viernes, 15 de agosto de 2014

MUTILACIONES FEMENINAS


Protesta contra infibulación en África
Para judíos y musulmanes, los hombres deben ser circuncidados (extirpación de parte del prepucio) al octavo día de haber nacido, en el caso de los judíos, y antes de la pubertad para los musulmanes. Se trata simultáneamente de una costumbre higiénica y un rito religioso, que tiene más de tres mil años de antigüedad. Moisés lo prescribió como una de las señales inequívocas que distinguían a sus seguidores de los hombres de otros pueblos con los que se veían obligados a convivir.
Más de una vez se ha intentado comparar la circuncisión masculina, con la infibulación femenina. Mientras la primera tiene pocos riesgos para la salud de quienes la sobrellevan y ha sido adoptada masivamente en países como los EEUU, donde predomina el cristianismo, la segunda solo ofrece ventajas para otras personas, que no son precisamente las mujeres que la sufren como recuerdo de su rol subordinado en la sociedad.

No se trata de juzgar una cultura, sino de apreciar una costumbre. La ablación genital femenina no corresponde a una cultura –entendida como un proceso, expresión de la vida humana, forma de comunicación y respuesta a unas necesidades básicas- sino a una costumbre, es decir, a la fijación de una norma. (Benedicte Lucas: Aproximación Antropológica a la práctica de la ablación o mutilación genital femenina)

Se trata de costumbres ancestrales, que incluso cuando se encuentran prohibidas por las leyes, continúan practicándose de manera clandestina, tal como sucedía hace cientos de años. Desde el punto de vista de los líderes comunitarios que eligen a las candidatas que serán sometidas a la operación, y establecen las fechas en que se consumará ese ritual por el que previamente pasaron sus madres y abuelas. Aquellas víctimas que se resisten, deshonran a sus familias y son consideradas feas por aquellos que las conocen, ineptas para ser entregadas en matrimonio.
Waris Dirie e hija
La mutilación del clítoris es presentada como una garantía de comportamiento honesto. ¿Qué argumentos pueden esgrimirse contra una práctica que tantas mujeres han aceptado y consideran su máximo orgullo? A los cinco años, la futura modelo de alta costura Waris Dirie, nacida en Somalia, sufrió la ablación del clítoris, una mutilación sexual que es frecuente entre las niñas nacidas en veintiocho países africanos.

Cuando no era más alta que una cabra, mi madre me sujetó mientras una anciana me seccionaba el clítoris y la parte interna de la vagina y cosía la herida. No dejó más que una minúscula abertura del tamaño de una cabeza de fósforo para orinar y menstruar. (…) Fue el peor momento de mi vida. El dolor era insoportable y sentí que iba a morir. Aún cuando era muy pequeña, supe inmediatamente que me estaban haciendo estaba mal. (Waris Dirie)

A los trece años, su padre intentó casarla con un anciano, a cambio de cinco camellos. Waris escapó hacia Europa y al crecer desarrolló una exitosa carrera en los EEUU, en el campo del modelaje. A los veintiocho años, después de haber denunciado en un libro la situación de la que había sido víctima, se convirtió en Embajadora de las Naciones Unidas que recorre el mundo haciendo campaña para erradicar esa práctica.
Dos mil años antes de nuestra era, de acuerdo a la prueba que suministran algunas momias, los antiguos egipcios ya realizaban operaciones de ese tipo. En Mali se supone tradicionalmente que en el clítoris reside un espíritu maligno. Se lo considera una parte masculina de la mujer, que debe ser extirpada para embellecerla. En Somalia, Gambia, Etiopía, Senegal, Togo, Nigeria, Burkina Faso o Ghana, afecta a la mayoría de la población femenina. También se la ha practicado en varios pueblos de Asia y América precolombina, con el objeto de mantener bajo control a las mujeres, impidiendo que disfruten las relaciones sexuales y obligándolas a mantenerse fieles a sus maridos.
 Los familiares no dudan en someterlas a operaciones que tienen graves riesgos para su cuerpo, resultan sumamente dolorosas y se realizan bajo condiciones de higiene nada confiables, por lo que dan lugar a infecciones graves. Como consecuencia de lo anterior, al menos una quinta parte de las mujeres que son sometidas a infibulación queda incapacitada para tener hijos.
Herramientas de la infibulación
Durante la operación, que no puede ser observada por los hombres, ni tampoco por mujeres que no hayan pasado por el mismo rito, se extirpa una parte de los genitales femeninos, para suturar a continuación los bordes del clítoris. Coser los genitales femeninos, es una oscura fantasía de los hombres celosos, recogida en La Filosofía en el Tocador, la novela filosófica del Marqués de Sade.
Gracias a una medida tan cruel, nadie podrá en adelante ocupar el cuerpo de esa mujer que le pertenece al hombre que ordenó la operación (al menos por vía vaginal, como puede inferir cualquiera). El cosido asegura que no llegarán a embarazarla casualmente, aunque no puedan evitarse otras prácticas sexuales igualmente eficaces para generar placer, pero no reproductivas.
Durante la noche de bodas, el marido disfruta la certeza de que esa mujer, cuyos genitales acaban de abrir exclusivamente para él, como un regalo precioso, no ha sido tocada por otros hombres. Más aún, que la incomodidad que habrá de acompañarla durante el resto de su vida, cada vez que deba someterse a una relación sexual, convertirá en indeseable para ella cualquier contacto con un hombre, incluyendo al marido.
De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, hay diferentes modalidades de intervención, entre las cuales se cuenta el corte exterior del prepucio femenino, en algunos casos acompañado por el corte parcial o total del clítoris (con lo que se dificulta el coito y debe recurrirse a la cesárea cuando se produce un parto). En otros casos, se efectúa el corte exterior del clítoris, el corte parcial o total de los genitales con reducción de la abertura vaginal. Esta es la infibulación que solo deja libre un estrecho orificio, como experimentó Waris Dirie. A veces, el corte va acompañado por una cauterización (quema) del clítoris.
El tormento se inflige durante la infancia, en ocasiones poco después de haber nacido, y de eso se encargan las comadronas y curanderas que la trajeron al mundo. Las mujeres de la familia suelen colaborar sujetando los brazos y piernas de quienes sufren la mutilación sin anestesia ni mayores precauciones higiénicas en aquellas que la ejecutan.
Niña sometida a infibulación
Muchas niñas mueren por complicaciones surgidas tras la operación. Los gritos y el llanto de la víctima no están bien vistos por los testigos. Se supone que se trata de pésimos augurios respecto de la futura relación de la niña con el marido. Luego, en el ansiado y temido momento del matrimonio, llega otra experiencia no menos dolorosa, porque las ligaduras de sus genitales de la desposada se sueltan para facilitar la penetración sexual del marido.
En esas condiciones, el coito suele resultar doloroso para la mujer. Si por cualquier circunstancia el hombre tiene que apartarse por un tiempo de su esposa, se vuelven a coser los genitales. La infibulación obliga a las mujeres a caminar dando pasos muy cortos (si corrieran o dieran zancadas, podrían descoserse) y los hombres consideran ese estilo de desplazamiento como algo muy atractivo.
En África, la posibilidad de que una mujer no pase por la mutilación, la expone a quedarse soltera, porque socialmente se prefiere para el matrimonio a aquellas que pudieron ser infieles en el pasado, o que podrían serlo en el futuro.
En algunas sociedades, la ceremonia queda reducida a una representación amenazante pero no sangrienta. Se acerca un cuchillo a los genitales femeninos, se pincha el clítoris, se corta el vello púbico y se deja alguna pequeña cicatriz en el vientre o parte interior del muslo, para recordar una costumbre que perdió vigencia pero podría ser reimplantada en cualquier momento, si la niña olvidara los valores que le fueron impuestos.
La infibulación femenina es visto como un tema demasiado privado por aquellas a quienes afecta, un asunto que gracias al pudor y la ignorancia de sus consecuencias para la salud, no se mencionaba hasta no hace mucho y rara vez se discute públicamente.
Dos millones de mujeres jóvenes son mutiladas todos los años, para calmar los temores masculinos sobre su fidelidad. Se calcula que hay entre 120 a 130 millones de mujeres que han pasado por la infibulación. Ellas viven en África, Pakistán, Sri Lanka, Indonesia, India y Malasia.
Las migraciones masivas de las últimas décadas, han llevado la costumbre arcaica a países europeos tan ajenos a la cultura islámica como Alemania, Suecia, Italia, Noruega y Francia, donde se ha comprobado la dificultad de erradicarla. Durante el siglo XIX, los mismos médicos europeos la practicaban con el objeto declarado de curar la histeria y la ninfomanía.

