sábado, 28 de mayo de 2016

MUJERES MARCADAS POR SUS HOMBRES



Frank Dicksee; Romeo y Julieta
ROMEO: Si mi indigna mano profana con su contacto este divino relicario, he aquí mi expiación; ruborosos peregrinos, mis labios se hallan prontos a borrar con un tierno beso la ruda impresión causada. (William Shakespeare: Romeo y Julieta)

En la poesía laberíntica de Shakespeare, después de una mirada casual, el hombre se acerca a la mujer que se ha propuesto enamorar, planteando un contacto inicial muy leve, pero de todos modos imprudente, de acuerdo a los costumbres de la época, que de no ser rechazado podría conducir a otros, cada vez más íntimos, imposibles de retroceder una vez alcanzados, en una escalada pasional que la atracción de los sexos ha establecido para quienes se encuentran sometidos a sus leyes. Miradas, caricias, besos, confrontación física, posesión, son las etapas de una relación que primero se controla y no tarda en desatarse. Bastaría acceder a una, por error, por descuido o voluntariamente, para caer en una espiral inexorable.
Tocar o tan solo acercarse un hombre a una mujer, mancha el cuerpo y el buen nombre de ella, de acuerdo al código de comportamiento propio de la sociedad tradicional, que en Occidente se ha ido derrumbando lentamente y en Oriente continúa vigente. La mujer es definida como frágil, en otras razones, para disuadirla de la posibilidad de resistirse y evitar las agresiones. Ella debería estar disponible para que un hombre la reclame en cualquier momento como su posesión natural. Si no consigue atraer a nadie, debe considerarse frustrada.
El primer amor deja una marca no pocas veces indeleble en la memoria de la gente, porque en el momento en que se lo experimenta, no se cuenta con otras experiencias con las cuales compararlo. Parece maravilloso, y en el caso de Julieta (pero no el de Romeo, que antes de encontrarla a ella, apenas unos minutos antes, había cortejado con el mismo entusiasmo a Rosalinda) la muerte llega para ponerle un fin prematuro a la existencia del personaje y preservar esa ilusión.
El último amor suele ser recordado también, por las razones opuestas: clausura una etapa que no volverá a abrirse. Ambos establecen dos límites que los diferencian del resto de las relaciones en las que alguien pudo involucrarse, sobre todo cuando esas relaciones fueron muchas y por ese motivo tienden a confundirse unas con otras.
El énfasis que se le otorga en tantas culturas a la virginidad femenina, o más bien a su pérdida por la penetración sexual de un hombre, manifiesta la posibilidad de que una mujer quede marcada por el resto de su vida, gracias a un accidente que en muchos casos podría evaluarse como trivial, si no acarreara el embarazo. Nada resulta, en cambio, más distante de la realidad.
Esa marca tan oculta como decisiva, era el objeto de inspecciones minuciosas de casamenteras y maridos; también de médicos y curanderas, como la evocada en La Celestina, donde se describe a la vieja protagonista como alguien que remienda virginidades y promete a los clientes masculinos, las mujeres intactas que ellos han imaginado y están dispuestos a pagar por el privilegio de marcarlas, aunque sea a un precio mayor del que corresponde en la realidad.
Aquellas mujeres que por sus precauciones y la de sus familiares permanecían intactas, valían por esa única circunstancia, más que las otras. Las marcadas, en cambio, dejaban de ser aptas para la institución del matrimonio y el respeto de la comunidad; eran denunciadas como impuras (en muchas culturas se justificaba lapidarlas) y en el mejor de los casos quedaban libradas a la opción de prostituirse para sobrevivir.
Aquiles y Pentesilea
La relación conflictiva entre los integrantes de una pareja, no debilitan el interés que los une. En La Ilíada, Aquiles y Pentesilea se sienten atraídos a pesar de encontrarse en bandos enemigos. Cuando luchan, expresan el deseo que los domina. La pasión se manifiesta en ellos como agresión física. En lugar de acariciarse, hay un duelo a muerte. El placer del posible contacto físico resulta eclipsado por la voluntad de imponer al otro sus condiciones, comenzando por el proyecto de quitarle la vida. En la tragedia de Heinrich von Kleist, la mujer es quien derrota al hombre enamorado, que se presenta sin armas al combate. Ella comienza a darse cuenta de la ferocidad de lo sucedido muy tarde, como si el encuentro hubiera ocurrido en sueños.

