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viernes, 9 de septiembre de 2016

MUJERES PROSTITUIDAS (II): DE LA TOLERANCIA AL ESCARNIO

Flora Tristán

Comprendo al salteador de caminos que saquea a los que pasan y entregan su cabeza a la guillotina. Comprendo al soldado que juega constantemente su vida y no recibe nada a cambio. Comprendo al marinero que expone la suya al furor de los mares. (…) Pero no podría comprender a la mujer pública abdicando de ella misma, aniquilando su voluntad, sus sensaciones, entregando su cuerpo a la brutalidad y el sufrimiento. (Flora Tristán: Paseos en Londres)

Flora Tristán, la pionera del feminismo y el socialismo internacional, describe el mundo de la prostitución inglesa en 1840, cuando decenas de miles de mujeres vendían sus cuerpos en Londres, aprovechando la bonanza económica generada por la Revolución Industrial. Una sociedad que brinda oportunidades desiguales a los ricos y pobres que la componen, a hombres y mujeres, degrada inevitablemente a los más débiles. ¿Cómo puede ser que tantas mujeres acepten ese tipo de vida, que les promete enfermedades, miseria y una muerte temprana? ¿Acaso les están reservadas otras maneras menos penosas de ganarse la vida?
Marie Duplessis (inspiradora de La Dama de las Camelias)
Marguerite Gautier, la protagonista de La Dama de las camelias de Alexander Dumas (hijo) es una de las figuras más conmovedoras de la ficción del siglo XIX y el paradigma de la prostituta redimida por el encuentro (in extremis) del amor verdadero.
A diferencia de Manon Lescaut, que se comporta como una irresponsable, que no atina a distinguir quién la ama, quién la utiliza para su exclusivo placer, Marguerite es la cortesana prudente que se ha establecido en el ámbito de la alta sociedad francesa, vendiéndose a los maduros clientes que le permiten sostener un costoso tren de vida, pese a lo cual se enamora de un hombre joven bello y sin recursos, como si fuera por primera vez. ¿Acaso esta situación  no es la fantasía recurrente de tantos clientes de prostitutas? Por algo imposible de explicar, precisamente ellos se destacarán del resto de los hombres que pasaron por el cuerpo de una mujer que los ha fascinado, y salvarán a esa perdida del justo castigo al que se ha hecho acreedora.
Marguerite conmueve a los espectadores porque reiteradamente sufre por lo que se supone que hizo, pero no llega a detallarse. En oposición al paradigma de María Magdalena, y a pesar de sus buenas intenciones, Marguerite no consigue cambiar de vida. La muerte se la lleva oportunamente, evitando que al intentar rehacer su vida, la sociedad le recuerde que no hay redención posible para alguien como ella. Si no muriera de tisis, se convertiría en la demostración escandalosa de que el pecado se lava con el arrepentimiento, como promete (pero en la práctica no siempre acepta) la doctrina cristiana.

El sacerdote ungió con los santos óleos los pies, las manos y la frente de la moribunda, recitó una breve oración y Marguerite se encontró preparada para ir al cielo, donde irá sin duda, si Dios ha visto las pruebas de su vida y la santidad de su muerte. (Alexander Dumas (h): La Dama de las camelias)

Daniel Santos
La canción popular del siglo XX extrema la oposición entre lo venerado y lo vilipendiado. Resulta imposible separar una cosa de la otra. Se adora aquello que antes o después de haber sido instalado en un sitio que se dice único, puede ser mancillado sin contemplaciones. El hombre enamorado de una prostituta, la convierte por virtud del canto en un objeto inalcanzable que por definición no es.

Virgen de medianoche / Virgen eso eres tú / para adorarte toda / rasga tu manto azul. / Señora del pecado / cuna de mi canción / vine arrodillado / junto a tu corazón. (Pedro Galindo Galarza: Virgen de Medianoche)

Marlene Dietrich
El cine de la primera mitad del siglo XX se encargó de elaborar imágenes seductoras de mujeres prostituidas, como vehículo para el lucimiento de actrices que difícilmente hubieran atraído a nadie si interpretaban otros personajes. Todos los filmes que Marlene Dietrich hizo bajo las órdenes de Josef von Sternberg, la llevan a interpretar prostitutas. Gran parte de los filmes de Greta Garbo y Rita Hayworth caen en el mismo esquema. En el cine mexicano, no hubo cantante o bailarina tropical (figuras como Ninón Sevilla, Meche Barba, María Antonieta Pons o Rosa Carmina) que no afrontara ese tipo de personajes. El tráfico carnal no aparece nunca en escena, para evitar la censura de entonces. Se lo reemplaza por la exhibición de la mujer en el mundo del espectáculo, de acuerdo a una asociación de ideas que viene desde la Antigüedad: a las actrices se las consideraba prostitutas (y con toda probabilidad lo eran, como demuestra la historia de Teodosia, posteriormente convertida en emperatriz de Bizancio y por último elevada a los altares).
Tradicionalmente se acusa a las prostitutas de corromper la moral pública, de atraer con armas pérfidas a los hombres incapaces de resistirse, de empobrecer a sus clientes al cobrarles por aproximadamente lo mismo que otras mujeres conceden de manera gratuita, como parte de sus varias obligaciones domésticas; de contagiar enfermedades que tradicionalmente no se sabía muy bien cómo tratar y destruir familias. Se las convierte en las peores enemigas de las mujeres decentes, aquellas que se encuentran sometidas a los mismos hombres, pero también al encierro del hogar, la religión y la opinión dominante.
Se estigmatiza a los hijos de las prostitutas (asignarle esa filiación a alguien, es uno de los insultos más frecuentes en una cantidad de lenguas) porque hasta no hace mucho, cuando entraron en juego los análisis de ADN, resultaba improbable descubrir quién había sido el padre de alguien nacido de una mujer sometida a esa situación.
Se las condena al infierno por sus pecados, mientras se guarda un discreto silencio sobre la responsabilidad de quienes fueron sus parejas ocasionales o sus proxenetas que lucraron con la explotación de esos cuerpos. Sor Juana Inés de la Cruz, en un célebre poema, reclamó contra esa falta de simetría que caracteriza a la moral dominante.

Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis. (Sor Juana Inés de la Cruz)

Los testimonios suministradas por las prostitutas informan que sus parejas eventuales exigen de ellas varias funciones complejas: entrenamiento sexual de los clientes inexpertos, consuelo de los tímidos, estimulación de aquellos que manifiestan problemas de cualquier tipo, escucha paciente (puede decirse que terapéutica) de los solitarios, etc.
Prostitutas de Yoshiwara
Para los japoneses, esa compañía puede asumir varias formas: por un lado se encuentra la prostituta tradicional, a quien el hombre paga por mantener relaciones sexuales, pero también puede tratarse de una geisha o acompañante de juergas masculinas, que recita cortos poemas, cuenta historias picantes, canta, baila, sirve el té o bebidas alcohólicas a sus clientes. En esa cultura, la geisha suministra compañía, un diálogo trivial pero divertido, asistencia durante la comida y la bebida, incluso cercanía física desprovista de contacto sexual. Es la esposa ideal, una que se exhibe ante los amigos pero no molesta con escenas de celos, ni hace reclamos desmedidos, ni descuida su aspecto personal en la intimidad.
En la actualidad, el turismo sexual es una de las alternativas que se ofrecen a mujeres maduras, poseedoras de buenos medios económicos y provenientes de países en los que ya no les resulta posible hallar pareja estable. Mientras los hombres del mundo desarrollado viajan al sudeste asiático en busca de compañía ocasional, las mujeres prefieren los países europeos del Mediterráneo y las islas del Caribe.

“Tú pagas y harás de mí lo que quieras”. En esta sola frase todo está dicho: la prostituta se erige en sujeto soberano para exigir el pago, y tan pronto es satisfecha esa exigencia, se abolirá como soberanía para metamorfosearse en el instrumento del pagador. Se erige, pues, en libre sujeto que va a jugar a ser esclava, Su prestación va a ser una simulación, y ella no lo oculta. El cliente, por otra parte, lo sabe. Sabe que no puede comprar unos sentimientos y una complicidad verdaderos. Le compra la simulación. Y lo que finalmente desea es que esta simulación sea más real que natural, que le haga vivir imaginariamente una relación venal, como si fuera una relación verdadera. (André Gorz: La prostitución)

Última ofensa a las prostitutas, planteada por la cultura contemporánea, ahora se las imita y reemplaza durante el ejercicio del comercio sexual que ellas acaparaban. Los travestis sustituyen a las tradicionales mujeres de la calle, con el objeto de ganarse la vida y sembrar más de una duda sobre los verdaderos intereses sexuales de sus clientes. ¿Puede considerárselos víctimas de un simulacro, una promesa engañosa, que reaccionan indignados (a veces, con violencia) cuando advierten el engaño al que fueron sometidos, y en el que detestan verse enredados? ¿O por lo contrario, buscan el contacto con alguien que sin ser mujer, exagera sus recursos femeninos de seducción y combina en su persona los atractivos de ambos sexos?
Durante los últimos años, se ha vuelto políticamente correcto hablar de las travestis, convirtiendo una imagen mental de los aludidos en un dato incontrovertible de identidad. Ser mujer ya no sería ni siquiera una construcción cultural, como planteaba hace un par de generaciones Simone de Beauvoir, sino una convicción personal, refrendada por los documentos que suministra el Estado y la comunidad debe aceptar sin otras pruebas, para evitar que se la acuse de discriminación.
Tal vez se considere que las mujeres han obtenido ya tantas reivindicaciones en el mundo profesional de hoy, que el ejercicio de la prostitución al que se encontraban destinadas esté perdiendo la combinación de encanto y disgusto que anteriormente suscitaba de la sociedad. Para el autor del poema del siglo XVI recuperado por Camilo José Cela, la variedad de denominaciones que disponía para referirse a esas mujeres tan deseadas como despreciadas, soñados alivios de su soledad, indica la importancia que ellas habían adquirido en su mundo imaginario.

