sábado, 31 de mayo de 2014

MUJERES DE ARMAS TOMAR

Los políticos y analistas políticos, suelen dar por sentado que las mujeres son conservadoras, por desinformadas, respetuosas de las instituciones y sumisas a las decisiones de los líderes políticos y religiosos. Ellas temerían los cambios, donde solo verían la oportunidad de que sus maridos e hijos se enredaran en confrontaciones que no tardarían en escapárseles de las manos. Las mujeres, de acuerdo a este prejuicio, saben cuánto les ha costado establecer la situación que disfrutan y puede verse amenazada por cualquier disturbio. Al revisar la Historia, se advierte que en épocas convulsionadas, en las que se discuten las nuevas ideas y se rechazan otras que hasta entonces habían sido aceptadas sin discusión; en un momento en el que se intenta establecer nuevas maneras de organizar la sociedad, los roles que tradicionalmente se atribuyen a hombres y mujeres pierde su rigidez habitual y permiten atisbar otro tipo de relaciones (que alientan a unos pocos a emprenderlas e intimidan al resto).
Inés de Suárez
Las mujeres europeas que a partir del siglo XVI participaron en la conquista del territorio americano, fueron arriesgadas y fuertes, no pocas veces aguerridas, al igual que los hombres con quienes formaban pareja. Inicialmente no entraban en el plan de conquista del Nuevo Mundo. Luego se les autorizó el viaje, porque ellas lo reclamaban ante los Tribunales, cuando comenzaron a divulgarse las historias de amancebamiento de europeos con hembras indígenas. Figuras como Inés de Suárez, amante y colaboradora de Pedro de Valdivia durante la ocupación del territorio chileno por los españoles, indican las características de las parejas en las fronteras de una cultura tan invasora como la europea. Los hombres eran aventureros de origen humilde, ambiciosos, poco educados, que al apoderarse de un territorio mal defendido por sus ocupantes originarios, hallaban una oportunidad única de acumular fortuna y obtener una legitimación social que hubieran sido inimaginables, de continuar en su terruño. Las mujeres no eran menos arriesgadas y ajenas a las convenciones de la época. Al asociarse a esos hombres, muchas veces sin pasar por el matrimonio, ponían en peligro la vida, puesto que se trasladaban al escenario de una guerra cruel y prolongada, en la confianza de adquirir, como recompensa, un poder que su condición femenina y su origen oscuro les negaba en Europa. Tres siglos más tarde, cuando las instituciones parecían haberse estabilizado en América, otras convulsiones sociales y políticas demostraron que el continente no era el terreno más adecuado para las parejas tradicionales. Las guerras de la independencia americana fueron terreno propicio para la aparición de un nuevo tipo de mujer. En Buenos Aires, Manuela Pedraza era la esposa de uno de los soldados que defendía la ciudad de la invasión inglesa de 1806. Cuando su marido murió en batalla, Manuela, en lugar de ponerse a llorar la pérdida, tomó el fusil que había dejado el hombre y mató con sus propias manos al asesino. Parte de esta historia avalada por Bartolomé Mitre puede ser falsa. Los testimonios de Santiago de Liniers, que dirigió la resistencia a los invasores y de un combatiente francés, Pierre Giequel mencionan a la mujer vestida de hombre y presente en las escaramuzas bélicas, pero omiten la muerte del marido.
No debe omitirse el nombre de la mujer de un cabo de Asamblea, llamada Manuela la Tucumanesa, que combatiendo al lado de su esposo, y que en la acción de la Reconquista ultimó a un soldado británico, del cual obtuvo un fusil, que se lo presentó, en tributo, al Reconquistador de la ciudad. (Santiago de Liniers)
Pocos años más tarde, en Venezuela, Luisa Cáceres, hija de un profesor de Caracas, se vio incluida en la guerra antes de casarse a los quince años con Juan Bautista Arismendi, coronel de las fuerzas patriotas. Uno de sus hermanos había sido fusilado por los realistas. Luisa y el resto de la familia emigraron con Bolívar hacia Cumaná. Cuatro tías murieron en el camino. Arismendi protegió a los sobrevivientes y se casó con Luisa. La pareja tuvo hijos durante la guerra. Los españoles apresaron a Luisa, aprovechando su embarazo, en el intento de presionar la entrega del marido. Arismendi les respondió: “Diga al jefe español, que sin patria no quiero esposa”. Luisa permaneció en una estrecha celda donde parió a uno de sus hijos.
Juana Azurduy
Juana Azurduy nació el mismo año de la revuelta indígena de Túpac Amaru, en lo que hoy es Bolivia. Con su esposo Manuel Padilla adhirieron a la Revolución de Chuquisaca, que destituyó al presidente de la Real Audiencia. Colaboraron con el ejército de Buenos Aires, que pretendía sumar a ese sector del continente a la revuelta contra España. Juana presenció la muerte en combate de cuatro de sus hijos y parió a una hija durante la guerra. Cuando la expedición libertadora fue derrotada, Juana fue apresada con sus hijos y sufrió la confiscación de sus bienes. Padilla los rescató y todos se refugiaron en las montañas, donde reclutaron a 10.000 soldados. Durante los años que siguieron, los esperaban victorias y derrotas. Juana y su marido condujeron una guerra de guerrillas contra el ejército realista. En el curso de la campaña, ella alcanzó el rango de teniente coronel.
Las mujeres de los nuevos enrolados, llevando sus hijos y sus utensilios domésticos, los siguen entonces a sus guarniciones, y aún a sus campañas de guerra. Así la marcha de un ejército peruano, tiene todo el aspecto de esas tribus primitivas que van en busca de un nuevo territorio. Esas mujeres de los regimientos, esas “rabonas” (…) agarran a los soldados con lazos que a pesar de ser ilegítimos, no son por eso menos sólidos. (Max Radiguet: Lima y la sociedad peruana)
Los patriotas americanos encontraron a mujeres apasionadas, excepcionales por su belleza y capacidad intelectual, a veces casadas en la adolescencia, que abandonaron la seguridad del hogar y desafiaron las convenciones sociales, para seguirlos en una aventura que prometía más penurias que halagos. Simón Bolívar tuvo muchas parejas en su vida, tras la muerte prematura de su esposa, María Teresa del Toro, al poco tiempo de casados. Durante sus campañas militares halló a Manuela Sáenz, una mujer que se había liberado por su propio esfuerzo de las convenciones de su época. Hija de una relación extra conyugal de su padre, participó en el levantamiento de Quito contra el poder español, fue encerrada en un convento, del que huyó con el oficial Fausto D´Elhuyar, un enamorado que la decepcionó, para casarse más tarde con James Thorne, comerciante inglés que la superaba en años y toleraba sus actividades políticas, cuando se instalaron en Lima. En 1822, Manuela conoció a Bolívar y decidió acompañarlo como amante y secretaria. Fue su pareja más próxima (no la única) hasta la muerte del hombre en 1830. A partir de ese momento, ella se convirtió en figura indeseable para los gobernantes de los países que su pareja había liberado. En ocasiones Manuela vestía de soldado y participaba en las campañas militares. Mientras Bolívar estuvo con vida, la presencia de Manuela fue resistida por los círculos del poder a los que desafiaba con su comportamiento impulsivo. Tras la muerte de su pareja, Manuela fue despojada de todo el poder que le atribuían los seguidores de Bolívar, y quedó olvidada.
Anita Garibaldi y Giusseppe Garibaldi
Ana María de Jesús Ribeiro da Silva tropezó con Giuseppe Garibaldi, futuro conductor de la guerra de unificación de Italia, en Laguna (Brasil), cuando ella tenía 16 años y estaba casada desde un año antes, tras haber quedado huérfana, con un hombre que la maltrataba. Garibaldi era un revolucionario ya fracasado en Italia, que se encontraba luchando por la independencia del Brasil. Después haberse unido, Anita se empeñó en que la entrenaran como soldado y participó en la batalla de Santa Caterina. Mientras estaba embarazada, Anita fue tomada prisionera, no obstante lo cual escapó a caballo, sin ayuda de nadie y logró encontrarse con Garibaldi. La pareja tuvo tres hijos y se mantuvo unida, a pesar del temperamento apasionado de ambos y las infidelidades de él. El matrimonio ocurrió en Uruguay, en 1842, cinco años después de haberse reunido. Anita participó con su marido en una nueva campaña por la unificación de Italia, tarea durante la cual murió en 1849, sin haber visto la victoria.