PENTESILEA: ¿No lo besé? ¿Lo despedacé entonces? (…) Fue un error. ¡Besos o dentelladas! Cualquier que ame de corazón, puede confundir los unos con los otros.

Florinda y Tancredo
En Jerusalén liberada, el poema de Torcuato Tasso, Tancredo es un caballero cristiano, participante de una de las Cruzadas que intenta rescatar el San Sepulcro, mientras Clorinda es un guerrera musulmana, que lucha contra su enamorado, vestida con una armadura masculina. Cualquier posibilidad de un acuerdo amoroso queda postergada indefinidamente. Primero, cada uno tendría que derrotar al otro, y en tal caso, la relación no quedaría en el simple reconocimiento de su victoria, sino que exigiría la muerte del rival. En este caso, como le sucedió a Aquiles, el hombre se impone. Tancredo toma la precaución de bautizar a Clorinda antes de que ella muera, herida por su enamorado.
Mozart: Don Giovanni
Cuando se baja del mundo de los héroes al de los personajes libertinos, la necesidad de marcar a las parejas adquiere una apariencia burlona. El aria de Leporelo, el sirviente del Don Giovanni de Mozart, en la que se enumeran las conquistas del protagonista de la ópera, tanto como las descripciones interminables de amantes de Giacomo Casanova contenidas en sus Memorias, tienden a volverse repetitivas, y por lo tanto anónimas, menos divertidas que tediosas.

En Italia, seiscientas cuarenta. / En Alemania, doscientas treinta y una; / Cien en Francia; en Turquía noventa y una; / pero en España son ya mil tres. / Entre éstas hay campesinas, / camareras, ciudadanas, / condesas, baronesas, / marquesas, princesas. / Mujeres de toda condición / de toda forma, de toda edad. (Wolfgang Amadeus Mozart y Lorenzo da Ponte: Don Juan)

Demasiados amores (si la palabra corresponde) para considerarlos cada uno por separado, se considera la respuesta normal de un hombre en posesión de sus atributos, ante la diversidad y facilidad de las ofertas femeninas. Las proezas eróticas de Don Juan, revelan que es posible pasar sin demasiado esfuerzo de una mujer a la siguiente, aprovechando la fama que precede al seductor, y de algún modo le prepara la tarea. Cuando él se acerca a una de sus víctimas, ella conoce cuáles son sus intenciones y solo tiene que dejarlo hacer.
Se tiene la impresión de que el esfuerzo (mínimo) que el hombre dedica a conquistar a cada mujer, hace que la conquista actual borre con su presencia el interés que le hubiera dedicado a la anterior.  De acuerdo a esta perspectiva estadística, entablar un contacto sexual con alguien, es una actividad trivial, comparable a una competencia deportiva, un desafío que puede acumular puntaje y anécdotas divertidas para compartir con otros hombres, que deja fuera las emociones.
El ideal de un amor único o al menos insuperable, que se distingue del resto, que habitualmente se disfrutó en el pasado y también se perdió (quizás para siempre) es el fantasma que ronda el texto de las novelas rosas, la trama de las telenovelas y la letra de las canciones populares. Se trata de la visión nostálgica de un paraíso erótico del que alguien fue expulsado y por más que intente, no encuentra la manera de recuperar.

