viernes, 12 de septiembre de 2014

MUJERES TAIMADAS Y BRAVÍAS


Norman Rockwell: Rosie la perforadora (1943)
A pesar de que las mujeres como género, han sido marginadas y explotadas desde tiempos inmemoriales, hay aquellas que disfrutan el dudoso privilegio de imponer su voluntad a los hombres con quienes se relacionan. Ellas pueden ser consideradas la excepción a la regla y por eso no pasan desapercibidas.

Un pariente mío me ha contado que lo quieren casar con una mujer muy rica y más ilustre que él, por lo que esta boda le sería muy provechosa, si no fuera porque, según le han dicho algunos amigos, se trata de una doncella muy violenta y colérica. (Don Juan Manuel: El conde Lucanor)

¿Qué futuro esperaba en el Medioevo a una hembra como tales características? Don Juan Manuel contó a comienzos del siglo XIV la historia del hombre desprovisto de dinero, que ve la oportunidad de resolver su situación económica, mediante un matrimonio con una mujer a la que nadie quiere, comenzando por el padre que la crió y deberá dotarla de un patrimonio. Durante la noche de bodas, el joven marido, que es presentado como el héroe de la historia, ordena a su perro que le traiga agua para lavarse las manos. Como el animal no le obedece, lo ataca con la espada desenvainada y lo decapita, ensangrentando la casa entera. A continuación vuelve a sentarse y hace algo no menos cruel con un gato y el único caballo que posee.
Aterrorizada, antes de que le digan nada, la mujer va en busca de agua, luego sirve la comida y se mete sin chistar en su cama. Gracias al sacrificio de tres animales domésticos, la joven esposa aprende la respuesta que el marido espera de ella: oír y obedecer.
Esa historia, con su mezcla de horror y humor, gozó de enorme popularidad durante el Medioevo. Muchos autores la retomaron, como si fuerza necesario instruir a las mujeres, mediante una ficción ejemplar, sobre la conveniencia de someterse a los hombres. Nadie las matará, prometen, porque la vida sin ellas perdería gran parte de su encanto para los machos, pero si se les concede la vida, será bajo las condiciones que ellos impongan.
Richard Burton y Elizabeth Taylor: La Fierecilla Domada
Catalina, protagonista de The Taming of the Shrew, es una mujer bella e insoportable. Se rebela contra la autoridad del padre, nada le importa la felicidad de su hermana menor, que depende de que la mayor se case para hacer lo mismo, contra la sagrada institución del matrimonio, contra Petruccio, el hombre que termina casándose con ella, sin preocuparse de obtener su consentimiento. William Shakespeare construye a comienzos del siglo XVI una de sus comedias más conocidas, en torno a esa dama que debe ser domada, subordinada, por el bienestar de todos aquellos a quienes su afán de independencia perturba.

CATALINA: Una mujer colérica es como un manantial removido, cenagoso, feo, turbio, desprovisto de toda la belleza. Y mientras está de tal modo, nadie hay, por sediento que se halle, por deseoso de beber que se encuentre, que quiera remojar en sus labio, ni beber una sola gota. Tu marido es tu señor, tu vida, tu guardián, tu jefe, tu soberano. Él cuida de ti y quien somete su cuerpo a penosos trabajos en tierra o mar, porque nada te falte; (…) en el hogar duermes a su calor, tranquila y segura. Por todo ello, cuanto te pide como tributo de amor una cara alegre y sincera obediencia. (William Shakespeare: La fierecilla domada)