miércoles, 9 de julio de 2014

CAMAS COMPARTIDAS


La actriz Audrey Hepburn, a mediados del siglo XX, declaraba no compartir la cama con su primer marido, el actor Mel Ferrer, a pesar de que parecían tener una buena relación. Hay parejas sólidas, incluso enamoradas, pero también incómodas para descansar juntas. Roncan, como le sucede a la mayoría de los hombres. Fuman en la cama. Comen. Hablan o se mueven en sueños. Acaparan las sábanas y mantas dispuestas para los dos. Miran televisión hasta muy tarde. Atienden llamadas telefónicas en medio de la noche. Se levantan con frecuencia para ir al baño, cuando envejecen.

Hay una lista interminable de situaciones incómodas que justificarían la opción de las parejas que duermen en camas separadas, como ha sucedido a lo largo de casi toda la Historia, porque la idea de dormir juntos se impuso apenas hace un par de siglos. Hombres y mujeres podían encontrarse en la cama para mantener cómodas relaciones sexuales, no necesariamente para descansar. Ese lapso ha bastado para difundir la imagen de la cama compartida como espacio inevitable de la vida en pareja.

El hecho de dormir juntos, con tiempo frío o cálido, parecía una hebra necesaria para la construcción del entramado matrimonial. Si esa hebra se rompía, todo el tejido podía deshacerse. De qué modo, no estaba segura. Pero creía firmemente que la costumbre que tenía su madre de dormir en una habitación separada de la de su padre, había determinado que la vida familiar de su infancia no hubiera sido todo lo cálida que habría podido ser. (Lilian Smith: Extraño fruto)

Paul Rosenblat ha dedicado un libro (Two in Bed: the Social System of Couple Bed Sharing) al estudio de la comunicación que ocurre en el territorio de la cama. Dormir acompañado tiene ventajas que no hace falta describir, por el clima emocional que genera en la pareja bien avenida, pero define un campo de batalla indeseable para la pareja que no se lleva bien. Al dormir, se toca al acompañante o se sabe que ante la menor duda, podría tocárselo de inmediato y verificar que no se está aislado en el mundo.

Disponer de una cama propia, al igual que disponer de una mesa bien servida, han sido aspiraciones difíciles de obtener para los niños y las mujeres, dos componentes de la sociedad patriarcal que suelen ser marginados cuando se privilegia la satisfacción de los hombres. El rol secundario que les ha sido asignado, se manifiesta en el momento de dormir o alimentarse. Aquellos que disfrutan del Poder, se reservan los alimentos más nutritivos y lechos blandos, abrigados en invierno, frescos en verano. Los otros se quedan con los restos, se acomodan como pueden.

Se afirma que en la actualidad, en los EEUU, un centenar de niños pequeños mueren todos los años como consecuencia de dormir con adultos que los sofocan durante el sueño. Hay madres que llevan a los niños a la cama matrimonial, para librarse de los reclamos de su pareja. Los pobres comparten la cama o carecen de ella, se las componen para descansar en las condiciones menos adecuadas. Dormir sin la vecindad de otros seres humanos que estorben el descanso o permitan el abuso sexual, son aspiraciones que se manifiestan reiteradamente y rara vez suelen ser oídas.  

Durante el siglo XIX, el ideal de una convivencia matrimonial en las clases acomodadas de Occidente, era que el hombre y la mujer tuvieran dormitorios separados, baños separados, guardarropas separados. Si al marido se le ocurría introducirse en la cama de su legítima esposa, para dar cumplimiento a sus deberes conyugales, bastaba que tocara la puerta que los separaba y fuera autorizado verbalmente por ella, para entrar en ese espacio ajeno, proceder a ejecutar sus planes en medio de la oscuridad y retirarse prudentemente a continuación, con el objeto de que ambos descansaran por separado. Actuando de ese modo, argumentaban los victorianos, disminuían las posibilidades de que marido y mujer se aburriera el uno del otro o se entramparan en conflictos domésticos.

Muy avanzado el siglo XX, la idea de establecer espacios cercanos pero independientes, reaparecía en el empleo de las camas gemelas de las parejas, en lugar de la cama doble que facilita los contactos. Para la industria del cine de Hollywood, controlada por el Código Hays desde los años ´30 a los ´60, no estaba permitido que un hombre y una mujer, lo mismo daba si eran casados o solteros, compartieran la misma cama en la pantalla, excepto que mantuvieran un pie en el suelo, cabe suponer que con el objeto de no excitar demasiado la imaginación de la audiencia.

La noción del riesgo que ofrece la cama es antigua. El interés que suscita ese pequeño territorio puede resultar peligroso para los grandes proyectos de la sociedad. Cuando hombres y mujeres disfrutan demasiado del lecho que comparten, ¿cómo conseguir que dediquen suficientes energías a salvar sus almas o servir al Estado? Los espartanos mantenían separados a los soldados y sus esposas, permitiéndoles breves encuentros nocturnos, en plena oscuridad, para que se reprodujeran y no alimentaran sentimientos.

 En la democrática y refinada Atenas, el lugar asignado por las costumbres a la mujer, no era más amplio.  La esposa ocupaba un espacio propio, el Gineceo, ubicado lo más lejos posible de la calle, en una parte oculta de la casa, compartida por las sirvientas y niños pequeños. El marido la visitaba cada vez que lo deseaba, con el objeto de mantener relaciones sexuales destinadas a la procreación. Una vez satisfechos sus deseos, él se apartaba a su propio espacio, que incluía el resto de la casa y sobre todo el resto de la ciudad, los gimnasios, estadios, calles y plazas donde transcurría la vida pública y le resultaba posible alternar con otros hombres (y las prostitutas bien educadas y maquilladas, con las que realmente se disfrutaba del contacto con el otro sexo).

Dormir todas las noches con la pareja, en la misma cama, un artefacto cuyas dimensiones permite estar juntos y al mismo tiempo suministrar a cada uno su propio espacio, en el que se está bastante cerca para tocarse durante la noche, sea por descuido o deseo, es una apuesta que atrae a la mayor parte de los hombres y alarma a otros.

En ocasiones, consideran los recelosos, se encuentran demasiado próximos de la pareja, a quien ven dormir o despertar, libre de los artificios de la seducción que elaboran durante el resto de la jornada. Allí se encuentran sin mayores defensas cuando se desencadena alguna agresión. Una mujer furiosa es una fuerza de la Naturaleza. Si Holofernes no hubiera compartido la cama con Judith, habría mantenido en su sitio la cabeza. En los tiempos modernos, la vengativa Lorena Bobbit aprovecha la cama donde duerme la borrachera su marido, para castrarlo por el maltrato que ha sufrido.

Dos condenados  unidos por la misma cadena no se aburren; piensan en la evasión; pero nosotros no tenemos ningún tema de qué hablar. Nos lo hemos dicho todo. (...) No podemos pasear. El paseo sin conversación, sin interés, es imposible. Mi marido pasea conmigo por pasear, como si estuviera solo (Honoré de Balzac: Pequeñas Miserias de la Vida Conyugal)

A pesar de la atracción que sentía por las mujeres, Balzac no llegó a casarse nunca. Negoció durante años el proyecto de hacerlo con la condesa Hanska, una mujer culta y bella, que lo adoraba y se convirtió en principal destinataria de su correspondencia, que vivía en otro país, a miles de kilómetros de distancia. Por un motivo u otro, el escritor no terminaba de decidirse. Renunciar a su independencia le costaba, y nadie (ni siquiera la mujer con quien estaba relacionado) hubiera podido obligarlos a comprometerse más. Para calmar sus urgencias sexuales, le bastaban con recurrir a las prostitutas que no interrumpían su trabajo, si él no las convocaba, y de las cuales se desembarazaba después de pagarles, para continuar escribiendo.

