sábado, 28 de mayo de 2016

MUJERES QUE MARCAN A SUS HOMBRES


Amal Clooney
La abogada británica Amal Alamuddin, después de casarse con el actor George Clooney en 2014, retoma su carrera profesional cambiando de apellido. En adelante, se presenta como Amal Clooney. Algo parecido habían hecho años antes figuras del espectáculo como Susan Sarandon, que conservó el apellido de su marido cuando ya no eran pareja. Se trata de opciones personales, tomadas por personas que pueden darse el lujo de obedecer o desobedecer las reglas de la comunidad.
En gran parte de los países árabes, las mujeres conservan el apellido de sus familias paternas al casarse. En el mundo cristiano, las mujeres quedan marcadas por el nombre del marido y suelen exhibirlo con evidente orgullo, para diferenciarse de otras, que no habían sido capaces de retener legalmente a ningún hombre. En los países de habla inglesa (con excepción de Escocia) las mujeres pierden su nombre y apellido de solteras, para convertirse en la impersonal esposa de su marido. Cuando se los nombra en público, son el Señor y la Señora X. Se habla en plural de los X. Eventualmente, los hijos pueden conservar el apellido materno como segundo nombre. Mujeres que tienen una imagen pública, adoptan una práctica similar, como es el caso de Hillary Rodham Clinton.
Hillary Rodham Clinton
En Latinoamérica, estas mujeres casadas conservan su nombre y apellido, pero deben agregar un “de” que indica su pertenencia al marido, al mismo tiempo que el cese de su anterior dependencia del padre. Las militantes por los derechos de la mujer de fines del siglo XIX y comienzos del XX, luchaban entre otras cosas por la conservación del apellido de soltera, como señal de la independencia femenina. Lucy Stone, la primera mujer en graduarse en una universidad norteamericana, a pesar de estar casada, en su carrera como militante por la abolición de la esclavitud negra, decidió conservar su apellido de soltera. Solo en el curso del siglo XX, gran parte de las mujeres profesionales han reivindicado el derecho a conservar el apellido de soltera, sin hacer mención a su posible relación de pareja.
El abandono del apellido del hombre, para adoptar el de la mujer, es poco frecuente, y en ciertos casos es visto como una señal que degrada al hombre. Hablar del Señor X, atribuyendo al marido el apellido de la mujer con quien se encuentra relacionado, no puede ser visto como algo normal, sino su evaluación como un don nadie.
Joko Ono y John Lennon
John Lennon adoptó en 1969 el nombre de John Ono Lennon, para marcar la relación con su amada Joko Ono. El hecho de Michael Buday y Diana Bijon, miembros de una agrupación libertaria norteamericana, demandaran en 2007 al Estado de California, ante la negativa legal a permitir que el hombre utilizara el apellido de su pareja, ha sentado un precedente que obligó a modificar la legislación de varios Estados.
Buday y Bijon
¿Cómo marcan las mujeres a los hombres? Colette, la escritora que durante su juventud había sido la esposa y verdadera autora de varias novelas de Willy, al madurar escribió Chéri, una obra donde la relación tradicional de dominio entre hombres y mujeres se invierte. No hablaba de lo que desconociera. A los 47 años, había iniciado una relación con un adolescente de 16, para colmo su hijastro. En la ficción, Léa de Lonval, la protagonista de casi medio siglo de edad, es una prostituta de lujo, que encuentra al muy joven hijo de una amiga, que está por cumplir veinte años, y autorizada por ella se dedica a formarlo (se entiende, en las artes amatorias y la vida elegante) sabiendo que la aventura que disfruta carece de futuro para ella, porque tarde o temprano él querrá tener hijos y buscará una esposa joven que se los dé.
Colette
La marca dejada en la memoria de un hombre por una mujer mayor, puede ser tan placentera como poco relevante. Un hombre la agradece o la considera un episodio más de su formación personal, que no lo debe atar a su instructora, y no le deja nada de lo cual tenga que avergonzarse ni arrepentirse. Cuando el bolero toca el tema del aprendiz en artes amatorias, ni se molesta en dar a entender el género de la persona a quien se destina el reproche, para facilitar la opción de que lo canten un hombre o una mujer:

Sutil, llegaste a mí, como una tentación / llenando de ansiedad mi corazón. / Yo no comprendía cómo se quería / en tu mundo raro y por ti aprendí. / Por ese me pregunto, al ver que me olvidaste / ¿por qué no me enseñaste cómo se vive sin ti. (Frank Domínguez: Tú me acostumbraste)

Las mujeres pueden marcar socialmente a los hombres, con tanta facilidad y poco esfuerzo, se considera desde la óptica machista, que la situación quita el sueño a muchos y justifica la vigilancia a la que quedan sometidas las mujeres. Tal vez ellas no alienten el propósito de ofender a sus parejas, pero son vistas como seres tan inestables, tan fáciles de confundir, que hasta por descuido, involuntariamente, causan daños irreparables.
Cuando ellas son infieles, se considera que deshonran a sus parejas, exponiéndolas a la burla de la comunidad. Los hombres engañados, cuando esto se descubre, se convierten en cornudos, una denominación que rara vez alguien considera necesario aplicar a las mujeres.

