viernes, 1 de abril de 2016

MUJERES INDIFERENTES U OPUESTAS AL SEXO (II)


Ninon de Lenclos
Simular indiferencia al sexo opuesto, aparentar una negativa pudorosa, incluso ofendida, al contacto con el hombre que ha tomado la iniciativa del cortejo, aunque solo sea una herramienta más en el proceso de negociación amorosa, ha llegado a ser una de las técnicas más refinadas que emplean las mujeres, en las más opuestas culturas. Ninón de Lenclos, escritora y cortesana francesa del siglo XVII, no dudaba en reconocerlo:

La resistencia de una mujer no es siempre una prueba de su virtud, sino más frecuentemente de su experiencia. (Ninón de Lenclos)

Ellas pueden hacerse valer, negándose a suministrar aquello que se les solicita (se les arrebata con frecuencia) en una cultura que tiende a marginarlas de las iniciativas de todo tipo. Dado que tienen pocas cartas, deben aprender a utilizarlas.
La indiferencia a los reclamos del sexo era una de las virtudes pregonadas (aunque no necesariamente practicada) por el cristianismo, heredada de los grandes filósofos estoicos de la Antigüedad, tanto para los hombres como para las mujeres. De acuerdo a un mito que circuló hace tiempo, el Papa de Roma habría recomendado a las mujeres alemanas que intentaran moverse durante el coito, aunque no sintieran la necesidad de hacerlo, para evitar el pecado nefando en el que habría incurrido un Emperador de ese origen, que llegó a consumar la relación carnal con su esposa, sin advertir que ella estaba muerta. Necrófilo a pesar suyo, la culpa era de una mujer indiferente a los placeres de la carne.
Richard Burton y Elizabeth Taylor en The taming of the shrew
Una mujer que no opone ningún tipo de resistencia (efectiva o fingida) se devalúa ante los ojos masculinos. Katherina, la mujer irascible de The taming of the shrew (La fierecilla domada) de William Shakespeare, manifiesta su mala educación ante el pretendiente que le impone su familia, Petruchio, pero no puede eludir una sucesión de humillaciones a las que él la somete cuando se convierte en su esposa. Las mujeres que no aceptan la dominación masculina, deben ser domadas sin tomar en cuenta su resistencia, es la moraleja de la comedia, tal como se procede con las yeguas salvajes.
Si el proceso ocurre al amparo del matrimonio, todo lo suceda estará en orden para la sociedad. Ella y él saldrán ganando de la aniquilación de la resistencia femenina. Si ocurre fuera del matrimonio, él ganará y ella perderá toda respetabilidad, pasará a ser una mujer usada y devaluada, a quien le costará mucho rescatar su dignidad.
Responder a la pasión de los hombres, excitarlos mediante gestos y palabras, excitarse durante el intento, no eran las estrategias más frecuentes de las mujeres mejor consideradas por la comunidad, y definían en cambio la situación de las prostitutas, a las que podía admirarse por sus dotes amatorias, lo cual equivalía a desearlas y despreciarlas al mismo tiempo. Después de todo, ¿de qué modo inaceptable para un hombre celoso podían haber adquirido esas destrezas? Mejor era no averiguarlo.
No plantear ninguna resistencia a las propuestas masculinas en materia sexual, ni suministrarles ningún estímulo una vez que las parejas se constituían legalmente: tales eran los límites planteados por la opinión dominante a la mayor parte de las mujeres. Adiestradas por sus madres o (lo que resultaba más probable) libradas a su propio ingenio, ellas dejaban toda la iniciativa sexual a sus parejas masculinas.
Egon Schiele: Dibujo
En épocas en que se desestimulaba la instrucción de las mujeres, cuando los hombres querían disfrutar un trato más experto en la cama, debían solicitarlo de las profesionales del sexo, que durante milenios han sido adiestradas en esas prácticas, para simular una excitación convincente, siempre y cuando se les compensara por sus servicios. Las prostitutas podían ser despreciadas socialmente, pero no perdían por eso su atractivo. Todo lo contrario. Recurrir a ellas tenía (tiene) para muchos hombres el incentivo de desafiar los tabúes de la sociedad, liberarse de restricciones que habitualmente se respetan.

Los hombres van de putas para sentirse varones. (Fito Páez)

Las mujeres venales, compartidas por innumerables clientes, esas que simulan experimentar con todos el mismo placer, pero probablemente lo fingen para causar buena impresión a quienes exigen ese espectáculo privado que reconforta su ego, unen a los hombres que las frecuentan, a sabiendas de que ninguno puede reclamar exclusividad sobre ellas. Pertenecen por un rato a cualquiera que pague la tarifa estipulada por sus servicios. Alimentar celos o imaginar duraderos proyectos de vida con ellas, relaciones que las quiten de circulación y las reserven para el disfrute de uno solo, son ideas ridículas que pueden concebirse en un momento de entusiasmo, pero al pensarlo mejor se desechan.

