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viernes, 11 de septiembre de 2015

MUJERES DESAFIANTES



Desposorio
Cuando llegan a cierta edad, hombres y mujeres que gozan de buena salud deben casarse y reproducirse, no de cualquier modo, sino siguiendo las normas establecidas por la sociedad para situaciones como esas. Las normas suelen ser estrictas, incluso en aquellos pueblos que se supone primitivos. La posibilidad de desafiar esas restricciones no es la misma para hombres y mujeres. Ellas sufren castigos y discriminaciones, incluso cuando fueron víctimas de situaciones que no llegaron a comprender.
Las religiones monoteístas no toleran infracciones, cuando se trata de parejas que pertenecen a distintos credos. La Biblia abunda en historias de parejas que desafían las leyes de Dios y causan la ruina de la comunidad, porque se han armado involucrando a mujeres que en unos casos toman la iniciativa y en otros son víctimas de un atractivo peligroso, incontrolable.
Jezabel fue una princesa fenicia, que adoraba a otros dioses, los de su pueblo y trajo la desgracia al rey Acab, su marido israelita. Ella es recordada como ejemplo de la perversidad femenina que los hombres temerosos de Dios deben tomar en cuenta cada vez que se sientan tentados de intimar con extranjeras. Pueden ser atractivas, pero indignas de confianza. Jezabel es desde todos los puntos de vista, una figura execrable.
Sanson y Dalila estaban condenados a no entenderse, porque él era el invencible conductor de los israelitas, mientras ella provenía del pueblo filisteo, y de acuerdo a la Biblia, si lo sedujo fue con el objeto de destruirlo, cortándole los cabellos que le otorgaban fuerza descomunal, para dejarlo ciego a continuación. La lección de esta historia es fácil de percibir: las mujeres que no están permitidas por los códigos de la comunidad, son funestas.
Artemisia Gentileschi: Judith y Holofernes
Sobre la relación de Holofernes y Judith, se sabe que no podía prolongarse más allá de una noche, porque ella, una virtuosa viuda judía, que aceptó el sacrificio de quebrar su duelo y entregarse al general del ejército enemigo, con la finalidad de degollarlo cuando estuviera dormido.
La historia de David y Bethsabé desconcierta, porque el desafío a la ley de Dios es todavía más evidente, y sin embargo el castigo que debiera llegar no se produce. Cuando David es consagrado Rey de Israel, después de demostrado su apego a la Ley, de pronto pierde todo control sobre sus actos, por contemplar a Bethsabé en el patio de la casa vecina, mientras se baña. ¿Es ella tan inocente como puede pensarse? La Biblia no se preocupa de ella, más que como objeto tentador.
David decide conquistarla, a pesar de tratarse de una mujer casada, olvidando que el castigo a los adúlteros es la lapidación. Envía al marido al frente de batalla, donde la muerte lo alcanza. David se casa entonces con Bethsabé, desafiando la maldición del profeta Natán, que le advierte que el hijo que espera la mujer habrá de morir, como efectivamente ocurre. David negocia con Dios el perdón de sus faltas, mediante el ayuno y la abstinencia, para evitar que la desgracia caiga sobre Salomón, su segundo hijo. Dios atiende sus súplicas.
Lippi y Lucrezia Buti
A comienzos del siglo XVI, Fra Filippo de Tomasso Lippi quedó huérfano cuando era un niño. Sus parientes lo entregaron a los monjes del Carmen en Florencia, a los ocho años. Fue la mejor decisión, pudo creerse, cuando profesó los votos religiosos a los quince años y se convirtió en uno de los discípulos de Masaccio, el pintor más famoso de la época. Lippi crecía en un ambiente protegido y hallaba la manera de desarrollar su capacidad creativa.
No obstante, Lippi no debió sentirse demasiado feliz con la vida que se veía obligado a seguir en un claustro, una existencia que no había elegido y sin embargo hubiera podido disfrutar sin mayores apremios. La Iglesia era el principal cliente de los artistas de la época. Su trabajo era reconocido. Ignoramos si tuvo aventuras que pasaron desapercibidas durante años, pero de haber desafiado las normas del monasterio, nho habría sucedido lo que pasó cuando llegó a la madurez. Lippi utilizó como modelo de una de sus pinturas religiosas a una monja, Lucrezia Buti, treinta años más joven que él. El interés que le había despertado ella no era solo profesional, porque la secuestró del convento durante una procesión y la convirtió en su amante, cuando él había cumplido cincuenta años, para escándalo de una comunidad que podía ser poco virtuosa en privado, pero guardaba las apariencias en público.
El Papa Pío II admiraba al artista y dispensó a ambos de sus votos religiosos, con lo cual permitía la celebración del matrimonio (una autorización que el pintor desaprovechó). Filippo y Lucrezia tuvieron un hijo, Filipino Lippi, reconocido como talentoso pintor, y luego una hija, Alessandria. De acuerdo a Giorgio Vasari, que narró las anécdotas escandalosas de los grandes artistas de su época, los parientes de Lucrecia envenenaron al pintor, para vengar la ofensa que habían sufrido. La historia de la pareja fue utilizada en el siglo XIX por el poeta Robert Browning y en el siglo XX por Gabrielle D´Annunzio, ha llegado a convertirse en emblema de los enamorados que desafían a poderes superiores a su pasión.
Lord Byron y Augusta Leigh
Los castigos que se prometen a los que se atrevan a desafiar el criterio dominante en una determinada sociedad sobre la elección de pareja, hace retroceder a quienes experimentan la tentación. Una elección como esa, que podría considerarse restringida a la privacidad, tiene consecuencias duraderas sobre todas las actividades de un ser humano. Lord Byron era un poeta reconocido, a comienzos del siglo XIX, en Inglaterra. Sus efímeras relaciones heterosexuales (y algunas homosexuales) habían sido aceptadas como evidencias de su extravagancia. La relación con Augusta Leigh, su hermanastra, en cambio, superó la buena voluntad de sus contemporáneos. El rumor atribuyó a Lord Byron la paternidad de una hija de Augusta y precipitó su destierro, para evitar que fuera juzgado por incesto.