Ojalá se hubiera atrevido a preguntarle, cuando aún estaba viva, la razón por la que, a pesar de todo, se había acostado con otros. A menudo pensaba en ello. En realidad había estado a punto de interrogarla: ¿qué buscabas en ellos? ¿Qué me faltaba a mí? Fue pocos meses antes de que falleciera. Pero al final no tuvo el valor para abordar el asunto ante una mujer que, atormentada por fuertes dolores, luchaba contra la muerte. Y ella desapareció del mundo en que él vivía sin haberle dado ninguna explicación. (Haruki Murakami: Drive my car)

La evolución de las costumbres de la modernidad, plantea otras figuras femeninas amenazantes para los hombres, incluso agresoras, siguiendo el modelo antiguo de Judith de Betulia o Salomé, dos heroínas dispares, que tienen en común el objetivo de decapitar a un hombre. En la mitología de México prehispánico, una sirena seduce a los hombres incautos y los castra con la improbable vagina dentada. En la cuenca del Amazonas del Perú hay deidades con atributos similares. Una vieja fantasía masculina presenta a la mujer como un riesgo mortal, que debe ser evitado, a pesar de la innegable atracción que ejerce sobre el hombre.
En la mitología, según Claude Lévi-Strauss, los hombres se ven obligados a despojar a las mujeres de sus vaginas dentadas, para que dejen de ser impenetrables y pueda fecundárselas.
Lorena y John Bobbit
La ecuatoriana Lorena Bobbit, en la década de los ´90, alcanzó una breve notoriedad internacional, por castrar en los EEUU a su marido, John Wayne Bobbit, que de acuerdo a su testimonio la golpeaba y le era infiel. Si ella pretendía despojarlo del instrumento con el cual el hombre ejercía legítimamente su poder sobre ella, la cirugía reconstructiva frustró su propósito, mientras la relación conflictiva llegaba a su fin.
Cuando un hombre celoso ciega a su mujer en Chile a mediados del 2016, concreta brutalmente el deseo de que ella no pueda fijarse nunca más en otro, incluso después de que la pareja se haya roto, como consecuencia de su gesto irresponsable. La voluntad de marcar la propiedad vitalicia ejercida por un hombre sobre el cuerpo de la mujer que le fue entregada para su disfrute, se impone por encima de las repercusiones que deberá pagar aquel que se atreve a concretar deseos que muchos tienen. Si ella no es de él, tampoco debería ser de nadie.
Mujer quemada
En Occidente, el acto criminal de la mutilación de una mujer se paga con la cárcel, cuando no puede ser ocultado y causa horror en la comunidad. En otro ámbito cultural, como se da en el mundo islámico, esa mujer habría recibido durante la infancia una ablación de clítoris ordenada por su familia paterna, que le quitaría cualquier tentación de entregarse a mayor actividad sexual que la decidida por su esposo.
Hay hombres y mujeres que muerden a sus parejas, en un intento de dejar alguna huella visible de su paso por ese cuerpo ajeno, que de acuerdo a sus planes hubieran querido retener indefinidamente, para su exclusivo disfrute. Después de una noche apasionada, el agredido tendrá que ocultar a la vista de la comunidad esa marca que no es infamante, pero sí incómoda de explicar, cuando preferiría no delatar su sometimiento. Las ropas “recatadas”, sueltas, el velo femenino en las comunidades islámicas, cumplen la función de cubrir no solo aquel cuerpo que podría tentar a los posibles rivales masculinos, sino la carne marcada por el agresor.
Las uñas de las mujeres pueden ser un arma temible durante las relaciones de pareja. Mostrar algún rasguño puede ser ofrecido por los hombres como la evidencia de una relación apasionada, que sus amigos probablemente envidiarán, pero la reiteración y sobre todo la intensidad de las agresiones sugiere algo bastante incómodo: esa mujer que marca es incontrolable (una evidencia que va en descrédito de la mítica imagen masculina).
Para el imaginario colectivo, la intensidad del amor humano se mide por las cicatrices de todo tipo que deja en aquellos que lo experimentan. Puede tratarse de marcas físicas, como aquellas que resulta imposible ocultar después de una quemadura (según los organismos que brindan protección a las mujeres, esta opción se ha vuelto cada vez más frecuente en las relaciones de pareja durante los últimos años) e involucran traumas emocionales que se arrastran el resto de la vida.
A partir de esa demarcación feroz del territorio de un cuerpo que se dice amar, pero se intenta controlar, desaparece la disponibilidad erótica del otro, se vuelve poco deseable o incluso repulsivo para las eventuales parejas, y (lo peor de todo) convence a la víctima de que lo mejor que puede hacer es no exponerse de nuevo a un riesgo similar, porque las consecuencias del abandono a la pasión han sido horribles.

