durante la etapa de acercamiento, que a veces ni siquiera se han revelado y no siempre están dispuestos a sacrificar?
Mujeres griegas en el gineceo
Para los griegos de la Antigüedad, establecer una prudente distancia entre los géneros era la única alternativa que se dejaba para la mujer digna de respeto y el hombre responsable ante sus iguales. Según los espartanos que vivían preparándose para la guerra, la vecindad del enamoramiento heterosexual, el matrimonio y la vida familiar, planteaban riesgos indeseables para los intereses del Estado. Que los encuentros sexuales entre marido y mujer debieran hacerse sin luces, indica no la obligación de preservar el pudor, como la imposición de mantener lo más impersonal que fuera posible una relación que no debía complicarse con el afecto. Hasta la simple idea de comer en familia era interpretada como un resquebrajamiento de la disciplina militar.En la democrática Atenas, el lugar asignado a la mujer no era más amplio. 
La esposa ocupaba un espacio propio, el Gineceo, ubicado lejos de la calle, en la parte más oculta de la casa, compartido con sirvientas y niños pequeños. El hombre la visitaba cada vez que deseaba, para mantener relaciones sexuales destinadas a la procreación. Una vez satisfecho, se apartaba a su propio espacio, que incluía las calles y plazas, compartidas con otros hombres.
Los encuentros más estimulantes entre hombres y mujeres ocurrían durante las orgías, banquetes que combinaban la discusión intelectual del alto vuelo, el sexo, la comida y el consumo de vino. Allí, las mujeres invitadas eran atractivas y bien educadas hetairas (prostitutas) con quienes los hombres discurrían de igual a igual, acerca de política y filosofía. Estaban maquilladas, lucían largas cabelleras y escotes, habían leído libros y estaban informadas sobre la actualidad, a diferencias de las esposas. Cualquier desborde estaba permitido en ese espacio controlado por los hombres, similares a los clubes Playboy del siglo XX, con la diferencia de la cultura involucrada.
Los espartanos desconfiaban tanto de las relaciones heterosexuales, que ponían límites legales odiosos como la obligación efectuar los contactos en la más completa oscuridad, sin otro objeto que generar ciudadanos útiles para el Estado. Hasta la simple idea de comer en familia era interpretada como un resquebrajamiento de la disciplina militar.
Mujeres chinas del Medioevo
La idea de recluir a las mujeres para facilitar su control, reaparece en diversas culturas. En un palacio construido en China alrededor del siglo XIV, se asignaban distintas áreas a las distintas categorías de miembros de la familia. Las habitaciones del señor de la casa estaban en la parte delantera, mientras que a las mujeres se les reservaba otros espacios, en el centro de la casa. La esposa legal y sus hijos vivían en una casa que miraba al este, mientras que las concubinas y sus hijos habitaban casas que miraban al oeste. Cada familia tenía sus habitaciones propias, sus muebles y un patio que les permitía vivir sin contactarse con la familia de al lado, a pesar de estar todos relacionados con el señor de la casa. Al dividirlas, el hombre confirmaba su rol decisivo y simultáneamente el rol accesorio de las mujeres.
Pies de mujer china
En ocasiones, juzgan, están demasiado próximos de la pareja, a quien ven dormir o despertar, libre de los artificios de la seducción diurna, y donde están sin mayores defensas cuando se desencadena una agresión. Dormir con la pareja, aplaca los temores nocturnos a la soledad, suministra un interlocutor permanente, que fuerza a un diálogo continuado, capaz de agotar todos los temas imaginables y destruir gran parte del encanto de cualquier relación. Muchas parejas naufragan en el territorio de la cama compartida, mientras que otras solo se mantienen vigentes gracias a esa vecindad donde se acompañan, consuelan o establecen treguas en el final de cada jornada.

miércoles, 9 de julio de 2014

CAMAS COMPARTIDAS


La actriz Audrey Hepburn, a mediados del siglo XX, declaraba no compartir la cama con su primer marido, el actor Mel Ferrer, a pesar de que parecían tener una buena relación. Hay parejas sólidas, incluso enamoradas, pero también incómodas para descansar juntas. Roncan, como le sucede a la mayoría de los hombres. Fuman en la cama. Comen. Hablan o se mueven en sueños. Acaparan las sábanas y mantas dispuestas para los dos. Miran televisión hasta muy tarde. Atienden llamadas telefónicas en medio de la noche. Se levantan con frecuencia para ir al baño, cuando envejecen.