Todas las cosas que amo me traen un recuerdo… Tú. (Lord Byron: carta a Augusta Leigh)

Las restricciones sociales más severas en la sociedad tradicional, afectaban a relaciones de pareja que pudieran tener algún futuro. Si una relación era fugaz, como la planteada en la prostitución o lo pederastia, daba lo mismo con quien se involucrara alguien. Casarse y tener hijos imponía otros criterios, más restrictivos.
La represión del Estado a las parejas compuestas por personas de distintas etnias, se manifestó en la Alemania nazi, con el objeto de evitar las relaciones entre aquellos a quienes se denominaba arios, definidos como cristianos rubios, de ojos claros, descendientes de un mítico pueblo indoeuropeo, y los judíos, a quienes se veía como un pueblo sin patria, corruptores de la raza perfecta.

El judío es el fermento de descomposición de los pueblos. A diferencia del ario. el judío es incapaz de fundar un Estado e incapaz asimismo de crear nada. Solo es capaz de quitar, de robar o de destruir, imbuido por el espíritu de la envidia. (Aldolf Hitler)

La arbitrariedad de una descripción como esa, tenía como objeto justificar la supresión de garantías, el despojo de bienes y posteriormente el exterminio de millones de seres humanos, que hasta entonces, durante siglos, habían convivido con el resto de los alemanes. Los matrimonios mixtos, en cambio, diluían las fronteras, estimulaban la tolerancia y sobre todo favorecían la reproducción de aquellos que se presentaban como adversarios. Prohibir los matrimonios, anularlos cuando ya se habían establecido y eliminar a los hijos nacidos de esa situación, se convirtieron en medidas urgentes para el nazismo.
Pareja interracial
Miscegenetion (mestizaje) es el término inglés que indica el asco de la sociedad tradicional norteamericana ante una posible contaminación racial entre blancos y negros, blancos e indios o blancos y orientales. Había sido normal que los propietarios blancos utilizaran a sus esclavas para disfrutar el sexo con ellas, disponiendo de la ventaja adicional de engendrar hijos esclavos que incrementaban su capital. Cuando la misma situación se daba con mujeres negras libres, no podía ser tolerada por los sectores más conservadores, porque ellas o sus hijos podían reclamar el acceso a un capital que su color de piel les vedaba.
Se comenzó a hablar de miscenetion durante la Guerra Civil norteamericana del siglo XIX. Varias leyes prohibieron durante un siglo, en distintos Estados, la legalización de las parejas interraciales. A mediados de los años ´60 del siglo XX, la pareja formada por Mildred Jeter y Richard Loving (ella negra, él blanco) fue condenada a un año de cárcel en el Estado de Virginia, por haberse casado. La sentencia quedó en suspenso, con la condición de que abandonaran Virginia por veinticinco años. Lo que importaba era que el mal ejemplo no cundiera.