A partir de la comedia de Shakespeare, la posibilidad de que el marido maltrate a su esposa con cualquier excusa, incluyendo una tan desinteresada y razonable como corregir sus malos hábitos, entre los cuales se encuentra la rebeldía, ha sufrido un persistente descrédito. La mujer puede ser inicialmente una figura salvaje, necesitada de que la domen, como una yegua, para que adquiera las virtudes elementales que cualquier hombre sería capaz de apreciar en ella.
Las concepciones tradicionales de la vida en pareja, se han basado (con frecuencia) en la desigualdad de los derechos y obligaciones que se atribuyen a los géneros. Para que una pareja no sufra conflictos mayores, capaces de desgarrarla, se supone que alguien tiene que ceder, y lo más probable es que se trate de las mujeres. En muchas sociedades, esa subordinación se encuentra garantizada por la religión, los mitos y la opinión dominante; un acuerdo que se vuelve muy difícil desafiar.
Entre los griegos, las mujeres eran figuras de segunda clase, al nivel de los niños y los esclavos. No se las consideraba ciudadanos con derechos y sus deberes quedaban relegados al interior del gineceo. Una vez por año, ellas se soltaban, durante las lupercales, festividades en honor de Dionisos, que las autorizaba a emborracharse, exhibirse por las calles sin el control de un hombre. El resto del tiempo, su sometimiento permitía esperar que en la sociedad todo funcionaria bien.
Aquiles y Pentesilea
Las amazonas de la Antigüedad, que terminan vencidas por los lapitas, eran un pueblo nómada en el que las mujeres controlaban a los hombres. Guerreras temibles, cabalgaban las llanuras de Asia y llegaban a las fronteras de Europa. Su historia, que se confunde con la mitología, las muestra secuestrando a hombres de otros pueblos, a los que utilizaban como sementales, para someterlos después a tareas serviles (o matarlos, si dejaban de ser útiles). En cuanto a los hijos varones, no dudaban en mutilarlos, dejándolos ciegos o cojos, para que sirvieran a las mujeres.
Las amazonas suelen ser representadas con un seno mutilado por ellas mismas, para facilitar el empleo de armas como el arco y las flechas. Cuando los roles tradicionales de los géneros se invierten, las mujeres se convierten en seres de pesadilla para la óptica masculina. Si ellas asumen el poder, hay que esperar que tomen represalia por las humillaciones que han sufrido habitualmente. Ellas pueden ser tan crueles como los hombres. Para alivio de todos, las amazonas son derrotadas.
La historia de la reina Pentesilea es aleccionadora. El amor que despierta en ella Aquiles, la trastorna y lleva a aceptar la muerte que él le da cuando se enfrentan en combate. ¿Puede haber una imagen más consoladora para el ego masculino? Hasta las mujeres armadas y capaces de defenderse, una excepción a la regla, caen ante el hombre. Él las subyuga sin el menor esfuerzo, gracias a una mirada, con su sex appeal irresistible.

PENTESILEA: ¿Es culpa mía, si en el campo de batalla debo ganar su amor con el combate? ¿Qué es lo que quiero, cuando alzo la espada? (...) Lo que quiero, inmortales, es solo hacer que caiga sobre mí, contra mi seno. (…) ¿Solo porque mi deseo no se me otorga, habré de romper con mis dioses? (Heinrich von Kleist: Pentesilea)

Después del Renacimiento, la imagen amenazante de las mujeres se atenúa en la Literatura europea, pero no la discriminación cotidiana, que adopta nuevas formas, a medida que ellas efectúan conquistas (inadmisibles hasta poco antes) en el ámbito de los negocios y el aparato del Estado. El temor a las mujeres no se manifiesta como desconfianza respecto de las limitaciones intelectuales que se les atribuía, sino del poder intolerable que ellas ejercen.
Sifrido despierta a Brunhilda
En la Saga de los Nibelungos, la validez del objetivo masculino de derrotar la voluntad de la casta reina Brunhilda no se discute nunca. Ella no puede seguir gobernando sola en Islandia, desafiando (y derrotando sucesivamente) a todos los hombres que la pretenden como pareja. Ella debe perder el status excepcional que alcanzó por mérito propio y convertirse en la esposa-trofeo del impotente rey Gunther. Para conseguirlo, poco importa que Gunther busque la complicidad de otro hombre más fuerte que él, su cuñado Sigfrido.
El invisible Sigfrido (cuando se cubre con la capa mágica que obtuvo de los Nibelungos) es quien suplanta a Gunther durante la competencia atlética que ha programado Brunhilda. También asume la apariencia de Gunther en otra confrontación privada, cuando vence la resistencia de la esposa bravía, que no acepta entregarse al marido, durante la noche de bodas. La doble derrota de Brunhilda no queda sin consecuencias. Ella no perdona la humillación, cuando se la informan, y su venganza desata la confrontación que arrastra a la muerte al resto de los personajes. Aún derrotada, la mujer consciente de sus poderes es de temer.
Catalina de Erauso
A comienzos del siglo XVII, la historia de Catalina de Erauso, llamada la Monja Alférez, convierte en realidad las figuras míticas de Brunhilda y las Amazonas. La describen como una novicia pendenciera, que a los quince años es encerrada en una celda del convento, para castigarla por haber golpeado a una compañera. Ella escapa vestida de hombre y se enrola como un soldado más, de los que peleaban en el Nuevo Mundo contra los nativos insurrectos. Catalina no fue domada por ningún hombre y de acuerdo a las memorias que publicó, también sedujo a mujeres. En otras palabras, combinó dos amenazas intolerables.
La modernidad estaba todavía lejos de imponerse, pero la imagen de mujeres que no aceptar someterse a los hombres, se estaba consolidando como un desafío para la mentalidad masculina más apegada a las tradiciones. ¿Cómo arriesgarse a establecer una pareja que por culpa de las mujeres no termine desequilibrándose? Para la perspectiva machista, la mítica armonía basada en la desigualdad, quedó definitivamente arruinada en el mundo moderno. Aunque la violencia intrafamiliar demuestre a cada rato que eso no es del todo cierto, los hombres perciben una amenaza en los reclamos de igualdad.