El uso del fuego y el alcohol tienen que ver con la concepción del cuerpo de la mujer como el cuerpo del pecado. Es un simbolismo muy fuerte. El castigo se expresa en quemar el cuerpo como expresión de todo: lo físico, la psiquis, el espíritu. Es una manera de ejercer el dominio absoluto sobre la mujer como una manifestación de posesión y apropiación. (Horacio Vonmaro)

MUJERES MARCADAS POR SUS HOMBRES



Frank Dicksee; Romeo y Julieta
ROMEO: Si mi indigna mano profana con su contacto este divino relicario, he aquí mi expiación; ruborosos peregrinos, mis labios se hallan prontos a borrar con un tierno beso la ruda impresión causada. (William Shakespeare: Romeo y Julieta)

En la poesía laberíntica de Shakespeare, después de una mirada casual, el hombre se acerca a la mujer que se ha propuesto enamorar, planteando un contacto inicial muy leve, pero de todos modos imprudente, de acuerdo a los costumbres de la época, que de no ser rechazado podría conducir a otros, cada vez más íntimos, imposibles de retroceder una vez alcanzados, en una escalada pasional que la atracción de los sexos ha establecido para quienes se encuentran sometidos a sus leyes. Miradas, caricias, besos, confrontación física, posesión, son las etapas de una relación que primero se controla y no tarda en desatarse. Bastaría acceder a una, por error, por descuido o voluntariamente, para caer en una espiral inexorable.
Tocar o tan solo acercarse un hombre a una mujer, mancha el cuerpo y el buen nombre de ella, de acuerdo al código de comportamiento propio de la sociedad tradicional, que en Occidente se ha ido derrumbando lentamente y en Oriente continúa vigente. La mujer es definida como frágil, en otras razones, para disuadirla de la posibilidad de resistirse y evitar las agresiones. Ella debería estar disponible para que un hombre la reclame en cualquier momento como su posesión natural. Si no consigue atraer a nadie, debe considerarse frustrada.
El primer amor deja una marca no pocas veces indeleble en la memoria de la gente, porque en el momento en que se lo experimenta, no se cuenta con otras experiencias con las cuales compararlo. Parece maravilloso, y en el caso de Julieta (pero no el de Romeo, que antes de encontrarla a ella, apenas unos minutos antes, había cortejado con el mismo entusiasmo a Rosalinda) la muerte llega para ponerle un fin prematuro a la existencia del personaje y preservar esa ilusión.
El último amor suele ser recordado también, por las razones opuestas: clausura una etapa que no volverá a abrirse. Ambos establecen dos límites que los diferencian del resto de las relaciones en las que alguien pudo involucrarse, sobre todo cuando esas relaciones fueron muchas y por ese motivo tienden a confundirse unas con otras.
El énfasis que se le otorga en tantas culturas a la virginidad femenina, o más bien a su pérdida por la penetración sexual de un hombre, manifiesta la posibilidad de que una mujer quede marcada por el resto de su vida, gracias a un accidente que en muchos casos podría evaluarse como trivial, si no acarreara el embarazo. Nada resulta, en cambio, más distante de la realidad.
Esa marca tan oculta como decisiva, era el objeto de inspecciones minuciosas de casamenteras y maridos; también de médicos y curanderas, como la evocada en La Celestina, donde se describe a la vieja protagonista como alguien que remienda virginidades y promete a los clientes masculinos, las mujeres intactas que ellos han imaginado y están dispuestos a pagar por el privilegio de marcarlas, aunque sea a un precio mayor del que corresponde en la realidad.
Aquellas mujeres que por sus precauciones y la de sus familiares permanecían intactas, valían por esa única circunstancia, más que las otras. Las marcadas, en cambio, dejaban de ser aptas para la institución del matrimonio y el respeto de la comunidad; eran denunciadas como impuras (en muchas culturas se justificaba lapidarlas) y en el mejor de los casos quedaban libradas a la opción de prostituirse para sobrevivir.
Aquiles y Pentesilea
La relación conflictiva entre los integrantes de una pareja, no debilitan el interés que los une. En La Ilíada, Aquiles y Pentesilea se sienten atraídos a pesar de encontrarse en bandos enemigos. Cuando luchan, expresan el deseo que los domina. La pasión se manifiesta en ellos como agresión física. En lugar de acariciarse, hay un duelo a muerte. El placer del posible contacto físico resulta eclipsado por la voluntad de imponer al otro sus condiciones, comenzando por el proyecto de quitarle la vida. En la tragedia de Heinrich von Kleist, la mujer es quien derrota al hombre enamorado, que se presenta sin armas al combate. Ella comienza a darse cuenta de la ferocidad de lo sucedido muy tarde, como si el encuentro hubiera ocurrido en sueños.