Dormir con la pareja, aplaca los temores nocturnos a la soledad, suministra un interlocutor permanente, que fuerza a mantener un diálogo continuado, capaz de agotar todos los temas imaginables y destruir gran parte del encanto de cualquier relación. Muchas parejas naufragan en el territorio de la cama compartida, mientras que otras solo se mantienen vigentes gracias a esa vecindad donde se acompañan, consuelan o establecen treguas en el final de cada jornada. Según Otto Rank, en El Trauma del Nacimiento, al dormir acompañado se intenta superar el trauma de haber abandonado la matriz materna en el momento de nacer (una hipótesis que sería confirmada por la frecuencia de las posturas fetales que la gente adopta durante el sueño).

miércoles, 18 de junio de 2014

VIGILANTES CHAPERONAS

Al comparar distintas culturas, se advierte que los hombres y las mujeres son alentados (incluso conminados) por la sociedad a formar parejas estables y tener hijos, mientras que en forma paralela se les ponen obstáculos, destinados a restringir las tendencias que se opongan a las normas establecidas. El incesto, la promiscuidad, la homosexualidad, incluso la soltería y la dedicación a la vida contemplativa, quedan fuera de las opciones que se aceptan en la comunidad, y en algunos casos se las reprime en forma decidida. Los asirios alentaban a las jóvenes casaderas a prostituirse durante un año en beneficio del culto de la diosa Ishtar, pero una vez superado ese período que se consideraba educativo y piadoso, el matrimonio se imponía, con reglas de fidelidad no menos estrictas que las actuales. Raros son los ejemplos de sociedades en las que el llamado amor libre se tolera abiertamente, como sucedió durante los primeros años de la Unión Soviética (como queda registrado en la comedia Cama o Sofá de Abram Room) o el ámbito de las comunas hippies norteamericanas de los años `70. ¿Qué puede hacerse con una modalidad de relación donde los individuos se reúnen o separan sin mayores problemas, de acuerdo al capricho o la atracción sexual que experimentan unos por otros? Hoy pueden amarse apasionadamente, a pesar de lo cual mañana advierten que eran incompatibles, porque se aburrieron o se les cruzó en el camino otra pareja más interesante. Una volatilidad semejante es peligrosa para la estabilidad social. Las hormonas no suelen fundamentar relaciones demasiado sólidas, ni tampoco previsibles, como es el objetivo de cualquier institución. El simple entusiasmo, el enamoramiento que estalla en segundos y como llegó se desvanece, no brinda ninguna base confiable para la comunidad. Por lo tanto, los hombres y mujeres que se sienten atraídos mutuamente, deben superar las barreras en ocasiones odiosas, que se les plantean desde las instituciones, para dificultar el cumplimiento de un encuentro que sin embargo se presenta como deber.
Cuando hay que armar parejas, la intermediación femenina de la chaperona (carabina o dueña en España) resultaba insustituible para la cultura patriarcal. Bartolomé Murillo pintó a una Joven y su Dueña. La primera se exhibe en una ventana, mientras la segunda se cubre la cara y al mismo tiempo garantiza con su gesto pudoroso, que la soltera no esté ofreciéndose sin condiciones. Puede ser que los hombres desconfíen de la idoneidad de las mujeres en las tareas del gobierno, en el manejo de los negocios o el culto religioso, tareas que se consideran serias y difíciles de controlar. Para compensarlas de tanta represión de las habilidades femeninas, se les otorga el control de los asuntos domésticos, una esfera de menor rendimiento económico, donde le toca a los hombres la imagen de poco confiables, porque ante el menor inconveniente, dejan de lado las normas que ellos mismos elaboraron. Las mujeres (también los eunucos, en aquellas sociedades en las que tal clase de personas es fabricada) son los convocados para organizar la existencia de jóvenes solteras, cuyo honor debería preservarse para el matrimonio. Ellas no pueden circular demasiado en busca de marido (situación que es el objetivo fundamental de sus vidas) porque la simple exposición pública las devalúa ante la comunidad, tal como pensaban los griegos del mundo antiguo o los musulmanes de todas las épocas.
Si las mujeres quieren conocer a eventuales parejas masculinas (o hacer que los hombres solteros las descubran, se interesen en ellas y las libren de la vergüenza de pasar el resto de sus vidas sin marido) tendrán que recurrir a los servicios de especialistas femeninas, que por su condición social desprotegida o por su edad madura, no corren tantos peligros de sufrir el abuso masculino. La chaperona o acompañante femenina, era quien impedía tradicionalmente que las parejas heterosexuales se quedaran a solas en público o privado, una situación que de acuerdo a la visión tradicional conducía inevitablemente a la deshonra de de la mujer involucrada. Bastaba la breve soledad de una pareja para que todo el mundo considerara que aprovechando la circunstancia, había habido alguna actividad sexual. Imposible hacerse ilusiones respecto de los hombres, porque se los consideraba depredadores compulsivos. Bastaba que una mujer hubiera quedado expuesta a la vecindad de un hombre en una habitación cerrada, a pocos metros del resto de la familia, en el zaguán de la casa familiar, en una calle o plaza poco iluminada, en una última fila de una sala de cine, en el interior de un auto sin luces, para que se diera por hecho el contacto sexual entre ambos.
Durante todo ese tiempo del noviazgo, el novio solamente podía robarle unos cuantos besitos a la muchacha cuando su mamá se iba de a la cocina a colar café; unas cuantas caricias más apasionadas (…) si se les presentaba la oportunidad en algún lugar, y si tenía mucha suerte, le rozaría una rodilla a su futura esposa. (Esteban Fernández: Los antiguos noviazgos cubanos)
La chaperona insobornable y experimentada en esas lides (incluso la misma madre o una tía, no cualquier hermana o hermano menor, cuya complicidad pudiera ser comprada con algunas golosinas) acompañaba a las parejas durante los encuentros del noviazgo, un proceso lento de acercamiento y contención, que podía insumir varios años, durante los cuales se suponía que la pareja llegaba a conocerse bien, aunque lo más probable era que todo el contacto se redujera a diálogos rutinarios, pequeños regalos intercambiados regularmente, breves besos y preparativos interminables de la ropas y la vajilla utilizarían después del matrimonio. Los intereses de la familia de la novia estaban cautelados durante este proceso por la vigilancia de la chaperona. Con su presencia incómoda, ella recordaba a la pareja que no habían terminado de consolidarse, los límites de conducta impuestos por la opinión dominante: la reglamentación de días y horas de visitas, el lugar donde se efectuaban los encuentros, la iluminación y el mobiliario que iban a utilizar los novios para no molestar a nadie.
No podían acercarse demasiado, aunque compartieran el mismo asiento. El sofá era inadecuado, porque no costaba mucho convertirlo en peligroso lecho. Las sillas separadas resultaban una tortura para aquellos que a pesar de las restricciones deseaban tocarse. Durante el siglo XIX y comienzos del XX, se utilizó el ingenioso vis-a-vis, un sillón para dos personas, que obligaba a sentarse en direcciones opuestas, por lo que quedaban de lado (podían besarse fugazmente) a pesar de que cualquier contacto de la cintura para abajo quedara impedido.
Buena parte de la intimidad entre los novios quedaba postergada a momentos tales como la recepción o la despedida, que ocurrían en la tierra de nadie de la entrada a la casa de la novia. Allí, en la puerta de calle o en el zaguán mal iluminado, se intercambiaban besos furtivos, caricias, toqueteos, incluso la consumación de la actividad sexual tantas veces reprimida, en situaciones precarias, con riesgo de que la privacidad fuera invadida en cualquier momento por la llegada de parientes o vecinos. En pocas décadas, las restricciones anteriores fueron levantadas en buena parte del planeta. Los adultos están distraídos o han desesperado de la posibilidad de controlar la conducta sexual de sus hijos y parecen dispuestos a aceptar lo que sea. Las nuevas generaciones no consiguen imaginar, desde la más temprana adolescencia, que los adultos puedan cuestionar su vida sexual sin que se rían en su cara. Hay categorías como “los amigos con ventaja” que se han ido difundiendo en distintos sectores sociales y desdibujan la frontera que tradicionalmente se daba entre amistad y concubinato. Sexo hay, esporádico, pero compromiso no. Mejor dicho, el sexo no compromete demasiado, puesto que hay preservativos, anticonceptivos, píldoras del día después, etc. Por lo tanto, las chaperonas que controlaban la sexualidad de los novios debieran ser un tema del folklore, tan improbable como los carros tirados por caballos y el cine mudo.En la actualidad, sin embargo, los gobiernos locales de Japón, deseosos de detener la baja constante de la tasa de fertilidad que sufre el país, emplean a mujeres que recorren las casas de sus vecinos para averiguar la disponibilidad de hombres solteros. Ellas organizan fiestas destinadas a poner en contacto a hombres y mujeres que de otro modo, por el aislamiento que se ha vuelto una característica no buscada de la modernidad, continuarían cada uno por su lado. Internet ha llegado también para relacionar a solitarios, desde los chats que permiten diálogos desinhibidos entre solitarios, a los servicios de las empresas on line, que ofrecen organizar todo tipo de parejas. En la fantasía de un cantor popular brasileño, la testigo del cortejo amoroso se convierte en el centro de una perversa relación entre tres.
Yo me siento el rey / de un pequeño harén, / aunque ya no sepamos bien / quién vigila a quién. (Moderatto: Chaperona
)