Se iba allá cada noche, alrededor de las once, como se va a un café, simplemente. Se encontraban seis a ocho, siempre los mismos; no eran juerguistas, sino hombres honorables, jóvenes funcionarios del gobierno; tomaba su chartreuse alegremente con alguna de las muchachas, o bien charlaban seriamente con Madame, a quien todos respetaba. Luego se recogían a dormir antes de la medianoche. Los jóvenes algunas veces se quedaban. (Guy de Maupassant: La Casa Tellier)

Henri de Toulouse-Lautrec: Pintura
No llega a ser una escena familiar, pero el burdel pueblerino ostenta la rutina de un lugar respetable, o al menos necesario de la comunidad del siglo XIX. Compartir mujeres de mala vida (no al mismo tiempo) establece una camaradería y una complicidad inevitable entre quienes las frecuentan y sin embargo, en la vida social, en caso de encontrarlas, negarían conocerlas. En los prostíbulos nacieron tradicionalmente negocios, amistades, acuerdos masculinos, alimentados por el reconocimiento y la aceptación de las debilidades de todos los que buscaban allí compañía. 
Sócrates, discípulo y Diotima
Fue así desde la Antigüedad, cuando Sócrates dejaba en su casa a su esposa, la malhumorada Xantipa, para disfrutar los razonamientos sutiles y las artes amatorias de una hetaira como Diotima, la extranjera de Mantinea.
En cuanto a las mujeres de la otra categoría, las denostadas (por aburridas) esposas legítimas, bajo ninguna circunstancia se acepta que puedan ser compartidas con otros hombres. ¿Cómo se tendría una certeza sobre la filiación de la prole, si la promiscuidad se aceptara? Cuando el adulterio es un hecho y la situación no puede ser ocultada, se convierte en causal de divorcio o crimen. La esposa del amigo es sagrada, se dicen tradicionalmente los hombres, unos a otros. Cuando alguien se atreve a violar esta norma, se lo considera una traición imperdonable y estalla una enemistad mortal entre el infractor y el traicionado.
Para la mentalidad masculina, es inaceptable que las esposas disfruten la pasión ilegítima tanto como la legal, y peor aún que en la práctica revelen haber disfrutado más lo ilegítimo que lo legal. Cualquier posibilidad de comparación entre los dos órdenes resulta odiosa, porque se supone que esas mujeres habían quedado reservadas para los hombres que las desposaron, y si por cualquier motivo no disfrutaban demasiado la legalidad, mejor hubieran hecho en resignarse o considerarlo un justo castigo a sus expectativas, porque nada mejor les estaba reservado.
Para el taoísmo chino, la actividad sexual involucra a las grandes fuerzas del universo: el Yin (la tierra o principio femenino) y el Yan (el cielo o principio masculino). Cuando Su Nu intenta responder las preguntas de Huang Ti sobre la manera de reconocer las sensaciones que experimentan sus parejas, describe una decena de indicadores del comportamiento femenino durante la actividad sexual, con lo que demuestra que el placer de la mujer no solo es posible, sino que debe ser tomado en cuenta; más aún, que es una de las mayores preocupaciones del hombre que se le acercó.

La mujer extiende sus pies y los dedos de los pies, intenta retener el martillo de jade masculino dentro de ella, pero no está seguro de qué modo desea que él empuje. Al mismo tiempo, emite murmullos con voz ahogada. Esto indica que está a punto de llegar a la marea del Yin.
De repente averigua lo que desea y tuerce un poco su cintura. Transpira algo y sonríe. Esto indica que desea que él no acabe aún, pues todavía desea más. (Jolan Chan: El Tao del Amor)

MUJERES INDIFERENTES U OPUESTAS AL SEXO (I)


Bernini: Apolo y Dafne
En la mitología griega, la bella ninfa Dafne, perseguida por Apolo, consigue que su padre, el río Peneo, la convierta en un arbusto, un laurel, con tal de salvarla del acoso del dios. Está en su derecho negarse a conceder su cuerpo al seductor, por poderoso que él sea, como había hecho antes con otros pretendientes que intentaban limitar su libertad de cazadora, pero esta decisión finalmente le cuesta cara: pierde la voz, la movilidad y la tersura del cuerpo humano, queda reducida a la materia poco apetecible de un arbusto rugoso, que Apolo utiliza como puede (elabora coronas con sus hojas perfumadas y siempre verdes, por ejemplo, para llevarla siempre consigo).

Corren veloces el dios y la muchacha, él por la esperanza y ella por el temor. Sin embargo, el perseguidor, ayudado por las alas del amor, es más rápido, se niega el descanso, acosa la espalda de la fugitiva y echa su aliento sobre los cabellos de ella, que le ondean sobre el cuello. Agotadas sus fuerzas [Dafne] palideció, vencida por la fatiga de tan acelerada huida, mira las aguas del Peneo y dice: “Socórreme, padre, si los ríos tenéis un poder divino, destruye, cambiándola, esta figura por la que he gustado en demasía”. (Ovidio: Las metamorfosis)