Hay una lista interminable de situaciones incómodas que justificarían la opción de las parejas que duermen en camas separadas, como ha sucedido a lo largo de casi toda la Historia, porque la idea de dormir juntos se impuso apenas hace un par de siglos. Hombres y mujeres podían encontrarse en la cama para mantener cómodas relaciones sexuales, no necesariamente para descansar. Ese lapso ha bastado para difundir la imagen de la cama compartida como espacio inevitable de la vida en pareja.

El hecho de dormir juntos, con tiempo frío o cálido, parecía una hebra necesaria para la construcción del entramado matrimonial. Si esa hebra se rompía, todo el tejido podía deshacerse. De qué modo, no estaba segura. Pero creía firmemente que la costumbre que tenía su madre de dormir en una habitación separada de la de su padre, había determinado que la vida familiar de su infancia no hubiera sido todo lo cálida que habría podido ser. (Lilian Smith: Extraño fruto)

Paul Rosenblat ha dedicado un libro (Two in Bed: the Social System of Couple Bed Sharing) al estudio de la comunicación que ocurre en el territorio de la cama. Dormir acompañado tiene ventajas que no hace falta describir, por el clima emocional que genera en la pareja bien avenida, pero define un campo de batalla indeseable para la pareja que no se lleva bien. Al dormir, se toca al acompañante o se sabe que ante la menor duda, podría tocárselo de inmediato y verificar que no se está aislado en el mundo.

Disponer de una cama propia, al igual que disponer de una mesa bien servida, han sido aspiraciones difíciles de obtener para los niños y las mujeres, dos componentes de la sociedad patriarcal que suelen ser marginados cuando se privilegia la satisfacción de los hombres. El rol secundario que les ha sido asignado, se manifiesta en el momento de dormir o alimentarse. Aquellos que disfrutan del Poder, se reservan los alimentos más nutritivos y lechos blandos, abrigados en invierno, frescos en verano. Los otros se quedan con los restos, se acomodan como pueden.

Se afirma que en la actualidad, en los EEUU, un centenar de niños pequeños mueren todos los años como consecuencia de dormir con adultos que los sofocan durante el sueño. Hay madres que llevan a los niños a la cama matrimonial, para librarse de los reclamos de su pareja. Los pobres comparten la cama o carecen de ella, se las componen para descansar en las condiciones menos adecuadas. Dormir sin la vecindad de otros seres humanos que estorben el descanso o permitan el abuso sexual, son aspiraciones que se manifiestan reiteradamente y rara vez suelen ser oídas.  

Durante el siglo XIX, el ideal de una convivencia matrimonial en las clases acomodadas de Occidente, era que el hombre y la mujer tuvieran dormitorios separados, baños separados, guardarropas separados. Si al marido se le ocurría introducirse en la cama de su legítima esposa, para dar cumplimiento a sus deberes conyugales, bastaba que tocara la puerta que los separaba y fuera autorizado verbalmente por ella, para entrar en ese espacio ajeno, proceder a ejecutar sus planes en medio de la oscuridad y retirarse prudentemente a continuación, con el objeto de que ambos descansaran por separado. Actuando de ese modo, argumentaban los victorianos, disminuían las posibilidades de que marido y mujer se aburriera el uno del otro o se entramparan en conflictos domésticos.

Muy avanzado el siglo XX, la idea de establecer espacios cercanos pero independientes, reaparecía en el empleo de las camas gemelas de las parejas, en lugar de la cama doble que facilita los contactos. Para la industria del cine de Hollywood, controlada por el Código Hays desde los años ´30 a los ´60, no estaba permitido que un hombre y una mujer, lo mismo daba si eran casados o solteros, compartieran la misma cama en la pantalla, excepto que mantuvieran un pie en el suelo, cabe suponer que con el objeto de no excitar demasiado la imaginación de la audiencia.