viernes, 15 de agosto de 2014

MUTILACIONES FEMENINAS


Protesta contra infibulación en África
Para judíos y musulmanes, los hombres deben ser circuncidados (extirpación de parte del prepucio) al octavo día de haber nacido, en el caso de los judíos, y antes de la pubertad para los musulmanes. Se trata simultáneamente de una costumbre higiénica y un rito religioso, que tiene más de tres mil años de antigüedad. Moisés lo prescribió como una de las señales inequívocas que distinguían a sus seguidores de los hombres de otros pueblos con los que se veían obligados a convivir.
Más de una vez se ha intentado comparar la circuncisión masculina, con la infibulación femenina. Mientras la primera tiene pocos riesgos para la salud de quienes la sobrellevan y ha sido adoptada masivamente en países como los EEUU, donde predomina el cristianismo, la segunda solo ofrece ventajas para otras personas, que no son precisamente las mujeres que la sufren como recuerdo de su rol subordinado en la sociedad.

No se trata de juzgar una cultura, sino de apreciar una costumbre. La ablación genital femenina no corresponde a una cultura –entendida como un proceso, expresión de la vida humana, forma de comunicación y respuesta a unas necesidades básicas- sino a una costumbre, es decir, a la fijación de una norma. (Benedicte Lucas: Aproximación Antropológica a la práctica de la ablación o mutilación genital femenina)

Se trata de costumbres ancestrales, que incluso cuando se encuentran prohibidas por las leyes, continúan practicándose de manera clandestina, tal como sucedía hace cientos de años. Desde el punto de vista de los líderes comunitarios que eligen a las candidatas que serán sometidas a la operación, y establecen las fechas en que se consumará ese ritual por el que previamente pasaron sus madres y abuelas. Aquellas víctimas que se resisten, deshonran a sus familias y son consideradas feas por aquellos que las conocen, ineptas para ser entregadas en matrimonio.
Waris Dirie e hija
La mutilación del clítoris es presentada como una garantía de comportamiento honesto. ¿Qué argumentos pueden esgrimirse contra una práctica que tantas mujeres han aceptado y consideran su máximo orgullo? A los cinco años, la futura modelo de alta costura Waris Dirie, nacida en Somalia, sufrió la ablación del clítoris, una mutilación sexual que es frecuente entre las niñas nacidas en veintiocho países africanos.

Cuando no era más alta que una cabra, mi madre me sujetó mientras una anciana me seccionaba el clítoris y la parte interna de la vagina y cosía la herida. No dejó más que una minúscula abertura del tamaño de una cabeza de fósforo para orinar y menstruar. (…) Fue el peor momento de mi vida. El dolor era insoportable y sentí que iba a morir. Aún cuando era muy pequeña, supe inmediatamente que me estaban haciendo estaba mal. (Waris Dirie)