PENTESILEA: ¿No lo besé? ¿Lo despedacé entonces? (…) Fue un error. ¡Besos o dentelladas! Cualquier que ame de corazón, puede confundir los unos con los otros.

Florinda y Tancredo
En Jerusalén liberada, el poema de Torcuato Tasso, Tancredo es un caballero cristiano, participante de una de las Cruzadas que intenta rescatar el San Sepulcro, mientras Clorinda es un guerrera musulmana, que lucha contra su enamorado, vestida con una armadura masculina. Cualquier posibilidad de un acuerdo amoroso queda postergada indefinidamente. Primero, cada uno tendría que derrotar al otro, y en tal caso, la relación no quedaría en el simple reconocimiento de su victoria, sino que exigiría la muerte del rival. En este caso, como le sucedió a Aquiles, el hombre se impone. Tancredo toma la precaución de bautizar a Clorinda antes de que ella muera, herida por su enamorado.
Mozart: Don Giovanni
Cuando se baja del mundo de los héroes al de los personajes libertinos, la necesidad de marcar a las parejas adquiere una apariencia burlona. El aria de Leporelo, el sirviente del Don Giovanni de Mozart, en la que se enumeran las conquistas del protagonista de la ópera, tanto como las descripciones interminables de amantes de Giacomo Casanova contenidas en sus Memorias, tienden a volverse repetitivas, y por lo tanto anónimas, menos divertidas que tediosas.

En Italia, seiscientas cuarenta. / En Alemania, doscientas treinta y una; / Cien en Francia; en Turquía noventa y una; / pero en España son ya mil tres. / Entre éstas hay campesinas, / camareras, ciudadanas, / condesas, baronesas, / marquesas, princesas. / Mujeres de toda condición / de toda forma, de toda edad. (Wolfgang Amadeus Mozart y Lorenzo da Ponte: Don Juan)

Demasiados amores (si la palabra corresponde) para considerarlos cada uno por separado, se considera la respuesta normal de un hombre en posesión de sus atributos, ante la diversidad y facilidad de las ofertas femeninas. Las proezas eróticas de Don Juan, revelan que es posible pasar sin demasiado esfuerzo de una mujer a la siguiente, aprovechando la fama que precede al seductor, y de algún modo le prepara la tarea. Cuando él se acerca a una de sus víctimas, ella conoce cuáles son sus intenciones y solo tiene que dejarlo hacer.
Se tiene la impresión de que el esfuerzo (mínimo) que el hombre dedica a conquistar a cada mujer, hace que la conquista actual borre con su presencia el interés que le hubiera dedicado a la anterior.  De acuerdo a esta perspectiva estadística, entablar un contacto sexual con alguien, es una actividad trivial, comparable a una competencia deportiva, un desafío que puede acumular puntaje y anécdotas divertidas para compartir con otros hombres, que deja fuera las emociones.
El ideal de un amor único o al menos insuperable, que se distingue del resto, que habitualmente se disfrutó en el pasado y también se perdió (quizás para siempre) es el fantasma que ronda el texto de las novelas rosas, la trama de las telenovelas y la letra de las canciones populares. Se trata de la visión nostálgica de un paraíso erótico del que alguien fue expulsado y por más que intente, no encuentra la manera de recuperar.