La víctima del acoso sexual puede resistirse al acosador (con consecuencias variadas, que van desde el pedido de disculpas de aquel que la molestaba sin imaginar siquiera la posibilidad de ser rechazado, hasta la violación y el femicidio en los que se hace caso omiso de la resistencia de la víctima). Cuando el desencuentro ocurre al amparo de la institución del matrimonio, la negativa se vuelve más difícil de justificar, primero porque el hombre suele considerarse con derechos adquiridos sobre el cuerpo de su pareja, luego porque esa convicción es compartida por la mayoría de la sociedad, y finalmente porque los argumentos de la mujer que se resiste suenan falaces: su deber es participar o en todo caso entregarse a la iniciativa de su pareja.
¿Qué le cuesta conceder el favor que se le reclama, sin ofrecerle ninguna satisfacción, por ejemplo un regalo, una suma dinero, una palabra amable, una caricia? Hay diferencias entre la condición de esposa y la condición de prostituta, que no implican mayores ventajas para la primera
Eso abre, no obstante otra duda. ¿Para qué se casó una mujer, si no tomaba en cuenta la intimidad sexual? ¿Para obtener una foto? ¿Para que alguien ajeno a la familia se encargue de mantenerla? ¿Para que sus amigas no la consideren fracasada? Ella o sus asesores debieron estar muy mal informados respecto de las obligaciones ineludibles de una esposa. ¿Acaso no es más fácil para ella aceptar el acoso del marido, sabiendo que si no se opone, el mal rato al que se encuentra expuesta pasará pronto, aunque sin duda habrá de repetirse periódicamente, a pesar de que ella no llegue a disfrutarlo nunca?
Rosario Castellanos
En un poema satírico de Rosario Castellanos, el monólogo de la mujer solicitada por un hombre que ella declara no atraerle, pero que se encuentra obligada a aceptar, por la promesa de amarlo y servirlo, hecha ante las autoridades civiles y religiosas, suministra indicios nada simples sobre los motivos de la resistencia femenina y la confianza respecto de las armas que dispone su sexo para solicitar en ciertos casos, o defraudar en otros, en el campo de batalla de la cama, al único hombre que debería acercársele.

Con frecuencia, que puedo predecir, / mi marido hace uso de sus derechos o / como él gusta llamarlo, paga el débito / conyugal. Y me da la espalda. Y ronca. / Yo me resisto siempre / por decoro / pero siempre también / cedo. Por obediencia. / No, no me gusta nada. / De cualquier modo no debería de gustarme / porque yo soy decente ¡y él es tan material! /  Además me preocupa otro embarazo. / Y esos jadeos fuertes y el chirrido / de los resortes de la cama pueden / despertar a los niños que no duermen después. (Rosario Castellanos. Kinsey Report)

José Echenagusia: Sansón y Dalila
Siempre hay una infinidad de cuestionamientos en la vida de una pareja, que tienen un común denominador: el rechazo de la intimidad sexual, que es una circunstancia de alto riesgo para los participantes. No solo pueden contagiarse enfermedades venéreas: los hombres quedan demasiado expuestos en esos momentos a la influencia femenina, con resultados tan lamentables como la ceguera y pérdida de fuerzas que sufrió el mítico Sansón de los hebreos, derrotado por la filistea Dalila, durante el sueño relajado que siguió al coito. Si ella le concedió su cuerpo, puede suponerse, no fue porque él la atrajera, sino para obtener lo que el ejército de su pueblo no había logrado en el campo de batalla. Entregarse a una mujer, de acuerdo a esa óptica, es concederle un poder que la alienta a abusar de su posición circunstancial.
En forma paralela, las mujeres quedan sometidas a la incertidumbre del embarazo, que habrá de esclavizarlas durante los meses del embarazo, y más allá, obligarlas a no pensar en otras cosa que la crianza de su prole, durante años.
Para las culturas paternalistas, la indiferencia sexual o la frigidez de las mujeres es un dato más que conveniente, incluso tranquilizador, para los hombres que aspiran a controlar a las mujeres en otros aspectos de mayor relevancia social (financieros, educativos, cívicos, religiosos). Si son tan carentes de iniciativa en la cama, cabe suponer que a ellas tampoco les importaría manifestarse en asuntos de mayor relevancia, que tradicionalmente se atribuyen a los hombres. Una cultura que otorga desiguales oportunidades y obligaciones a los dos géneros, establece conflictos que pueden ignorarse en ocasiones, pero no por ello se resuelven satisfactoriamente para ambas partes.