A los trece años, su padre intentó casarla con un anciano, a cambio de cinco camellos. Waris escapó hacia Europa y al crecer desarrolló una exitosa carrera en los EEUU, en el campo del modelaje. A los veintiocho años, después de haber denunciado en un libro la situación de la que había sido víctima, se convirtió en Embajadora de las Naciones Unidas que recorre el mundo haciendo campaña para erradicar esa práctica.
Dos mil años antes de nuestra era, de acuerdo a la prueba que suministran algunas momias, los antiguos egipcios ya realizaban operaciones de ese tipo. En Mali se supone tradicionalmente que en el clítoris reside un espíritu maligno. Se lo considera una parte masculina de la mujer, que debe ser extirpada para embellecerla. En Somalia, Gambia, Etiopía, Senegal, Togo, Nigeria, Burkina Faso o Ghana, afecta a la mayoría de la población femenina. También se la ha practicado en varios pueblos de Asia y América precolombina, con el objeto de mantener bajo control a las mujeres, impidiendo que disfruten las relaciones sexuales y obligándolas a mantenerse fieles a sus maridos.
 Los familiares no dudan en someterlas a operaciones que tienen graves riesgos para su cuerpo, resultan sumamente dolorosas y se realizan bajo condiciones de higiene nada confiables, por lo que dan lugar a infecciones graves. Como consecuencia de lo anterior, al menos una quinta parte de las mujeres que son sometidas a infibulación queda incapacitada para tener hijos.
Herramientas de la infibulación
Durante la operación, que no puede ser observada por los hombres, ni tampoco por mujeres que no hayan pasado por el mismo rito, se extirpa una parte de los genitales femeninos, para suturar a continuación los bordes del clítoris. Coser los genitales femeninos, es una oscura fantasía de los hombres celosos, recogida en La Filosofía en el Tocador, la novela filosófica del Marqués de Sade.
Gracias a una medida tan cruel, nadie podrá en adelante ocupar el cuerpo de esa mujer que le pertenece al hombre que ordenó la operación (al menos por vía vaginal, como puede inferir cualquiera). El cosido asegura que no llegarán a embarazarla casualmente, aunque no puedan evitarse otras prácticas sexuales igualmente eficaces para generar placer, pero no reproductivas.
Durante la noche de bodas, el marido disfruta la certeza de que esa mujer, cuyos genitales acaban de abrir exclusivamente para él, como un regalo precioso, no ha sido tocada por otros hombres. Más aún, que la incomodidad que habrá de acompañarla durante el resto de su vida, cada vez que deba someterse a una relación sexual, convertirá en indeseable para ella cualquier contacto con un hombre, incluyendo al marido.
De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, hay diferentes modalidades de intervención, entre las cuales se cuenta el corte exterior del prepucio femenino, en algunos casos acompañado por el corte parcial o total del clítoris (con lo que se dificulta el coito y debe recurrirse a la cesárea cuando se produce un parto). En otros casos, se efectúa el corte exterior del clítoris, el corte parcial o total de los genitales con reducción de la abertura vaginal. Esta es la infibulación que solo deja libre un estrecho orificio, como experimentó Waris Dirie. A veces, el corte va acompañado por una cauterización (quema) del clítoris.
El tormento se inflige durante la infancia, en ocasiones poco después de haber nacido, y de eso se encargan las comadronas y curanderas que la trajeron al mundo. Las mujeres de la familia suelen colaborar sujetando los brazos y piernas de quienes sufren la mutilación sin anestesia ni mayores precauciones higiénicas en aquellas que la ejecutan.
Niña sometida a infibulación
Muchas niñas mueren por complicaciones surgidas tras la operación. Los gritos y el llanto de la víctima no están bien vistos por los testigos. Se supone que se trata de pésimos augurios respecto de la futura relación de la niña con el marido. Luego, en el ansiado y temido momento del matrimonio, llega otra experiencia no menos dolorosa, porque las ligaduras de sus genitales de la desposada se sueltan para facilitar la penetración sexual del marido.
En esas condiciones, el coito suele resultar doloroso para la mujer. Si por cualquier circunstancia el hombre tiene que apartarse por un tiempo de su esposa, se vuelven a coser los genitales. La infibulación obliga a las mujeres a caminar dando pasos muy cortos (si corrieran o dieran zancadas, podrían descoserse) y los hombres consideran ese estilo de desplazamiento como algo muy atractivo.
En África, la posibilidad de que una mujer no pase por la mutilación, la expone a quedarse soltera, porque socialmente se prefiere para el matrimonio a aquellas que pudieron ser infieles en el pasado, o que podrían serlo en el futuro.
En algunas sociedades, la ceremonia queda reducida a una representación amenazante pero no sangrienta. Se acerca un cuchillo a los genitales femeninos, se pincha el clítoris, se corta el vello púbico y se deja alguna pequeña cicatriz en el vientre o parte interior del muslo, para recordar una costumbre que perdió vigencia pero podría ser reimplantada en cualquier momento, si la niña olvidara los valores que le fueron impuestos.
La infibulación femenina es visto como un tema demasiado privado por aquellas a quienes afecta, un asunto que gracias al pudor y la ignorancia de sus consecuencias para la salud, no se mencionaba hasta no hace mucho y rara vez se discute públicamente.
Dos millones de mujeres jóvenes son mutiladas todos los años, para calmar los temores masculinos sobre su fidelidad. Se calcula que hay entre 120 a 130 millones de mujeres que han pasado por la infibulación. Ellas viven en África, Pakistán, Sri Lanka, Indonesia, India y Malasia.
Las migraciones masivas de las últimas décadas, han llevado la costumbre arcaica a países europeos tan ajenos a la cultura islámica como Alemania, Suecia, Italia, Noruega y Francia, donde se ha comprobado la dificultad de erradicarla. Durante el siglo XIX, los mismos médicos europeos la practicaban con el objeto declarado de curar la histeria y la ninfomanía.

