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miércoles, 13 de enero de 2016

SUMISIÓN Y RESISTENCIA FEMENINAS


Encuentro de nativos y europeos
La llegada de Colón a lo que él consideraba las Indias, estuvo marcada por la decisión de someter a las mujeres nativas a un trato de botín de guerra. Ellas eran parte del bando enemigo y podían ser utilizadas para lo que el invasor considerara necesario, por ejemplo, como objeto de placer, sin considerar que lo aceptaran o se resistieran. Cualquier escrúpulo moral, cualquier excusa de evangelización de los paganos, según planteaba el Pontífice romano, podía ser dejado de lado, puesto que tal vez no se tratara de seres humanos, dotados de un alma inmortal. ¿Sospechaban ellas que les cabía el derecho a resistirse, a decir que no, aunque desconocieran el idioma que utilizaban los invasores?

Mientras estaba en la barca, hice cautiva a una hermosísima mujer caribe, que el susodicho Almirante [Cristóbal Colón] me regaló, y después que la hube llevado a mi camarote, y estando ella desnuda, según es su costumbre, sentí deseos de holgar con ella. Quise cumplir mi deseo pero ella no lo consintió y me dio tal trato con sus uñas que hubiera preferido no haber empezado nunca. (…) Tomé una cuerda y le di de azotes, después de lo cual echó grandes gritos. (…) Finalmente llegamos a estar tan de acuerdo que puedo decirte que parecía haber sido criada en una escuela de rameras. (Michel de Cúneo: Cronistas de Indias)

Mujer golpeada
El desprecio por las víctimas femeninas de la violencia sexual, no queda reducido a casos aislados, que se destacarían de la opinión dominante, como actos reprobables, que la comunidad opina que deben ser castigados severamente, para desalentar a quienes pudieran imitarlos. Tanto si se da una sanción legal o moral, como si no la hay, quienes sufrieron la violencia quedan marcadas para los testigos. El desprecio organiza el diálogo desigual entre víctimas y victimarios, porque instala a las víctimas en un espacio de indefensión, de carencia de derechos, que los victimarios articulan a su medida, con el objeto de eliminar cualquier duda sobre quiénes son unos y otras.
Las mujeres fueron definidas tradicionalmente por la cultura patriarcal como el sexo débil, aunque las estadísticas actuales demuestren que viven más tiempo que los hombres, a pesar de sobrellevar situaciones tan estresantes o más que las vividas por los hombres. La idea de una minusvalía natural, biológica, imposible de superar, que las convertiría tarde o temprano en las víctimas más probables, cuando se involucran con representantes del otro género, se arraigó sin embargo en el imaginario colectivo, tanto de los hombres como de las mujeres.
Para ellos, la indefensión femenina, lejos de plantear la necesidad de un trato más atento, sugiere la posibilidad de controlarlas sin demasiado riesgo. Después de todo, ¿qué se arriesgaría? Si son abusadas y no les gusta, si piden ayuda o acusan a sus agresores, no las escucharán y lo que es más seguro, ellas casi nunca se atreverán a protestar, porque al hacerlo se marginan de buena parte de la sociedad.
Para ellas, la conciencia de la indefensión, se convierte en la excusa perfecta para no arriesgarse más allá de los límites que la sociedad ha fijado a su género. Cualquier salida fuera de los límites que las instituciones les establecieron tradicionalmente, puede traerles un cúmulo de consecuencias lamentables, que pueden evitar mediante la sumisión.
Pradilla: Rapto de las sabinas
La representación del rapto de las Sabinas, episodio mítico situado en la época de la fundación de Roma, sirve de excusa para los artistas plásticos de todos los tiempos, que desean incluir atractivos desnudos femeninos y vigorosos cuerpos masculinos en acción. En esas imágenes, no es mucho lo que resta del secuestro de mujeres efectuados por los nuevos ocupantes del territorio, que carecían de esposas y no imaginaron nada mejor que invitar a sus vecinos a unas carreras de caballos y libaciones alcohólicas, durante las cuales se apoderaron de las mujeres y las violaron. ¿Qué podía ocurrir después? ¿La venganza de las familias ofendidas? Para el mito, habría ocurrido un paradójico desenlace. Las mujeres ofendidas interceden ante los suyos, para que acepten a los ofensores, sin duda rústicos, pero también seductores.
Rubens: Rapto de las sabinas