A cualquier mujer le gustaría ser fiel. Lo difícil es hallar un hombre a quien serle fiel. (Marlene Dietrich)

Si las mujeres no experimentan demasiado placer durante la actividad sexual que se comprometieron a mantener con sus esposos, si ponen todo tipo de excusas para postergarla, resulta probable que tampoco intentarán nada por ese lado fuera del matrimonio. Esa situación no les promete a las mujeres una mejor calidad de vida, pero sin duda asegura la honra de sus padres, hermanos, esposos e hijos. No está mal visto que ellas renuncien al disfrute de su cuerpo, siempre y cuando se encuentren dispuestas para conceder a su marido eso que a ellas les ha sido prohibido para que no se extravíen.
De todos modos, la cultura patriarcal acostumbra a las mujeres a presentarse como un objeto infalible de atracción masculina. Los machos van a solicitarlas fueron programados por la cultura machista para hacerlo; van a competir entre ellos, como hacen los urogallos o los alces dispuestos a demostrar que son dignos de una hembra; van a esperar que ellas los acepten como pareja.
Aquellos que no reaccionan pronto, de acuerdo a ese mecanismo biológico elemental, se convierten en un desafío que puede volverlos más atractivos a los ojos femeninos. ¿Cómo derribar esa contención inesperada, inaceptable para el orgullo de la mujer?
Giovanni Lanfranco: José y la mujer de Potifar
El casto José, que rechaza las insinuaciones de la esposa de Potifar, no es precisamente un héroe de la mentalidad masculina moderna. El personaje bíblico tiene virtudes admirables, desde su generosidad con los miembros de su familia que lo han perjudicado, hasta su capacidad de administrar sabiamente los negocios de su patrón, pero la castidad no contribuye a que se lo aprecie más. ¿Acaso las mujeres no lo tientan? ¿Por qué la indiferencia sexual, una virtud tan apreciada cuando se piensa en las mujeres, pasa a convertirse en evidente objeto de escarnio cuando se refiere a la conducta de un hombre?
Los hombres incapaces de controlar sus deseos, son vistos en el peor de los casos, por la mentalidad dominante, como simples víctimas de un temperamento apasionado, mientras que las mujeres que caen en la misma categoría, lo más probable es que sean execradas.  ¿Cómo se atreven? Tal ha sido la milenaria tradición dominante en Oriente y Occidente, donde a nadie se le ocurría entender que la limitación de la experiencia femenina en el disfrute del sexo, pueda alimentar conflictos que debieran resolverse gracias a incómodos diálogos de pareja (“¿Lo pasaste bien?”, “¿Qué te ha gustado más?”, “¿Qué no te ha caído bien?”) o buscando la intermediación de alguna autoridad competente (desde consejeros espirituales a psicólogos y médicos) encargados de orientar a quienes lo consultan sobre una materia tan privada.

sábado, 20 de febrero de 2016

IDEÓLOGAS DEL CAMBIO SOCIAL


Marie Dentière
Cuando se piensa en mujeres que participan en la vida pública, tradicionalmente se tiende a verlas como seguidoras de los hombres elocuentes que ellas han tenido cerca, no pocas veces desempeñándose como sus dedicadas secretarias o admiradoras, también como sus fieles parejas, que no se oponían a las decisiones masculinas y tampoco las estorbaban, porque no se consideraban en condiciones de competir con ellos. Fue el caso de Catalina von Bora, monja que abandonó el convento para convertirse en esposa y colaboradora de Lutero, pero no el de la teóloga belga Marie Dentière, que intentó exponer ideas propias.

Si Dios dio gracia a algunas buenas mujeres, revelándoles algo santo y bueno a través de las Sagradas Escrituras, ¿tienen ellas que atreverse a no escribirlo, no hablarlo o no declararlo a los demás, por causa de los difamadores de la verdad? Puede ser demasiado impúdico cubrir el talento Dios nos ha concedido a nosotras, que debemos tener la gracia de perseverar hasta el fin. (Marie Dentière)

En el siglo XVI, Dentière, tras haber ingresado a un convento de monjas agustinas, asistió a una prédica de Martin Lutero, que la convenció de sumarse a la Reforma Protestante  que él llevaba a cabo contra los jerarcas de la Iglesia Católica. En 1528 Dentière se casó con un predicador de la misma tendencia, Simon Robert, con quien tuvo dos hijos. Al quedar viuda, predicó en Ginebra a la par de Calvino y Farel, líderes del protestantismo, que desaprobaron su actuación.
Para eludir la prohibición expresa a la publicación de textos teológicos escritos por mujeres, firmó los suyos con seudónimo. Dentiére se casó por segunda vez con Antoine Froment, otro predicador reformista. Planteó en sus artículos el punto de vista de las mujeres sobre la doctrina cristiana. Propugnaba la necesidad de reinterpretar los Evangelios, para ampliar la participación femenina en el culto religioso (un tema que cinco siglos más tarde continúa en discusión).

¿Tenemos dos Evangelios: uno para hombres y otro para mujeres? Tampoco los calumniadores y enemigos de la verdad tienen el derecho de acusarnos de excesiva arrogancia, ni puede un verdadero creyente decir que las mujeres están traspasando sus derechos cuando hablamos a otra acerca de las Sagradas Escrituras. (Marie Dentiére)

Menos de tres siglos más tarde, las mujeres no pensaban en cambiar el mundo mediante la religión y se sumaban a la discusión política iniciada por los intelectuales. Cuando llega la Revolución Francesa, Théroigne de Méricourt fundó la Sociedad de Amigos de la Ley junto a su amigo, Gilbert Romme.
Théroigne de Méricourt
Años atrás, cuando decidió abandonar el hogar paterno por diferencias irreconciliables con su madrastra, perdió el apoyo de la familia, tuvo que sostenerse sola y al parecer habría llegado a prostituirse para sobrevivir. Una vez instalada en Paris, gracias a su relación con el Marqués de Persan, abrió un salón literario frecuentado por los futuros revolucionarios. Al comenzar la Revolución, la Méricourt no se conformó con recibir y agasajar a sus visitantes. Participó junto a los hombres, sable en mano, en la Toma de la Bastilla. Los monárquicos la vilipendiaron por sus ideales republicanos y su pasado de mujer pública. La describían como un personaje desequilibrado, que intentaba vengarse de la sociedad que la había marginado.