Solamente una vez / amé en la vida. / Solamente una vez / y nada más. /  Una vez nada más / en mi huerto brilló la esperanza, / la esperanza que alumbra el camino / de mi soledad. / Una vez nada / se entrega el alma / con la dulce y total / renunciación. (Agustín Lara: Solamente una vez)

Aquello que se perdió, lejos de olvidarse, para clausurar de una vez por todas el duelo, es presentado como algo insuperable, permanece como un hito con el cual se comparan los otros amores, en lo que después de todo puede verse como un intento de probar que nada será capaz de desdibujar el impacto. Sin embargo, todo lo anterior puede ser visto apenas como una estrategia masculina destinada a convencer a las mujeres de que los hombres sufren tanto como ellas, o tal vez más, que experimentan la misma sensación de haber sido marcados por sus parejas.
Mujer agredida
A diferencia de las mujeres que una vez marcadas por un hombre, quedan incluidas por la opinión dominante en una categoría incómoda (simultáneamente son víctimas y cómplices en una agresión que no debieron aceptar), mientras que de un hombre marcado por la pasión de una mujer que perdió, se espera que se recupere lo antes posible; por ejemplo, que intente aminorar y anular el duelo, mediante el acercamiento a otras mujeres, comenzando por aquellas que solo lo satisfacen sexualmente, pero no involucran sus sentimientos.

En la vida hay amores / que nunca pueden olvidarse. / Imborrables momentos / que siempre guarda el corazón. / (…) He besado otras bocas / buscando nuevas ansiedades / y otros brazos extraños me estrechan / llenos de emoción / pero solo consiguen hacerme / recordar los tuyos / que inolvidablemente vivirán en mí. (Julio Gutiérrez: Inolvidable)

viernes, 1 de abril de 2016

MUJERES INDIFERENTES U OPUESTAS AL SEXO (II)


Ninon de Lenclos
Simular indiferencia al sexo opuesto, aparentar una negativa pudorosa, incluso ofendida, al contacto con el hombre que ha tomado la iniciativa del cortejo, aunque solo sea una herramienta más en el proceso de negociación amorosa, ha llegado a ser una de las técnicas más refinadas que emplean las mujeres, en las más opuestas culturas. Ninón de Lenclos, escritora y cortesana francesa del siglo XVII, no dudaba en reconocerlo:

La resistencia de una mujer no es siempre una prueba de su virtud, sino más frecuentemente de su experiencia. (Ninón de Lenclos)

Ellas pueden hacerse valer, negándose a suministrar aquello que se les solicita (se les arrebata con frecuencia) en una cultura que tiende a marginarlas de las iniciativas de todo tipo. Dado que tienen pocas cartas, deben aprender a utilizarlas.
La indiferencia a los reclamos del sexo era una de las virtudes pregonadas (aunque no necesariamente practicada) por el cristianismo, heredada de los grandes filósofos estoicos de la Antigüedad, tanto para los hombres como para las mujeres. De acuerdo a un mito que circuló hace tiempo, el Papa de Roma habría recomendado a las mujeres alemanas que intentaran moverse durante el coito, aunque no sintieran la necesidad de hacerlo, para evitar el pecado nefando en el que habría incurrido un Emperador de ese origen, que llegó a consumar la relación carnal con su esposa, sin advertir que ella estaba muerta. Necrófilo a pesar suyo, la culpa era de una mujer indiferente a los placeres de la carne.
Richard Burton y Elizabeth Taylor en The taming of the shrew
Una mujer que no opone ningún tipo de resistencia (efectiva o fingida) se devalúa ante los ojos masculinos. Katherina, la mujer irascible de The taming of the shrew (La fierecilla domada) de William Shakespeare, manifiesta su mala educación ante el pretendiente que le impone su familia, Petruchio, pero no puede eludir una sucesión de humillaciones a las que él la somete cuando se convierte en su esposa. Las mujeres que no aceptan la dominación masculina, deben ser domadas sin tomar en cuenta su resistencia, es la moraleja de la comedia, tal como se procede con las yeguas salvajes.
Si el proceso ocurre al amparo del matrimonio, todo lo suceda estará en orden para la sociedad. Ella y él saldrán ganando de la aniquilación de la resistencia femenina. Si ocurre fuera del matrimonio, él ganará y ella perderá toda respetabilidad, pasará a ser una mujer usada y devaluada, a quien le costará mucho rescatar su dignidad.
Responder a la pasión de los hombres, excitarlos mediante gestos y palabras, excitarse durante el intento, no eran las estrategias más frecuentes de las mujeres mejor consideradas por la comunidad, y definían en cambio la situación de las prostitutas, a las que podía admirarse por sus dotes amatorias, lo cual equivalía a desearlas y despreciarlas al mismo tiempo. Después de todo, ¿de qué modo inaceptable para un hombre celoso podían haber adquirido esas destrezas? Mejor era no averiguarlo.
No plantear ninguna resistencia a las propuestas masculinas en materia sexual, ni suministrarles ningún estímulo una vez que las parejas se constituían legalmente: tales eran los límites planteados por la opinión dominante a la mayor parte de las mujeres. Adiestradas por sus madres o (lo que resultaba más probable) libradas a su propio ingenio, ellas dejaban toda la iniciativa sexual a sus parejas masculinas.
Egon Schiele: Dibujo
En épocas en que se desestimulaba la instrucción de las mujeres, cuando los hombres querían disfrutar un trato más experto en la cama, debían solicitarlo de las profesionales del sexo, que durante milenios han sido adiestradas en esas prácticas, para simular una excitación convincente, siempre y cuando se les compensara por sus servicios. Las prostitutas podían ser despreciadas socialmente, pero no perdían por eso su atractivo. Todo lo contrario. Recurrir a ellas tenía (tiene) para muchos hombres el incentivo de desafiar los tabúes de la sociedad, liberarse de restricciones que habitualmente se respetan.