miércoles, 9 de julio de 2014

CAMAS COMPARTIDAS


La actriz Audrey Hepburn, a mediados del siglo XX, declaraba no compartir la cama con su primer marido, el actor Mel Ferrer, a pesar de que parecían tener una buena relación. Hay parejas sólidas, incluso enamoradas, pero también incómodas para descansar juntas. Roncan, como le sucede a la mayoría de los hombres. Fuman en la cama. Comen. Hablan o se mueven en sueños. Acaparan las sábanas y mantas dispuestas para los dos. Miran televisión hasta muy tarde. Atienden llamadas telefónicas en medio de la noche. Se levantan con frecuencia para ir al baño, cuando envejecen.

Hay una lista interminable de situaciones incómodas que justificarían la opción de las parejas que duermen en camas separadas, como ha sucedido a lo largo de casi toda la Historia, porque la idea de dormir juntos se impuso apenas hace un par de siglos. Hombres y mujeres podían encontrarse en la cama para mantener cómodas relaciones sexuales, no necesariamente para descansar. Ese lapso ha bastado para difundir la imagen de la cama compartida como espacio inevitable de la vida en pareja.

El hecho de dormir juntos, con tiempo frío o cálido, parecía una hebra necesaria para la construcción del entramado matrimonial. Si esa hebra se rompía, todo el tejido podía deshacerse. De qué modo, no estaba segura. Pero creía firmemente que la costumbre que tenía su madre de dormir en una habitación separada de la de su padre, había determinado que la vida familiar de su infancia no hubiera sido todo lo cálida que habría podido ser. (Lilian Smith: Extraño fruto)

Paul Rosenblat ha dedicado un libro (Two in Bed: the Social System of Couple Bed Sharing) al estudio de la comunicación que ocurre en el territorio de la cama. Dormir acompañado tiene ventajas que no hace falta describir, por el clima emocional que genera en la pareja bien avenida, pero define un campo de batalla indeseable para la pareja que no se lleva bien. Al dormir, se toca al acompañante o se sabe que ante la menor duda, podría tocárselo de inmediato y verificar que no se está aislado en el mundo.

Disponer de una cama propia, al igual que disponer de una mesa bien servida, han sido aspiraciones difíciles de obtener para los niños y las mujeres, dos componentes de la sociedad patriarcal que suelen ser marginados cuando se privilegia la satisfacción de los hombres. El rol secundario que les ha sido asignado, se manifiesta en el momento de dormir o alimentarse. Aquellos que disfrutan del Poder, se reservan los alimentos más nutritivos y lechos blandos, abrigados en invierno, frescos en verano. Los otros se quedan con los restos, se acomodan como pueden.

Se afirma que en la actualidad, en los EEUU, un centenar de niños pequeños mueren todos los años como consecuencia de dormir con adultos que los sofocan durante el sueño. Hay madres que llevan a los niños a la cama matrimonial, para librarse de los reclamos de su pareja. Los pobres comparten la cama o carecen de ella, se las componen para descansar en las condiciones menos adecuadas. Dormir sin la vecindad de otros seres humanos que estorben el descanso o permitan el abuso sexual, son aspiraciones que se manifiestan reiteradamente y rara vez suelen ser oídas.  

Durante el siglo XIX, el ideal de una convivencia matrimonial en las clases acomodadas de Occidente, era que el hombre y la mujer tuvieran dormitorios separados, baños separados, guardarropas separados. Si al marido se le ocurría introducirse en la cama de su legítima esposa, para dar cumplimiento a sus deberes conyugales, bastaba que tocara la puerta que los separaba y fuera autorizado verbalmente por ella, para entrar en ese espacio ajeno, proceder a ejecutar sus planes en medio de la oscuridad y retirarse prudentemente a continuación, con el objeto de que ambos descansaran por separado. Actuando de ese modo, argumentaban los victorianos, disminuían las posibilidades de que marido y mujer se aburriera el uno del otro o se entramparan en conflictos domésticos.