miércoles, 7 de mayo de 2014

PASIÓN DE REVOLUCIONARIAS

El varón es por naturaleza superior y la hembra inferior. Uno dirige y la otra es dirigida (Aristóteles)
Desde que se tenía memoria, aunque no desde siempre, las mujeres se encontraban subordinadas a los hombres, que de acuerdo a las leyes y la costumbre debían protegerlas a ellas y a su descendencia. Si ellos no se preocupaban de cumplir ese rol o si lo hacían mal, no era un tema que estuviera en discusión, o al menos las mujeres no se encontraban en condiciones de efectuar reclamos sobre una tutela que las estorbaba. El rol decisivo de los hombres era inamovible y se confundía con los dogmas de fe. Ponerlo en duda constituía un desafío innecesario, por improductivo y condenado al fracaso de antemano. Bajo la monarquía absolutista derrocada por la Revolución Francesa de 1789, ni la burguesía ni el pueblo llano contaban demasiado en el momento de tomar decisiones sobre el destino de la nación. Los hombres habían advertido que se les cobraban impuestos, que se los convocaba para exponer la vida y morir en la guerra, pero el poder continuaba siendo ejercido por una minoría dinástica, que gozaba de privilegios inauditos por el solo mérito de haber nacido. Los filósofos habían considerado que esa situación era intolerable y debía conducir a un cambio radical.
¿Qué podían decir de las mujeres? Ellas eran las desposeídas entre los desposeídos. Su malestar se confundía con las quejas y aspiraciones del resto de la sociedad. La Revolución alteró ese acuerdo circunstancial que habían establecido las mujeres con las demandas de los hombres. Pasaron a ser ciudadanas que luchaban junto al resto de los ciudadanos, para recuperar derechos que les habían sido negados por el Viejo Régimen. Al desarrollarse la Revolución, el Rey fue despojado de sus odiosos privilegios y honores, aprisionado como un criminal, juzgado y guillotinado (para que no hubiera la menor posibilidad de arrepentirse y devolverle el trono), los nobles fueron desposeídos de sus propiedades y enviados a la muerte o el exilio, mientras los miembros del pueblo llano, se encargaban de conducir el Estado. Las mujeres no se quedaron en casa, bordando y esperando el regreso de los hombres, para enterarse de lo sucedido y celebrar sus actos heroicos. En 1789, fueron las mujeres quienes marcharon antes que el resto de la sociedad en la Toma de la Bastilla, donde se encerraba a los presos políticos, y la marcha sobre el palacio de Versailles, odiado símbolo de la monarquía. Luego los hombres y el ejército se sumaron en sus demandas.
Las tricoteuses (tejedoras) frecuentaban las sesiones de la Convención y el Tribunal. Ellas eran mujeres del pueblo, a quienes la Revolución les posibilitó salir de la cocina y las tareas domésticas. Ellas tejían, mientras los hombres discutían y tomaban las decisiones que afectaban a todos. No aceptaban quedarse calladas, a pesar de no se les hubiera otorgado el derecho a hablar. Insultaban a gritos a los oradores que se oponían a sus puntos de vista. Exigían la adopción de leyes más radicales. Presenciaban las ejecuciones de miembros de la nobleza, que se habían vuelto un espectáculo cotidiano. Junto a las agrupaciones revolucionarias masculinas que proliferaron por entonces, el Club de los Jacobinos o el Club de los Cordeleros, hubo agrupaciones femeninas tales como el Club de las Republicanas Revolucionarias, el Club de las Amazonas Revolucionarias, el Club de las Ciudadanas, etc. que habían sido fundadas y conducidas por mujeres. Olympe de Gouges redactó en 1791 una Declaración de los Derechos de la Mujer, paralela a la Declaración de los Derechos del Hombre que había votado la Revolución. Su iniciativa no prosperó. Claire Lacombe era una actriz cuando estalló la Revolución. Fue herida en un brazo durante el asalto de las Tullerías, en el que participó con los hombres. Fundó la Sociedad de Mujeres Republicanas Revolucionarias, a la que se incorporaron mujeres trabajadoras. Durante el Terror, esa organización extremista fue disuelta y Lacombe tuvo que regresar al teatro. Etta Palm era una extranjera en Paris, que se sintió estimulada por el estallido de la Revolución. Primero abrió un salón literario en su casa, lugar donde se reunían los partidarios del cambio social para exponer sus ideas. Luego fundó una Sociedad Patriótica en la que solo participaban mujeres. En 1790 pronunció ante la Asamblea un Discurso sobre la Injusticia de las Leyes que favorecían a los hombres, a expensas de los Derechos de las mujeres.
Señores: Puesto que ustedes me permiten tomar la defensa de mi sexo, comienzo por solicitar su indulgencia; su mis luces y mis medios no responde a la tarea que he emprendido, y a lo que podría esperar de la justicia de su causa; (…) Les pido que consideren que soy mujer, nacida y educada en un país extranjero. Si la construcción de mis frases no está de acuerdo a las reglas de Academia Francesa, es porque he consultado a mi corazón, más que al Diccionario. (Etta Palm)
Tantas precauciones no bastaron para que atendieran a sus reclamos. Algunos de estos grupos de mujeres eran muy activos. Pretendieron imponer el uso del gorro frigio de color rojo que simbolizaba la Igualdad a todas las de su género. En 1795 exigían que la represión a los opositores a la República se intensificara. Llegaron a apuñalar a un diputado que se opuso a la medida. Los revolucionarios (hombres) decidieron clausurar las sociedades femeninas. Se decretó que las mujeres sorprendidas en motines serían reprimidas sin contemplaciones y encarceladas. Se prohibió el acceso de las mujeres a las sesiones de la Asamblea Nacional. Una joven belga, Théroigne de Méricourt, fue la fundadora de la Sociedad de Amigos de la Ley junto a su amigo, Gilbert Romme. Años atrás, cuando decidió abandonar el hogar paterno por diferencias con su madrastra, había llegado a prostituirse para sobrevivir. Una vez instalada en Paris, gracias a su relación con el Marqués de Persan, abrió un salón literario frecuentado por los futuros revolucionarios. Al comenzar la Revolución, Méricourt no se conformó con ser una buena anfitriona. De acuerdo a lo que se cuenta, habría participado sable en mano en la Toma de la Bastilla. Los partidarios de la monarquía la vilipendiaron por sus ideas republicanas, describiéndola como un personaje promiscuo y rencoroso, que solo buscaba vengarse de la sociedad que la había marginado.
Ustedes [los hombres] anularon todo los privilegios [de la nobleza]; anulen también los del sexo masculino. Trece millones de esclavas llevan las cadenas que les colocaron trece millones de déspotas. (Théroigne de Méricourt)
Méricourt era imprudente, por apasionada y cometió el error de enfrentar al poderoso Robespierre, en medio de la lucha de facciones que estuvo a punto de desembocar en una guerra civil. Creó una legión de amazonas (mujeres armadas) con la que pretendía invadir los Países Bajos para liberarlos de la monarquía. Tanto activismo no anunciaba premios ni reconocimientos para ella. Había que silenciarla pronto, para que su ejemplo no cundiera entre las mujeres. Méricourt fue castigada por una banda de seguidoras de Robespierre, que le quitaron la ropa interior y la azotaron en plena calle.
Ciudadanas: demostremos a los hombres que no somos inferiores a ellos en valentía y bravura; demostremos a toda Europa que las mujeres francesas conocen y está a la altura de las ideas de su siglo, despreciando los prejuicios absurdos y antinaturales. (…) Francesas (…) rompamos nuestras cadenas. Ya es hora de que las mujeres abandonen el vergonzoso estado de nulidad en que el orgullo y la injusticia de los hombres las mantienen hace tanto tiempo. Volvamos a las época en que las galas y las altivas germanas deliberaban en las asambleas públicas y combatían al lado de sus esposas para rechazar a los enemigos. (Théroigne de Méricourt)
En el otoño de 1794, cuando tenía 32 años, la declararon loca y recluyeron en el manicomio de Salpetrière, donde vivió en condiciones atroces y murió 23 años más tarde. No solo sufrió el encierro, sino la amargura de ver el desgaste de la República y la Restauración de la Monarquía contra la que había luchado. La imagen que permanece, en cambio, es la de una mujer temible, por desaforada, que se encuentra a la par de los hombres. Una monstruosidad que el poeta evoca medio siglo más tarde para causar espanto.
¿Habeis visto a Théroigne, amante de las matanzas / excitando al asalto a un pueblo descalzo / con las mejillas y los ojos de fuego, representando a su personaje / y subiendo con el sable en mano las escaleras reales? (Charles Baudelaire: Las flores del Mal)
En 1830, Eugene Delacroix representó a la Libertad bajo la forma de una mujer con el gorro frigio y los senos al descubierto, sucia por el combate en el que se encuentra empeñada, que esgrime una bandera republicana en una mano y un fusil con bayoneta en la otra. Ella alienta a una masa de todos los sectores de la sociedad para que la siga, en una revuelta contra el poder del monarca que había restringido la circulación de la prensa y suprimido las actividades del Parlamento. Es una imagen paradojal, porque si bien las mujeres participaron en todos los procesos sociales de la época, rara vez les fueron concedidas responsabilidades directivas. Podían ser aceptadas como metáforas, porque en la realidad no era demasiado probable que se las oyera. Aunque las mujeres hubieran perdido en los últimos años del siglo XVIII el miedo a hacer oír sus reclamos, de todos modos no tenían cómo hacerse valer en una sociedad que les reservaba un rol secundario, similar al de los menores de edad y los incapacitados. Esa insatisfacción acumulada, alimentó años después a las luchas de las socialistas y anarquistas. El reconocimiento de sus derechos como ciudadanas tardó muchas décadas en completarse. Elegir a las autoridades o ser elegidas ellas mismas como autoridades, son dos situaciones que no se aceptaron sin hallar enconada resistencia de parte de los hombres.