De cuantas coimas tuve toledanas / de Valencia, Sevilla y otras tierras / izas, rabizas y colipoterras, / hurgamanderas y putarazanas / de cuantas siestas, noches y mañanas / me venían a buscar dando de cerras, / las Vargas, las Correas y Gaitanas, / me veo morir ahora de penuria / en esta desleal isla maldita. (Anónimo: Cancionero General de Amberes)

miércoles, 13 de enero de 2016

SUMISIÓN Y RESISTENCIA FEMENINAS


Encuentro de nativos y europeos
La llegada de Colón a lo que él consideraba las Indias, estuvo marcada por la decisión de someter a las mujeres nativas a un trato de botín de guerra. Ellas eran parte del bando enemigo y podían ser utilizadas para lo que el invasor considerara necesario, por ejemplo, como objeto de placer, sin considerar que lo aceptaran o se resistieran. Cualquier escrúpulo moral, cualquier excusa de evangelización de los paganos, según planteaba el Pontífice romano, podía ser dejado de lado, puesto que tal vez no se tratara de seres humanos, dotados de un alma inmortal. ¿Sospechaban ellas que les cabía el derecho a resistirse, a decir que no, aunque desconocieran el idioma que utilizaban los invasores?

Mientras estaba en la barca, hice cautiva a una hermosísima mujer caribe, que el susodicho Almirante [Cristóbal Colón] me regaló, y después que la hube llevado a mi camarote, y estando ella desnuda, según es su costumbre, sentí deseos de holgar con ella. Quise cumplir mi deseo pero ella no lo consintió y me dio tal trato con sus uñas que hubiera preferido no haber empezado nunca. (…) Tomé una cuerda y le di de azotes, después de lo cual echó grandes gritos. (…) Finalmente llegamos a estar tan de acuerdo que puedo decirte que parecía haber sido criada en una escuela de rameras. (Michel de Cúneo: Cronistas de Indias)

Mujer golpeada
El desprecio por las víctimas femeninas de la violencia sexual, no queda reducido a casos aislados, que se destacarían de la opinión dominante, como actos reprobables, que la comunidad opina que deben ser castigados severamente, para desalentar a quienes pudieran imitarlos. Tanto si se da una sanción legal o moral, como si no la hay, quienes sufrieron la violencia quedan marcadas para los testigos. El desprecio organiza el diálogo desigual entre víctimas y victimarios, porque instala a las víctimas en un espacio de indefensión, de carencia de derechos, que los victimarios articulan a su medida, con el objeto de eliminar cualquier duda sobre quiénes son unos y otras.
Las mujeres fueron definidas tradicionalmente por la cultura patriarcal como el sexo débil, aunque las estadísticas actuales demuestren que viven más tiempo que los hombres, a pesar de sobrellevar situaciones tan estresantes o más que las vividas por los hombres. La idea de una minusvalía natural, biológica, imposible de superar, que las convertiría tarde o temprano en las víctimas más probables, cuando se involucran con representantes del otro género, se arraigó sin embargo en el imaginario colectivo, tanto de los hombres como de las mujeres.
Para ellos, la indefensión femenina, lejos de plantear la necesidad de un trato más atento, sugiere la posibilidad de controlarlas sin demasiado riesgo. Después de todo, ¿qué se arriesgaría? Si son abusadas y no les gusta, si piden ayuda o acusan a sus agresores, no las escucharán y lo que es más seguro, ellas casi nunca se atreverán a protestar, porque al hacerlo se marginan de buena parte de la sociedad.
Para ellas, la conciencia de la indefensión, se convierte en la excusa perfecta para no arriesgarse más allá de los límites que la sociedad ha fijado a su género. Cualquier salida fuera de los límites que las instituciones les establecieron tradicionalmente, puede traerles un cúmulo de consecuencias lamentables, que pueden evitar mediante la sumisión.
Pradilla: Rapto de las sabinas
La representación del rapto de las Sabinas, episodio mítico situado en la época de la fundación de Roma, sirve de excusa para los artistas plásticos de todos los tiempos, que desean incluir atractivos desnudos femeninos y vigorosos cuerpos masculinos en acción. En esas imágenes, no es mucho lo que resta del secuestro de mujeres efectuados por los nuevos ocupantes del territorio, que carecían de esposas y no imaginaron nada mejor que invitar a sus vecinos a unas carreras de caballos y libaciones alcohólicas, durante las cuales se apoderaron de las mujeres y las violaron. ¿Qué podía ocurrir después? ¿La venganza de las familias ofendidas? Para el mito, habría ocurrido un paradójico desenlace. Las mujeres ofendidas interceden ante los suyos, para que acepten a los ofensores, sin duda rústicos, pero también seductores.
Rubens: Rapto de las sabinas

Las sabinas, interponiéndose entre yernos y suegros, los unieron. (Virgilio: La Eneida)

En las pinturas elaboradas para evocar ese desconfiable happy end, hay una representación de la violencia indeseable, combinada con una celebración del abuso que termina (si puede creerse la versión de los vencedores) en una fiesta de reconciliación. ¿Por qué molestarse en condenarla, entonces? Abusar de la condición del derrotado es una situación rutinaria. En los textos de la Biblia, la alternativa de una guerra contra los vecinos que constituyen una amenaza para el pueblo elegido por Dios, promete a quienes participen, el disfrute de todas las crueldades posibles.