Los hombres van de putas para sentirse varones. (Fito Páez)

Las mujeres venales, compartidas por innumerables clientes, esas que simulan experimentar con todos el mismo placer, pero probablemente lo fingen para causar buena impresión a quienes exigen ese espectáculo privado que reconforta su ego, unen a los hombres que las frecuentan, a sabiendas de que ninguno puede reclamar exclusividad sobre ellas. Pertenecen por un rato a cualquiera que pague la tarifa estipulada por sus servicios. Alimentar celos o imaginar duraderos proyectos de vida con ellas, relaciones que las quiten de circulación y las reserven para el disfrute de uno solo, son ideas ridículas que pueden concebirse en un momento de entusiasmo, pero al pensarlo mejor se desechan.

Se iba allá cada noche, alrededor de las once, como se va a un café, simplemente. Se encontraban seis a ocho, siempre los mismos; no eran juerguistas, sino hombres honorables, jóvenes funcionarios del gobierno; tomaba su chartreuse alegremente con alguna de las muchachas, o bien charlaban seriamente con Madame, a quien todos respetaba. Luego se recogían a dormir antes de la medianoche. Los jóvenes algunas veces se quedaban. (Guy de Maupassant: La Casa Tellier)

Henri de Toulouse-Lautrec: Pintura
No llega a ser una escena familiar, pero el burdel pueblerino ostenta la rutina de un lugar respetable, o al menos necesario de la comunidad del siglo XIX. Compartir mujeres de mala vida (no al mismo tiempo) establece una camaradería y una complicidad inevitable entre quienes las frecuentan y sin embargo, en la vida social, en caso de encontrarlas, negarían conocerlas. En los prostíbulos nacieron tradicionalmente negocios, amistades, acuerdos masculinos, alimentados por el reconocimiento y la aceptación de las debilidades de todos los que buscaban allí compañía. 
Sócrates, discípulo y Diotima
Fue así desde la Antigüedad, cuando Sócrates dejaba en su casa a su esposa, la malhumorada Xantipa, para disfrutar los razonamientos sutiles y las artes amatorias de una hetaira como Diotima, la extranjera de Mantinea.
En cuanto a las mujeres de la otra categoría, las denostadas (por aburridas) esposas legítimas, bajo ninguna circunstancia se acepta que puedan ser compartidas con otros hombres. ¿Cómo se tendría una certeza sobre la filiación de la prole, si la promiscuidad se aceptara? Cuando el adulterio es un hecho y la situación no puede ser ocultada, se convierte en causal de divorcio o crimen. La esposa del amigo es sagrada, se dicen tradicionalmente los hombres, unos a otros. Cuando alguien se atreve a violar esta norma, se lo considera una traición imperdonable y estalla una enemistad mortal entre el infractor y el traicionado.
Para la mentalidad masculina, es inaceptable que las esposas disfruten la pasión ilegítima tanto como la legal, y peor aún que en la práctica revelen haber disfrutado más lo ilegítimo que lo legal. Cualquier posibilidad de comparación entre los dos órdenes resulta odiosa, porque se supone que esas mujeres habían quedado reservadas para los hombres que las desposaron, y si por cualquier motivo no disfrutaban demasiado la legalidad, mejor hubieran hecho en resignarse o considerarlo un justo castigo a sus expectativas, porque nada mejor les estaba reservado.
Para el taoísmo chino, la actividad sexual involucra a las grandes fuerzas del universo: el Yin (la tierra o principio femenino) y el Yan (el cielo o principio masculino). Cuando Su Nu intenta responder las preguntas de Huang Ti sobre la manera de reconocer las sensaciones que experimentan sus parejas, describe una decena de indicadores del comportamiento femenino durante la actividad sexual, con lo que demuestra que el placer de la mujer no solo es posible, sino que debe ser tomado en cuenta; más aún, que es una de las mayores preocupaciones del hombre que se le acercó.