La noción del riesgo que ofrece la cama es antigua. El interés que suscita ese pequeño territorio puede resultar peligroso para los grandes proyectos de la sociedad. Cuando hombres y mujeres disfrutan demasiado del lecho que comparten, ¿cómo conseguir que dediquen suficientes energías a salvar sus almas o servir al Estado? Los espartanos mantenían separados a los soldados y sus esposas, permitiéndoles breves encuentros nocturnos, en plena oscuridad, para que se reprodujeran y no alimentaran sentimientos.

 En la democrática y refinada Atenas, el lugar asignado por las costumbres a la mujer, no era más amplio.  La esposa ocupaba un espacio propio, el Gineceo, ubicado lo más lejos posible de la calle, en una parte oculta de la casa, compartida por las sirvientas y niños pequeños. El marido la visitaba cada vez que lo deseaba, con el objeto de mantener relaciones sexuales destinadas a la procreación. Una vez satisfechos sus deseos, él se apartaba a su propio espacio, que incluía el resto de la casa y sobre todo el resto de la ciudad, los gimnasios, estadios, calles y plazas donde transcurría la vida pública y le resultaba posible alternar con otros hombres (y las prostitutas bien educadas y maquilladas, con las que realmente se disfrutaba del contacto con el otro sexo).

Dormir todas las noches con la pareja, en la misma cama, un artefacto cuyas dimensiones permite estar juntos y al mismo tiempo suministrar a cada uno su propio espacio, en el que se está bastante cerca para tocarse durante la noche, sea por descuido o deseo, es una apuesta que atrae a la mayor parte de los hombres y alarma a otros.

En ocasiones, consideran los recelosos, se encuentran demasiado próximos de la pareja, a quien ven dormir o despertar, libre de los artificios de la seducción que elaboran durante el resto de la jornada. Allí se encuentran sin mayores defensas cuando se desencadena alguna agresión. Una mujer furiosa es una fuerza de la Naturaleza. Si Holofernes no hubiera compartido la cama con Judith, habría mantenido en su sitio la cabeza. En los tiempos modernos, la vengativa Lorena Bobbit aprovecha la cama donde duerme la borrachera su marido, para castrarlo por el maltrato que ha sufrido.

Dos condenados  unidos por la misma cadena no se aburren; piensan en la evasión; pero nosotros no tenemos ningún tema de qué hablar. Nos lo hemos dicho todo. (...) No podemos pasear. El paseo sin conversación, sin interés, es imposible. Mi marido pasea conmigo por pasear, como si estuviera solo (Honoré de Balzac: Pequeñas Miserias de la Vida Conyugal)

A pesar de la atracción que sentía por las mujeres, Balzac no llegó a casarse nunca. Negoció durante años el proyecto de hacerlo con la condesa Hanska, una mujer culta y bella, que lo adoraba y se convirtió en principal destinataria de su correspondencia, que vivía en otro país, a miles de kilómetros de distancia. Por un motivo u otro, el escritor no terminaba de decidirse. Renunciar a su independencia le costaba, y nadie (ni siquiera la mujer con quien estaba relacionado) hubiera podido obligarlos a comprometerse más. Para calmar sus urgencias sexuales, le bastaban con recurrir a las prostitutas que no interrumpían su trabajo, si él no las convocaba, y de las cuales se desembarazaba después de pagarles, para continuar escribiendo.

Dormir con la pareja, aplaca los temores nocturnos a la soledad, suministra un interlocutor permanente, que fuerza a mantener un diálogo continuado, capaz de agotar todos los temas imaginables y destruir gran parte del encanto de cualquier relación. Muchas parejas naufragan en el territorio de la cama compartida, mientras que otras solo se mantienen vigentes gracias a esa vecindad donde se acompañan, consuelan o establecen treguas en el final de cada jornada. Según Otto Rank, en El Trauma del Nacimiento, al dormir acompañado se intenta superar el trauma de haber abandonado la matriz materna en el momento de nacer (una hipótesis que sería confirmada por la frecuencia de las posturas fetales que la gente adopta durante el sueño).