Ustedes [los hombres] anularon todo los privilegios [de la nobleza]; anulen también los del sexo masculino. Trece millones de esclavas llevan las cadenas que les colocaron trece millones de déspotas. (Théroigne de Méricourt)

Méricourt era imprudente en sus discursos, por apasionada y cometió el error de enfrentar al poderoso Robespierre, en medio de la lucha de facciones que estuvo a punto de desembocar en una guerra civil. Creó una legión de lo que denominó amazonas (batallón de mujeres armadas) con la que pretendía invadir los Países Bajos para liberarlos de la monarquía. Tanto activismo no anunciaba premios ni reconocimientos para ella. Había que silenciarla pronto, para que su ejemplo no cundiera entre las mujeres. Méricourt fue castigada por una banda de seguidoras de Robespierre, que le quitaron la ropa interior y la azotaron en plena calle.

Ciudadanas: demostremos a los hombres que no somos inferiores a ellos en valentía y bravura; demostremos a toda Europa que las mujeres francesas conocen y está a la altura de las ideas de su siglo, despreciando los prejuicios absurdos y antinaturales. (…) Francesas (…) rompamos nuestras cadenas. Ya es hora de que las mujeres abandonen el vergonzoso estado de nulidad en que el orgullo y la injusticia de los hombres las mantienen hace tanto tiempo. Volvamos a las épocas en que las galas y las altivas germanas deliberaban en las asambleas públicas y combatían al lado de sus esposas para rechazar a los enemigos. (Théroigne de Méricourt)

Flora Tristán
Durante el siglo XIX, las mujeres se plantearon reiteradamente igualar sus derechos cívicos con aquellos que disfrutaban los hombres. Flora Tristán, hija de los amores de una francesa y un alto oficial peruano que residía temporariamente en España, conoció una infancia desahogada, pero no logró ser reconocida por su padre, que murió cuando ella tenía cinco años. A partir de ese momento, ella y su madre quedaron en la pobreza, comenzó a trabajar en una imprenta en Paris y se casó muy joven con su patrón. Cansada de los malos tratos que recibía, Flora huyó de su hogar, llevándose a sus hijos.
Viaja a América, para reclamar la herencia paterna y apenas consigue una pensión. Al regresar a Francia, se incorpora a la lucha por la emancipación de la mujer y los derechos de los trabajadores (dos causas que a partir de ella pasan a estar indisolublemente relacionadas).
Cuando se niega a las niñas la posibilidad de recibir una educación, analiza Tristán, es porque se ha decidido que es en el seno del hogar donde mejor se las explota como fuerza de trabajo, al encargarles las tareas domésticas, la crianza de los niños, las compras de provisiones, etc. Ese régimen no pasa de ser una preparación para las tareas que se le encomiendan al llegar a la adolescencia, al ubicarlas como aprendizas en talleres donde el trato no es menos desconsiderado de lo que había sido en el hogar. La otra opción es prostituirse. Ante una situación tan intolerable vivida por millones de mujeres, la propuesta de Tristán es simple, difícil de aplicar y sin embargo inevitable, como reconoce su contemporáneo, Karl Marx:

Proletarios del mundo, uníos. (Flora Tristán)

Emmeline Pankhurst
Emmeline Goulden era hija de una pareja de activistas sociales, que se incorporó a la causa del sufragio femenino a los 14 años. Se había formado en una escuela francesa. Conoció a Pankurst, su marido, un abogado bastante mayor que ella, con quien compartía los mismos ideales. Fue madre prolífica, lo que no le impidió fundar una asociación que promovía el voto universal. En el verano de 1908, llegaron a reunir medio millón de sufragistas en Hyde Park. Cuando Pankhurst intentó incorporarse al Partido Laborista, la rechazaron… por ser mujer.
Al quedar viuda, ella y sus hijas se dedicaron a actividades de agitación, que incluían quebrar los vidrios de ventanas de la residencia oficial del Primer Ministro, agredir a policías, incluso provocar incendios en establecimientos comerciales. Fueron encarceladas e iniciaron huelgas de hambre que las volvieron célebres por la crueldad de los métodos utilizados para alimentarlas por sondas. Al comenzar la Primera Guerra Mundial, las sufragistas invitaron a las mujeres para que incorporaran masivamente al campo laboral que hasta entonces había sido reservado a los hombres. Finalmente, en 1918, el Parlamento británico concedió el voto a los hombres mayores de 21 años y las mujeres mayores de 30. Nancy Astor fue la primera mujer elegida para un escaño de la Cámara de los comunes, en 1919.
Rosa Luxemburgo
Rosa Luxemburgo fue una militante izquierdista de fines del siglo XIX, nacida en Polonia, obligada a exiliarse en Suiza y Alemania, que se opuso a la Primera Guerra Mundial. A pesar del hándicap de una cojera, desde muy joven se destacó en la conducción de un partido político obrero, organizó huelgas, estudió Economía, Historia y Filosofía. La suya era una solitaria voz femenina en un mundo de hombres. La encarcelaron reiteradamente, predicó la objeción de conciencia ante el estallido de la guerra.
Acusada de incitar a la desobediencia civil, la justicia alemana la condenó a un año de encarcelamiento. La asesinaron en 1919, apenas concluida la guerra, cuando había previsto las desviaciones que aguardaban a la Revolución bolchevique, en la recién establecida Unión Soviética.