Solamente una vez / amé en la vida. / Solamente una vez / y nada más. /  Una vez nada más / en mi huerto brilló la esperanza, / la esperanza que alumbra el camino / de mi soledad. / Una vez nada / se entrega el alma / con la dulce y total / renunciación. (Agustín Lara: Solamente una vez)

Aquello que se perdió, lejos de olvidarse, para clausurar de una vez por todas el duelo, es presentado como algo insuperable, permanece como un hito con el cual se comparan los otros amores, en lo que después de todo puede verse como un intento de probar que nada será capaz de desdibujar el impacto. Sin embargo, todo lo anterior puede ser visto apenas como una estrategia masculina destinada a convencer a las mujeres de que los hombres sufren tanto como ellas, o tal vez más, que experimentan la misma sensación de haber sido marcados por sus parejas.
Mujer agredida
A diferencia de las mujeres que una vez marcadas por un hombre, quedan incluidas por la opinión dominante en una categoría incómoda (simultáneamente son víctimas y cómplices en una agresión que no debieron aceptar), mientras que de un hombre marcado por la pasión de una mujer que perdió, se espera que se recupere lo antes posible; por ejemplo, que intente aminorar y anular el duelo, mediante el acercamiento a otras mujeres, comenzando por aquellas que solo lo satisfacen sexualmente, pero no involucran sus sentimientos.

En la vida hay amores / que nunca pueden olvidarse. / Imborrables momentos / que siempre guarda el corazón. / (…) He besado otras bocas / buscando nuevas ansiedades / y otros brazos extraños me estrechan / llenos de emoción / pero solo consiguen hacerme / recordar los tuyos / que inolvidablemente vivirán en mí. (Julio Gutiérrez: Inolvidable)

viernes, 1 de abril de 2016

MUJERES INDIFERENTES U OPUESTAS AL SEXO (II)


Ninon de Lenclos
Simular indiferencia al sexo opuesto, aparentar una negativa pudorosa, incluso ofendida, al contacto con el hombre que ha tomado la iniciativa del cortejo, aunque solo sea una herramienta más en el proceso de negociación amorosa, ha llegado a ser una de las técnicas más refinadas que emplean las mujeres, en las más opuestas culturas. Ninón de Lenclos, escritora y cortesana francesa del siglo XVII, no dudaba en reconocerlo:

La resistencia de una mujer no es siempre una prueba de su virtud, sino más frecuentemente de su experiencia. (Ninón de Lenclos)

Ellas pueden hacerse valer, negándose a suministrar aquello que se les solicita (se les arrebata con frecuencia) en una cultura que tiende a marginarlas de las iniciativas de todo tipo. Dado que tienen pocas cartas, deben aprender a utilizarlas.
La indiferencia a los reclamos del sexo era una de las virtudes pregonadas (aunque no necesariamente practicada) por el cristianismo, heredada de los grandes filósofos estoicos de la Antigüedad, tanto para los hombres como para las mujeres. De acuerdo a un mito que circuló hace tiempo, el Papa de Roma habría recomendado a las mujeres alemanas que intentaran moverse durante el coito, aunque no sintieran la necesidad de hacerlo, para evitar el pecado nefando en el que habría incurrido un Emperador de ese origen, que llegó a consumar la relación carnal con su esposa, sin advertir que ella estaba muerta. Necrófilo a pesar suyo, la culpa era de una mujer indiferente a los placeres de la carne.
Richard Burton y Elizabeth Taylor en The taming of the shrew
Una mujer que no opone ningún tipo de resistencia (efectiva o fingida) se devalúa ante los ojos masculinos. Katherina, la mujer irascible de The taming of the shrew (La fierecilla domada) de William Shakespeare, manifiesta su mala educación ante el pretendiente que le impone su familia, Petruchio, pero no puede eludir una sucesión de humillaciones a las que él la somete cuando se convierte en su esposa. Las mujeres que no aceptan la dominación masculina, deben ser domadas sin tomar en cuenta su resistencia, es la moraleja de la comedia, tal como se procede con las yeguas salvajes.
Si el proceso ocurre al amparo del matrimonio, todo lo suceda estará en orden para la sociedad. Ella y él saldrán ganando de la aniquilación de la resistencia femenina. Si ocurre fuera del matrimonio, él ganará y ella perderá toda respetabilidad, pasará a ser una mujer usada y devaluada, a quien le costará mucho rescatar su dignidad.
Responder a la pasión de los hombres, excitarlos mediante gestos y palabras, excitarse durante el intento, no eran las estrategias más frecuentes de las mujeres mejor consideradas por la comunidad, y definían en cambio la situación de las prostitutas, a las que podía admirarse por sus dotes amatorias, lo cual equivalía a desearlas y despreciarlas al mismo tiempo. Después de todo, ¿de qué modo inaceptable para un hombre celoso podían haber adquirido esas destrezas? Mejor era no averiguarlo.
No plantear ninguna resistencia a las propuestas masculinas en materia sexual, ni suministrarles ningún estímulo una vez que las parejas se constituían legalmente: tales eran los límites planteados por la opinión dominante a la mayor parte de las mujeres. Adiestradas por sus madres o (lo que resultaba más probable) libradas a su propio ingenio, ellas dejaban toda la iniciativa sexual a sus parejas masculinas.
Egon Schiele: Dibujo
En épocas en que se desestimulaba la instrucción de las mujeres, cuando los hombres querían disfrutar un trato más experto en la cama, debían solicitarlo de las profesionales del sexo, que durante milenios han sido adiestradas en esas prácticas, para simular una excitación convincente, siempre y cuando se les compensara por sus servicios. Las prostitutas podían ser despreciadas socialmente, pero no perdían por eso su atractivo. Todo lo contrario. Recurrir a ellas tenía (tiene) para muchos hombres el incentivo de desafiar los tabúes de la sociedad, liberarse de restricciones que habitualmente se respetan.