Porque yo reuniré a todas las naciones para combatir contra Jerusalén, y la ciudad será tomada y saqueadas todas las casas, y violadas las mujeres, y la mitad de la ciudad irá en cautiverio. (Ezequiel 14:02)

Mariano Fortuny: Tarquinio y Lucrecia
En la Antigua Roma, la noble Lucrecia era la esposa de Colatino. El hijo del rey Tarquinio se enamoró de ella, le propuso convertirse en su amante y al ser rechazado amenazó con matarla junto a uno de sus esclavos, para que pareciera haber sido sorprendida en adulterio. Lucrecia no tuvo otra salida que ceder, pero al día siguiente informó lo sucedido a su padre y a Colatino. A continuación, se clavó un puñal en el pecho y murió delante de los suyos. La historia causó tal indignación popular, que el rey y su parentela fueron expulsados de la ciudad.
Lucrecia se convierte en heroína popular gracias a una triple victimización que acepta, no de buen grado, y sin embargo la deja marcada. Primero, salva su vida, sometiéndose al capricho del violador. Luego confiesa la falta en la que incurrió contra su voluntad. Por último, se quita del medio, para no constituir una carga insostenible para la honra de su marido y su familia paterna. Dada la enorme disparidad de fuerzas que se enfrentan, la víctima no puede controlar al adversario, sino publicar la ofensa que sufrió, para que otros más fuertes la venguen.
Artemisia Gentileschi: Judith y Holofernes
La historia de Lucrecia no ha perdido vigencia, pero el tipo de respuesta femenina sí. Una pintora del Renacimiento italiano, Artemisia Gentileschi, que pintó varias versiones de la decapitación de Holofernes por Judith, habría pasado por la experiencia de ser violada a los dieciocho años. Ella no esperó que su padre la vengara, ni tampoco aceptó casarse con el violador, como le ofrecían los negociadores. Prefirió la vergüenza de denunciarlo ante un Tribunal, exponiéndose a la marginación social. Durante el proceso que condenó al hombre a un año de cárcel y el exilio, Gentileschi dejó un testimonio escrito de lo sucedido.

Cerró la habitación con llave [su agresor] y una vez cerrada me lanzó sobre un lado de la cama, dándome con una mano en el pecho, me metió una rodilla entre los muslos para que no pudiera cerrarlos, y alzándome las ropas, que le costó mucho hacerlo, metió las dos rodillas entre mis piernas y apuntando con su miembro a mi naturaleza, comenzó a empujar y lo metió dentro. Y le arañé la cara y le tiré los pelos y antes de que pusiera dentro el miembro, se lo agarré y le arranqué un trozo de carne. (Artemisia Gentileschi).

¿Cómo imponer alguna paridad entre los participantes de una relación que incluye a quienes la naturaleza y/o la sociedad asignan distintos roles y cuotas de poder? Los hombres suelen ser designados por el contexto social como cazadores, mientras se define paralelamente a las mujeres como sus presas inevitables. Si un hombre se resiste a acechar y perseguir, tanto como si una mujer se niega a ofrecerse y negarse por turnos, eso afecta a la otra parte, que se desconcierta o reclama por la ruptura de un acuerdo tradicional basado en la disparidad.
Los hombres sospechan frecuentemente de la fidelidad de las mujeres, y no tardan en volverse violentos por ese motivo, aunque no tengan pruebas de nada, mientras que las mujeres sufren el desamor de los hombres, que atribuyen a su propia incapacidad para retenerlos, o a la maldad de otras mujeres decididas a arruinar una relación de pareja que hubiera debido continuar hasta que la muerte los separara.

En sus interacciones grupales los niños aprenden (…) que las figuras masculinas son importantes; los hombres saben, son infalibles y deben ser imitados; un hombre está para cosas grandes, para sobresalir y dominar a otros. (Abarca Paniagua: Discontinuidades en el modelo hegemónico de masculinidad)