La mujer extiende sus pies y los dedos de los pies, intenta retener el martillo de jade masculino dentro de ella, pero no está seguro de qué modo desea que él empuje. Al mismo tiempo, emite murmullos con voz ahogada. Esto indica que está a punto de llegar a la marea del Yin.
De repente averigua lo que desea y tuerce un poco su cintura. Transpira algo y sonríe. Esto indica que desea que él no acabe aún, pues todavía desea más. (Jolan Chan: El Tao del Amor)

MUJERES INDIFERENTES U OPUESTAS AL SEXO (I)


Bernini: Apolo y Dafne
En la mitología griega, la bella ninfa Dafne, perseguida por Apolo, consigue que su padre, el río Peneo, la convierta en un arbusto, un laurel, con tal de salvarla del acoso del dios. Está en su derecho negarse a conceder su cuerpo al seductor, por poderoso que él sea, como había hecho antes con otros pretendientes que intentaban limitar su libertad de cazadora, pero esta decisión finalmente le cuesta cara: pierde la voz, la movilidad y la tersura del cuerpo humano, queda reducida a la materia poco apetecible de un arbusto rugoso, que Apolo utiliza como puede (elabora coronas con sus hojas perfumadas y siempre verdes, por ejemplo, para llevarla siempre consigo).

Corren veloces el dios y la muchacha, él por la esperanza y ella por el temor. Sin embargo, el perseguidor, ayudado por las alas del amor, es más rápido, se niega el descanso, acosa la espalda de la fugitiva y echa su aliento sobre los cabellos de ella, que le ondean sobre el cuello. Agotadas sus fuerzas [Dafne] palideció, vencida por la fatiga de tan acelerada huida, mira las aguas del Peneo y dice: “Socórreme, padre, si los ríos tenéis un poder divino, destruye, cambiándola, esta figura por la que he gustado en demasía”. (Ovidio: Las metamorfosis)

La víctima del acoso sexual puede resistirse al acosador (con consecuencias variadas, que van desde el pedido de disculpas de aquel que la molestaba sin imaginar siquiera la posibilidad de ser rechazado, hasta la violación y el femicidio en los que se hace caso omiso de la resistencia de la víctima). Cuando el desencuentro ocurre al amparo de la institución del matrimonio, la negativa se vuelve más difícil de justificar, primero porque el hombre suele considerarse con derechos adquiridos sobre el cuerpo de su pareja, luego porque esa convicción es compartida por la mayoría de la sociedad, y finalmente porque los argumentos de la mujer que se resiste suenan falaces: su deber es participar o en todo caso entregarse a la iniciativa de su pareja.
¿Qué le cuesta conceder el favor que se le reclama, sin ofrecerle ninguna satisfacción, por ejemplo un regalo, una suma dinero, una palabra amable, una caricia? Hay diferencias entre la condición de esposa y la condición de prostituta, que no implican mayores ventajas para la primera
Eso abre, no obstante otra duda. ¿Para qué se casó una mujer, si no tomaba en cuenta la intimidad sexual? ¿Para obtener una foto? ¿Para que alguien ajeno a la familia se encargue de mantenerla? ¿Para que sus amigas no la consideren fracasada? Ella o sus asesores debieron estar muy mal informados respecto de las obligaciones ineludibles de una esposa. ¿Acaso no es más fácil para ella aceptar el acoso del marido, sabiendo que si no se opone, el mal rato al que se encuentra expuesta pasará pronto, aunque sin duda habrá de repetirse periódicamente, a pesar de que ella no llegue a disfrutarlo nunca?
Rosario Castellanos
En un poema satírico de Rosario Castellanos, el monólogo de la mujer solicitada por un hombre que ella declara no atraerle, pero que se encuentra obligada a aceptar, por la promesa de amarlo y servirlo, hecha ante las autoridades civiles y religiosas, suministra indicios nada simples sobre los motivos de la resistencia femenina y la confianza respecto de las armas que dispone su sexo para solicitar en ciertos casos, o defraudar en otros, en el campo de batalla de la cama, al único hombre que debería acercársele.