Los hombres van de putas para sentirse varones. (Fito Páez)

Las mujeres venales, compartidas por innumerables clientes, esas que simulan experimentar con todos el mismo placer, pero probablemente lo fingen para causar buena impresión a quienes exigen ese espectáculo privado que reconforta su ego, unen a los hombres que las frecuentan, a sabiendas de que ninguno puede reclamar exclusividad sobre ellas. Pertenecen por un rato a cualquiera que pague la tarifa estipulada por sus servicios. Alimentar celos o imaginar duraderos proyectos de vida con ellas, relaciones que las quiten de circulación y las reserven para el disfrute de uno solo, son ideas ridículas que pueden concebirse en un momento de entusiasmo, pero al pensarlo mejor se desechan.

Se iba allá cada noche, alrededor de las once, como se va a un café, simplemente. Se encontraban seis a ocho, siempre los mismos; no eran juerguistas, sino hombres honorables, jóvenes funcionarios del gobierno; tomaba su chartreuse alegremente con alguna de las muchachas, o bien charlaban seriamente con Madame, a quien todos respetaba. Luego se recogían a dormir antes de la medianoche. Los jóvenes algunas veces se quedaban. (Guy de Maupassant: La Casa Tellier)

Henri de Toulouse-Lautrec: Pintura
No llega a ser una escena familiar, pero el burdel pueblerino ostenta la rutina de un lugar respetable, o al menos necesario de la comunidad del siglo XIX. Compartir mujeres de mala vida (no al mismo tiempo) establece una camaradería y una complicidad inevitable entre quienes las frecuentan y sin embargo, en la vida social, en caso de encontrarlas, negarían conocerlas. En los prostíbulos nacieron tradicionalmente negocios, amistades, acuerdos masculinos, alimentados por el reconocimiento y la aceptación de las debilidades de todos los que buscaban allí compañía. 
Sócrates, discípulo y Diotima
Fue así desde la Antigüedad, cuando Sócrates dejaba en su casa a su esposa, la malhumorada Xantipa, para disfrutar los razonamientos sutiles y las artes amatorias de una hetaira como Diotima, la extranjera de Mantinea.
En cuanto a las mujeres de la otra categoría, las denostadas (por aburridas) esposas legítimas, bajo ninguna circunstancia se acepta que puedan ser compartidas con otros hombres. ¿Cómo se tendría una certeza sobre la filiación de la prole, si la promiscuidad se aceptara? Cuando el adulterio es un hecho y la situación no puede ser ocultada, se convierte en causal de divorcio o crimen. La esposa del amigo es sagrada, se dicen tradicionalmente los hombres, unos a otros. Cuando alguien se atreve a violar esta norma, se lo considera una traición imperdonable y estalla una enemistad mortal entre el infractor y el traicionado.
Para la mentalidad masculina, es inaceptable que las esposas disfruten la pasión ilegítima tanto como la legal, y peor aún que en la práctica revelen haber disfrutado más lo ilegítimo que lo legal. Cualquier posibilidad de comparación entre los dos órdenes resulta odiosa, porque se supone que esas mujeres habían quedado reservadas para los hombres que las desposaron, y si por cualquier motivo no disfrutaban demasiado la legalidad, mejor hubieran hecho en resignarse o considerarlo un justo castigo a sus expectativas, porque nada mejor les estaba reservado.
Para el taoísmo chino, la actividad sexual involucra a las grandes fuerzas del universo: el Yin (la tierra o principio femenino) y el Yan (el cielo o principio masculino). Cuando Su Nu intenta responder las preguntas de Huang Ti sobre la manera de reconocer las sensaciones que experimentan sus parejas, describe una decena de indicadores del comportamiento femenino durante la actividad sexual, con lo que demuestra que el placer de la mujer no solo es posible, sino que debe ser tomado en cuenta; más aún, que es una de las mayores preocupaciones del hombre que se le acercó.