martes, 10 de junio de 2014

TRÁNSITO DE NIÑAS A MUJERES

Where have all the young girls gone? / Long time ago / Where have all the young girls gone? / Taken husbands every one / When will they ever learn? (Pete Seeger y Tao Rodriguez-Seeger: Where have all the flowers gone?)
¿Por qué lamentarse de que los seres humanos gocen de buena salud, evolucionen y pasen fluidamente de la niñez a la adolescencia, luego de la adolescencia a la juventud, etc.? Si algo cabe lamentar es la enfermedad que interrumpe ese tránsito, o la muerte que pone fin a cualquier existencia, pero incluso la muerte puede ser celebrada cuando alivia el dolor. Las jovencitas en la canción de Pete Seeger, en cambio, parecen condenadas a un destino lamentable para el observador, que sin embargo no puede ser más deseado para ellas. Bienvenida la menarquia o primera menstruación, podría suponerse desde un punto de vista objetivo, por perturbadora que resulte la novedad para quienes la experimentan. El cuerpo de las adolescentes les informa que se encuentran sanas y son fértiles. A partir de ese momento, deben controlar sus actos, si no quieren verse involucradas en uno de los tantos embarazos adolescentes que complica la vida de una infinidad de familias en la actualidad. La amenorrea o carencia de regla, es una señal de alerta sobre el funcionamiento inadecuado del cuerpo de una joven. La canción de Seeger, en cambio, plantea que algo (muy apreciado) se pierde en el tránsito de una etapa a la otra. Eso que ya no estará durante el resto de la vida (la inocencia de la niñez) habría que lamentarlo, en lugar de celebrar lo que se haya adquirido en el camino (el conocimiento, la madurez). Vladimir Nabokov convirtió esa nostalgia en el centro de una novela que causó escándalo a mediados del siglo XX.
Entre los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o tres veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana sino nínfica (o sea, demoníaca); propongo llamar núnfulas a estas criaturas escogidas. (Vladimir Nabokov: Lolita)
Humbert Humbert, el maduro protagonista de Lolita, sufre primero por la imposibilidad de tocar a la niña que lo obsesiona, y sufre de nuevo cuando al entrar en contacto carnal se entera de que al menos otro hombre lo precedió y esa niña es una criatura perversa (por lo tanto, él no llegará a disfrutar nunca el placer de corromperla). Si llega al crimen, es porque lo han despojado de una fantasía tan frágil como capaz de darle sentido a su vida. En todas las culturas existe una falta de simetría en la atención que se presta a llegada a la edad fértil de hombres y mujeres. De este modo se indica no solo a las evidentes diferencias en el desarrollo hormonal de los géneros, sino al espacio que la sociedad les otorga a cada género. Los adolescentes se desarrollan más tarde que las niñas, pero tienen asignados roles dominantes en la relación de pareja, mientras que ellas continúan subordinadas a los varones. Después de todo, ¿no es el entrenamiento más adecuado que pueden recibir para la vida adulta?
La esposa no debe tener sentimientos propios, sino que debe acompañar al marido en los estados de ánimo de éste, ya sean serios, pensativos o bromistas. (Plutarco: Preceptos conyugales)
Nora, la protagonista de la pieza teatral Casa de Muñecas de Henryk Ibsen, escrita en las últimas décadas del siglo XIX, descubre tras un conflictivo proceso de maduración, que no ha crecido demasiado y continúa siendo una niña, a pesar de haberse casado varios años antes y ser la madre de dos hijos. Para su padre, su marido y casi todo el mundo, la madurez sexual de una mujer no se relaciona con la intelectual. Más aún, de acuerdo a la opinión dominante en la sociedad, el género determina que ella no pueda aspirar nunca a esa madurez intelectual. Los griegos de la Antigüedad hicieron aportes fundamentales a la cultura de la Humanidad, que todavía siguen vigentes, y sin embargo no tenían en claro la conexión entre la actividad sexual de hombres y mujeres, con el fenómeno de la procreación. Las mujeres quedaban embarazadas por la intervención de espíritus o astros del firmamento. El viento o los árboles podían ser responsabilizados de la paternidad de seres humanos. Cuando la ciencia terminó de despejar las dudas sobre los mecanismos de la reproducción humana, cosa que no pasó hace mucho tiempo, los prejuicios y mitos de la gente sobre el tema continuaron manifestándose. Aunque hoy es difícil hallar ignorancias similares a las antiguas, no todas las madres se consideran dotadas de conocimientos adecuados sobre el tema, cuando se trata de instruir a sus hijas sobre los resortes fundamentales del funcionamiento de sus propios cuerpos. En ocasiones, la timidez se convierte en el obstáculo principal de la comunicación. ¿Cómo hablar en privado, entre dos personas tan cercanas en todos los aspectos, para referirse a algo que las personas adultas no se atrevían a describir hace pocas generaciones? En pleno siglo XX, durante las clases de Biología de la educación media, se oían por primera vez en público, para incomodidad de algunos jóvenes estudiantes, términos tales como menstruación, anticonceptivos y espermatozoides. Los adolescentes hablaban de eso en privado, pero lo hacían utilizando el léxico cotidiano, que permitía silenciar ciertos aspectos incómodos y transformar a otros en chiste. La terminología científica de los docentes se encargaba de mantener a una cómoda distancia cualquier interrogante posible de los estudiantes. En los países de habla inglesa, todo lo referido a la sexualidad podía ser escrito y publicado en textos que gozaban de autoridad, siempre y cuando se utilizara una lengua muerta como el latín, encargada de describir aquello que la lengua cotidiana no se hubiera atrevido a detallar. En ese contexto se entiende el impacto causado por la publicación de las novelas de D.H.Lawrence (Hijos y amantes, La Serpiente emplumada, El amante de Lady Chaterley) que intentaban otorgar trascendencia a actividades tan elementales como la sexualidad humana y solían ser leídas como textos audaces, que se acercaban a la pornografía.
El mundo está lleno de seres incompletos que andan en dos pies y degradan el único misterio que les queda: el sexo. (D.H. Lawrence)
La primera regla de las adolescentes llegaba hace un siglo cerca de la fiesta de quince, mientras hoy ocurre cinco a siete años antes, en plena infancia. Los especialistas atribuyen este cambio a la industria de la alimentación de nuestra época, saturada de hormonas y pesticidas (una situación que se estudió hace más de veinte años en Puerto Rico) mientras otros estudiosos lo relacionan con el sedentarismo y sobrepeso. El destaque de los pezones y rellenado de los pechos, la aceleración del crecimiento, luego la aparición del vello púbico y de las axilas, eran signos perturbadores para muchas adolescentes del pasado. ¿Cómo los encaran hoy las niñas todavía menos maduras emocionalmente? Aunque se trata de situaciones que todas las mujeres viven, tarde o temprano, cada una lo experimenta de acuerdo a los prejuicios y temores que el entorno suministra. Para las culturas patriarcales, la menstruación era un momento de riesgo que corría todo el grupo que rodeaba a la jovencita que la experimentaba. La preocupación de todos no era por la salud de ella, sino por el daño que podía causar con su involuntaria (y necesaria) efusión de sangre.
Hacia 1952 se estrenó Domani é troppo tardi (Mañana es demasiado tarde) una película que se ocupaba del tema de la llegada de los jóvenes a la madurez sexual. Cualquiera habría pensado que después del caos de la Segunda Guerra Mundial, en un país derrotado como Italia, humillado por varios ejércitos extranjeros, como cuenta la novela de Alberto Moravia La Ciociara, los tabúes referentes a la información sexual hubieran debido ser cosa del pasado, pero eso no era efectivo.
Otra película, Hon dansade en sommar (Un solo verano de felicidad), demostraba que incluso en los países protestantes nórdicos, a los que se supone más liberados en criterios morales, la sexualidad de los adolescentes era una actividad desinformada y en general reprimida por la sociedad tradicional, que conducía la frustración y la muerte de quienes se atrevían a desafiar la opinión dominante. En muchos casos, a pesar de que el tema no podía tomarlas por sorpresa, las madres no se atrevían a advertir a sus hijas sobre los cambios corporales que habrían de sufrir. Del colegio no podía esperar demasiada ayuda, porque los programas de estudio se conformaban con suministrar generalidades que hubiera sido difícil aplicar en la vida cotidiana de los estudiantes, y en el caso de los colegios particulares de orientación religiosa, las monjas y sacerdotes que hubieran debido los instructores, se encontraban todavía peor preparados que las madres, por su inexperiencia y la convicción de que cuanto más se hablara del tema, tanto más se facilitaba la comisión de pecados que ellos debían impedir. Al imponerse la modernidad, el tránsito de niña en mujer pasó a ser representado como un proceso deseable y cómodo, que debía ocurrir lo antes posible. De nuevo, un mito sustituía a otro, que se había desgastado, y las contradicciones del mundo continuaban escamoteadas. En un par de generaciones, se ha llegado a la situación actual, donde las niñas estimuladas por la publicidad, se maquillan, peinan y visten desde muy temprano como mujeres adultas, en una caricatura de la madurez que no se corresponde con su evolución intelectual. Ahora son exhortadas a sentirse mujeres antes de tiempo, aunque solo sea para sumarse a la masa de consumidores.