Las sabinas, interponiéndose entre yernos y suegros, los unieron. (Virgilio: La Eneida)

En las pinturas elaboradas para evocar ese desconfiable happy end, hay una representación de la violencia indeseable, combinada con una celebración del abuso que termina (si puede creerse la versión de los vencedores) en una fiesta de reconciliación. ¿Por qué molestarse en condenarla, entonces? Abusar de la condición del derrotado es una situación rutinaria. En los textos de la Biblia, la alternativa de una guerra contra los vecinos que constituyen una amenaza para el pueblo elegido por Dios, promete a quienes participen, el disfrute de todas las crueldades posibles.

Porque yo reuniré a todas las naciones para combatir contra Jerusalén, y la ciudad será tomada y saqueadas todas las casas, y violadas las mujeres, y la mitad de la ciudad irá en cautiverio. (Ezequiel 14:02)

Mariano Fortuny: Tarquinio y Lucrecia
En la Antigua Roma, la noble Lucrecia era la esposa de Colatino. El hijo del rey Tarquinio se enamoró de ella, le propuso convertirse en su amante y al ser rechazado amenazó con matarla junto a uno de sus esclavos, para que pareciera haber sido sorprendida en adulterio. Lucrecia no tuvo otra salida que ceder, pero al día siguiente informó lo sucedido a su padre y a Colatino. A continuación, se clavó un puñal en el pecho y murió delante de los suyos. La historia causó tal indignación popular, que el rey y su parentela fueron expulsados de la ciudad.
Lucrecia se convierte en heroína popular gracias a una triple victimización que acepta, no de buen grado, y sin embargo la deja marcada. Primero, salva su vida, sometiéndose al capricho del violador. Luego confiesa la falta en la que incurrió contra su voluntad. Por último, se quita del medio, para no constituir una carga insostenible para la honra de su marido y su familia paterna. Dada la enorme disparidad de fuerzas que se enfrentan, la víctima no puede controlar al adversario, sino publicar la ofensa que sufrió, para que otros más fuertes la venguen.
Artemisia Gentileschi: Judith y Holofernes
La historia de Lucrecia no ha perdido vigencia, pero el tipo de respuesta femenina sí. Una pintora del Renacimiento italiano, Artemisia Gentileschi, que pintó varias versiones de la decapitación de Holofernes por Judith, habría pasado por la experiencia de ser violada a los dieciocho años. Ella no esperó que su padre la vengara, ni tampoco aceptó casarse con el violador, como le ofrecían los negociadores. Prefirió la vergüenza de denunciarlo ante un Tribunal, exponiéndose a la marginación social. Durante el proceso que condenó al hombre a un año de cárcel y el exilio, Gentileschi dejó un testimonio escrito de lo sucedido.

Cerró la habitación con llave [su agresor] y una vez cerrada me lanzó sobre un lado de la cama, dándome con una mano en el pecho, me metió una rodilla entre los muslos para que no pudiera cerrarlos, y alzándome las ropas, que le costó mucho hacerlo, metió las dos rodillas entre mis piernas y apuntando con su miembro a mi naturaleza, comenzó a empujar y lo metió dentro. Y le arañé la cara y le tiré los pelos y antes de que pusiera dentro el miembro, se lo agarré y le arranqué un trozo de carne. (Artemisia Gentileschi).

¿Cómo imponer alguna paridad entre los participantes de una relación que incluye a quienes la naturaleza y/o la sociedad asignan distintos roles y cuotas de poder? Los hombres suelen ser designados por el contexto social como cazadores, mientras se define paralelamente a las mujeres como sus presas inevitables. Si un hombre se resiste a acechar y perseguir, tanto como si una mujer se niega a ofrecerse y negarse por turnos, eso afecta a la otra parte, que se desconcierta o reclama por la ruptura de un acuerdo tradicional basado en la disparidad.
Los hombres sospechan frecuentemente de la fidelidad de las mujeres, y no tardan en volverse violentos por ese motivo, aunque no tengan pruebas de nada, mientras que las mujeres sufren el desamor de los hombres, que atribuyen a su propia incapacidad para retenerlos, o a la maldad de otras mujeres decididas a arruinar una relación de pareja que hubiera debido continuar hasta que la muerte los separara.