La mujer extiende sus pies y los dedos de los pies, intenta retener el martillo de jade masculino dentro de ella, pero no está seguro de qué modo desea que él empuje. Al mismo tiempo, emite murmullos con voz ahogada. Esto indica que está a punto de llegar a la marea del Yin.
De repente averigua lo que desea y tuerce un poco su cintura. Transpira algo y sonríe. Esto indica que desea que él no acabe aún, pues todavía desea más. (Jolan Chan: El Tao del Amor)

MUJERES INDIFERENTES U OPUESTAS AL SEXO (I)


Bernini: Apolo y Dafne
En la mitología griega, la bella ninfa Dafne, perseguida por Apolo, consigue que su padre, el río Peneo, la convierta en un arbusto, un laurel, con tal de salvarla del acoso del dios. Está en su derecho negarse a conceder su cuerpo al seductor, por poderoso que él sea, como había hecho antes con otros pretendientes que intentaban limitar su libertad de cazadora, pero esta decisión finalmente le cuesta cara: pierde la voz, la movilidad y la tersura del cuerpo humano, queda reducida a la materia poco apetecible de un arbusto rugoso, que Apolo utiliza como puede (elabora coronas con sus hojas perfumadas y siempre verdes, por ejemplo, para llevarla siempre consigo).

Corren veloces el dios y la muchacha, él por la esperanza y ella por el temor. Sin embargo, el perseguidor, ayudado por las alas del amor, es más rápido, se niega el descanso, acosa la espalda de la fugitiva y echa su aliento sobre los cabellos de ella, que le ondean sobre el cuello. Agotadas sus fuerzas [Dafne] palideció, vencida por la fatiga de tan acelerada huida, mira las aguas del Peneo y dice: “Socórreme, padre, si los ríos tenéis un poder divino, destruye, cambiándola, esta figura por la que he gustado en demasía”. (Ovidio: Las metamorfosis)

La víctima del acoso sexual puede resistirse al acosador (con consecuencias variadas, que van desde el pedido de disculpas de aquel que la molestaba sin imaginar siquiera la posibilidad de ser rechazado, hasta la violación y el femicidio en los que se hace caso omiso de la resistencia de la víctima). Cuando el desencuentro ocurre al amparo de la institución del matrimonio, la negativa se vuelve más difícil de justificar, primero porque el hombre suele considerarse con derechos adquiridos sobre el cuerpo de su pareja, luego porque esa convicción es compartida por la mayoría de la sociedad, y finalmente porque los argumentos de la mujer que se resiste suenan falaces: su deber es participar o en todo caso entregarse a la iniciativa de su pareja.
¿Qué le cuesta conceder el favor que se le reclama, sin ofrecerle ninguna satisfacción, por ejemplo un regalo, una suma dinero, una palabra amable, una caricia? Hay diferencias entre la condición de esposa y la condición de prostituta, que no implican mayores ventajas para la primera
Eso abre, no obstante otra duda. ¿Para qué se casó una mujer, si no tomaba en cuenta la intimidad sexual? ¿Para obtener una foto? ¿Para que alguien ajeno a la familia se encargue de mantenerla? ¿Para que sus amigas no la consideren fracasada? Ella o sus asesores debieron estar muy mal informados respecto de las obligaciones ineludibles de una esposa. ¿Acaso no es más fácil para ella aceptar el acoso del marido, sabiendo que si no se opone, el mal rato al que se encuentra expuesta pasará pronto, aunque sin duda habrá de repetirse periódicamente, a pesar de que ella no llegue a disfrutarlo nunca?
Rosario Castellanos
En un poema satírico de Rosario Castellanos, el monólogo de la mujer solicitada por un hombre que ella declara no atraerle, pero que se encuentra obligada a aceptar, por la promesa de amarlo y servirlo, hecha ante las autoridades civiles y religiosas, suministra indicios nada simples sobre los motivos de la resistencia femenina y la confianza respecto de las armas que dispone su sexo para solicitar en ciertos casos, o defraudar en otros, en el campo de batalla de la cama, al único hombre que debería acercársele.