martes, 3 de junio de 2014

VIUDAS INCONSOLABLES Y VIUDAS ALEGRES

Las mujeres no necesitan tanto a los hombres, como los hombres a las mujeres. (John Gray: Los hombres vienen de Marte y las mujeres de Venus)
La reina Artemisia, en el siglo IV antes de nuestra era, mandó a construir en Halicarnaso una espléndida tumba dedicada a Mausolo, su marido, que por razones de Estado también era su hermano. El monumento, una de las siete maravillas de la Antigüedad, ya no existe, pero sí el ejemplo de la mujer fiel a la memoria de su pareja (tal vez porque no lo sobrevivió más de dos años). ¿Acaso Artemisia hubiera podido reinar sola, sin que nadie se escandalizara por su audacia, o se habría visto obligada a buscar otro marido, para calmar a la opinión dominante? En la cultura paternalista, el destino de una mujer que ostente una alta posición, no incluye la alternativa de permanecer sin pareja. Por eso, la muerte de Artemisia es el final más adecuado para que se la recuerde como el modelo que deberían imitar otras viudas menos dedicadas. En el momento de constituir una pareja, una mujer sin capital ni experiencia en el terreno de la sexualidad era lo deseable para los hombres, por las oportunidades que brindaba de hacer con ella lo que se les ocurriera, encontrando colaboración o al menos ninguna resistencia. La docilidad propia de aquellos que no han tenido la oportunidad de formarse una opinión, pasa a convertirse en uno de los principales atractivos femeninos, y eso no es tan fácil de encontrar en una viuda. Ella tiene el atractivo de sus posesiones, en el caso de que las leyes le permitieran heredarlas del muerto y en forma paralela el handicap de una experiencia que promete mayor resistencia a los abusos.
Petronio cuenta la historia de una virtuosa matrona de Éfeso, que acaba de enviudar y no se conforma con correr detrás del cadáver del marido, tras haberse desgarrado las ropas y desordenarse los cabellos, de acuerdo al duelo de hace dos mil años. La viuda de Efeso se encierra en la tumba y renuncia a comer y beber, desoyendo los consejos de su familia. Quiere morir, después de haberlo perdido al hombre que era todo para ella. Cuando lleva cinco noches llorando, un soldado que pasa por el lugar descubre a la desconsolada mujer, se apiada de su situación y trata de alimentarla. Ella se resiste al comienzo, pero finalmente el hambre puede más, come algunos bocados, su ánimo cambia y al cabo de pocas horas termina haciendo el amor con el soldado, que la conduce fuera de la necrópolis. El autor concluye la historia que la conciencia moderna celebraría por la aceptación de la realidad, con una moraleja condenatoria del género femenino:
Confía tu barco a los vientos / pero jamás tu corazón a una mujer / porque las olas son más firmes / que la fidelidad de una mujer. (Petronio)
¿Hubiera sido más digna de elogio la muerte por inanición de la viuda? Para los pensadores cristianos del Medioevo, que concebían al matrimonio como una unión que permitía establecer las jerarquías imprescindibles entre los géneros, la viuda era sospechosa de buscar el placer egoísta y una vida independiente, aprovechando la ausencia del hombre que la había guiado por la buena senda. Para evitar que las viudas se salieran con la suya, opinaban los teólogos, debían encerrarlas en algún convento, donde les gustara o no, se dedicarían a la vida contemplativa (una opción que no interesaba a todas ellas) o devueltas lo antes posible al control masculino que se establece durante el matrimonio. Casarse con el candidato que la familia decida, olvidando cualquier estancamiento en el dolor por la pareja perdida, era una obligación moral de la viuda.
Así como de nadie se exige la virginidad perpetua, porque es una dote rara (...) menos conviene aún empujar la flor de los años a la perpetua viudez, porque (...) es más fácil la total abstinencia del placer desconocido, que privarse en absoluto de él, luego de haberlo probado. (Erasmo de Rótterdam: La Viuda Cristiana)
Si las mujeres suelen verse más restringidas que los hombres en sus decisiones, por la institución del matrimonio, la sociedad se encarga de vigilar los movimientos de aquellas que por el azar de la viudez quedan libres de la tutela masculina. ¿Serán capaces de convertirse en dueñas de su destino? ¿No borrarán de un plumazo el historial que hasta entonces controlaba el hombre?
Una exitosa opereta de comienzos del siglo XX, La Viuda Alegre de Franz Lehár, presenta en clave trivial esa idea condenatoria de la mujer sola. Hanna ha quedado libre del marido viejo y millonario y viaja a Paris, donde no es improbable que encuentre a quien la consuele. Sus compatriotas se preocupan de eso y le envían a Danilo, un diplomático que en el pasado fue su amante, con la misión de volver a seducirla e impedir que el capital de la mujer emigre. Después de encuentros y desencuentros, valses y champagne, el previsible final feliz combina dos asuntos al parecer tan opuestos como el reencuentro de una pareja y el control del capital.