miércoles, 23 de abril de 2014

FEROCES MUJERES CELTAS

Mientras Roma se expandía como un inmenso Imperio de Europa, Asia y África, construido en torno al mar Mediterráneo, las tribus celtas ocuparon el norte y centro de Europa, hasta que la expansión de los pueblos germánicos, hace dos mil años, los hizo retirarse al norte del territorio que hoy ocupan España, Francia y Gran Bretaña. Sus descendientes se encuentran hoy entre los irlandeses, bretones y gallegos. Si los romanos habían organizado una refinada administración y un eficaz sistema de comunicaciones, que abarcaba gran parte del mundo conocido, los celtas tenían fama (inmerecida) de ser unos provincianos bastante rústicos y feroces. Se los despreciaba tanto como se los temía. Las mujeres celtas heredaban las propiedades de sus mayores y podían administrarlas por sí mismas, cuando no disponían de descendencia masculina que se la disputara. Ellas estaban autorizadas para litigar defendiendo sus derechos. Ellas participaban en el ejército y el gobierno del país, una situación que asombraba a los conquistadores romanos, hace dos mil años. Las mujeres usaban los cabellos largos y trenzados, campanillas en las ropas, se maquillaban con tinturas vegetales. Trabajaban a la par que los hombres y eran entrenadas desde la infancia en el uso de las armas. Cuando dos pueblos se enfrentan en prolongada guerra, no es raro que salgan a la superficie los prejuicios y difamaciones que se difunden con el objeto de rebajar al adversario que los había derrotado en 390 a.C. y ocupado Roma. De los celtas se conservan pocos documentos escritos, mientras que de los romanos hay abundante literatura que describe las costumbres de otras culturas. La posibilidad de que los romanos fueran ejemplos de contención sexual, no es una imagen que resulte verosímil. En una Historia de Diodoro Sículo, del siglo I antes de nuestra era, se afirma:
Aunque tienen [los celtas] mujeres muy hermosas, se ocupaban poco de ellas. (…) Los hombres son mucho más aficionados a su propio sexo; acostados sobre pieles, se divierten con un amante a cada lado. Lo más extraordinario es que no tienen el menor recato ni dignidad; se ofrecen a otros hombres sin la menor compunción. Además, este comportamiento no es despreciado o considerado vergonzoso: al contrario, si uno de ellos es rechazado por otro al que se ha ofrecido, se ofende. (Diodoro Sículo: Biblioteca Historica)
Para Julio César, que había fracasado en el intento de conquistar definitivamente las Galias, una mujer celta podía ser compartida por varios hombres. De acuerdo al testimonio de una celta del siglo IV de nuestra era, no estaba mal visto que una mujer concediera lo que se llamaba “amistad de los muslos” a los hombres que les interesaban, a pesar de estar casada. Las sacerdotisas druidas habrían realizado sacrificios humanos. En la mitología celta, las diosas guerreras, Medb de Conaught, Morrigan, Macha y Badb, son las encargadas de adiestrar a los hombres y acostarse con ellos (probablemente para mantener el ascendiente sobre ellos). La reina Medb compartía el lecho con dos hombres considerados reyes. Cuando aparece Aillil, un tercer pretendiente, debe liquidar en combate a uno de quienes lo precedieron. Algunas mujeres son capaces de luchar de igual a igual con un guerrero, tal como se cuenta Los celtas no perdían su tiempo, cuando se trataba de armar parejas. Al entrar en edad núbil una mujer (aproximadamente a los 12 años) la familia organizaba un gran banquete, al que invitaban a todos los hombres solteros de la tribu. La muchacha ofrecía agua para que se lavara las manos, a aquel que le agradaba como esposo. Bastaba ese acto para que se considerara la existencia de un compromiso solemne entre ellos.
El rito del matrimonio celta exigía la compra de la novia a su padre. El coibche, tinnscra o tochra era la dote que el novio debía pagar en cuotas anuales al padre de la novia. Una parte se la quedaba la familia, pero el resto le pertenecía a ella. Las mujeres podían acumular grandes riquezas por haberlas recibido en herencia, por administrar sus propiedades o como recompensa a sus habilidades militares (solo se les prohibió este desempeño hacia fines del siglo VII de nuestra era). Nadie esperaba que la mujer celta llegara virgen a su marido. El matrimonio no era obligatorio para las parejas que decidían unirse, y solo se lo consideraba definitivo después de siete años de convivencia. Se aceptaban el concubinato, por un año, renovable. Si el matrimonio fracasaba (por agresiones físicas o verbales), ambos cónyuges podían solicitar el divorcio. Los celtas eran acompañados por sus mujeres cuando iban a la guerra, una actividad que los ocupaba casi todo el tiempo. Lejos de ser una carga, las mujeres eran parte de las fuerzas de combate, como reconocían sus adversarios:
Una mujer celta iracunda es una fuerza peligrosa a la que hay que temer, ya que no es raro que luche a la par de sus hombres y a veces mejor que ellos. (Julio César).
Según cuenta Plutarco, la celta Chiomara fue capturada y violada por un militar romano. Cuando su esposo logró pagar el rescate que le exigían para liberarla, ella regresó al marido para informar lo que había sufrido y mostrarle la cabeza cortada de quien la había ofendido. El marido era considerado el jefe de la pareja, pero eso no le aseguraba el predominio sobre la esposa.
A su mujer pertenece el derecho de ser consultada sobre cada asunto. (Crit. Gablach)
Boudicca (o Boadicea) reina de la tribu británica de los iceni, encabezó la revuelta contra los invasores romanos, al mando de Julio César, que habían intentado apoderarse del territorio dos veces, hasta que lograron el someter a seis de las tribus británicas, entre las cuales aquella regida por el marido de Boadicea.
Dejen a los hombres vivir como esclavos, si así lo desean. Yo no lo haré. (Boadicea
) Aunque se había acordado que los icen debían pagar un tributo a los romanos, la reina no se rindió. Había quedado viuda y con dos hijas menores de edad, sin otros recursos que aquellos reservados por las leyes a financiar la dote de las hijas, porque el resto le fue confiscado por el emperador Nerón. Los romanos no se conformaban con la victoria; aspiraban a quedarse con todo lo que hubieran podido acumular los vencidos. Por eso, al atacar a los icen, expropiaron sus posesiones y los vendieron a ellos como esclavos. La reina y sus hijas fueron desnudadas en público, para despojarlas del respeto que se les tenía. A ella la flagelaron y las hijas fueron violadas por la tropa. La noticia del maltrato conmovió a los británicos y permitió que dejaran de lado los enfrentamientos tribales. Boadicea condujo con sus dos hijas, un ejército de cien mil hombres. Al ser derrotada por los romanos, prefirió envenenarse antes que sufrir de nuevo las humillaciones o el soborno de los conquistadores.
Un ejército entero de extranjeros no podría resistir el ataque de un puñado de galos, si se hicieran acompañar y ayudar por sus esposas. Las he visto surgir de sus cabañas convertidas en unas furias, el cuello hinchado, rechinando los dientes y esgrimiendo una estaca sobre sus cabezas, prontas a golpear salvajemente, sin olvidar las patadas y mordiscos, como si fueran los proyectiles de una catapulta. Unas lobas en celo no lucharían tan rabiosamente para proteger a su camada como ellas. (Amiano Marcelino)
En el quinto siglo de la era cristiana, todavía se prohibía a las mujeres celtas que utilizaran las armas. En cuanto a la poligamia y la poliandria, que se apartaban de la doctrina cristiana sobre el matrimonio, subsistieron en territorio celta hasta entrado el siglo XI. En Escocia se fundó en el siglo VII una escuela a la que asistían niños y niñas en las mismas condiciones. Aún después de las derrotas militares y la reeducación cristiana forzada, la concepción de la independencia femenina persistió entre los celtas.