De un hombre engañado por una mujer, la sociedad espera (más bien exige) que no acepte ser expuesto como la víctima pasiva de la ofensa, una circunstancia que acarrea el deshonor para su género. Él debe reaccionar de inmediato, no solo defendiéndose de la injuria que sufrió, sino (como se da en muchas culturas) castigando a quien lo traicionó. En el pasado, matar a la mujer infiel no era considerado un crimen, sino un acto de Justicia, que restauraba un orden moral vulnerado. Esa mujer debía pagar por sus actos reprobables, para que otras mujeres tentadas de hacer algo parecido se contuvieran.
Cuando una mujer pasa por una situación similar, se espera en cambio que perdone sin demasiado trámite lo sucedido, en beneficio de la continuidad de la familia, o que en último caso busque ayuda (en lo posible, la de otros hombres) que la vengarían, a pesar de la marca infame que ahora ella carga por tanto tiempo como esos protectores decidan.
Siempre quedan dudas que afectan de manera desigual a la honra de ambos géneros. ¿Acaso habrá sido la mujer violada tan inocente como ella reclama, cuando busca la compasión de la sociedad (que de acuerdo a sus normas debería discriminarla por su debilidad) o conseguir el perdón de los suyos (que se consideran deshonrados por la desgracia que le ocurrió, tal vez porque ella lo excitaba)? ¿Acaso el violador fue tan culpable como se lo juzga desde la perspectiva de la víctima? ¿No se tratará más bien de un hombre sano, puede decirse que “normal”, incapaz de desoír el reclamo de sus hormonas? Si la mujer no lo tentó, como afirman las de su género, desde la época de Adán y Eva, él debe aceptar para sí la imagen cruel que la tradición le impone. Créase o no, al abusar de la mujer, él dio cumplimiento a un mandato social para el que fue sistemáticamente acondicionado desde la infancia y que no fue capaz de resistir, porque de hacerlo (aunque solo de manera excepcional, por compasión o descuido) se expondría al desprecio de sus pares.
Rosario Castellanos
En cuanto a ella, al admitir que puedan abusarla, no solo confirma su posición desventajosa, la de su género, condenado a reproducir la especie, y por lo tanto susceptible de recibir la simiente de los machos, sino que (al menos por un instante, aquel durante el cual el hombre despliega sus herramientas de intimidación o seducción, porque haría cualquier promesa con tal de poseerla) ella se convierte en el centro de un universo donde habitualmente se la margina. 

Al principio me daba vergüenza, me humillaba / que los hombres me vieran de ese modo / después. Que me negaran / el derecho a negarme cuando no tenía ganas / porque me habían fichado como puta. / Y ni siquiera cobro. Y ni siquiera / puedo tener caprichos en la cama. / Son todos unos tales. ¿Qué por qué no lo hago? / Porque me siento sola. O me fastidio. (Rosario Castellanos:  Kinsey Report)

miércoles, 4 de marzo de 2015

MUJERES DESPRECIADAS


Representación de Don Juan Tenorio
La fama de Diógenes, filósofo cínico de la Antigüedad, surge de anécdotas que se le atribuyen, más que de sus obras. En esas historias, aparece descrito como un vagabundo crítico de las ideas más difundidas de su época. Diógenes rechazaba la compañía de los seres humanos de cualquier sexo o edad, a pesar de lo cual utilizaba la plaza más concurrida de la ciudad para exponer sus doctrinas y exponerse a sí mismo, como ejemplo contundente de sus puntos de vista. Puesto que no creía necesario un techo para cobijarse, ni de ropas para cubrirse, tampoco tenía mucho sentido para él molestarse en buscar una pareja, cuando se encontraba al alcance de su mano la posibilidad de aliviar cualquier tensión sexual que pudiera perturbarlo.
Un punto de vista como ese, capaz de simplificar la complejidad de las relaciones de pareja, hasta reducirlas al puro alivio de las tensiones hormonales, revela una clara hostilidad hacia el otro género, que no se considera necesario o al que se recurre solo en momentos de debilidad, para arrepentirse a continuación.
El clima de desconfianza o declarada hostilidad respecto de la pareja femenina, llegó a disfrutar de prolongada aceptación en la cultura patriarcal. No era que los hombres se apartaran de todo trato con las mujeres, como proponían los ermitaños de los primeros siglos del cristianismo, sino que (después de haber convivido con ellas) manifestaban la pésima opinión que tenían. Por lo tanto, no prejuzgaban. Su decisión tenía un fundamento innegable.
Fue un tópico bien considerado en el ambiente intelectual, proclamar que a pesar de que los hombres buscaran a las mujeres en ciertos momentos, las despreciaran a continuación y las consideraran un obstáculo para el desarrollo espiritual de los hombres.
Cuando ellos necesitaban la compañía femenina, incurrían en una debilidad perdonable y pasajera, porque las mujeres eran vistas como “el reposo del guerrero”, prontas para que las abandonaran y reemplazaran por otras representantes de su género, más atractivas e indefensas, apenas se insinuara el menor signo de aburrimiento en la relación. Las mujeres debían ser excitantes y serviciales, o desaparecer.

¡Oh, qué plaga, qué aburrimiento, qué tedio es tener que tratarse con ellas mayor tiempo que los breves instantes en que son buenas para el placer! (Francisco de Quevedo)

El antifeminismo que predominó en la cultura clásica de Oriente y Occidente, puede ser considerado como una convención cultural, que solo afecta al discurso literario y no se corresponde directamente con las actitudes de la gente en la realidad, pero más probable es que refleje sentimientos contradictorios de deseo y desprecio de los hombres.
No estaba muy bien considerada entre los hombres la posibilidad de mostrar ningún respeto por las mujeres. Hacerlo, era confesarse disponible para someterse a un sector despreciado de la sociedad. En complemento, resultaba de buen gusto, incluso divertido, vilipendiarlas, como se había hecho siempre.
Pablo Picasso: La Celestina
Hasta los hombres que experimentan atracción por las mujeres, como le sucede al personaje de Sempronio en La Celestina, se encuentran lejos de tener buena opinión sobre de ellas y basta un mínimo conflicto para que manifiesten una abierta odiosidad.