¿Hay vida después de la muerte (para el integrante de la pareja que sobrevive)? En la escéptica cultural occidental, la respuesta es positiva, aunque la imagen femenina se devalúe. En otras culturas, como la hindú, había otras expectativas. Tradicionalmente se esperaba que las viudas aceptaran la oportunidad de incinerarse junto con el muerto. Eso no sucede casi nunca en la actualidad, pero continúa dándose una situación no menos cruel, surgida de la ruptura con la familia paterna que implica el matrimonio para las mujeres. Como las mujeres hindúes se incorporan al casarse a la familia del marido, la muerte del hombre las deja en total indefensión. No pueden volver atrás, porque la familia de la que surgieron ya no las recibe. Se calcula que hay alrededor de treinta y tres millones de viudas que sufren castigos tales como convertirse de por vida en criadas no remuneradas de sus suegras e hijos. Para evitar ese destino, desde hace siglos, muchas de ellas emigran a la ciudad de Vrindavan, donde se entregan al culto de Krishna y sobreviven malamente de las limosnas que obtienen de los fieles. En la China tradicional, las mujeres enviudaban con frecuencia, porque las vendían en matrimonio apenas llegadas a la pubertad, para casarse con hombres mayores. Muerto el marido, no les estaba permitido casarse de nuevo, porque se consideraba que una decisión como esa acarreaba mala suerte para toda la familia. En la tribu norteamericana de los Shuswap, se consideraba que las viudas eran impuras, y por lo tanto se las encerraba en una choza durante el tiempo asignado al duelo, prohibiéndoles tocarse la cabeza y el resto del cuerpo. En la España del siglo XVI, el luto de las viudas se encontraba cuidadosamente reglamentado por la sociedad. Durante el primer año, ella debía permanecer encerrada y las parientas y amigas podían visitarla todos los días, con el objeto de guardar silencio en su compañía. Durante el segundo año del duelo, se permitía la conversación sobre tema insospechable del tiempo, así como los rezos y el bordado en compañía. También se aceptable la presencia de un sacerdote, como único representante del sexo opuesto que fuera ajeno a la familia. Durante el tercer año, se permitía que entre las mujeres reunidas circularan copitas de vino dulce, bizcochos y confituras. Los cuatro años que completaban el duelo, iban espaciando las visitas (y el control sobre la existencia de la viuda). Si a pesar de restricciones como esas, alguna viuda encontraba una nueva pareja antes de dar por terminado el luto, su nuevo marido quedaba obligado a vestir de negro por ella. Las parejas prometen en el momento de casarse que van amarse y atenderse en la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad, hasta que la muerte los separe, no suelen detenerse a pensar en dos hechos incómodos: primero, que no siempre van a estar en condiciones de cumplir con la promesa. Segundo y lo más probable, que el hombre muera antes que la mujer, como demuestran las estadísticas, dejándola a ella en libertad de lamentar sinceramente la pérdida hasta el fin de su vida o consolarse mediante la elección de una nueva pareja.
La reina Victoria de Inglaterra fue una de las viudas más notorias del siglo XIX. Casada antes de haber cumplido los veinte años con el Príncipe Alberto de Sajonia, demostró el afecto que sentía por su pareja al otorgarle el tratamiento de Alteza Real, darle nueve hijos y convertirlo en su principal consejero. Pocas dudas quedaban del amor que se profesaba la pareja. Después de veinte años de matrimonio, él muere y Victoria se viste de negro por el resto de su vida, evita las presentaciones públicas y no vuelve a Londres, ciudad donde se encuentra la sede del gobierno del Imperio. ¿No era la imagen perfecta de un mujer poderosa, pero al mismo tiempo sometida a las decisiones de un hombre, que desaparece de la vida pública cuando él falta? Un siglo más tarde, la imagen de Victoria ha revelado ciertas contradicciones, que de haber sido conocidas para los contemporáneos, hubieran perturbado la perfección mítica requerida por el ejercicio del poder. La viuda inconsolable, que se debatía entre el dolor de la pérdida del único hombre de su vida y sus deberes respecto del Imperio que le tocó gobernar, no aceptaba nada que la desdibujara. La discreta relación de Victoria con John Brown, su eterno caballerizo, por ejemplo, ha dado lugar a más de una hipótesis, incluyendo la de un prolongado romance e incluso un matrimonio secreto entre ambos. Brown muere en 1883 y Victoria lo sobrevive hasta 1901, con lo que completa un reinado de sesenta y cuatro años.
La historia de Jackie Bouvier, viuda del presidente John F.Kennedy, que al cabo de pocos años se casó con el empresario naviero Aristóteles Onassis, deja en evidencia las molestias que producen las mujeres capaces de reorganizar su vida. ¿Por qué lo hizo? ¿Por dinero? ¿Atraída por un hombre feo y bastante mayor que ella? ¿Hubiera debido permanecer sola, vestida de negro y dedicada a cuidar la tumba del marido? Tiempo después de la muerte de Onasis, se planteó la hipótesis de que ella esperaba proteger a sus hijos, entonces pequeños, de aquellos que con absoluta impunidad habían logrado terminar con un Presidente. ¿Por qué la gente cree que la mujer que sobrevive al castigo de la viudez, no merece estar en este mundo?
Una mujer enlutada lloraba sobre una tumba. -Consuélese, señora –dijo un simpático desconocido-. La piedad del cielo es infinita. En algún lado hay otro hombre, además de su esposo, con quien usted puede ser feliz. -Lo había, lo había –sollozó ella- pero está en esta tumba. (Ambrose Bierce: La viuda inconsolable)