Muy avanzado el siglo XX, la idea de establecer espacios cercanos pero independientes, reaparecía en el empleo de las camas gemelas de las parejas, en lugar de la cama doble que facilita los contactos. Para la industria del cine de Hollywood, controlada por el Código Hays desde los años ´30 a los ´60, no estaba permitido que un hombre y una mujer, lo mismo daba si eran casados o solteros, compartieran la misma cama en la pantalla, excepto que mantuvieran un pie en el suelo, cabe suponer que con el objeto de no excitar demasiado la imaginación de la audiencia.

La noción del riesgo que ofrece la cama es antigua. El interés que suscita ese pequeño territorio puede resultar peligroso para los grandes proyectos de la sociedad. Cuando hombres y mujeres disfrutan demasiado del lecho que comparten, ¿cómo conseguir que dediquen suficientes energías a salvar sus almas o servir al Estado? Los espartanos mantenían separados a los soldados y sus esposas, permitiéndoles breves encuentros nocturnos, en plena oscuridad, para que se reprodujeran y no alimentaran sentimientos.

 En la democrática y refinada Atenas, el lugar asignado por las costumbres a la mujer, no era más amplio.  La esposa ocupaba un espacio propio, el Gineceo, ubicado lo más lejos posible de la calle, en una parte oculta de la casa, compartida por las sirvientas y niños pequeños. El marido la visitaba cada vez que lo deseaba, con el objeto de mantener relaciones sexuales destinadas a la procreación. Una vez satisfechos sus deseos, él se apartaba a su propio espacio, que incluía el resto de la casa y sobre todo el resto de la ciudad, los gimnasios, estadios, calles y plazas donde transcurría la vida pública y le resultaba posible alternar con otros hombres (y las prostitutas bien educadas y maquilladas, con las que realmente se disfrutaba del contacto con el otro sexo).

Dormir todas las noches con la pareja, en la misma cama, un artefacto cuyas dimensiones permite estar juntos y al mismo tiempo suministrar a cada uno su propio espacio, en el que se está bastante cerca para tocarse durante la noche, sea por descuido o deseo, es una apuesta que atrae a la mayor parte de los hombres y alarma a otros.

En ocasiones, consideran los recelosos, se encuentran demasiado próximos de la pareja, a quien ven dormir o despertar, libre de los artificios de la seducción que elaboran durante el resto de la jornada. Allí se encuentran sin mayores defensas cuando se desencadena alguna agresión. Una mujer furiosa es una fuerza de la Naturaleza. Si Holofernes no hubiera compartido la cama con Judith, habría mantenido en su sitio la cabeza. En los tiempos modernos, la vengativa Lorena Bobbit aprovecha la cama donde duerme la borrachera su marido, para castrarlo por el maltrato que ha sufrido.

Dos condenados  unidos por la misma cadena no se aburren; piensan en la evasión; pero nosotros no tenemos ningún tema de qué hablar. Nos lo hemos dicho todo. (...) No podemos pasear. El paseo sin conversación, sin interés, es imposible. Mi marido pasea conmigo por pasear, como si estuviera solo (Honoré de Balzac: Pequeñas Miserias de la Vida Conyugal)

A pesar de la atracción que sentía por las mujeres, Balzac no llegó a casarse nunca. Negoció durante años el proyecto de hacerlo con la condesa Hanska, una mujer culta y bella, que lo adoraba y se convirtió en principal destinataria de su correspondencia, que vivía en otro país, a miles de kilómetros de distancia. Por un motivo u otro, el escritor no terminaba de decidirse. Renunciar a su independencia le costaba, y nadie (ni siquiera la mujer con quien estaba relacionado) hubiera podido obligarlos a comprometerse más. Para calmar sus urgencias sexuales, le bastaban con recurrir a las prostitutas que no interrumpían su trabajo, si él no las convocaba, y de las cuales se desembarazaba después de pagarles, para continuar escribiendo.