¡El orden reina en Berlin! Vuestro orden está construido sobre la arena. Mañana la revolución se levantará vibrante y anunciará con su fanfarria: ¡Yo fui, yo soy, yo seré! (Rosa Luxemburgo)

Alicia Moreau
Pocos años más tarde, la joven Alicia Moreau, hija de un anarquista francés emigrado a Argentina, fundó en 1906, a los 21 años, el primer Centro Feminista del país, con el objeto de promover el voto femenino. En 1907 ingresó a la Facultad de Medicina con otras cinco mujeres. En 1915 obtuvo su diploma universitario de Médica Cirujana. En 1921 fundó el Partido Socialista argentina y un año después se casó con su fundador, Juan B. Justo.

El feminismo no fue un detalle de indumentaria, sino una forma distinta de pensar; no se trató de oponer a la mujer al hombre, sino (…) de no dejarla ajena al pensamiento moderno, de permitirle que conquistase en la sociedad una posición menos deprimida, de darle los medios de defenderse contra un régimen que no ha sido hecho para ella y en donde se encuentra herida y vejada. (Alia Moreau de Justo: Feminismo e intelectualismo)

Alexandra Kollontai
Alexandra Kollontai fue designada Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública, tras el establecimiento de la Unión Soviética, en 1917. Desde el alto cargo que ejercía, logró que se aprobaran las leyes del divorcio y el derecho al aborto, el reconocimiento salarial a la maternidad, fundación de guarderías y hogares para los hijos de las trabajadoras. Promovió la participación femenina en todas las profesiones.
Desde 1921, Kollontoi quedó marginada por su propuesta de entregar las fábricas a los trabajadores y varios de sus planteos quedaron archivados definitivamente. Se la designó como embajadora de la URSS en Noruega (fue primera mujer que asumió una responsabilidad parecida). Sus ideas resultaban incómodas para una conducción que necesitaba consolidar una imagen más convencional de la mujer, después de haberle permitido incorporarse plenamente a las actividades productivas.

En vez del matrimonio indisoluble, basado en la servidumbre de la mujer, veremos nacer la unión libre fortificada por el amor y el respeto mutuo de dos miembros del Estado Obrero, iguales en sus derechos y en sus obligaciones. En vez de la familia de tipo individual y egoísta, se levantará una gran familia universal de trabajadores. (...) Estas nuevas relaciones asegurarán a la humanidad todos los goces del amor libre, ennoblecido por una verdadera igualdad social entre compañeros, goces que son desconocidos en la sociedad comercial del régimen capitalista. (Alexandra Kollontoi: La igualdad social del hombre y la mujer)

miércoles, 13 de enero de 2016

SUMISIÓN Y RESISTENCIA FEMENINAS


Encuentro de nativos y europeos
La llegada de Colón a lo que él consideraba las Indias, estuvo marcada por la decisión de someter a las mujeres nativas a un trato de botín de guerra. Ellas eran parte del bando enemigo y podían ser utilizadas para lo que el invasor considerara necesario, por ejemplo, como objeto de placer, sin considerar que lo aceptaran o se resistieran. Cualquier escrúpulo moral, cualquier excusa de evangelización de los paganos, según planteaba el Pontífice romano, podía ser dejado de lado, puesto que tal vez no se tratara de seres humanos, dotados de un alma inmortal. ¿Sospechaban ellas que les cabía el derecho a resistirse, a decir que no, aunque desconocieran el idioma que utilizaban los invasores?