SEMPRONIO: Muchas hubo y hay santas y virtuosas y notables, cuya resplandeciente corona quita el general vituperio. Pero destas otras, ¿quién te contaría sus mentiras, sus tráfagos, sus cambios, su liviandad, sus lagrimillas, sus alteraciones, sus osadías? Que todo lo que piensan osan sin deliberar. ¿Sus disimulaciones, su lengua, su engaño, su olvido, su desamor, su ingratitud, su inconstancia, su testimonio, su negar, su revolver, su presunción, su vanagloria, su abatimiento, su locura, su desdén, su soberbia, su sujeción, su parlería, su golosina, su lujuria y suciedad, su miedo, su atrevimiento, sus hechicerías, sus embobamientos, sus escarnios, su deslenguamiento, su desvergüenza, su alcahuetería? (Fernando de Rojas: La Celestina)

Hablar mal de la pareja (en especial, de la pareja femenina), denigrarla en público, por ser la causa fundamental de todos los males que sufren los hombres, estuvo muy bien visto por la opinión dominante, tanto en Oriente como en Occidente, durante siglos. No solo correspondía al punto de vista de los prejuiciosos e ignorantes, que si bien se expresan, tal vez no dejan demasiada huella en la memoria colectiva, sino también al de los teólogos, científicos, políticos y artistas más destacados de su época, cuyas palabras se conservan y respetan.
De acuerdo a las evidencias, no todos los seres humanos fueron hechos para vivir en pareja con alguien del sexo opuesto, ni para procrear de manera responsable. En ciertos casos, hay quienes consideran que la rutina de una pareja estable y una familia constituyen un estorbo inaceptable para lo que ellos esperan aportar al mundo. ¿Por qué negarse a atender la variedad y el atractivo de la oferta de parejas provisorias, que prometen satisfacción inmediata y ningún compromiso?
Don Juan es un personaje literario que pasa de una mujer a la siguiente, o mantiene el cortejo de varias al mismo tiempo, como si necesitara marcar al mayor número posible de hembras como sus conquistas, incapaces de atarlo en una relación estable. Es un cazador que vive urgido por el proyecto de dejar en su memoria y la de sus contemporáneos, tantos trofeos como pueda.
Fragonard: El beso
Los recuerdos que Giacomo Casanova anotó en su vejez, cuando se vio reducido al rol oscuro de bibliotecario en un castillo provinciano de Bohemia, tienen el carácter contable y exhibicionista de quien ya no es capaz de alterar la soledad. Mientras la mayor parte de los hombres intenta vivir con una pareja que puede no ser la ideal, pero que al menos suministra compañía, Casanova proclama su temor por las ataduras femeninas y las responsabiliza de riesgos que son atribuibles también a los hombres.

Las mujeres son peligrosas por las enfermedades que muchas de ellas comunican a los que obtienen sus favores. (Giacomo Casanova)

Hay hombres que no tienen la intención de exponerse a vivir en soledad, tras haber sufrido alguna experiencia de pareja que los decepcionó. Prefieren vivir aislados, antes que sufrir parecidas humillaciones con una nueva pareja.
En otros casos, hay quienes prefieren establecer parejas de su mismo sexo, a pesar de que la sociedad espera de ellos que se ajusten a un patrón de conducta heterosexual, sin duda el más adecuado para preservar la especie.
Pueden ser hombres o mujeres por igual, pero la disparidad de los roles que la sociedad asigna a los géneros, decide que sean más los hombres que declaran no estar dispuestos a formar pareja y más las mujeres que se ven obligadas a no tener pareja.
En algunos hombres, la hostilidad se manifiesta en el desprecio de todas las mujeres, entendidas en el mejor de los casos como un mal necesario para el solaz masculino y la continuidad de la especie. En otros, cualquier distancia que se establezca respecto de la pareja es poca. Ellas forman parte de un mundo ignoto, enfrentado al de los hombres: No se trata de prejuicios de gente ignorante, manifestadas al calor de una conversación que no deja rastros, sino de textos firmados por hombres notables, que fueron destinados a la publicación y lectura, vale decir, a producir un efecto en los demás.

La poligamia es tener una mujer de más. La monogamia también. (Sacha Guitry)

Jacqueline Dulubac y Sacha Guitry
Puede entenderse la humorada de Guitry como un guiño a la audiencia masculina de su época (mediados del siglo XX). En la actualidad, eso se ha convertido en una afirmación políticamente incorrecta, que ofrende a la sensibilidad contemporánea, y por las dudas no se menciona, para no recibir la condena de los bien pensantes. ¿Indica eso un cambio de mentalidad tan definitivo? No, eso no ha sucedido. En las comunidades más informadas, los chistes antifeministas, la discriminación laboral, los crímenes pasionales y el maltrato intrafamiliar son evidencias que se renuevan todos los días.
Muchos hombres y mujeres se sienten molestos, no por las grandes injusticias que sufren sus iguales, sino por las dificultades que les atañen a ellos. Por eso pueden tolerar todo, menos las ofensas que provengan de sus parejas, que los conocen mejor que nadie, y por lo tanto se encuentran en la posición de causarles daños más profundos. Cuando enfrentan la alternativa de entablar una relación, la ven como un riesgo excesivo, que a veces los inhibe de concretar nada.