sábado, 19 de abril de 2014

MUJERES IMAGINARIAS DE GUILLERMO DIVITO

Las Venus de Wilendorf o Vestonice, documentan los límites de las ensoñaciones eróticas masculinas del Paleolítico, referidas las mujeres. Enormes pechos, grandes caderas y cabezas carentes de rasgos. Revelan poco espacio para el cerebro. Es un resumen de la anatomía femenina, que los cazadores llevaban probablemente como amuleto, cuando se apartaban de las mujeres para buscar alimento. Las figuras minoicas representadas en frescos de hace tres mil años, plantean mujeres seductoras, de grandes ojos y bocas pintadas, con los senos al aire, cabelleras onduladas y cinturas estrechas, que ondulan en sus faldas ajustadas.
Comparadas con ellas, las mujeres griegas de cabellos cortos, sin maquillaje, cubiertas por ropajes sueltos, no intentan competir en la tarea de atraer a los hombres. Su cultura no se los permite. Ellas debían ser discretas y reservarse para sus esposos, que las utilizaban para engendrar hijos, no para deleitarse con su compañía. Las geishas y actrices de los grabados pornográficos de Utamaro, tienen rostros redondeados, largas narices, bocas minúsculas y muslos carnosos, que prometen utilizar todos los recursos de su cuerpo para experimentar todas las posibilidades del placer que la Naturaleza le ha otorgado a las mujeres, y eventualmente contagiarlo a un hombre.
Hasta el Medioevo europeo, que puede verse como una época que dedicaba escasa atención al sexo y cuando lo hacía lo condenaba al presentarlo como una de las herramientas más temibles del Demonio, se encargó de representar a mujeres embarazadas, de piel perfecta y mirada soñadora, con la excusa de utilizar como paradigma insuperable de belleza a la Virgen María.
 Los hombres de las culturas más opuestas, fantasearon siempre con mujeres que por su aspecto físico prometen ser las reproductoras más idóneas. Una institución como el harem islámico, propiedad de un hombre que legítimamente dispone de un repertorio ilimitado de hembras, establecido para su exclusivo disfrute, ha sido una de las fantasías más deleitosas e imposibles del imaginario de Occidente.
Ningún hombre en su sano juicio espera que esas hembras perfectas y en stand by existan en la realidad. Se trata de visiones parcializadas de lo femenino ofrecidas a sus consumidores, antes por los artistas plásticos, hoy por los medios masivos, capaces de estimular el natural apetito de los hombres por las mujeres, que al mismo tiempo les informan que deben resignarse a que no les resultará nada fácil encontrar algo parecido cuando traten de hallar pareja.
Las pin-ups de Alberto Vargas poblaron desde la revistas para hombres y la publicidad gráfica, las ensoñaciones eróticas de los varones norteamericanos de mediados del siglo XX, con sus ropas agitadas por el viento y la muy libre exhibición de cuerpos redondeados. Ellas estaban más desvestidas que sus predecesoras, las míticas chicas Gibson de comienzos del siglo XX, pero la representación de mujeres con cintura de avispa, muslos interminables, pies minúsculos, grandes senos y caderas prominentes, promotoras de la última moda y dispuestas a exhibirse con mayor liberalidad que las mujeres del mundo real, pueden ser menos enfáticas en su exhibición de piel, pero se ajustan a los mismos criterios de exaltación de lo erótico, en detrimento de cualquier otra manifestación de lo femenino en el mundo moderno.
En la Argentina de mediados del siglo XX, las chicas dibujadas por Guillermo Divito planteaban un ideal femenino que hubiera sido inútil buscar en la realidad, porque solo existía en las páginas de Rico Tipo, una revista dirigida a los hombres, que los niños podían hojear desde que comenzó a publicarse en 1944, sin demasiados riesgos de exponerse a información que gente de más edad hubiera juzgado que resultaba inadecuado para su edad.
Las chicas de Divito andaban casi siempre juntas, de a dos, tres o cuatro, con lo que multiplicaban el placer de admirarlas desde distintos ángulos, a la par que dificultaba cualquier intento de abordarlas. Por el momento, parecían enfrascadas en su diálogo, pero no costaba imaginarlas unidas contra cualquier intruso. Ellas no percibían la vecindad de los observadores, y por lo tanto no reprimían sus opiniones poco amables respecto de los hombres.
Divito las representaba comentando sin pelos en la lengua las incidencias grotescas a las que se veían expuestas las mujeres durante la vida en pareja o las inevitables rivalidades con otras de su mismo género. Nada les resultaba más ajeno que la actualidad política o los conflictos sociales. Con otras ropas, hubieran podido ser figuras de la Corte de Luis XIV, inmorales e ingeniosas, pero de todos modos triviales.
Los hombres que Divito dibujaba eran bajos, feos o por lo menos ridículos, narigones, dotados de grandes vientres y piernas delgadísimas, ojos desorbitados por el deseo, sin señales de sexo, mientras las mujeres se encontraban siempre en la plenitud de sus encantos, seguras del poder que tenían sobre el otro género. En los chistes, al menos, lo peor que podía pasarle a un hombre era que alguna mujer muy superior a él, que en la realidad nunca lo tomaría en cuenta como pareja, se burlara de su torpeza, aunque simultáneamente le permitiera observarla. Sigmund Freud lo había explicado varios años antes, en un ensayo difícil de leer, sobre cuya existencia es probable que los lectores de Rico Tipo no tuvieran la menor idea, porque a diferencia de la prensa norteamericana dirigida al mismo sector (Esquire, por ejemplo) la alta cultura no se entrometía en sus páginas para redimir la declarada liviandad del pasatiempo).