miércoles, 18 de junio de 2014

VIGILANTES CHAPERONAS

Al comparar distintas culturas, se advierte que los hombres y las mujeres son alentados (incluso conminados) por la sociedad a formar parejas estables y tener hijos, mientras que en forma paralela se les ponen obstáculos, destinados a restringir las tendencias que se opongan a las normas establecidas. El incesto, la promiscuidad, la homosexualidad, incluso la soltería y la dedicación a la vida contemplativa, quedan fuera de las opciones que se aceptan en la comunidad, y en algunos casos se las reprime en forma decidida. Los asirios alentaban a las jóvenes casaderas a prostituirse durante un año en beneficio del culto de la diosa Ishtar, pero una vez superado ese período que se consideraba educativo y piadoso, el matrimonio se imponía, con reglas de fidelidad no menos estrictas que las actuales. Raros son los ejemplos de sociedades en las que el llamado amor libre se tolera abiertamente, como sucedió durante los primeros años de la Unión Soviética (como queda registrado en la comedia Cama o Sofá de Abram Room) o el ámbito de las comunas hippies norteamericanas de los años `70. ¿Qué puede hacerse con una modalidad de relación donde los individuos se reúnen o separan sin mayores problemas, de acuerdo al capricho o la atracción sexual que experimentan unos por otros? Hoy pueden amarse apasionadamente, a pesar de lo cual mañana advierten que eran incompatibles, porque se aburrieron o se les cruzó en el camino otra pareja más interesante. Una volatilidad semejante es peligrosa para la estabilidad social. Las hormonas no suelen fundamentar relaciones demasiado sólidas, ni tampoco previsibles, como es el objetivo de cualquier institución. El simple entusiasmo, el enamoramiento que estalla en segundos y como llegó se desvanece, no brinda ninguna base confiable para la comunidad. Por lo tanto, los hombres y mujeres que se sienten atraídos mutuamente, deben superar las barreras en ocasiones odiosas, que se les plantean desde las instituciones, para dificultar el cumplimiento de un encuentro que sin embargo se presenta como deber.
Cuando hay que armar parejas, la intermediación femenina de la chaperona (carabina o dueña en España) resultaba insustituible para la cultura patriarcal. Bartolomé Murillo pintó a una Joven y su Dueña. La primera se exhibe en una ventana, mientras la segunda se cubre la cara y al mismo tiempo garantiza con su gesto pudoroso, que la soltera no esté ofreciéndose sin condiciones. Puede ser que los hombres desconfíen de la idoneidad de las mujeres en las tareas del gobierno, en el manejo de los negocios o el culto religioso, tareas que se consideran serias y difíciles de controlar. Para compensarlas de tanta represión de las habilidades femeninas, se les otorga el control de los asuntos domésticos, una esfera de menor rendimiento económico, donde le toca a los hombres la imagen de poco confiables, porque ante el menor inconveniente, dejan de lado las normas que ellos mismos elaboraron. Las mujeres (también los eunucos, en aquellas sociedades en las que tal clase de personas es fabricada) son los convocados para organizar la existencia de jóvenes solteras, cuyo honor debería preservarse para el matrimonio. Ellas no pueden circular demasiado en busca de marido (situación que es el objetivo fundamental de sus vidas) porque la simple exposición pública las devalúa ante la comunidad, tal como pensaban los griegos del mundo antiguo o los musulmanes de todas las épocas.
Si las mujeres quieren conocer a eventuales parejas masculinas (o hacer que los hombres solteros las descubran, se interesen en ellas y las libren de la vergüenza de pasar el resto de sus vidas sin marido) tendrán que recurrir a los servicios de especialistas femeninas, que por su condición social desprotegida o por su edad madura, no corren tantos peligros de sufrir el abuso masculino. La chaperona o acompañante femenina, era quien impedía tradicionalmente que las parejas heterosexuales se quedaran a solas en público o privado, una situación que de acuerdo a la visión tradicional conducía inevitablemente a la deshonra de de la mujer involucrada. Bastaba la breve soledad de una pareja para que todo el mundo considerara que aprovechando la circunstancia, había habido alguna actividad sexual. Imposible hacerse ilusiones respecto de los hombres, porque se los consideraba depredadores compulsivos. Bastaba que una mujer hubiera quedado expuesta a la vecindad de un hombre en una habitación cerrada, a pocos metros del resto de la familia, en el zaguán de la casa familiar, en una calle o plaza poco iluminada, en una última fila de una sala de cine, en el interior de un auto sin luces, para que se diera por hecho el contacto sexual entre ambos.