Mi marido es blanco y yo negra. Nos casamos hace cinco años en Washington, porque sabíamos que en nuestro condado del Estado de Virginia había ley que prohibía los matrimonios interraciales. Al regresar a casa, recién casados, fuimos encarcelados, juzgados y abandonar el Estado. (…) Sabemos que no podemos vivir allí, pero nos gustaría volver juntos por última vez, para despedirnos de nuestras familias y amigos. (Mildred Jeter: carta a Robert Kennedy)

En Sudáfrica, desde 1945 a 1985, las leyes del apartheid condenaban a la cárcel a quienes incurrieran en ese desafío. Las personas que no estén satisfechos con esas normas, deberán resignarse a cierta dosis (grande o pequeña) de infelicidad. Será el precio que pagan para que no se los margine o someta a castigos.
Algunos encuentran la manera de infringir las reglas en privado, sobre todo en las grandes ciudades, un ámbito en el que las parejas se mueven con mayor libertad y pueden eludir el control y las sanciones del colectivo. Por eso en la cultura urbana proliferan el adulterio, la prostitución y se establecen parejas que sirven como pantallas de otros estilos de vida, que no son precisamente los aceptados por la mayoría.
Junto a lo anterior, hay también parejas (son las menos) que proclaman su falta de respeto por las convenciones que venera la sociedad. Por distintos motivos, que van desde el haber sido descubiertos hasta la voluntad de exhibirse como modelos de vida alternativos, enfrentan a la opinión mayoritaria y proclaman la decisión personal de continuar una relación que la mayoría reprueba.

lunes, 19 de enero de 2015

LUCHADORAS ANARQUISTAS

Anarquistas españolas en la Guerra Civil


Considero funestos y estúpidos todos nuestros ensueños sobre la emancipación de la mujer; le niego toda clase de derechos e iniciativa políticos; creo que para la mujer, la libertad y el bienestar consisten únicamente en el matrimonio, la maternidad, los trabajos domésticos, la fidelidad al esposo, la castidad y el retiro. El trabajo de la casa es el sueño dorado de una joven: los que (…) quieren suprimir los trabajos de la casa deberían explicarnos mejor esta depravación del instinto del sexo. De mi parte, cuanto más lo pienso, menos puedo concebir un destino para la mujer que no sea el de la familia y los trabajos caseros. (Pierre-Joseph Proudhon: Apuntes autobiográficos)