En sus interacciones grupales los niños aprenden (…) que las figuras masculinas son importantes; los hombres saben, son infalibles y deben ser imitados; un hombre está para cosas grandes, para sobresalir y dominar a otros. (Abarca Paniagua: Discontinuidades en el modelo hegemónico de masculinidad)

De un hombre engañado por una mujer, la sociedad espera (más bien exige) que no acepte ser expuesto como la víctima pasiva de la ofensa, una circunstancia que acarrea el deshonor para su género. Él debe reaccionar de inmediato, no solo defendiéndose de la injuria que sufrió, sino (como se da en muchas culturas) castigando a quien lo traicionó. En el pasado, matar a la mujer infiel no era considerado un crimen, sino un acto de Justicia, que restauraba un orden moral vulnerado. Esa mujer debía pagar por sus actos reprobables, para que otras mujeres tentadas de hacer algo parecido se contuvieran.
Cuando una mujer pasa por una situación similar, se espera en cambio que perdone sin demasiado trámite lo sucedido, en beneficio de la continuidad de la familia, o que en último caso busque ayuda (en lo posible, la de otros hombres) que la vengarían, a pesar de la marca infame que ahora ella carga por tanto tiempo como esos protectores decidan.
Siempre quedan dudas que afectan de manera desigual a la honra de ambos géneros. ¿Acaso habrá sido la mujer violada tan inocente como ella reclama, cuando busca la compasión de la sociedad (que de acuerdo a sus normas debería discriminarla por su debilidad) o conseguir el perdón de los suyos (que se consideran deshonrados por la desgracia que le ocurrió, tal vez porque ella lo excitaba)? ¿Acaso el violador fue tan culpable como se lo juzga desde la perspectiva de la víctima? ¿No se tratará más bien de un hombre sano, puede decirse que “normal”, incapaz de desoír el reclamo de sus hormonas? Si la mujer no lo tentó, como afirman las de su género, desde la época de Adán y Eva, él debe aceptar para sí la imagen cruel que la tradición le impone. Créase o no, al abusar de la mujer, él dio cumplimiento a un mandato social para el que fue sistemáticamente acondicionado desde la infancia y que no fue capaz de resistir, porque de hacerlo (aunque solo de manera excepcional, por compasión o descuido) se expondría al desprecio de sus pares.
Rosario Castellanos
En cuanto a ella, al admitir que puedan abusarla, no solo confirma su posición desventajosa, la de su género, condenado a reproducir la especie, y por lo tanto susceptible de recibir la simiente de los machos, sino que (al menos por un instante, aquel durante el cual el hombre despliega sus herramientas de intimidación o seducción, porque haría cualquier promesa con tal de poseerla) ella se convierte en el centro de un universo donde habitualmente se la margina. 

Al principio me daba vergüenza, me humillaba / que los hombres me vieran de ese modo / después. Que me negaran / el derecho a negarme cuando no tenía ganas / porque me habían fichado como puta. / Y ni siquiera cobro. Y ni siquiera / puedo tener caprichos en la cama. / Son todos unos tales. ¿Qué por qué no lo hago? / Porque me siento sola. O me fastidio. (Rosario Castellanos:  Kinsey Report)