Con frecuencia, que puedo predecir, / mi marido hace uso de sus derechos o / como él gusta llamarlo, paga el débito / conyugal. Y me da la espalda. Y ronca. / Yo me resisto siempre / por decoro / pero siempre también / cedo. Por obediencia. / No, no me gusta nada. / De cualquier modo no debería de gustarme / porque yo soy decente ¡y él es tan material! /  Además me preocupa otro embarazo. / Y esos jadeos fuertes y el chirrido / de los resortes de la cama pueden / despertar a los niños que no duermen después. (Rosario Castellanos. Kinsey Report)

José Echenagusia: Sansón y Dalila
Siempre hay una infinidad de cuestionamientos en la vida de una pareja, que tienen un común denominador: el rechazo de la intimidad sexual, que es una circunstancia de alto riesgo para los participantes. No solo pueden contagiarse enfermedades venéreas: los hombres quedan demasiado expuestos en esos momentos a la influencia femenina, con resultados tan lamentables como la ceguera y pérdida de fuerzas que sufrió el mítico Sansón de los hebreos, derrotado por la filistea Dalila, durante el sueño relajado que siguió al coito. Si ella le concedió su cuerpo, puede suponerse, no fue porque él la atrajera, sino para obtener lo que el ejército de su pueblo no había logrado en el campo de batalla. Entregarse a una mujer, de acuerdo a esa óptica, es concederle un poder que la alienta a abusar de su posición circunstancial.
En forma paralela, las mujeres quedan sometidas a la incertidumbre del embarazo, que habrá de esclavizarlas durante los meses del embarazo, y más allá, obligarlas a no pensar en otras cosa que la crianza de su prole, durante años.
Para las culturas paternalistas, la indiferencia sexual o la frigidez de las mujeres es un dato más que conveniente, incluso tranquilizador, para los hombres que aspiran a controlar a las mujeres en otros aspectos de mayor relevancia social (financieros, educativos, cívicos, religiosos). Si son tan carentes de iniciativa en la cama, cabe suponer que a ellas tampoco les importaría manifestarse en asuntos de mayor relevancia, que tradicionalmente se atribuyen a los hombres. Una cultura que otorga desiguales oportunidades y obligaciones a los dos géneros, establece conflictos que pueden ignorarse en ocasiones, pero no por ello se resuelven satisfactoriamente para ambas partes.

A cualquier mujer le gustaría ser fiel. Lo difícil es hallar un hombre a quien serle fiel. (Marlene Dietrich)

Si las mujeres no experimentan demasiado placer durante la actividad sexual que se comprometieron a mantener con sus esposos, si ponen todo tipo de excusas para postergarla, resulta probable que tampoco intentarán nada por ese lado fuera del matrimonio. Esa situación no les promete a las mujeres una mejor calidad de vida, pero sin duda asegura la honra de sus padres, hermanos, esposos e hijos. No está mal visto que ellas renuncien al disfrute de su cuerpo, siempre y cuando se encuentren dispuestas para conceder a su marido eso que a ellas les ha sido prohibido para que no se extravíen.
De todos modos, la cultura patriarcal acostumbra a las mujeres a presentarse como un objeto infalible de atracción masculina. Los machos van a solicitarlas fueron programados por la cultura machista para hacerlo; van a competir entre ellos, como hacen los urogallos o los alces dispuestos a demostrar que son dignos de una hembra; van a esperar que ellas los acepten como pareja.
Aquellos que no reaccionan pronto, de acuerdo a ese mecanismo biológico elemental, se convierten en un desafío que puede volverlos más atractivos a los ojos femeninos. ¿Cómo derribar esa contención inesperada, inaceptable para el orgullo de la mujer?
Giovanni Lanfranco: José y la mujer de Potifar
El casto José, que rechaza las insinuaciones de la esposa de Potifar, no es precisamente un héroe de la mentalidad masculina moderna. El personaje bíblico tiene virtudes admirables, desde su generosidad con los miembros de su familia que lo han perjudicado, hasta su capacidad de administrar sabiamente los negocios de su patrón, pero la castidad no contribuye a que se lo aprecie más. ¿Acaso las mujeres no lo tientan? ¿Por qué la indiferencia sexual, una virtud tan apreciada cuando se piensa en las mujeres, pasa a convertirse en evidente objeto de escarnio cuando se refiere a la conducta de un hombre?
Los hombres incapaces de controlar sus deseos, son vistos en el peor de los casos, por la mentalidad dominante, como simples víctimas de un temperamento apasionado, mientras que las mujeres que caen en la misma categoría, lo más probable es que sean execradas.  ¿Cómo se atreven? Tal ha sido la milenaria tradición dominante en Oriente y Occidente, donde a nadie se le ocurría entender que la limitación de la experiencia femenina en el disfrute del sexo, pueda alimentar conflictos que debieran resolverse gracias a incómodos diálogos de pareja (“¿Lo pasaste bien?”, “¿Qué te ha gustado más?”, “¿Qué no te ha caído bien?”) o buscando la intermediación de alguna autoridad competente (desde consejeros espirituales a psicólogos y médicos) encargados de orientar a quienes lo consultan sobre una materia tan privada.