Proudhon, célebre anarquista de mediados del siglo XIX, no se avergonzaba de plantear ideas tan tradicionales y discriminadoras como esas, que no atendían los reclamos de un amplio sector relegado de la sociedad. Tampoco los líderes de la Revolución Francesa, en los años finales del siglo XVIII habían sido más sensibles al tema, como demuestra el rol subordinado en que se mantuvo a las mujeres después de derrocada la monarquía y la pronta marginación de la escena pública de figuras como Olympe de Gouges, Claire Lacombe o Théroigne de Méricourt. Puesto que los hombres consideran inútil tomar en cuenta las reivindicaciones femeninas, ellas mismas tendrían que hacerlo. Esa fue la lección que tardó en imponerse.
La Voix des femmes, periódico anarquista, comenzó a publicarse en Francia en 1838. Petrona Rosende de Sierra había publicado algunos años antes en Buenos Aires, La aljaba. Rosa Guerra publicó La camelia en 1852 y Juana Manso de Noronha Álbum de señoritas. La Alborada del Plata, otro periódico dedicado a las mujeres, dirigido por Manuela Gorriti, planteaba alrededor de 1880 la necesidad de reducir a ocho horas la jornada de trabajo y defendía causas tan opuestas a las ideas dominantes como el amor libre.
Ni Dios, ni patrón, ni marido era el nombre nada conciliador del periódico de cuatro páginas publicado por Virgina Bolten en Buenos Aires y Montevideo, durante los últimos años del siglo XIX. Las agrupaciones anarquistas femeninas se instalaron por entonces en todos los países donde las grandes industrias incorporaban a la mujer como fuerza de trabajo tan capacitada como la masculina, pero siempre peor pagada. Las anarquistas ganaron notoriedad, pronunciaban conferencias, fundaban sindicatos y periódicos de circulación restringida, mientras eran vilipendiadas por los medios.
Belén de Sárraga
Belén de Sárraga, médica y famosa anarquista española, se radicó en Montevideo y recorrió buena parte de Latinoamérica. Visitó las ciudades del norte de Chile, donde prosperaba la industria del salitre. Allí se fundaron centros femeninos que llevaban su nombre. Años más tarde, se encontraba en México, cuando estalló la revolución en España que condujo al establecimiento de la república. Sárarraga se había definido como una personalidad tan atractiva, que brindaba conferencias en los teatros y convocaba a una audiencia seducida por sus ideas renovadoras, en las que se mezclaban el anticlericalismo, la defensa de los derechos cívicos de la mujer, el reconocimiento de los hijos nacidos fuera del matrimonio y la prédica espiritista.
Era una mujer bella y una oradora tan motivadora, que los concurrentes varones que asistieron a una de sus conferencias en Santiago de Chile, decidieron desuncir los caballos del carruaje que debía conducirla del teatro al hotel donde se alojaba, tal como se había hecho en otras ocasiones, después de una presentación de la actriz Sara Bernhardt.

Vengo yo aquí a predicar la verdad, a emancipar a los que están subyugados. Arranquemos a la mujer, al obrero y al estudiante de esas influencias [las de la Iglesia Católica] y habremos alcanzado el ideal del libre pensamiento. (Belén de Sárraga: entrevistada en El Mercurio)

El entusiasmo de las precursoras anarquistas las llevaba a predecir un cambio radical de la sociedad, que podía darse muy pronto, si las mujeres tomaban conciencia de la situación que sufrían y se sumaban masivamente a su causa. En El Ácrata, un periódico chileno de 1901, una fervorosa poetisa anarquista escribía:
Arenga de Federica Montseny

¡Oh, burguesía! Piensa en el futuro / de la presente sociedad humana, / raciocina con calma y de seguro / verás temblar tu criminal espada! / ¿Existe acaso algún poder oculto / para que siempre esclava la mujer / acepte el sucio y miserable insulto / del potentado o místico burgués?

Las anarquistas no confiaban demasiado en sus congéneres sufragistas, que reclamaban el derecho al voto para la mujer. Esa fue una conquista que al avanzar el siglo XX se fue convirtiendo en realidad en todos los países. Las injusticias de la sociedad no concluían en las urnas, afirmaban  las anarquistas.

Después de cientos de años de profundo sueño, comienzan las mujeres a tornar a la vida que es lucha y movimiento. (Editorial de Verba Roja)

El texto proviene de un periódico feminista chileno publicado en 1922. La imagen de la mujer oprimida en varios niveles, sin derecho a voto, discriminada en el trabajo y el hogar, surge de otra más antigua y optimista, que todas las niñas conocen, la figura de una Bella Durmiente que espera al Príncipe Azul que le permitirá quebrar el hechizo y alcanzar la felicidad.
De acuerdo a Isolina Bohórquez, las madres debían extirpar del cerebro de sus hijos el fanatismo de la patria y la raza que se aprenden en la escuela pública, para dar sitio al amor por los trabajadores y afianzar el odio hacia las clases gobernantes y los explotadores del proletariado.
Aunque en Europa y América rechazaban a las iglesias cristianas, entendiéndolas como instituciones donde se adormecía y finalmente se discriminaba a la mujer, algunas feministas adoptaron el lema cristiano de amarse los unos a los otros. Ellas se consideraban destinadas a establecer la fraternidad entre los pueblos que los hombres habían fracasado repetidamente desde que se tiene memoria. Según las feministas de comienzos del siglo XX, si había tantos hombres destacados en la ciencia, el arte, la política y los negocios, era porque los habían ocupado a expensas de mujeres no menos capacitadas que ellos.
Al comenzar el siglo XX, más del 70% de las mujeres españolas eran analfabetas (mientras que algo más de la mitad de los hombres estaba en la misma situación). La situación fue mejorando en las dos décadas que siguieron, pero las mujeres continuaron en desventaja respecto de la escolaridad de los hombres. La lucha de las anarquistas por la educación recuerdan las palabras de Condorcet:

Cuando se educa a un niño, se prepara a un hombre educado; cuando se educa a una niña, se afianza también la educación de una familia. (Condorcet)

Parte de las demandas de las anarquistas quedaron de algún modo satisfechas durante el siglo XX por la democracia burguesa que ellas pretendían destruir. El trabajo de difusión de las nuevas ideas había sido lento, pero no infructífero. Después de obtener el voto, el siguiente paso para las activistas femeninas fue que las consideraran elegibles para ocupar los cargos públicos.
No tardaron en ingresar a las universidades. Podían titularse, pero no siempre ejercían. Con el tiempo, estuvieron representadas en todas las profesiones imaginables (incluyendo las Fuerzas Armadas, pero de todos modos excluyendo al sacerdocio católico). Lograron que se eliminaran las diferencias entre hijos nacidos dentro del matrimonio o fuera de él, que se les otorgara un fuero maternal, que estén autorizadas a perseguir legalmente a los hombres que no se responsabilicen de la crianza de los hijos que engendraron… aunque se continúe pagándoles a veces la mitad del salario por las mismas tareas que los hombres realizan.
Emma Goldman

Todas aquellas que alcancen la deseada igualdad, generalmente lo hacen a expensas de su bienestar físico y psíquico. Para la gran masa de mujeres trabajadoras, ¿cuánta independencia se gana, si la estrechez y falta de libertad del hogar es reemplazada por la estrechez y falta de libertad de la fábrica, las tiendas o la oficina? Más aún, después de un duro día de trabajo, está la carga de ocuparse de un “hogar, dulce hogar” frío, atemorizador, desordenado, poco acogedor. ¡Gloriosa independencia! No es sorprendente los cientos de jóvenes dispuestas a aceptar la primera oferta de matrimonio, hartas y cansadas de su “independencia” detrás de un mostrador, una máquina de coser o de escribir”. (Emma Goldman)

Durante la Guerra Civil Española, las anarquistas Lucía Sánchez Saomil, Mercedes Comaposada y Amparo Poch y Gascón organizaron en 1936 el movimiento de Mujeres Libres. Planteaban la necesidad de escolarizar a las mujeres y suministrarles información política que les permitiera entender la experiencia de la República. Para las anarquistas, la guerra brindaba la oportunidad de acelerar cambios mentalidad que hubieran sido impensables en épocas menos conflictivas. A pesar de ello, las penurias de la actualidad obligaron a dejar de lado la educación, para dedicarse a suplantar a los hombres en las fábricas y participar en la lucha armada.

viernes, 14 de noviembre de 2014

RECLAMOS: UN ESPACIO PROPIO DE LAS MUJERES


Marie Dentière
Marie Dentière, esposa de un Teólogo protestante, durante la Reforma de comienzos del siglo XVI, se definía como una ferviente partidaria de la renovación del cristianismo y no podía evitar la crítica al mismo movimiento religioso en el que participaba, porque no había hallado en él más oportunidades para expresar sus pensamientos, que las habituales en el seno de la Iglesia Católica. Las quejas que se atrevió a publicar constituían un abierto desafío a las estructuras del Poder, que prometía costarle caro.

Pareciera que la alianza que [las mujeres nos] colocamos en nuestra mano el día del matrimonio, fuera como el anillo del rey Giges, que tenía la propiedad de hacerlo invisible, pero en nuestro caso, no para protegernos de nuestros enemigos, sino para arrebatarnos el derecho al tiempo y al espacio, para impedirnos el acceso a la plaza pública. (Marie Dentière)

A pesar de la rebelión contra la autoridad del Papa romano, Calvino había prohibido en su culto la prédica de las mujeres, tal como la Iglesia Católica había hecho durante siglos. La sociedad patriarcal concedía un limitado espacio al desempeño de las mujeres, con tal que lo dedicaran al servicio de la familia, comenzando por la obediencia al esposo, desatendiendo sus propios intereses. Ellas podían ser vistas como reinas de la cocina y el dormitorio, pero en ningún caso sus dueñas, puesto que debían compartir esos territorios con otras personas (los hombres de la familia) a quienes les correspondía seguir.