sábado, 31 de mayo de 2014

MUJERES DE ARMAS TOMAR

Los políticos y analistas políticos, suelen dar por sentado que las mujeres son conservadoras, por desinformadas, respetuosas de las instituciones y sumisas a las decisiones de los líderes políticos y religiosos. Ellas temerían los cambios, donde solo verían la oportunidad de que sus maridos e hijos se enredaran en confrontaciones que no tardarían en escapárseles de las manos. Las mujeres, de acuerdo a este prejuicio, saben cuánto les ha costado establecer la situación que disfrutan y puede verse amenazada por cualquier disturbio. Al revisar la Historia, se advierte que en épocas convulsionadas, en las que se discuten las nuevas ideas y se rechazan otras que hasta entonces habían sido aceptadas sin discusión; en un momento en el que se intenta establecer nuevas maneras de organizar la sociedad, los roles que tradicionalmente se atribuyen a hombres y mujeres pierde su rigidez habitual y permiten atisbar otro tipo de relaciones (que alientan a unos pocos a emprenderlas e intimidan al resto).
Inés de Suárez
Las mujeres europeas que a partir del siglo XVI participaron en la conquista del territorio americano, fueron arriesgadas y fuertes, no pocas veces aguerridas, al igual que los hombres con quienes formaban pareja. Inicialmente no entraban en el plan de conquista del Nuevo Mundo. Luego se les autorizó el viaje, porque ellas lo reclamaban ante los Tribunales, cuando comenzaron a divulgarse las historias de amancebamiento de europeos con hembras indígenas. Figuras como Inés de Suárez, amante y colaboradora de Pedro de Valdivia durante la ocupación del territorio chileno por los españoles, indican las características de las parejas en las fronteras de una cultura tan invasora como la europea. Los hombres eran aventureros de origen humilde, ambiciosos, poco educados, que al apoderarse de un territorio mal defendido por sus ocupantes originarios, hallaban una oportunidad única de acumular fortuna y obtener una legitimación social que hubieran sido inimaginables, de continuar en su terruño. Las mujeres no eran menos arriesgadas y ajenas a las convenciones de la época. Al asociarse a esos hombres, muchas veces sin pasar por el matrimonio, ponían en peligro la vida, puesto que se trasladaban al escenario de una guerra cruel y prolongada, en la confianza de adquirir, como recompensa, un poder que su condición femenina y su origen oscuro les negaba en Europa. Tres siglos más tarde, cuando las instituciones parecían haberse estabilizado en América, otras convulsiones sociales y políticas demostraron que el continente no era el terreno más adecuado para las parejas tradicionales. Las guerras de la independencia americana fueron terreno propicio para la aparición de un nuevo tipo de mujer. En Buenos Aires, Manuela Pedraza era la esposa de uno de los soldados que defendía la ciudad de la invasión inglesa de 1806. Cuando su marido murió en batalla, Manuela, en lugar de ponerse a llorar la pérdida, tomó el fusil que había dejado el hombre y mató con sus propias manos al asesino. Parte de esta historia avalada por Bartolomé Mitre puede ser falsa. Los testimonios de Santiago de Liniers, que dirigió la resistencia a los invasores y de un combatiente francés, Pierre Giequel mencionan a la mujer vestida de hombre y presente en las escaramuzas bélicas, pero omiten la muerte del marido.
No debe omitirse el nombre de la mujer de un cabo de Asamblea, llamada Manuela la Tucumanesa, que combatiendo al lado de su esposo, y que en la acción de la Reconquista ultimó a un soldado británico, del cual obtuvo un fusil, que se lo presentó, en tributo, al Reconquistador de la ciudad. (Santiago de Liniers)
Pocos años más tarde, en Venezuela, Luisa Cáceres, hija de un profesor de Caracas, se vio incluida en la guerra antes de casarse a los quince años con Juan Bautista Arismendi, coronel de las fuerzas patriotas. Uno de sus hermanos había sido fusilado por los realistas. Luisa y el resto de la familia emigraron con Bolívar hacia Cumaná. Cuatro tías murieron en el camino. Arismendi protegió a los sobrevivientes y se casó con Luisa. La pareja tuvo hijos durante la guerra. Los españoles apresaron a Luisa, aprovechando su embarazo, en el intento de presionar la entrega del marido. Arismendi les respondió: “Diga al jefe español, que sin patria no quiero esposa”. Luisa permaneció en una estrecha celda donde parió a uno de sus hijos.
Juana Azurduy
Juana Azurduy nació el mismo año de la revuelta indígena de Túpac Amaru, en lo que hoy es Bolivia. Con su esposo Manuel Padilla adhirieron a la Revolución de Chuquisaca, que destituyó al presidente de la Real Audiencia. Colaboraron con el ejército de Buenos Aires, que pretendía sumar a ese sector del continente a la revuelta contra España. Juana presenció la muerte en combate de cuatro de sus hijos y parió a una hija durante la guerra. Cuando la expedición libertadora fue derrotada, Juana fue apresada con sus hijos y sufrió la confiscación de sus bienes. Padilla los rescató y todos se refugiaron en las montañas, donde reclutaron a 10.000 soldados. Durante los años que siguieron, los esperaban victorias y derrotas. Juana y su marido condujeron una guerra de guerrillas contra el ejército realista. En el curso de la campaña, ella alcanzó el rango de teniente coronel.
Las mujeres de los nuevos enrolados, llevando sus hijos y sus utensilios domésticos, los siguen entonces a sus guarniciones, y aún a sus campañas de guerra. Así la marcha de un ejército peruano, tiene todo el aspecto de esas tribus primitivas que van en busca de un nuevo territorio. Esas mujeres de los regimientos, esas “rabonas” (…) agarran a los soldados con lazos que a pesar de ser ilegítimos, no son por eso menos sólidos. (Max Radiguet: Lima y la sociedad peruana)
Los patriotas americanos encontraron a mujeres apasionadas, excepcionales por su belleza y capacidad intelectual, a veces casadas en la adolescencia, que abandonaron la seguridad del hogar y desafiaron las convenciones sociales, para seguirlos en una aventura que prometía más penurias que halagos. Simón Bolívar tuvo muchas parejas en su vida, tras la muerte prematura de su esposa, María Teresa del Toro, al poco tiempo de casados. Durante sus campañas militares halló a Manuela Sáenz, una mujer que se había liberado por su propio esfuerzo de las convenciones de su época. Hija de una relación extra conyugal de su padre, participó en el levantamiento de Quito contra el poder español, fue encerrada en un convento, del que huyó con el oficial Fausto D´Elhuyar, un enamorado que la decepcionó, para casarse más tarde con James Thorne, comerciante inglés que la superaba en años y toleraba sus actividades políticas, cuando se instalaron en Lima. En 1822, Manuela conoció a Bolívar y decidió acompañarlo como amante y secretaria. Fue su pareja más próxima (no la única) hasta la muerte del hombre en 1830. A partir de ese momento, ella se convirtió en figura indeseable para los gobernantes de los países que su pareja había liberado. En ocasiones Manuela vestía de soldado y participaba en las campañas militares. Mientras Bolívar estuvo con vida, la presencia de Manuela fue resistida por los círculos del poder a los que desafiaba con su comportamiento impulsivo. Tras la muerte de su pareja, Manuela fue despojada de todo el poder que le atribuían los seguidores de Bolívar, y quedó olvidada.
Anita Garibaldi y Giusseppe Garibaldi
Ana María de Jesús Ribeiro da Silva tropezó con Giuseppe Garibaldi, futuro conductor de la guerra de unificación de Italia, en Laguna (Brasil), cuando ella tenía 16 años y estaba casada desde un año antes, tras haber quedado huérfana, con un hombre que la maltrataba. Garibaldi era un revolucionario ya fracasado en Italia, que se encontraba luchando por la independencia del Brasil. Después haberse unido, Anita se empeñó en que la entrenaran como soldado y participó en la batalla de Santa Caterina. Mientras estaba embarazada, Anita fue tomada prisionera, no obstante lo cual escapó a caballo, sin ayuda de nadie y logró encontrarse con Garibaldi. La pareja tuvo tres hijos y se mantuvo unida, a pesar del temperamento apasionado de ambos y las infidelidades de él. El matrimonio ocurrió en Uruguay, en 1842, cinco años después de haberse reunido. Anita participó con su marido en una nueva campaña por la unificación de Italia, tarea durante la cual murió en 1849, sin haber visto la victoria.