jueves, 6 de marzo de 2014

RAPTADAS Y VIOLADAS

Cautiva
El rapto de mujeres fue una práctica habitual de los pueblos primitivos, gracias a la cual se establecían parejas libres de los riesgos genéticos de un parentesco demasiado próximo. Si alguien decidía buscar pareja en el interior de la pequeña comunidad en la que había nacido, lo más probable era que terminara casándose con quien debía ser su pariente cercano, situación que no tardó en advertirse como un riesgo de taras genéticas en la descendencia. Lejos de ser considerada una situación violenta que desafiara el orden establecido, el rapto era una actividad que la comunidad aprobaba, para que las parejas no incurrieran en incesto. Si el matrimonio ha sido entendido como una institución necesaria para la supervivencia de la comunidad, el rapto indica la presencia del deseo sexual como una de sus motivaciones más intensas. En la mitología griega, Zeus, el padre de los dioses, rapta a quien luego se convierte en su esposa, la diosa Hera, pero también a la ninfa Europa, bajo la forma de un toro, como seduce a Antíope adoptando la apariencia de un sátiro. Para raptar al joven pastor Ganímedes, Zeus adquiere la apariencia de un águila capaz de llevar a su presa al cielo. Antes, Poseidón, rey del océano, había raptado al joven Pélope con parecidos propósitos.
Dafne y Zeus
Si Zeus no tiene necesidad de raptar a Danae, es porque la engaña presentándose como una lluvia de monedas de oro, que la convencen de recibirlo entre sus piernas. Para Plutarco, los raptos de los dioses griegos no hubieran sido posibles sin la aprobación de las víctimas. De hecho, en Esparta el rapto era prescrito por el ceremonial de las bodas. El simulacro incluía cargar con la novia en brazos, una costumbre que persiste en muchos países de Occidente para los recién casados, aunque se encuentre desprovista del significado original: el hombre alza a la mujer y cruza con ella el umbral simbólico que separa la soltería de la vida en pareja. En el mundo antiguo, esto iba acompañado por gritos y gestos de resistencia de la mujer. Hades, el dios del inframundo, rapta a la ninfa Perséfone, con el consentimiento de Zeus. Esta es una imagen bastante oscura del matrimonio. La mujer abandona el ámbito familiar para entregarse a una incertidumbre que teme, porque le resulta imposible prever las consecuencias. Al entregarse al novio (al quedar sometida a él) se libra de la seguridad o las cargas que puede haber sufrido en el seno de su familia, pero no por ello se independiza. Apenas queda bajo las reglas que impone su pareja. Las amazonas eran guerreras que raptaban a hombres en sus correrías, los utilizaban como sementales y luego los mataban, mutilaban o reducían a la esclavitud. El rapto instalaba una lógica del poder que la relación posterior no podía perturbar. El raptor (la raptora) no entregaba el mando. La pareja que se establecía, por legalizada que estuviera posteriormente, no alteraba la desigualdad inicial. Hay raptos que tienen consecuencias funestas. Cuando Layo se enamora de Crísipo, joven príncipe que le ha sido confiado por su padre para que lo eduque, él lo rapta y a continuación lo viola, causando el suicidio del adolescente y el enojo de los dioses, que deciden maldecirlo. Si Layo se casara y tuviera hijos, ellos habrían de matarlo. A pesar de las precauciones que toma Layo con su pareja, Yocasta, para evitar cualquier contacto sexual, durante una borrachera a la que es inducido por la mujer, engendra a Edipo, personaje cuya historia funesta se completa una generación más tarde, cuando todos los miembros de la familia han muerto. Teseo rapta a la amazona Antíope, que pare un hijo, Hipólito, quien al crecer despierta el deseo de Fedra, la esposa de su padre, una situación que de nuevo acarrea la muerte de todos los involucrados. De la captura de Helena por Paris, un troyano que no toma en cuenta su condición de mujer casada con Menéalo, surgen las hostilidades que se prolongan durante la interminable Guerra de Troya. La posibilidad de que se tratara de un rapto (por lo que suele representárselos como un hombre que sujeta a la mujer por la muñeca), y no de un acuerdo entre los amantes, permite que el honor de Helena quede a salvo, a pesar de los muchos años que ha convivido con Paris, y que regrese a su marido tras la derrota de los troyanos.
Rubens: Rapto de las sabinas