El lugar de la mujer es la casa. (Pierre-Joseph Proudhon: ¿Qué es la propiedad?)
Mujeres revolucionarias

Quien declara esto es un destacado ideólogo del cambio social del siglo XIX. Él se negaba a aceptar cualquier posibilidad de que las mujeres fueran incluidas entre los beneficiados por el nuevo régimen de derechos y obligaciones propuesto por la Revolución Francesa. Si las ciudadanas continuaban marginadas ¿de quiénes debían esperarse las decisiones que terminaran con esa situación?

Para una mujer (…) tener una habitación propia, no digamos una habitación tranquila y a prueba de sonido, era algo impensable aún a principios del siglo XIX, a menos que los padres de la mujer fueran excepcionalmente ricos (…). Sus capital, que dependía de la buena voluntad de su padre, solo le alcanzaba para vestir; ella estaba desprovista de pequeñas posesiones al alcance hasta de hombres pobres, como Keats, Tennyson o Carlyle. (Virginia Woolf: Una habitación propia)

Virginia Woolf
El reclamo de un espacio gobernado por las mujeres, imagen de su independencia en todos los aspectos de la vida, reaparece en distintos momentos de la Historia, en forma declarada o encubierta, sin quedar satisfecho nunca. La escritora Virginia Woolf tituló uno de sus ensayos Una habitación propia. Ese era el reclamo de una intelectual de comienzos del siglo XX, que pertenecía al grupo Bloomsbury, una reunión de pensadores de vanguardia, provenientes de la clase alta inglesa, que exploraban todas las ideas renovadoras que circulaban en la época, desde las políticas y estéticas, hasta las sexuales.
En ese ambiente que podía suponerse liberado de convenciones, Woolf planteaba la necesidad de establecer un espacio propio de las mujeres, que les permitiera descubrir sus intereses y desarrollar sus proyectos. Si ellas pesaban tan poco en la Historia de la Humanidad, era porque no habían llegado a disfrutar las condiciones materiales que posibilitaron el rol asumido por los hombres.
Nora Helmer, protagonista de la pieza teatral Casa de Muñecas de Henryk Ibsen, estrenada cuarenta años antes, era todavía más radical: no había ninguna posibilidad de desarrollo independiente para la mujer, mientras continuara atada a la institución del matrimonio.
Jenny Westphalen y Karl Marx
Casi por la misma época, Karl Marx le planteaba por escrito a su esposa la urgente necesidad de acordar un distanciamiento que debía servirles para reconsiderar su relación (y al menos en el caso de él, para facilitar su relación con otra mujer).

La separación temporal es útil, ya que la comunicación constante origina la apariencia de monotonía que lima la diferencia entre las cosas. Hasta las torres de cerca no parecen tan altas, mientras las minucias de la vida diaria, al tropezar con ellas crecen desmesuradamente. Lo mismo sucede con las pasiones: los hábitos consuetudinarios que como resultado de la proximidad se apoderan del hombre por entero y toman forma de pasión, dejan de existir tan pronto desaparece del campo visual su objeto directo. Las pasiones profundas (…) recuperan su vigor bajo el mágico influjo de la ausencia. (Karl Marx: carta a su esposa Jenny von Westphalen)