Mientras estaba en la barca, hice cautiva a una hermosísima mujer caribe, que el susodicho Almirante [Cristóbal Colón] me regaló, y después que la hube llevado a mi camarote, y estando ella desnuda, según es su costumbre, sentí deseos de holgar con ella. Quise cumplir mi deseo pero ella no lo consintió y me dio tal trato con sus uñas que hubiera preferido no haber empezado nunca. (…) Tomé una cuerda y le di de azotes, después de lo cual echó grandes gritos. (…) Finalmente llegamos a estar tan de acuerdo que puedo decirte que parecía haber sido criada en una escuela de rameras. (Michel de Cúneo: Cronistas de Indias)

Mujer golpeada
El desprecio por las víctimas femeninas de la violencia sexual, no queda reducido a casos aislados, que se destacarían de la opinión dominante, como actos reprobables, que la comunidad opina que deben ser castigados severamente, para desalentar a quienes pudieran imitarlos. Tanto si se da una sanción legal o moral, como si no la hay, quienes sufrieron la violencia quedan marcadas para los testigos. El desprecio organiza el diálogo desigual entre víctimas y victimarios, porque instala a las víctimas en un espacio de indefensión, de carencia de derechos, que los victimarios articulan a su medida, con el objeto de eliminar cualquier duda sobre quiénes son unos y otras.
Las mujeres fueron definidas tradicionalmente por la cultura patriarcal como el sexo débil, aunque las estadísticas actuales demuestren que viven más tiempo que los hombres, a pesar de sobrellevar situaciones tan estresantes o más que las vividas por los hombres. La idea de una minusvalía natural, biológica, imposible de superar, que las convertiría tarde o temprano en las víctimas más probables, cuando se involucran con representantes del otro género, se arraigó sin embargo en el imaginario colectivo, tanto de los hombres como de las mujeres.
Para ellos, la indefensión femenina, lejos de plantear la necesidad de un trato más atento, sugiere la posibilidad de controlarlas sin demasiado riesgo. Después de todo, ¿qué se arriesgaría? Si son abusadas y no les gusta, si piden ayuda o acusan a sus agresores, no las escucharán y lo que es más seguro, ellas casi nunca se atreverán a protestar, porque al hacerlo se marginan de buena parte de la sociedad.
Para ellas, la conciencia de la indefensión, se convierte en la excusa perfecta para no arriesgarse más allá de los límites que la sociedad ha fijado a su género. Cualquier salida fuera de los límites que las instituciones les establecieron tradicionalmente, puede traerles un cúmulo de consecuencias lamentables, que pueden evitar mediante la sumisión.
Pradilla: Rapto de las sabinas
La representación del rapto de las Sabinas, episodio mítico situado en la época de la fundación de Roma, sirve de excusa para los artistas plásticos de todos los tiempos, que desean incluir atractivos desnudos femeninos y vigorosos cuerpos masculinos en acción. En esas imágenes, no es mucho lo que resta del secuestro de mujeres efectuados por los nuevos ocupantes del territorio, que carecían de esposas y no imaginaron nada mejor que invitar a sus vecinos a unas carreras de caballos y libaciones alcohólicas, durante las cuales se apoderaron de las mujeres y las violaron. ¿Qué podía ocurrir después? ¿La venganza de las familias ofendidas? Para el mito, habría ocurrido un paradójico desenlace. Las mujeres ofendidas interceden ante los suyos, para que acepten a los ofensores, sin duda rústicos, pero también seductores.
Rubens: Rapto de las sabinas

Las sabinas, interponiéndose entre yernos y suegros, los unieron. (Virgilio: La Eneida)

En las pinturas elaboradas para evocar ese desconfiable happy end, hay una representación de la violencia indeseable, combinada con una celebración del abuso que termina (si puede creerse la versión de los vencedores) en una fiesta de reconciliación. ¿Por qué molestarse en condenarla, entonces? Abusar de la condición del derrotado es una situación rutinaria. En los textos de la Biblia, la alternativa de una guerra contra los vecinos que constituyen una amenaza para el pueblo elegido por Dios, promete a quienes participen, el disfrute de todas las crueldades posibles.

Porque yo reuniré a todas las naciones para combatir contra Jerusalén, y la ciudad será tomada y saqueadas todas las casas, y violadas las mujeres, y la mitad de la ciudad irá en cautiverio. (Ezequiel 14:02)

Mariano Fortuny: Tarquinio y Lucrecia
En la Antigua Roma, la noble Lucrecia era la esposa de Colatino. El hijo del rey Tarquinio se enamoró de ella, le propuso convertirse en su amante y al ser rechazado amenazó con matarla junto a uno de sus esclavos, para que pareciera haber sido sorprendida en adulterio. Lucrecia no tuvo otra salida que ceder, pero al día siguiente informó lo sucedido a su padre y a Colatino. A continuación, se clavó un puñal en el pecho y murió delante de los suyos. La historia causó tal indignación popular, que el rey y su parentela fueron expulsados de la ciudad.
Lucrecia se convierte en heroína popular gracias a una triple victimización que acepta, no de buen grado, y sin embargo la deja marcada. Primero, salva su vida, sometiéndose al capricho del violador. Luego confiesa la falta en la que incurrió contra su voluntad. Por último, se quita del medio, para no constituir una carga insostenible para la honra de su marido y su familia paterna. Dada la enorme disparidad de fuerzas que se enfrentan, la víctima no puede controlar al adversario, sino publicar la ofensa que sufrió, para que otros más fuertes la venguen.
Artemisia Gentileschi: Judith y Holofernes
La historia de Lucrecia no ha perdido vigencia, pero el tipo de respuesta femenina sí. Una pintora del Renacimiento italiano, Artemisia Gentileschi, que pintó varias versiones de la decapitación de Holofernes por Judith, habría pasado por la experiencia de ser violada a los dieciocho años. Ella no esperó que su padre la vengara, ni tampoco aceptó casarse con el violador, como le ofrecían los negociadores. Prefirió la vergüenza de denunciarlo ante un Tribunal, exponiéndose a la marginación social. Durante el proceso que condenó al hombre a un año de cárcel y el exilio, Gentileschi dejó un testimonio escrito de lo sucedido.