En los orígenes de Roma, Rómulo, fundador mítico de la ciudad, que inicialmente solo contaba con pobladores masculinos, decidió conseguir mujeres mediante el rapto sistematizado de aquellas provenientes de los pueblos vecinos. Para eso organizó una fiesta en honor del dios Neptuno. En medio de las libaciones, los hombres de Rómulo mataron a los vecinos y secuestran a las mujeres que los habían acompañado. Cuando los padres y maridos que habían sobrevivido intentaron rescatarlas, ellas detuvieron la guerra que parecía inevitable, informándoles que no estaban dispuestas a incrementar el número de las huérfanas o viudas, según cuenta Tito Livio. Por lo tanto, validaron la violencia y pasaron desde ese momento a comportarse como fieles esposas de quienes habían sido sus agresores.
Las unas se arrancan los cabellos, las otras pierden el sentido, éstas guardan un sombrío silencio, aquéllas llaman a sus madres, quiénes se lamentan, quiénes quedan embargadas de estupor, algunas permanecen inmóviles y no pocas se dan a la fuga. Las doncellas robadas, presa ofrecida al dios Genio, desaparecen de allí y el temor multiplicó en muchas los naturales encantos. Si alguna se resiste tenaz a seguir al raptor, éste la coge en brazos, y estrechándola contra el ávido seno, la consuela con tales palabras: ¿Por qué enturbias con el llanto tus lindos ojos? Aquello que tu padre es para tu madre, eso seré yo para ti. (Ovidio: El Arte de Amar)
Grandes pintores de distintas épocas, como Poussin, David y Picasso, escultores como Juan de Bolonia, han representado el instante en que la fiesta de los romanos se convierte en rapto y asesinato. Es una imagen de violencia sin freno que se repite a través del tiempo y no resulta repulsiva para los observadores, porque combina la representación de raptores viriles, de fuertes músculos y víctimas semidesnudas, incapaces de hacer nada para torcer su destino. ¿Qué tipo de pareja puede fundarse a partir de una imposición de la fuerza masculina y la negación de que la mujer pueda controlar su vida? Una fantasía sadomasoquista en la que a pesar del engaño y la agresión evidentes del comienzo, conduce a un improbable final feliz.
Picasso: Rapto de las sabinas
Para los romanos, si la mujer que había sido raptada, se consideraba que estaba de acuerdo con el raptor, motivo por el cual el matrimonio era permitido. El Emperador Constantino prohibió ese final feliz tras la violencia, en el siglo IV, y la medida fue reforzada en el siglo VI por Justiniano, que estableció la pena de muerte para los raptores y la confiscación de todos sus bienes, para compensar a la familia ofendida. Los padres de la raptada quedaban autorizados para matar al raptor, si lo sorprendían in fraganti.
 Entre los pueblos germánicos, en cambio, el rapto de mujeres se compensaba con dinero o regalos entregados por el raptor a las familias de las víctimas. Antes del siglo IX de nuestra era, el rapto dejó de ser considerado un impedimento para el matrimonio en Europa. La iglesia católica prefirió considerar válidos aquellos raptos que las víctimas hubieran consentido. Cómo determinar que eso era cierto, gracias a la declaración de una mujer a la que de todos modos le estaba negado regresar al estado previo, o por el testimonio de un hombre a quien no le convenía inculparse, es cosa que cuesta entender.
El rapto de la novia era un procedimiento que permitía acelerar la boda, evitando los onerosos trámites del noviazgo tradicional, que requerían tiempo y capitales considerables. Una vez consumado el rapto, la preocupación de los parientes no era castigar al responsable, sino legalizar la trasgresión, negociar un matrimonio quecalme a la opinión pública.
Malinche y Hernán Cortés
Tradicionalmente, la mujer raptada no podía regresar a su ambiente de origen. Bien o mal, había quedado incorporada al grupo familiar del hombre que había tomado posesión de su cuerpo y su voluntad. Cuando la azteca Malinche fue entregada junto con otras mujeres jóvenes a los invasores españoles que habían llegado a México a comienzos del siglo XVI, no tardó en aprender la lengua de los extranjeros, con el objeto de servir de intérprete a su pareja, Hernán Cortés, con quien compartía la cama y no tardó en convertirse en el más valioso auxiliar de sus actividades militares.
Por contraposición a Guadalupe, que es la Madre virgen, la Chingada es la Madre violada. (…) Es la atroz encarnación de la condición femenina. Si la Chingada es una representación de la madre violada, no me parece forzado asociarla a la conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias. El símbolo de la entrega es doña Malinche, la amante de Cortés. (Octavio Paz: El Laberinto de la Soledad)
Ningún sentimiento de lealtad a su pueblo de origen parece haber quedado en pie. Malinche se sometió a las decisiones que tomaba su pareja, una situación que no comprometía ninguna reciprocidad de parte de él. Cuando Cortés la abandonó tras haberse apoderado de México y engendrado un par de hijos mestizos con ella, Malinche encontró a Juan Jaramillo, otro español de menor rango, que la convirtió en su pareja. El modelo suministrado Malinche a las parejas mestizas que se multiplicaron por el continente americano, es uno desigual a más no poder, en el que la mujer demuestra que no podría vivir sin el hombre que la ha elegido, por lo que sacrifica cualquier cosa a la relación, mientras que el hombre utiliza esa entrega incondicional en su exclusivo beneficio.