No cuesta demasiado entender que los seres humanos se atraen y necesitan acercarse, tocarse, establecer una intimidad en la que los espacios de cada uno se confunden, porque las fronteras desaparecen, pero la idea de compartir durante la mayor parte del tiempo el poco o mucho espacio que se dispone con otra persona, no siempre ha sido vista como la forma ideal de convivir.
Para algunos, levantar las barreras y renunciar al espacio propio, es una decisión atemorizante, que amenaza con trastornar sus hábitos más arraigados y los obliga a retroceder, postergando cualquier compromiso a largo plazo, como el matrimonio. ¿Será posible amoldarse a la rutina de convivir con alguien que hasta entonces se conocía de lejos o basándose en breves encuentros, que disimulaban pequeñas o grandes incompatibilidades? ¿Terminará arrepintiéndose del proyecto de compartir el espacio?
Hay parejas encantadoras o seductoras, que sin embargo roncan, que huelen mal cuando los perfumes y desodorantes se disipan, que hablan más de lo necesario, que están siempre vigilando a la otra persona. Hay novios atentos al mínimo capricho de sus novias, que se revelan como celosos patológicos, una vez que la vida en común se establece. ¿Aceptará cada miembro de la pareja las (buenas y malas) costumbres que el otro aporta a la relación, que no suelen ser confesadas durante la etapa de acercamiento, que a veces ni siquiera se han revelado y no siempre están dispuestos a sacrificar?
Mujeres griegas en el gineceo
Para los griegos de la Antigüedad, establecer una prudente distancia entre los géneros era la única alternativa que se dejaba para la mujer digna de respeto y el hombre responsable ante sus iguales. Según los espartanos que vivían preparándose para la guerra, la vecindad del enamoramiento heterosexual, el matrimonio y la vida familiar, planteaban riesgos indeseables para los intereses del Estado. Que los encuentros sexuales entre marido y mujer debieran hacerse sin luces, indica no la obligación de preservar el pudor, como la imposición de mantener lo más impersonal que fuera posible una relación que no debía complicarse con el afecto. Hasta la simple idea de comer en familia era interpretada como un resquebrajamiento de la disciplina militar.En la democrática Atenas, el lugar asignado a la mujer no era más amplio. 
La esposa ocupaba un espacio propio, el Gineceo, ubicado lejos de la calle, en la parte más oculta de la casa, compartido con sirvientas y niños pequeños. El hombre la visitaba cada vez que deseaba, para mantener relaciones sexuales destinadas a la procreación. Una vez satisfecho, se apartaba a su propio espacio, que incluía las calles y plazas, compartidas con otros hombres.
Los encuentros más estimulantes entre hombres y mujeres ocurrían durante las orgías, banquetes que combinaban la discusión intelectual del alto vuelo, el sexo, la comida y el consumo de vino. Allí, las mujeres invitadas eran atractivas y bien educadas hetairas (prostitutas) con quienes los hombres discurrían de igual a igual, acerca de política y filosofía. Estaban maquilladas, lucían largas cabelleras y escotes, habían leído libros y estaban informadas sobre la actualidad, a diferencias de las esposas. Cualquier desborde estaba permitido en ese espacio controlado por los hombres, similares a los clubes Playboy del siglo XX, con la diferencia de la cultura involucrada.
Los espartanos desconfiaban tanto de las relaciones heterosexuales, que ponían límites legales odiosos como la obligación efectuar los contactos en la más completa oscuridad, sin otro objeto que generar ciudadanos útiles para el Estado. Hasta la simple idea de comer en familia era interpretada como un resquebrajamiento de la disciplina militar.
Mujeres chinas del Medioevo
La idea de recluir a las mujeres para facilitar su control, reaparece en diversas culturas. En un palacio construido en China alrededor del siglo XIV, se asignaban distintas áreas a las distintas categorías de miembros de la familia. Las habitaciones del señor de la casa estaban en la parte delantera, mientras que a las mujeres se les reservaba otros espacios, en el centro de la casa. La esposa legal y sus hijos vivían en una casa que miraba al este, mientras que las concubinas y sus hijos habitaban casas que miraban al oeste. Cada familia tenía sus habitaciones propias, sus muebles y un patio que les permitía vivir sin contactarse con la familia de al lado, a pesar de estar todos relacionados con el señor de la casa. Al dividirlas, el hombre confirmaba su rol decisivo y simultáneamente el rol accesorio de las mujeres.
Pies de mujer china
En ocasiones, juzgan, están demasiado próximos de la pareja, a quien ven dormir o despertar, libre de los artificios de la seducción diurna, y donde están sin mayores defensas cuando se desencadena una agresión. Dormir con la pareja, aplaca los temores nocturnos a la soledad, suministra un interlocutor permanente, que fuerza a un diálogo continuado, capaz de agotar todos los temas imaginables y destruir gran parte del encanto de cualquier relación. Muchas parejas naufragan en el territorio de la cama compartida, mientras que otras solo se mantienen vigentes gracias a esa vecindad donde se acompañan, consuelan o establecen treguas en el final de cada jornada.