El lector de Rico Tipo reía, espontáneamente, sin necesidad de efectuar el menor esfuerzo de interpretación de las imágenes, y a pesar de ello no sabía por qué lo estaba haciendo. Reírse de las humillaciones eróticas de personajes masculinos ridículos (equivalentes a los eunucos del harem islámico) y de las ocurrencias de mujeres formidables, pero a la vez incapaces de percibir el fisgoneo de los lectores, fundamentaban un programa editorial infalible. En Rico Tipo circulaba un humor adulto y heterosexual, pero sin atisbos de genitalidad. Las chicas tan deseables, aparecían siempre seguidas y deseadas, pero no asediadas, por hombrecitos muy inferiores, que guardaban respecto de ellas la misma desproporción física que tienen los sapos machos respecto de las enormes hembras de su especie.
Mi chica no responde a un tipo real y determinado de mujer, pues jamás he trabajado con modelos vivientes. En esto tuve la primera gran sorpresa de mi vida: primero creé a la chica… ¡y después comencé a verla en la calle! (Guillermo Divito)
Los cuerpos de las chicas de Divito revelaban desproporciones que terminaban por imponerse como un canon de belleza, si se las comparaba con mujeres de la realidad. Tenían piernas interminables, pies minúsculos, cinturas diminutas, grandes pechos y caderas. Usaban poca ropa, pero nunca llegaban a destaparse demasiado, a diferencia de las pin-ups de Vargas, eternas víctimas del viento que les levantaba la falda y las ropas demasiado ajustadas, a punto de reventar ojales y disparar lejos los botones.
En una revista declaradamente trivial como Rico Tipo, que dejaba de lado cualquier intento de sátira social, se utilizaba el erotismo para convocar a una masa considerable de lectores deseosos de renovar, semana tras semana, la exhibición de estilizados cuerpos femeninos. Hay que estar insatisfecho, para pensar con tal dedicación en un solo aspecto de las mujeres.
A pesar de las expectativas, el sexo quedaba siempre fuera de las páginas de Rico Tipo. No había en ellas escenas de cama, ni representaciones del coito. La actividad sexual de los personajes había ocurrido mucho antes de lo que mostraba la imagen o podía ocurrir mucho después, y en todos los casos debía comunicarse mediante alusiones verbales y sobreentendidos. Los cuerpos femeninos dibujados por Divito son tentadores, pero se anuncian intocables. Pueden ser destapados hasta cierto punto, pero no desnudados. Respetan un código del pudor que pone límites a la infracción aparente y lo vuelve aceptable en una sociedad que no se siente cómoda con las amenazas que trae la modernidad.
¿Es que las mujeres no solo iban a tener voto y copar los puestos de trabajo, sino que también reivindicaban un rol activo en la sexualidad? Los intentos de destape iban acompañados por demostraciones paradojales de pudor. En el cine de México y Argentina de la época, el ombligo de las bailarinas debía cubrirse con una gran lentejuela, una cadena o un cinturón, como si se hubieran propuesto respetar las restricciones establecidas por el Código Hays para el cine de Hollywood, a comienzos de los años `30.
Divito (como era también el caso de Vargas) se las compone para evitar la representación del ombligo en las escenas de playa. Poco antes de la invención del bikini, los traseros femeninos dibujados por Divito aparecían como un bulto notable pero sin mayores detalles. En los `50 aparecieron en los espectáculos de Buenos Aires vedettes como Nélida Roca o Nélida Lobato y los glúteos femeninos comenzaron a exhibirse en el escenario de los teatros de revista (aunque no en el cine y de ningún modo en la naciente televisión) por lo que en los dibujos de Divito pasaron a tener tanta importancia como los senos.
Iba quedando atrás la época de la mujer seductora pero imprecisa, más soñada que táctil, como la madura Marlene Dietrich en una escena de Kismet, cuando baila en un traje que aparenta ser transparente, en el que sin embargo no exhibe más de lo que una señora decente solía revelar en una reunión social. Hasta los años `40, la trasgresión permitida a los medios consistía en dar en imaginar. Una década más tarde, eso comenzó a cambiar.
El imaginario de las chicas de Divito fue quedando atrás a medida que la modernidad se impuso. La caricatura no hacía falta para transgredir mediante caricaturas poco verosímiles, el eterno deseo masculino de ver representada la sexualidad. Se iniciaba la era de Playboy o Hustler, con su declarada exhibición de carne femenina que no deja a ningún observador ninguna duda sobre la realidad de los cuerpos registrados por la cámara fotográfica.
Para excitar a los observadores, la estilización parece haberse desechado, aunque regrese bajo la forma de siliconas y fotoshop. Desde la actualidad, las chicas de Divito continúan siendo irreverentes, pero al mismo tiempo controladas, casi intelectuales, por lo tanto respetables, parte de una Historia del Erotismo que no termina de escribirse.