Tenemos la mejor de las culturas. En nuestra cultura no hay sitio para la mujer.  (ML Sharma, abogado defensor de seis hombres condenados en la India por violación)

lunes, 26 de enero de 2015

VIOLACIONES EN GUERRA O PAZ



La pequeña hija está sobre el colchón, / muerta. ¿Cuántos han estado sobre ella? / Un pelotón, una compañía quizás? / Una muchacha ha sido convertida en mujer / una mujer convertida en cadáver.  (Alexander Solyenitsin: Noches prusianas)

 
Protestas contra violaciones masivas
De acuerdo al informe de Amnistía Internacional, durante la Guerra de los Balcanes, que ocurrió en los años finales del siglo XX, al desmembrarse Yugoslavia, se calcula que en Bosnia y Herzegovina hubo entre veinte mil y cincuenta mil mujeres musulmanas violadas por los invasores kósovos en las calles o sus hogares, delante de sus familiares, mientras que en Kosovo, se calcula que hasta el 50% de las mujeres capaces de reproducir fueron violadas por los invasores serbios (militares y paramilitares). Hubo campos de violación, similares a los campos de concentración, poblados por unas 35.000 mujeres, a las que se obligó a engendrar hijos servios, como una forma de depuración étnica del territorio ocupado.
El sexo es una de las armas más eficaces para desalentar (y exterminar) la resistencia del enemigo. En Kuwait, los violadores eran iraquíes. En Sri Lanka, las fuerzas de seguridad nacionales. En Ruanda, al mismo tiempo que los abusos de los Balcanes, el discurso oficial planteaba como objetivo bélico, la violación del mayor número de mujeres tutsis.

El asalto sexual formaba parte integrante del proceso de destrucción de la etnia tutti y que la violación fue sistemática y se han perpetrado solo contra las mujeres tutsis, en las que manifiesta la intención específica necesaria para los actos que se consideran como genocidio. (Tribunal Criminal Internacional para Ruanda)

Mujeres abusadas del Congo
No eran situaciones casuales, fruto del descontrol de soldados modernos, que desoían las órdenes de sus superiores, sino de una política de Estado, similar a la que se puso en práctica durante la llamada Conquista de América por las potencias europeas. Había que engendrar hijos (bastardos) de los invasores, para desarticular la estructura familiar de los nativos. Las clases dirigentes no se responsabilizan de esos crímenes. Prefieren no darse por enteradas de lo que ocurre y evitar que otras naciones derrotadas las acusen de lo mismo.
Durante los Juicios de Nurenberg convocados tras el desenlace de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, los nazis no fueron  acusados de situaciones como esas, respecto de las cuales había suficientes testimonios. Los cuerpos de los vencidos, suele ser el primer botín de guerra que toman los vencedores, cuando los utilizan para su placer, aprovechando la confusión que sigue a las batallas, con el objeto adicional de desmoralizar a las víctimas.
Se trata de una práctica inmemorial, sobre la cual apenas se hablaba en los textos históricos, que no ha variado mucho en la actualidad. La principal diferencia, es que ahora se denuncia, en lugar de mantenerlo en secreto, por vergüenza.
Prisioneras coreanas del ejército japonés
El ejército japonés utilizó a miles de mujeres coreanas, chinas, tailandesas, birmanas, vietnamitas y filipinas, provenientes de países que habían sido invadidos antes de la Segunda Guerra Mundial, como esclavas sexuales. Más de 20.000 estudiantes japonesas fueron sometidas al mismo trato.
El Ejército les prometía empleo en hospitales, restaurantes y fábricas. Una vez enroladas, descubrían que se esperaba de ellas: que atendieran la demanda sexual de los uniformados, para evitar las violaciones de mujeres de la población civil de los países invadidos. Los primeros prostíbulos del ejército japonés se instalaron en 1932 en Shanghai.

Las mujeres gritaban, pero no nos importaba si ellas vivían o morían. Éramos los soldados del Emperador. Ya fuera en burdeles militares o en las aldeas, las violábamos sin reticencia. (Yasuji Kaneko)

Prisioneras judías en campo de concentración
Durante la Segunda Guerra Mundial, el ejército alemán abusó de las mujeres que encontraban a medida que ocupaban los territorios de Polonia y la URSS, por la misma época en que el ejército japonés humillaba a las mujeres de los países ocupados de Asia. Poco después, hacia el final de la contienda, el ejército soviético hizo lo mismo en Alemania. Se calcula que hubo un millón y medio de mujeres alemanas víctimas de violaciones, a pesar de que las leyes internacionales castigaban el delito con la muerte. La experiencia que uno de esos soldados relató a una historiadora rusa, da cuenta del subterfugio empleado para satisfacer las expectativas de los invasores y esconder lo sucedido ante los superiores.