Dormir con la pareja, aplaca los temores nocturnos a la soledad, suministra un interlocutor permanente, que fuerza a mantener un diálogo continuado, capaz de agotar todos los temas imaginables y destruir gran parte del encanto de cualquier relación. Muchas parejas naufragan en el territorio de la cama compartida, mientras que otras solo se mantienen vigentes gracias a esa vecindad donde se acompañan, consuelan o establecen treguas en el final de cada jornada. Según Otto Rank, en El Trauma del Nacimiento, al dormir acompañado se intenta superar el trauma de haber abandonado la matriz materna en el momento de nacer (una hipótesis que sería confirmada por la frecuencia de las posturas fetales que la gente adopta durante el sueño).

miércoles, 18 de junio de 2014

VIGILANTES CHAPERONAS

Al comparar distintas culturas, se advierte que los hombres y las mujeres son alentados (incluso conminados) por la sociedad a formar parejas estables y tener hijos, mientras que en forma paralela se les ponen obstáculos, destinados a restringir las tendencias que se opongan a las normas establecidas. El incesto, la promiscuidad, la homosexualidad, incluso la soltería y la dedicación a la vida contemplativa, quedan fuera de las opciones que se aceptan en la comunidad, y en algunos casos se las reprime en forma decidida. Los asirios alentaban a las jóvenes casaderas a prostituirse durante un año en beneficio del culto de la diosa Ishtar, pero una vez superado ese período que se consideraba educativo y piadoso, el matrimonio se imponía, con reglas de fidelidad no menos estrictas que las actuales. Raros son los ejemplos de sociedades en las que el llamado amor libre se tolera abiertamente, como sucedió durante los primeros años de la Unión Soviética (como queda registrado en la comedia Cama o Sofá de Abram Room) o el ámbito de las comunas hippies norteamericanas de los años `70. ¿Qué puede hacerse con una modalidad de relación donde los individuos se reúnen o separan sin mayores problemas, de acuerdo al capricho o la atracción sexual que experimentan unos por otros? Hoy pueden amarse apasionadamente, a pesar de lo cual mañana advierten que eran incompatibles, porque se aburrieron o se les cruzó en el camino otra pareja más interesante. Una volatilidad semejante es peligrosa para la estabilidad social. Las hormonas no suelen fundamentar relaciones demasiado sólidas, ni tampoco previsibles, como es el objetivo de cualquier institución. El simple entusiasmo, el enamoramiento que estalla en segundos y como llegó se desvanece, no brinda ninguna base confiable para la comunidad. Por lo tanto, los hombres y mujeres que se sienten atraídos mutuamente, deben superar las barreras en ocasiones odiosas, que se les plantean desde las instituciones, para dificultar el cumplimiento de un encuentro que sin embargo se presenta como deber.
Cuando hay que armar parejas, la intermediación femenina de la chaperona (carabina o dueña en España) resultaba insustituible para la cultura patriarcal. Bartolomé Murillo pintó a una Joven y su Dueña. La primera se exhibe en una ventana, mientras la segunda se cubre la cara y al mismo tiempo garantiza con su gesto pudoroso, que la soltera no esté ofreciéndose sin condiciones. Puede ser que los hombres desconfíen de la idoneidad de las mujeres en las tareas del gobierno, en el manejo de los negocios o el culto religioso, tareas que se consideran serias y difíciles de controlar. Para compensarlas de tanta represión de las habilidades femeninas, se les otorga el control de los asuntos domésticos, una esfera de menor rendimiento económico, donde le toca a los hombres la imagen de poco confiables, porque ante el menor inconveniente, dejan de lado las normas que ellos mismos elaboraron. Las mujeres (también los eunucos, en aquellas sociedades en las que tal clase de personas es fabricada) son los convocados para organizar la existencia de jóvenes solteras, cuyo honor debería preservarse para el matrimonio. Ellas no pueden circular demasiado en busca de marido (situación que es el objetivo fundamental de sus vidas) porque la simple exposición pública las devalúa ante la comunidad, tal como pensaban los griegos del mundo antiguo o los musulmanes de todas las épocas.
Si las mujeres quieren conocer a eventuales parejas masculinas (o hacer que los hombres solteros las descubran, se interesen en ellas y las libren de la vergüenza de pasar el resto de sus vidas sin marido) tendrán que recurrir a los servicios de especialistas femeninas, que por su condición social desprotegida o por su edad madura, no corren tantos peligros de sufrir el abuso masculino. La chaperona o acompañante femenina, era quien impedía tradicionalmente que las parejas heterosexuales se quedaran a solas en público o privado, una situación que de acuerdo a la visión tradicional conducía inevitablemente a la deshonra de de la mujer involucrada. Bastaba la breve soledad de una pareja para que todo el mundo considerara que aprovechando la circunstancia, había habido alguna actividad sexual. Imposible hacerse ilusiones respecto de los hombres, porque se los consideraba depredadores compulsivos. Bastaba que una mujer hubiera quedado expuesta a la vecindad de un hombre en una habitación cerrada, a pocos metros del resto de la familia, en el zaguán de la casa familiar, en una calle o plaza poco iluminada, en una última fila de una sala de cine, en el interior de un auto sin luces, para que se diera por hecho el contacto sexual entre ambos.