La llegada de los conquistadores europeos a América, fue acompañado por la liquidación de las estructuras sociales que existían (la familia entre ellas) y el apoderamiento de mujeres nativas, que fueron sometidas a una servidumbre similar en muchos aspectos a la esclavitud y convertidas en parejas ocasionales de esos hombres que habían dejado a las suyas del otro lado del océano.
La historia de esas indígenas raptadas y mantenidas en cautiverio, preñadas y a veces convertidas en compañeras estables, aunque rara vez casadas con ellos, porque las leyes lo prohibían expresamente, no goza del mismo reconocimiento que el opuesto, de las mujeres europeas o criollas, que fueron raptadas por los indígenas.
No había corrido ni cincuenta metros, cuando un indio me agarró de las trenzas y me levantó en el aire y me puso atravesada sobre la cruz del caballo, gritando: “no escapando cristiana… cristiana linda no matando, llevando toldo”. (Tiburcio Escudero: La Cautiva de los ranqueles)
Uno de los personajes recurrentes de la literatura sudamericano del siglo XIX, es la mujer blanca raptada por bandas de indígenas durante algunas de las incursiones (malones) que hacían en un territorio en disputa, poblado recientemente por los europeos y sus descendientes criollos. Esa mujer es apartada del mundo que se considera civilizado y convertida en la esposa (una más) de algún cacique. En el poema La Cautiva de Esteban Echeverría y el Martín Fierro de José Hernández, la mujer blanca huye de los indígenas con quienes se ha visto obligada a convivir, una experiencia que le hace preferir el hambre o la muerte, antes que continuar aceptando ese maltrato (sexual, aunque no se lo detalle).
En las pinturas de Johann Mauritz Rugendas y Ángel della Valle, se asiste a la captura y calvario de una cautiva en la Patagonia. Las obras de arte exponen el temor de los habitantes de las ciudades que no podían sentirse demasiado seguros, porque aún disputaban el territorio que le habían quitado a los habitantes originarios del continente. El rapto horroriza y seduce. El contacto con el salvaje degrada a las mujeres y les promete una experiencia cuya intensidad emocional que parecía inaccesible en el mundo civilizado.
La sociedad criolla, relacionando con el poder colonial, que suministraba empleos, contactos y oportunidades de progreso económico, pero sin los mismos derechos que disfrutaban aquellos que habían nacido en Europa, fue definiéndose a partir de los descendientes de esas relaciones originadas en un acto de violencia.
El tema de la cautiva tiende a distraer del rapto y la violación de mujeres indígenas por los conquistadores primero y por sus descendientes criollos después. Tanto en el arte como en realidad, las mujeres de la cultura patriarcal, eran robadas a las familias donde nacieron, para ser incorporadas a las familias de los novios. Que hubiera violencia real o simulada en el establecimiento de una pareja humana, no es un dato casual, ni accesorio. Formaba parte de un ritual que se respetó durante miles de años y solo ha tendido a debilitarse y desaparecer con la modernidad.


A pesar de las noticias desalentadoras que la prensa trae todos los días, surge también la resistencia colectiva a los viejos esquemas mentales. Cuando un político chileno cuenta, durante un acto partidario, una “ocurrencia” que acabarían de contarle, obtiene las risas de los participantes y el aplauso que busca para poner fin a su discurso, pero también una inmediata lluvia de repudio desde las redes sociales. Su planteo (absolutamente inocente, según él) es que todas las mujeres se tiendan en el suelo y se porten bien, mientras que los hombres se tiren sobre ellas y se porten mal.
No se trata ni siquiera de un chiste, un juego de palabras, sino de establecer una imagen de desiguales roles de poder y sumisión que la opinión pública ha definido como políticamente incorrectos no hace mucho. Ahora, el chascarrillo habitual de vestuarios masculinos o reuniones de amigos, pasa a ser conocido y condenado por una audiencia mucho mayor y muy activa, que se encarga de formar opinión entre los indecisos. La práctica tolerada y hasta fomentada en el pasado por las tribunas más autorizadas, queda al descubierto y los responsables deben pedir disculpas. ¿Es el signo de un cambio de época o tan solo la evidencia de que el tema pasa a ser discutido, mientras la violencia continúa, tomando precauciones para no ser descubierta?