miércoles, 7 de mayo de 2014

PASIÓN DE REVOLUCIONARIAS

El varón es por naturaleza superior y la hembra inferior. Uno dirige y la otra es dirigida (Aristóteles)
Desde que se tenía memoria, aunque no desde siempre, las mujeres se encontraban subordinadas a los hombres, que de acuerdo a las leyes y la costumbre debían protegerlas a ellas y a su descendencia. Si ellos no se preocupaban de cumplir ese rol o si lo hacían mal, no era un tema que estuviera en discusión, o al menos las mujeres no se encontraban en condiciones de efectuar reclamos sobre una tutela que las estorbaba. El rol decisivo de los hombres era inamovible y se confundía con los dogmas de fe. Ponerlo en duda constituía un desafío innecesario, por improductivo y condenado al fracaso de antemano. Bajo la monarquía absolutista derrocada por la Revolución Francesa de 1789, ni la burguesía ni el pueblo llano contaban demasiado en el momento de tomar decisiones sobre el destino de la nación. Los hombres habían advertido que se les cobraban impuestos, que se los convocaba para exponer la vida y morir en la guerra, pero el poder continuaba siendo ejercido por una minoría dinástica, que gozaba de privilegios inauditos por el solo mérito de haber nacido. Los filósofos habían considerado que esa situación era intolerable y debía conducir a un cambio radical.
¿Qué podían decir de las mujeres? Ellas eran las desposeídas entre los desposeídos. Su malestar se confundía con las quejas y aspiraciones del resto de la sociedad. La Revolución alteró ese acuerdo circunstancial que habían establecido las mujeres con las demandas de los hombres. Pasaron a ser ciudadanas que luchaban junto al resto de los ciudadanos, para recuperar derechos que les habían sido negados por el Viejo Régimen. Al desarrollarse la Revolución, el Rey fue despojado de sus odiosos privilegios y honores, aprisionado como un criminal, juzgado y guillotinado (para que no hubiera la menor posibilidad de arrepentirse y devolverle el trono), los nobles fueron desposeídos de sus propiedades y enviados a la muerte o el exilio, mientras los miembros del pueblo llano, se encargaban de conducir el Estado. Las mujeres no se quedaron en casa, bordando y esperando el regreso de los hombres, para enterarse de lo sucedido y celebrar sus actos heroicos. En 1789, fueron las mujeres quienes marcharon antes que el resto de la sociedad en la Toma de la Bastilla, donde se encerraba a los presos políticos, y la marcha sobre el palacio de Versailles, odiado símbolo de la monarquía. Luego los hombres y el ejército se sumaron en sus demandas.
Las tricoteuses (tejedoras) frecuentaban las sesiones de la Convención y el Tribunal. Ellas eran mujeres del pueblo, a quienes la Revolución les posibilitó salir de la cocina y las tareas domésticas. Ellas tejían, mientras los hombres discutían y tomaban las decisiones que afectaban a todos. No aceptaban quedarse calladas, a pesar de no se les hubiera otorgado el derecho a hablar. Insultaban a gritos a los oradores que se oponían a sus puntos de vista. Exigían la adopción de leyes más radicales. Presenciaban las ejecuciones de miembros de la nobleza, que se habían vuelto un espectáculo cotidiano. Junto a las agrupaciones revolucionarias masculinas que proliferaron por entonces, el Club de los Jacobinos o el Club de los Cordeleros, hubo agrupaciones femeninas tales como el Club de las Republicanas Revolucionarias, el Club de las Amazonas Revolucionarias, el Club de las Ciudadanas, etc. que habían sido fundadas y conducidas por mujeres. Olympe de Gouges redactó en 1791 una Declaración de los Derechos de la Mujer, paralela a la Declaración de los Derechos del Hombre que había votado la Revolución. Su iniciativa no prosperó. Claire Lacombe era una actriz cuando estalló la Revolución. Fue herida en un brazo durante el asalto de las Tullerías, en el que participó con los hombres. Fundó la Sociedad de Mujeres Republicanas Revolucionarias, a la que se incorporaron mujeres trabajadoras. Durante el Terror, esa organización extremista fue disuelta y Lacombe tuvo que regresar al teatro. Etta Palm era una extranjera en Paris, que se sintió estimulada por el estallido de la Revolución. Primero abrió un salón literario en su casa, lugar donde se reunían los partidarios del cambio social para exponer sus ideas. Luego fundó una Sociedad Patriótica en la que solo participaban mujeres. En 1790 pronunció ante la Asamblea un Discurso sobre la Injusticia de las Leyes que favorecían a los hombres, a expensas de los Derechos de las mujeres.
Señores: Puesto que ustedes me permiten tomar la defensa de mi sexo, comienzo por solicitar su indulgencia; su mis luces y mis medios no responde a la tarea que he emprendido, y a lo que podría esperar de la justicia de su causa; (…) Les pido que consideren que soy mujer, nacida y educada en un país extranjero. Si la construcción de mis frases no está de acuerdo a las reglas de Academia Francesa, es porque he consultado a mi corazón, más que al Diccionario. (Etta Palm)
Tantas precauciones no bastaron para que atendieran a sus reclamos. Algunos de estos grupos de mujeres eran muy activos. Pretendieron imponer el uso del gorro frigio de color rojo que simbolizaba la Igualdad a todas las de su género. En 1795 exigían que la represión a los opositores a la República se intensificara. Llegaron a apuñalar a un diputado que se opuso a la medida. Los revolucionarios (hombres) decidieron clausurar las sociedades femeninas. Se decretó que las mujeres sorprendidas en motines serían reprimidas sin contemplaciones y encarceladas. Se prohibió el acceso de las mujeres a las sesiones de la Asamblea Nacional. Una joven belga, Théroigne de Méricourt, fue la fundadora de la Sociedad de Amigos de la Ley junto a su amigo, Gilbert Romme. Años atrás, cuando decidió abandonar el hogar paterno por diferencias con su madrastra, había llegado a prostituirse para sobrevivir. Una vez instalada en Paris, gracias a su relación con el Marqués de Persan, abrió un salón literario frecuentado por los futuros revolucionarios. Al comenzar la Revolución, Méricourt no se conformó con ser una buena anfitriona. De acuerdo a lo que se cuenta, habría participado sable en mano en la Toma de la Bastilla. Los partidarios de la monarquía la vilipendiaron por sus ideas republicanas, describiéndola como un personaje promiscuo y rencoroso, que solo buscaba vengarse de la sociedad que la había marginado.
Ustedes [los hombres] anularon todo los privilegios [de la nobleza]; anulen también los del sexo masculino. Trece millones de esclavas llevan las cadenas que les colocaron trece millones de déspotas. (Théroigne de Méricourt)
Méricourt era imprudente, por apasionada y cometió el error de enfrentar al poderoso Robespierre, en medio de la lucha de facciones que estuvo a punto de desembocar en una guerra civil. Creó una legión de amazonas (mujeres armadas) con la que pretendía invadir los Países Bajos para liberarlos de la monarquía. Tanto activismo no anunciaba premios ni reconocimientos para ella. Había que silenciarla pronto, para que su ejemplo no cundiera entre las mujeres. Méricourt fue castigada por una banda de seguidoras de Robespierre, que le quitaron la ropa interior y la azotaron en plena calle.
Ciudadanas: demostremos a los hombres que no somos inferiores a ellos en valentía y bravura; demostremos a toda Europa que las mujeres francesas conocen y está a la altura de las ideas de su siglo, despreciando los prejuicios absurdos y antinaturales. (…) Francesas (…) rompamos nuestras cadenas. Ya es hora de que las mujeres abandonen el vergonzoso estado de nulidad en que el orgullo y la injusticia de los hombres las mantienen hace tanto tiempo. Volvamos a las época en que las galas y las altivas germanas deliberaban en las asambleas públicas y combatían al lado de sus esposas para rechazar a los enemigos. (Théroigne de Méricourt)
En el otoño de 1794, cuando tenía 32 años, la declararon loca y recluyeron en el manicomio de Salpetrière, donde vivió en condiciones atroces y murió 23 años más tarde. No solo sufrió el encierro, sino la amargura de ver el desgaste de la República y la Restauración de la Monarquía contra la que había luchado. La imagen que permanece, en cambio, es la de una mujer temible, por desaforada, que se encuentra a la par de los hombres. Una monstruosidad que el poeta evoca medio siglo más tarde para causar espanto.
¿Habeis visto a Théroigne, amante de las matanzas / excitando al asalto a un pueblo descalzo / con las mejillas y los ojos de fuego, representando a su personaje / y subiendo con el sable en mano las escaleras reales? (Charles Baudelaire: Las flores del Mal)
En 1830, Eugene Delacroix representó a la Libertad bajo la forma de una mujer con el gorro frigio y los senos al descubierto, sucia por el combate en el que se encuentra empeñada, que esgrime una bandera republicana en una mano y un fusil con bayoneta en la otra. Ella alienta a una masa de todos los sectores de la sociedad para que la siga, en una revuelta contra el poder del monarca que había restringido la circulación de la prensa y suprimido las actividades del Parlamento. Es una imagen paradojal, porque si bien las mujeres participaron en todos los procesos sociales de la época, rara vez les fueron concedidas responsabilidades directivas. Podían ser aceptadas como metáforas, porque en la realidad no era demasiado probable que se las oyera. Aunque las mujeres hubieran perdido en los últimos años del siglo XVIII el miedo a hacer oír sus reclamos, de todos modos no tenían cómo hacerse valer en una sociedad que les reservaba un rol secundario, similar al de los menores de edad y los incapacitados. Esa insatisfacción acumulada, alimentó años después a las luchas de las socialistas y anarquistas. El reconocimiento de sus derechos como ciudadanas tardó muchas décadas en completarse. Elegir a las autoridades o ser elegidas ellas mismas como autoridades, son dos situaciones que no se aceptaron sin hallar enconada resistencia de parte de los hombres.