Durante todo ese tiempo del noviazgo, el novio solamente podía robarle unos cuantos besitos a la muchacha cuando su mamá se iba de a la cocina a colar café; unas cuantas caricias más apasionadas (…) si se les presentaba la oportunidad en algún lugar, y si tenía mucha suerte, le rozaría una rodilla a su futura esposa. (Esteban Fernández: Los antiguos noviazgos cubanos)
La chaperona insobornable y experimentada en esas lides (incluso la misma madre o una tía, no cualquier hermana o hermano menor, cuya complicidad pudiera ser comprada con algunas golosinas) acompañaba a las parejas durante los encuentros del noviazgo, un proceso lento de acercamiento y contención, que podía insumir varios años, durante los cuales se suponía que la pareja llegaba a conocerse bien, aunque lo más probable era que todo el contacto se redujera a diálogos rutinarios, pequeños regalos intercambiados regularmente, breves besos y preparativos interminables de la ropas y la vajilla utilizarían después del matrimonio. Los intereses de la familia de la novia estaban cautelados durante este proceso por la vigilancia de la chaperona. Con su presencia incómoda, ella recordaba a la pareja que no habían terminado de consolidarse, los límites de conducta impuestos por la opinión dominante: la reglamentación de días y horas de visitas, el lugar donde se efectuaban los encuentros, la iluminación y el mobiliario que iban a utilizar los novios para no molestar a nadie.
No podían acercarse demasiado, aunque compartieran el mismo asiento. El sofá era inadecuado, porque no costaba mucho convertirlo en peligroso lecho. Las sillas separadas resultaban una tortura para aquellos que a pesar de las restricciones deseaban tocarse. Durante el siglo XIX y comienzos del XX, se utilizó el ingenioso vis-a-vis, un sillón para dos personas, que obligaba a sentarse en direcciones opuestas, por lo que quedaban de lado (podían besarse fugazmente) a pesar de que cualquier contacto de la cintura para abajo quedara impedido.
Buena parte de la intimidad entre los novios quedaba postergada a momentos tales como la recepción o la despedida, que ocurrían en la tierra de nadie de la entrada a la casa de la novia. Allí, en la puerta de calle o en el zaguán mal iluminado, se intercambiaban besos furtivos, caricias, toqueteos, incluso la consumación de la actividad sexual tantas veces reprimida, en situaciones precarias, con riesgo de que la privacidad fuera invadida en cualquier momento por la llegada de parientes o vecinos. En pocas décadas, las restricciones anteriores fueron levantadas en buena parte del planeta. Los adultos están distraídos o han desesperado de la posibilidad de controlar la conducta sexual de sus hijos y parecen dispuestos a aceptar lo que sea. Las nuevas generaciones no consiguen imaginar, desde la más temprana adolescencia, que los adultos puedan cuestionar su vida sexual sin que se rían en su cara. Hay categorías como “los amigos con ventaja” que se han ido difundiendo en distintos sectores sociales y desdibujan la frontera que tradicionalmente se daba entre amistad y concubinato. Sexo hay, esporádico, pero compromiso no. Mejor dicho, el sexo no compromete demasiado, puesto que hay preservativos, anticonceptivos, píldoras del día después, etc. Por lo tanto, las chaperonas que controlaban la sexualidad de los novios debieran ser un tema del folklore, tan improbable como los carros tirados por caballos y el cine mudo.En la actualidad, sin embargo, los gobiernos locales de Japón, deseosos de detener la baja constante de la tasa de fertilidad que sufre el país, emplean a mujeres que recorren las casas de sus vecinos para averiguar la disponibilidad de hombres solteros. Ellas organizan fiestas destinadas a poner en contacto a hombres y mujeres que de otro modo, por el aislamiento que se ha vuelto una característica no buscada de la modernidad, continuarían cada uno por su lado. Internet ha llegado también para relacionar a solitarios, desde los chats que permiten diálogos desinhibidos entre solitarios, a los servicios de las empresas on line, que ofrecen organizar todo tipo de parejas. En la fantasía de un cantor popular brasileño, la testigo del cortejo amoroso se convierte en el centro de una perversa relación entre tres.
Yo me siento el rey / de un pequeño harén, / aunque ya no sepamos bien / quién vigila a quién. (Moderatto: Chaperona
)