jueves, 17 de abril de 2014

BODAS TEMPRANAS

En el siglo IV de nuestra era, los jóvenes Aelia Gala Placidia y Euquerio prometieron casarse. Al hacerlo, dejaban constancia de los acuerdos establecidos entre sus dos familias, pertenecientes a la nobleza del Imperio Romano de Occidente. Ella tenía siete años y él diez. Intercambiaron las arras, que consistían en dinero u objetos de valor. El compromiso de menores de edad estaba permitido por la ley romana, pero la consumación de la boda debía postergarse hasta que ambos hubieran madurado sexualmente. En las sociedades primitivas, la existencia humana suele ser corta, porque se encuentra amenazada por enfermedades mal diagnosticadas y peor atendidas, el hambre, la guerra y otras penurias. Para evitar la desaparición de la especie, la vida debe ser preservada mediante la procreación temprana. Si se espera el momento más oportuno para establecer una pareja, puede ocurrir que la muerte se adelante y frustre la empresa. Desde hace miles de años, los textos sagrados de la Indica aconsejan a los hombres casarse pronto y en lo posible con mujeres más jóvenes, que suelen ser las más fértiles y probablemente las más fáciles de controlar, sea para las familias que las entregan, como para los maridos que las reciben.
Un hombre de 30 años debe casarse con una niña de 12 que le guste. Un hombre de 24 con una niña de 8 años de edad. Si sus deberes no se lo impidieran, se debe casar antes. (Leyes de Manu Smiriti)
En el mundo no desarrollado, el matrimonio temprano no afecta por igual a los hombres y las mujeres. Mientras el 74% de las jóvenes de la República Democrática del Congo se ha casado antes de los 19 años, solo un 5% de los varones se encuentra en la misma situación. Para las naciones islámicas, casarse con una niña que acaba de pasar por la primera menstruación, es una costumbre bien evaluada por los hombres que las doblan o triplican en edad. Casarse con una hembra inexperta les asegura su virginidad, garantía de que el marido no habrá de sufrir contagio de enfermedades venéreas traídas por ella, tanto como la sumisión de la esposa, que aceptará el maltrato y la subordinación, porque quedaría marginada de la sociedad si el marido la repudiara. Las niñas de Bangladesh son casadas apenas alcanzan la pubertad, para aliviar a la familia de la carga económica que representa su crianza. En el caso de provenir de una familia muy pobre o carecer de padres, se la entrega en matrimonio a hombres mayores, que ya tienen otras esposas, para quienes la nueva pasa a ser una sirvienta sin paga. A veces los matrimonios son falsos, la joven es apartada de los suyos para trasladarla fuera del país, donde al hallarse sola y desconcertada, se la prostituye sin mayores obstáculos.
En Afganistán se celebran bodas de niños, sobre todo en los sectores campesinos y los más pobres de las ciudades. La motivación suele ser económica: los padres de la novia reciben de los novios de más edad el pago de una dote que equivale al doble de los ingresos promedio de una persona durante un año. Criar niñas para casarlas a buen precio, es una inversión que conviene amortizar lo antes posible. En ciertos casos, las familias pagan con las arras las deudas que han acumulado durante años De acuerdo a la UNICEF, 43% de los matrimonios que se efectúan en ese país incluyen a menores de edad. En Etiopía, de acuerdo a las Naciones Unidas, el 90% de las niñas se casa antes de los 14 años, en abierto desafío a las leyes, que estipulan los 19 años como edad mínima (la discrepancia se soluciona pagando una módica multa).
En la India se calcula que hay en la actualidad un millón y medio de niñas menores edad casadas, de las cuales una quinta parte han sido madres antes de cumplir los 15 años. En 2006 el Parlamento aprobó una ley que declara nula cualquier unión de menores de 18 años y compromete a los familiares a mantener a las jóvenes hasta que alcancen la mayoría de edad.
El matrimonio precoz es muy común en África y Asia Meridional, aunque también se da en Oriente Medio y algunos lugares de América Latina y Europa Oriental. Por ejemplo, en Etiopía y en determinadas zonas de África occidental, el matrimonio a los 7 u 8 años de edad no es infrecuente. En Nigeria, la edad promedio al contraer el primer matrimonio es a de 17 años. (…) En Asia meridional, el matrimonio de menores es especialmente común en las formas rurales, pero también se observa en las zonas urbanas. En Nepal (...) 7% de las niñas están casadas antes de los 10 años de edad y 40% a los 15 años. (Pan American Health Organization: Informe 2003)
Se ha denunciado que en comunidades campesinas de Oaxaca, México, los padres pueden vender a sus hijas menores de edad, recibiendo el pago en efectivo o ganado y semillas. Un número considerable de niñas entre los 12 y 14 años son casadas, a pesar de que la ley establece los 14 años como edad mínima. En la India, no es raro que un niño de siete años sea casado con una niña de la misma edad, a la que no ha tenido la oportunidad de conocer, ni está en condiciones de fecundar, en abierto desafío a lo estipulado por el Código Civil hindú. Se trata de una costumbre más antigua, que aconseja aprovechar las ocasiones más propicias para la felicidad futura de la pareja, tal como la anuncia el horóscopo tomando en cuenta el costo menor que el de las ceremonias de adultos, mientras se le da la espalda a las ideas modernas de los legisladores, que pretenden terminar con esa tradición. La boda entre niños brinda la oportunidad de relacionar a dos familias pertenecientes a una misma casta social y la negociación es un asunto manejado por los adultos, en el que los jóvenes tienen un rol secundario. Durante la Edad Media europea, en un contexto de guerras feudales y deficientes condiciones sanitarias, la gente rara vez llegaba a cumplir los cincuenta años. No era extraño que los matrimonios se celebraran cuando los contrayentes tenían alrededor de veinticinco años. Eso permitía establecer una base económica más confiable para la nueva familia y ampliaba las posibilidades de seleccionar con cuidado a la pareja. En el mundo desarrollado de la actualidad, por razones que nada tienen que ver con las tradicionales (mejoramiento de las expectativas de vida, descrédito de las instituciones) los jóvenes demoran cada vez más el matrimonio. En la actualidad, no más del 4% de las mujeres norteamericanas se casan antes de los dieciocho años y apenas el 1% en Alemania. No es que los chicos y chicas dejen de lado la temprana actividad sexual, ni tampoco que supriman la procreación, pero no se deciden a comprometerse en una relación estable con sus parejas, hasta considerar que han concluido sus estudios y afianzado sus carreras, han disfrutado de viajes, han reunido un capital, se han asegurado de que están con la persona que más les conviene, han experimentado con otras parejas, etc. La idea implícita en este retardo de la decisión de casarse, es que de acuerdo a las estadísticas, ellos disfrutarán la vida hasta los setenta u ochenta años, gracias a los antibióticos, las vacunas, los sistemas de protección social, etc. ¿Por qué apresurarse a formalizar una relación, cuando en cualquier momento pueden enamorarse de otras personas y la sociedad tolera mejor que en el pasado las uniones de hecho?
Tanto para las muchachas como para los muchachos, el matrimonio prematuro tiene un profundo efecto físico, intelectual, psicológico y emotivo, limitando las oportunidades educativas y las posibilidades de crecimiento personal. Para las niñas, además, representa el riesgo prácticamente inevitable del embarazo y parto prematuros, y invariablemente las conduce a llevar una vida de servidumbre doméstica y sexual que escapa totalmente a su control. (UNICEF: Innocenti Digest Nº 7)
De acuerdo a la perspectiva de gran parte de los países occidentales, establecer una pareja entre un hombre adulto y una menor de edad es ilegal, se lo considera una violación y se lo pena como tal, aunque la joven y sus familiares hayan dado su consentimiento, sea para eludir amenazas de los pretendientes, o ante la promesa de recibir regalos. La simple aceptación de los padres, en Colombia, basta para rebajar la edad mínima establecida por las leyes para el matrimonio, de los dieciocho años para ambos sexos, hasta permitir que se casen chicas de doce y varones de catorce. En países tan opuestos como los EEUU, Argelia, Chad, Costa Rica, Líbano, Rumania, Libia o Uruguay, donde predominan distintas religiones y sistemas económicos, el matrimonio es entendido como una salida honorable que se ofrece a los violadores de una menor que ha quedado embarazada. Si el responsable del estupro intenta evitar la cárcel, se casa con la víctima y queda libre de cualquier sanción, como si todo lo sucedido se compusiera gracias a un trámite burocrático. Todos los años se celebran diez millones de bodas entre menores de edad, con el consentimiento de sus padres. En países africanos como Chad, Níger y Mali, dos tercios de las niñas se casan antes de los 15 años. Aproximadamente la mitad hace lo mismo en Mozambique, Nepal, Burkina Faso. El porcentaje de India, Uganda o Nicaragua es inferior, pero de todos modos alarmantes para organismos internacionales como la UNICEF. Las guerras tribales y la difusión del VIH en África o las guerras del Golfo en Irak, parecen influir en el aumento de matrimonios prematuros, organizados por familias que no tienen cómo mantener a sus hijas y solo desean librarse de ellas, despreocupadas de la explotación a la que pueden quedar expuestas.