Cerró la habitación con llave [su agresor] y una vez cerrada me lanzó sobre un lado de la cama, dándome con una mano en el pecho, me metió una rodilla entre los muslos para que no pudiera cerrarlos, y alzándome las ropas, que le costó mucho hacerlo, metió las dos rodillas entre mis piernas y apuntando con su miembro a mi naturaleza, comenzó a empujar y lo metió dentro. Y le arañé la cara y le tiré los pelos y antes de que pusiera dentro el miembro, se lo agarré y le arranqué un trozo de carne. (Artemisia Gentileschi).

¿Cómo imponer alguna paridad entre los participantes de una relación que incluye a quienes la naturaleza y/o la sociedad asignan distintos roles y cuotas de poder? Los hombres suelen ser designados por el contexto social como cazadores, mientras se define paralelamente a las mujeres como sus presas inevitables. Si un hombre se resiste a acechar y perseguir, tanto como si una mujer se niega a ofrecerse y negarse por turnos, eso afecta a la otra parte, que se desconcierta o reclama por la ruptura de un acuerdo tradicional basado en la disparidad.
Los hombres sospechan frecuentemente de la fidelidad de las mujeres, y no tardan en volverse violentos por ese motivo, aunque no tengan pruebas de nada, mientras que las mujeres sufren el desamor de los hombres, que atribuyen a su propia incapacidad para retenerlos, o a la maldad de otras mujeres decididas a arruinar una relación de pareja que hubiera debido continuar hasta que la muerte los separara.

En sus interacciones grupales los niños aprenden (…) que las figuras masculinas son importantes; los hombres saben, son infalibles y deben ser imitados; un hombre está para cosas grandes, para sobresalir y dominar a otros. (Abarca Paniagua: Discontinuidades en el modelo hegemónico de masculinidad)

De un hombre engañado por una mujer, la sociedad espera (más bien exige) que no acepte ser expuesto como la víctima pasiva de la ofensa, una circunstancia que acarrea el deshonor para su género. Él debe reaccionar de inmediato, no solo defendiéndose de la injuria que sufrió, sino (como se da en muchas culturas) castigando a quien lo traicionó. En el pasado, matar a la mujer infiel no era considerado un crimen, sino un acto de Justicia, que restauraba un orden moral vulnerado. Esa mujer debía pagar por sus actos reprobables, para que otras mujeres tentadas de hacer algo parecido se contuvieran.
Cuando una mujer pasa por una situación similar, se espera en cambio que perdone sin demasiado trámite lo sucedido, en beneficio de la continuidad de la familia, o que en último caso busque ayuda (en lo posible, la de otros hombres) que la vengarían, a pesar de la marca infame que ahora ella carga por tanto tiempo como esos protectores decidan.
Siempre quedan dudas que afectan de manera desigual a la honra de ambos géneros. ¿Acaso habrá sido la mujer violada tan inocente como ella reclama, cuando busca la compasión de la sociedad (que de acuerdo a sus normas debería discriminarla por su debilidad) o conseguir el perdón de los suyos (que se consideran deshonrados por la desgracia que le ocurrió, tal vez porque ella lo excitaba)? ¿Acaso el violador fue tan culpable como se lo juzga desde la perspectiva de la víctima? ¿No se tratará más bien de un hombre sano, puede decirse que “normal”, incapaz de desoír el reclamo de sus hormonas? Si la mujer no lo tentó, como afirman las de su género, desde la época de Adán y Eva, él debe aceptar para sí la imagen cruel que la tradición le impone. Créase o no, al abusar de la mujer, él dio cumplimiento a un mandato social para el que fue sistemáticamente acondicionado desde la infancia y que no fue capaz de resistir, porque de hacerlo (aunque solo de manera excepcional, por compasión o descuido) se expondría al desprecio de sus pares.
Rosario Castellanos
En cuanto a ella, al admitir que puedan abusarla, no solo confirma su posición desventajosa, la de su género, condenado a reproducir la especie, y por lo tanto susceptible de recibir la simiente de los machos, sino que (al menos por un instante, aquel durante el cual el hombre despliega sus herramientas de intimidación o seducción, porque haría cualquier promesa con tal de poseerla) ella se convierte en el centro de un universo donde habitualmente se la margina. 

Al principio me daba vergüenza, me humillaba / que los hombres me vieran de ese modo / después. Que me negaran / el derecho a negarme cuando no tenía ganas / porque me habían fichado como puta. / Y ni siquiera cobro. Y ni siquiera / puedo tener caprichos en la cama. / Son todos unos tales. ¿Qué por qué no lo hago? / Porque me siento sola. O me fastidio. (Rosario Castellanos:  Kinsey Report)