Durante todo ese tiempo del noviazgo, el novio solamente podía robarle unos cuantos besitos a la muchacha cuando su mamá se iba de a la cocina a colar café; unas cuantas caricias más apasionadas (…) si se les presentaba la oportunidad en algún lugar, y si tenía mucha suerte, le rozaría una rodilla a su futura esposa. (Esteban Fernández: Los antiguos noviazgos cubanos)
La chaperona insobornable y experimentada en esas lides (incluso la misma madre o una tía, no cualquier hermana o hermano menor, cuya complicidad pudiera ser comprada con algunas golosinas) acompañaba a las parejas durante los encuentros del noviazgo, un proceso lento de acercamiento y contención, que podía insumir varios años, durante los cuales se suponía que la pareja llegaba a conocerse bien, aunque lo más probable era que todo el contacto se redujera a diálogos rutinarios, pequeños regalos intercambiados regularmente, breves besos y preparativos interminables de la ropas y la vajilla utilizarían después del matrimonio. Los intereses de la familia de la novia estaban cautelados durante este proceso por la vigilancia de la chaperona. Con su presencia incómoda, ella recordaba a la pareja que no habían terminado de consolidarse, los límites de conducta impuestos por la opinión dominante: la reglamentación de días y horas de visitas, el lugar donde se efectuaban los encuentros, la iluminación y el mobiliario que iban a utilizar los novios para no molestar a nadie.
No podían acercarse demasiado, aunque compartieran el mismo asiento. El sofá era inadecuado, porque no costaba mucho convertirlo en peligroso lecho. Las sillas separadas resultaban una tortura para aquellos que a pesar de las restricciones deseaban tocarse. Durante el siglo XIX y comienzos del XX, se utilizó el ingenioso vis-a-vis, un sillón para dos personas, que obligaba a sentarse en direcciones opuestas, por lo que quedaban de lado (podían besarse fugazmente) a pesar de que cualquier contacto de la cintura para abajo quedara impedido.
Buena parte de la intimidad entre los novios quedaba postergada a momentos tales como la recepción o la despedida, que ocurrían en la tierra de nadie de la entrada a la casa de la novia. Allí, en la puerta de calle o en el zaguán mal iluminado, se intercambiaban besos furtivos, caricias, toqueteos, incluso la consumación de la actividad sexual tantas veces reprimida, en situaciones precarias, con riesgo de que la privacidad fuera invadida en cualquier momento por la llegada de parientes o vecinos. En pocas décadas, las restricciones anteriores fueron levantadas en buena parte del planeta. Los adultos están distraídos o han desesperado de la posibilidad de controlar la conducta sexual de sus hijos y parecen dispuestos a aceptar lo que sea. Las nuevas generaciones no consiguen imaginar, desde la más temprana adolescencia, que los adultos puedan cuestionar su vida sexual sin que se rían en su cara. Hay categorías como “los amigos con ventaja” que se han ido difundiendo en distintos sectores sociales y desdibujan la frontera que tradicionalmente se daba entre amistad y concubinato. Sexo hay, esporádico, pero compromiso no. Mejor dicho, el sexo no compromete demasiado, puesto que hay preservativos, anticonceptivos, píldoras del día después, etc. Por lo tanto, las chaperonas que controlaban la sexualidad de los novios debieran ser un tema del folklore, tan improbable como los carros tirados por caballos y el cine mudo.En la actualidad, sin embargo, los gobiernos locales de Japón, deseosos de detener la baja constante de la tasa de fertilidad que sufre el país, emplean a mujeres que recorren las casas de sus vecinos para averiguar la disponibilidad de hombres solteros. Ellas organizan fiestas destinadas a poner en contacto a hombres y mujeres que de otro modo, por el aislamiento que se ha vuelto una característica no buscada de la modernidad, continuarían cada uno por su lado. Internet ha llegado también para relacionar a solitarios, desde los chats que permiten diálogos desinhibidos entre solitarios, a los servicios de las empresas on line, que ofrecen organizar todo tipo de parejas. En la fantasía de un cantor popular brasileño, la testigo del cortejo amoroso se convierte en el centro de una perversa relación entre tres.
Yo me siento el rey / de un pequeño harén, / aunque ya no sepamos bien / quién vigila a quién. (Moderatto: Chaperona
)