martes, 15 de abril de 2014

PASIÓN DE ELOÍSA

En este silencioso y triste albergue / de la inocencia venerable asilo / donde reina la paz sincera y justa / en sosegado y plácido retiro, / y la verdad austera y penitente / sujeta la razón al albedrío; / ¿qué tempestad, que tempestad, qué horror tan impensado / vuelve a turbar el corazón tranquilo / de esta débil mujer? ¿Qué nueva llama / se aviva en lo interior del pecho tibio? ¿Quién renueva mi amor mal apagado? / Amor, cruel amor, un fuego antiguo / empieza a renacer en mis entrañas. (Eloísa: carta a Abelardo)
A comienzos del siglo XXI, las numerosas acusaciones de abusos sexuales que enfrentan los sacerdotes católicos, recuerda a los feligreses que hubieran deseado continuar viéndolos como seres angelicales, asexuados, que ellos son también seres humanos, por lo tanto contradictorios, a veces nada confiables, que no siempre practican lo que predican. Tormento, la novela de Benito Pérez Galdós, y El Crimen del Padre Amaro, de Eça de Querois, documentan una situación tal vez menos generalizada, pero no distinta, vivida por el clero del siglo XIX, cuando el tema llegó a tomar forma literaria, aunque existía desde mucho antes. El impulso sexual es muy fuerte y el celibato que el catolicismo impone a sus ministros, constituye un desafío que supera a la decisión de servir a Dios de muchos. A comienzos del siglo XII, el clérigo Abelardo era un maduro y famoso profesor universitario, también un compositor de canciones, asediado por los estudiantes de Paris que aspiraban a oír sus conferencias, tras haber derrotado en una polémica a su maestro, Guillaume de Champeaux. Hasta cinco mil jóvenes concurrían a sus conferencias pagas, que le suministraban prestigio y un buen pasar. La posibilidad de que la Teología pudiera despertar tal entusiasmo en la juventud de la Edad Media, indica las enormes restricciones que se ejercían sobre el ambiente intelectual de la época, dominado por el magisterio hasta entonces indiscutido de la Iglesia, institución que limitaba cualquier búsqueda intelectual a la relectura de unas pocas fuentes del pasado, las únicas autorizadas. Entre los discípulos de Abelardo se contaron medio centenar de Obispos franceses, ingleses y alemanes, diecinueve Cardenales y hasta un Papa. Tanto prestigio le trajo una oferta inesperada: convertirse en el tutor de Eloísa, la sobrina huérfana de Fulberto, el Canónigo de Paris. En la actualidad, cuando miles de mujeres entran en las universidades y se capacitan en las profesiones más variadas, eso no llamaría la atención. Las mujeres quieren estudiar y nadie les pone barreras, porque de hacerlo quedarían en evidencia. En el Medioevo, la instrucción femenina quedaba reducida a lo doméstico. Se las formaba para ser dedicadas esposas y madres. ¿Cómo podía interesarse una mujer en el estudio de materias tan ajenas a las preocupaciones de su género, como Teología, Griego, Hebreo y Latín? Hasta las damas de la clase alta, rara vez aprendían a leer y escribir, porque consideraban que los estudios, como la guerra, eran actividades peligrosas, que desde tiempos inmemoriales habían quedado reservadas para los hombres. Durante la cercanía que facilitaban las lecciones particulares, Abelardo se enamoró de Eloísa, y en lugar de controlar sus impulsos, como exigía la situación de un hombre de la Iglesia, fue incapaz de controlar sus impulsos. Compuso canciones para ella, que se han perdido. Ella le correspondió con un entusiasmo no inferior al de su búsqueda de conocimientos. La relación secreta había durado cuatro años, cuando ella quedó embarazada y parió un hijo al que nombró Astrolabio. No sería justo comparar a Eloísa con Eva, portadora de una manzana fatal para el destino de su pareja y el suyo. Eloísa no tenía diecisiete años al iniciar la relación, por lo tanto era veinte años más joven que el maduro profesor. Ella era la inexperta que buscaba instrucción, él un seductor que la tenía a su entera disposición.
Los libros permanecían abiertos, pero el amor, más que la lectura, el tema de nuestros diálogos; intercambiábamos más besos que ideas sabias. Mis manos se dirigían con más frecuencia a sus senos, que a los libros. (Abelardo: Historia de mis calamidades)
La historia de la pareja pecadora hubiera podido concluir allí mismo, como la historia de Francesca de Rimini, contada por Dante Alighieri en unos pocos versos de La Divina Comedia: una mujer atractiva se dedica a leer libros en compañía de un hombre joven, que no es un extraño, sino el hermano de su marido, y no hace falta nada más para que los dos se hundan en una pasión adúltera, que al ser descubierta les depara la muerte de manos del marido ofendido y la permanencia de ambos en uno de los círculos del Infierno. Cuando el poeta y narrador los encuentra y reconoce, el hombre avergonzado calla y la mujer habla por él:
El amor, que se apodera pronto de los corazones nobles, hizo que éste [Paolo] se prendase de aquella hermosa figura que me fue arrebatada del modo que todavía me atormenta. El amor, que al que es amado obliga a amar, me infundió por éste una pasión tan viva que, como ves, aún no me ha abandonado El amor nos condujo a una misma muerte. El sitio de Caín espera al que nos quitó la vida. (Dante Alighieri: La Divina Comedia)
Cuando Eloísa quedó embarazada y le fue imposible ocultarlo, Abelardo y ella se fugaron a Bretaña, la región natal del hombre. Allí contrajeron matrimonio y tuvieron a su hijo Astrolabio. Fulberto, el tío de la joven los persiguió, y unos sicarios que ejecutaban sus órdenes, castraron a Abelardo. La Justicia intervino, los agresores fueron cegados y sometidos a una mutilación similar. El hombre se sumió en la depresión e ingresó un monasterio. El hijo fue entregado a una de sus hermanas, y con el tiempo siguió la carrera eclesiástica. Abandonada, Eloísa entró a un convento. ¿Le quedaba otra alternativa? Separados para siempre, los amantes intercambiaron una correspondencia que ha llegado a la posteridad. Según otra versión menos idealizada de la misma historia, Eloísa se resistió al matrimonio, para no arruinar la carrera académica de Abelardo, que hubiera debido permanecer soltero para continuar enseñando al amparo de la Iglesia. Por eso ella negó luego en público haber contraído matrimonio. No es imposible que el prudente Abelardo fuera quien propuso a Fulberto el matrimonio secreto con su sobrina y posterior encierro de Eloísa en un convento, con el objeto de retener su cátedra y continuar manteniendo la relación clandestina. Desde esta perspectiva, el hombre se muestra cada vez más mezquino y ella en una víctima de la desconsideración de su pareja. Después de la boda clandestina y el nacimiento del hijo, el tío de Eloísa habría sospechado que Abelardo planeaba abandonar a su sobrina en el convento. En represalia, habría planificado el complot que culminó con la mutilación del hombre. Las cartas que ambos intercambiaron durante años, no permiten aclarar demasiado las circunstancias. En esos textos, Abelardo se muestra todo el tiempo arrepentido de lo sucedido entre ambos:
Tú sabes a qué bajeza me arrastró mi desenfrenada concupiscencia a nuestros cuerpos. Ni el simple pudor, ni la reverencia a Dios fueron capaces que apartarme del cieno de la lascivia, ni siquiera en los días de la Pasión del Señor. (Abelardo: carta a Eloísa
) Fornicar en Semana Santa era una abominación tanto más repulsiva que haber violado los votos de castidad de un clérigo. Abelardo se presenta como un pecador humillado, que si bien no se encuentra en condiciones de continuar la frecuentación sexual que antes había disfrutado, no intenta reducir la magnitud de la falta que dejó atrás.
Eloísa, te amo más que nunca, y voy a descubrirte mi corazón: he ocultado mi pasión después de mi retiro, al mundo por vanidad y a ti por compasión; te quería curar con mi fingida indiferencia y excusarte las crueles amarguras de un amor sin esperanza. La soledad en que creí hallar un asilo contra ti, deja que ocupes sola mi corazón y mi entendimiento; por más que procuro apartarme de ti, tu imagen y mi pasión sigue sin cesar. (Abelardo: carta a Eloísa)
Durante años, Abelardo intentó convencer a su ex amante de que ella debía arrepentirse de lo sucedido, tal como él había hecho. El hábil argumentador que deslumbraba a los estudiantes universitarios con sus discursos, consigue en su correspondencia lo contrario de lo que pretende. Las cartas enviadas por la mujer delatan una pasión perturbadora, que no cede con el tiempo transcurrido, ni con la distancia física que se ha establecido entre ambos. Ni la castración de él, ni los votos religiosos pronunciados por ambos, impiden que Eloísa continúe enamorada.
No me escribas, no me escribas más; que ya es tiempo de poner fin a una correspondencia que hace infructuosas nuestras mortificaciones (...); mientras nos lisonjee la memoria de nuestros placeres pasados, nuestra vida será tormentosa y no gustaremos de las dulzuras de la soledad. (Abelardo: carta a Eloísa)
El nombre de esposa parece ser más santo y más vinculante, pero para mí la palabra más dulce es la de amiga, y si no te molesta, la de concubina o meretriz. Tan convencida estaba de que, cuanto más me humillara por ti, más grata sería a tus ojos y también causaría menos daño al brillo de tu gloria. (Eloísa: carta a Abelardo)
A Eloísa le tocó morir veinte años después de su amado. Consiguió que la enterraran en la misma tumba que él, incapaz de continuar oponiéndose desde el más allá. Sobre los restos de ambos sembraran un rosal.