Cuando ocupábamos un pueblo, primero teníamos tres días para los saqueos. Por descontado eso no era oficial. Pero después de tres días se te podía juzgar por hacerlo. (…) Recuerdo a una mujer alemana violada, desnuda con una granada entre las piernas. Ahora siento lástima, pero no la sentía en aquel momento. ¿Piensas que fue fácil perdonar a los alemanes? Odiábamos ver sus casas blancas, limpias e intactas. Con rosas. Quería que sufrieran. Quería ver sus lágrimas. (Svetlana Alexeivich)

Sophia Loren: La Ciociara
Soldados norteamericanos y africanos participaron en violaciones masivas de mujeres italianas, durante la contienda y la inmediata posguerra, tal como aparece descrito en La Ciociara, una novela de Alberto Moravia. Cesira, una viuda romana que busca refugio en las montañas con su hija Rosetta, durante el último año de la guerra, no puede evitar que la joven sea violada por hombres que paradojalmente vienen a liberar al país de los nazis y los fascistas. Después del incidente, que ocurre en una iglesia abandonada, la joven que hasta entonces había sido reservada y creyente, cambia, se prostituye sin mostrar ningún sentimiento, con tal de conseguir alimentos, dinero u otros favores. La madre es quien cuenta el proceso:

Hubiera querido decirle que comprendía que después de lo que había pasado con los marroquíes, no fuera la misma y quisiera ir con un hombre para sentirse mujer y anular así el recuerdo de lo que le habían hecho; que comprendía incluso que después de haber sufrido aquello que había sufrido bajo los ojos de la Virgen, sin que la Virgen hiciera nada para impedirlo, a ella no le importara más la religión. (Alberto Moravia: La Ciociara)

Ejército Rojo y mujeres alemanas
¿Qué pasa después? El maltrato puede haber durado poco y no obstante dejar una huella perdurable en las víctimas, sea bajo la forma de hijos, sea como recuerdos traumáticos que dificultan cualquier intento de volver a la normalidad, sea como la memoria de la comunidad que fue testigo de lo sucedido. Según estadísticas recientes, en el curso de la guerra civil de la República Democrática del Congo, 30% de las mujeres y 22% de los hombres (unas 200.000 personas en total) ha sido víctima de violencia sexual.
Los invasores se plantean la misión de embarazar a las mujeres, tal como se espera que desarmen la resistencia y ocupen el territorio enemigo. Los dirigentes los alientan a hacerlo o por lo menos no hacen nada para impedir que aprovechen la situación. Al violar a sus víctimas, tanto los militares como los civiles, las dejan en una situación de orfandad muy difícil de revertir, para ellas y la descendencia que pueden engendrar.
Después de sufrir una violencia similar, ¿cómo se recupera la identidad anterior? ¿Qué espacio les queda para elaborar una identidad nueva?
Protesta femenina: ¡No significa No!
Son tragedias colectivas que marcan de manera perdurable la memoria de pueblos enteros. No ocurren por primera vez en la Historia, pero en la actualidad el hecho trasciende el silencio y la resignación que imponía tradicionalmente la vergüenza. Ahora, suele denunciarse, lo acepten o no las víctimas, aunque no es demasiado probable que se lo castigue, y resulta imposible ignorarlo.
En Dubai se ofrece a las mujeres víctimas de violaciones, la alternativa de casarse con sus agresores, para que ellas (no los agresores) pudieran evitar la cárcel. ¿No es, como se planteaba el jefe mafioso de The Godfather, el filme de Francis Ford Coppola, una oferta imposible de rechazar?
En Perú, durante la campaña del ejército nacional contra la guerrilla de Sendero Luminoso, se ofrecía a las víctimas de situaciones parecidas una salida no menos honrosa: casarse con los hombres más viejos o los tontos del pueblo, que no conseguían pareja. Se trataba de una salida que otras mujeres, menos apremiadas por esos hechos ajenos a su voluntad, se hubiera negado a aceptar.
Las mujeres suelen ser usadas y abusadas en tiempos de paz, como objetos que se utilizan de acuerdo a los intereses masculinos y no merecen mayor consideración. Una noticia de prensa de comienzos de 2014, informa que una joven pakistaní fue sentenciada por un consejo tribal a ser violada por su padre y dos de sus hermanos, como castigo de la relación considerada ilícita, que mantenía otro de los hermanos con una mujer del pueblo. ¿Por qué volverla víctima de un incesto? Probablemente se entendía someter de ese modo al escarnio público a toda la familia, pero en ese caso la parte más golpeada (y de ningún modo responsable) era de nuevo la mujer.
Mujeres en la Guerra de los Balcanes
Casi al mismo tiempo, otro consejo tribal en la India, ordenaba la violación de una mujer comprometida en el delito de una relación con un hombre ajeno a la aldea y perteneciente a otro culto religioso. Trece hombres dieron cumplimiento a la sentencia, para descubrir (demasiado tarde) que habían incurrido en un delito que habría de ser juzgado.
Las buenas intenciones (o al menos su declaración) pueden justificar las decisiones más aberrantes. En Sudáfrica, ciudadanos moralistas pretenden erradicar las relaciones lésbicas, que de acuerdo a su opinión, socavarían las bases de la sociedad. Para conseguir sus loables objetivos, violan (y con frecuencia matan a continuación) a las mujeres sospechadas de incurrir en esas prácticas, argumentando que lo hacen para “corregirlas” de sus errores.