domingo, 13 de abril de 2014

MUJERES QUE LOS HOMBRES INVENTAN

Pigmalion se dirigió a la estatua [de Galatea] y al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera se ablanda a los rayos del sol y se deja manejar con los dedos. (...) Volvió a tocar la estatua otra vez y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos. (Ovidio: Las Metamorfosis)
Galatea y Pigmalion
En el mito clásico, Pigmalion, rey de Chipre y escultor eximio, por no encontrar ninguna mujer a la altura de sus expectativas, se mantenía apartado de todas ellas, hasta enamorarse de Galatea, una figura de marfil que él mismo había construido y a quien la diosa Afrodita, en atención a las plegarias del hombre, decide otorgarle vida.
No es de extrañar que ambos fueran felices, porque ella estaba hecha a la medida del hombre que la había inventado (una circunstancia que la inmensa mayoría de los hombres no puede replicar). La pareja se afianzó con el nacimiento de un hijo, al que llamaron Pafo.
En otra versión del mito, que tiene un desenlace menos amable, después de haber convivido con su creación, Pigmalion ofende a Afrodita, que lo castiga, devolviendo a Galatea su condición de objeto inanimado, con lo que aprisiona y mata al hombre con los brazos y el sexo, durante el coito.
Audrey Hepburn en My Fair Lady
El dramaturgo George Bernard Shaw, que no se caracterizaba precisamente por aceptar las convenciones sociales de su época, planteó en la comedia Pygmalion las paradojas de una relación pedagógica, donde el hombre pretende formar a la mujer que habrá de acompañarlo. El profesor Higgins, caballero maduro, que no le ha concedido mayor espacio a las mujeres en su vida (probablemente, porque su madre lo controla todavía) acepta la oferta de Eliza Dolittle, una florista inculta que desea aprender a hablar correctamente, para superar los límites que le plantea su origen popular y falta de instrucción, en una sociedad tan clasista como la inglesa de comienzos del siglo XX. Después de un tiempo de convivencia, tras completar un arduo trabajo educativo, Higgins considera satisfecho el desafío y se desentiende de la mujer, porque a pesar de la cercanía que se ha establecido, no puede verla como su pareja. ¿Qué puede haber más halagador para el ego de un hombre que inventar a su pareja? Un proyecto como ese demostraría sus ilimitados poderes de creador y (simultáneamente) la materia dócil de la que estarían hechas las mujeres.
En la pieza teatral de Shaw, en cambio, la mujer crece intelectualmente durante la relación con su mentor, más allá de sus objetivos iniciales, mientras él continúa siendo tan ciego o necio, que deja pasar la oportunidad de retenerla como pareja. La comedia musical My Fair Lady se encargó de “corregir” esa visión antirromántica, poco favorable de las fantasías masculinas, haciendo que en un final agregado (no se entiende por qué, fuera del intento de halagar a la audiencia de Broadway) Eliza acepte el control de un hombre que objetivamente ya no le conviene, ni le hace falta.
Hay una fantasía flotando, tenaz, en nuestra cultura, desde hace siglos: la de que el hombre creó a la mujer. Y otra aún más osada, que procede de ella: la de que el hombre produce criaturas femeninas más hermosas y mejores que las mujeres, con las que puede sustituir a éstas para lo bueno y para lo malo, para el amor sublime y la paliza mortal. (Pilar Pedraza: Máquinas de Amar)
Marc Chagall: Sobre la aldea
No es improbable que muchas parejas se formen porque sus integrantes alimentan una visión errónea de la otra persona, motivo más que suficiente para generar conflictos, desengaños, reclamos y hasta la ruptura, una vez que la vida cotidiana permite descubrir la verdad oculta durante la etapa del enamoramiento. Otras parejas nacen del esfuerzo deliberado de uno de los miembros para acomodar a la otra persona a sus expectativas. En estos casos, no se busca a la mujer o el hombre ideales, que pueden no aparecer nunca, porque se los inventa a partir de los materiales suministrados voluntaria o involuntariamente por otro ser humano que (lo más probable) no se corresponde demasiado con esa imagen. Hacia el final del siglo XIX, Auguste Villiers de L´Isle Adam describió en Una Eva futura una muñeca metálica, alimentada por la electricidad de Thomas Alva Edison, a instancias de un noble inglés, que de ese modo reemplazaba a una mujer tan hermosa como estúpida. Hadaly, la criatura artificial, era físicamente perfecta y estaba lubricada con aceite de rosas. A diferencia del monstruo compuesto por partes de cadáveres que aparecen en Frankenstein de Mary Shelley, una figura masculina que causa horror por su fealdad e incapacidad de obedecer las órdenes de su creador, la autómata femenina se organiza exclusivamente para satisfacer las fantasías masculinas. En las culturas patriarcales, que restringen la iniciativa femenina, suelen ser los hombres quienes elaboran la imagen de su pareja ideal, y en lugar de investigar en la realidad si existe alguien que se corresponda o resignarse a las inevitables discrepancias que revelan las mujeres, deciden fabricar una mujer a su medida, como si no hubiera otra manera de quedar satisfechos. En Vertigo, el filme de Alfred Hitchcock, basado en una novela policial de Boileau-Narjerac, se asiste a las inquietantes actividades de un hombre que ha presenciado la muerte de una mujer que ama, y en lugar de resignarse, encuentra a otra, diferente en muchos aspectos, y se dedica a transformarla en aquella que perdió.
Era Madeleine resucitada, Madeleine que se quedaba inmóvil, como si le huybiera reconocido; Madeleine que ahora avanzaba, algo pálida, con la mismo triste interrogación en los ojos. Él alargó su mano escuálida hacia ella y seguidamente la retiró. No. La imagen de Madeleine aún no era perfecta. (Boileau-Narjerac: De entre los muertos)
Parir un ser humano es un privilegio otorgada por la Naturaleza (también una responsabilidad) de las mujeres, mientras que la misma función solo puede ser una metáfora inadecuada o parte del delirio cuando se refiere a un hombre.
Juan Domingo Perón y Eva Perón
Los demiurgos no permanecen indiferentes a las mujeres excepcionales que habrían creado. Juan Domingo Perón, al iniciar su carrera política en Argentina, tuvo a Eva Duarte, su segunda esposa, como discípula. Esto no solo fue afirmado por él (en una confesión que puede suscitar incredulidad) sino también por ella, reiteradamente y con orgullo, como si la sumisión al hombre público debiera servir de modelo a los seguidores del político.
Dije que me había resignado a ser víctima. Más aún, me había resignado a vivir una vida común. (…) Y no veía ninguna esperanza de salir de ella. (…) En el fondo de mi alma, no podía resignarme a que aquellos fuera definitivo. Por fin llegó “mi día maravilloso”. Para mí fuel día en que mi vida coincidió con la vida de Perón. El encuentro me ha dejado en mi corazón una estampa indeleble, y (…) señala el comienzo de mi verdadera vida. (Eva Perón: La razón de mi vida)
Frida Kahlo y Diego Rivera
El pintor Diego Rivera entabló una relación de mentor / discípula con Frida Kahlo, que también era su esposa y tardó en revelarse como una artista no menos dotada que él. Ella aparece muy de vez en cuando en los cuadros de él, perdida entre personajes que tienen mayor peso. Ella, en cambio, lo representa a él como uno de sus temas fundamentales. Cada uno sigue caminos distintos, incluso opuestos. A la temática histórica y política que ofrecen los murales de Rivera, las obras de Kahlo oponen una búsqueda introspectiva y autobiográfica. Mientras uno ocupa inmensos espacios públicos y temas que deben aleccionar a las masas, ella se limita a elaborar cuadros pequeños, bocetos en cuadernos y anotadores, elaborando metáforas personales, de difícil interpretación. Rivera participa en una intensa vida social, mientras Frida vive postrada. Aquello que el hombre omite, pasa a ser el territorio privilegiado para la mujer. De acuerdo a una de las hijas de Rivera con otra pareja, su padre corregía la obra de Frida, le otorgaba una dimensión que de otro modo hubiera carecido. Eso es discutible. Él la incluía a ella como personaje secundario de sus murales, donde figura todo el mundo, desde gente célebre a seres anónimos, mientras ella le da un rol central, lo pinta hasta en su autorretrato, en un escapulario que lleva tatuado en su frente.
Diego: / Nada comparable a tus manos / ni nada igual al oro – verde de / tus ojos. Mi cuerpo se llena / de ti por días y días, eres / el espejo de la noche, la luz / violenta del relámpago, la / humedad de la tierra. El / hueco de tus axilas es mi / refugio, mis venas tocan / tu sangre. Toda mi alegría / es sentir brotar la vida de / tu fuente – flor que la mía / guarda para llenar todos / los caminos de mis nervios / que son los tuyos. (Frida Kahlo: Cartas a Diego Rivera)
Es difícil imaginar a un hombre que pueda permanecer indiferente a un halago como ese. La sumisión de la mujer opera como uno de los más poderosos afrodisíacos que puede probar el ego masculino. Si una mujer recurre a estrategias parecidas, se saldrá con la suya, pero al mismo tiempo confesará que se encuentra disponible para el abuso. Las muñecas inflables de la actualidad son la última derivación (también la parodia) del mito clásico de Pigmalion. Caricatura de la mujer y negación de todo aquello que puede ser entendido como una relación de pareja, la muñeca inflable, que puede penetrarse por tres lugares sin ofrecer otra resistencia que no aumente la excitación del usuario, demuestra también la completa falta de simetría que se da en la cultura patriarcal respecto de los géneros. No parece haber en el ambiente de los pornoshops nada parecido a un muñeco masculino inflable. Los objetos eróticos elaborados para la autosatisfacción de las mujeres, solo reproducen lo más obvio de los genitales del hombre y dejan de lado la simulación del resto. ¿Resulta ofensiva tanta cosificación? Tal vez las fantasías de Pigmalión no lo sean menos para las mujeres.