Con frecuencia, que puedo predecir, / mi marido hace uso de sus derechos o / como él gusta llamarlo, paga el débito / conyugal. Y me da la espalda. Y ronca. / Yo me resisto siempre / por decoro / pero siempre también / cedo. Por obediencia. / No, no me gusta nada. / De cualquier modo no debería de gustarme / porque yo soy decente ¡y él es tan material! /  Además me preocupa otro embarazo. / Y esos jadeos fuertes y el chirrido / de los resortes de la cama pueden / despertar a los niños que no duermen después. (Rosario Castellanos. Kinsey Report)

José Echenagusia: Sansón y Dalila
Siempre hay una infinidad de cuestionamientos en la vida de una pareja, que tienen un común denominador: el rechazo de la intimidad sexual, que es una circunstancia de alto riesgo para los participantes. No solo pueden contagiarse enfermedades venéreas: los hombres quedan demasiado expuestos en esos momentos a la influencia femenina, con resultados tan lamentables como la ceguera y pérdida de fuerzas que sufrió el mítico Sansón de los hebreos, derrotado por la filistea Dalila, durante el sueño relajado que siguió al coito. Si ella le concedió su cuerpo, puede suponerse, no fue porque él la atrajera, sino para obtener lo que el ejército de su pueblo no había logrado en el campo de batalla. Entregarse a una mujer, de acuerdo a esa óptica, es concederle un poder que la alienta a abusar de su posición circunstancial.
En forma paralela, las mujeres quedan sometidas a la incertidumbre del embarazo, que habrá de esclavizarlas durante los meses del embarazo, y más allá, obligarlas a no pensar en otras cosa que la crianza de su prole, durante años.
Para las culturas paternalistas, la indiferencia sexual o la frigidez de las mujeres es un dato más que conveniente, incluso tranquilizador, para los hombres que aspiran a controlar a las mujeres en otros aspectos de mayor relevancia social (financieros, educativos, cívicos, religiosos). Si son tan carentes de iniciativa en la cama, cabe suponer que a ellas tampoco les importaría manifestarse en asuntos de mayor relevancia, que tradicionalmente se atribuyen a los hombres. Una cultura que otorga desiguales oportunidades y obligaciones a los dos géneros, establece conflictos que pueden ignorarse en ocasiones, pero no por ello se resuelven satisfactoriamente para ambas partes.

A cualquier mujer le gustaría ser fiel. Lo difícil es hallar un hombre a quien serle fiel. (Marlene Dietrich)

Si las mujeres no experimentan demasiado placer durante la actividad sexual que se comprometieron a mantener con sus esposos, si ponen todo tipo de excusas para postergarla, resulta probable que tampoco intentarán nada por ese lado fuera del matrimonio. Esa situación no les promete a las mujeres una mejor calidad de vida, pero sin duda asegura la honra de sus padres, hermanos, esposos e hijos. No está mal visto que ellas renuncien al disfrute de su cuerpo, siempre y cuando se encuentren dispuestas para conceder a su marido eso que a ellas les ha sido prohibido para que no se extravíen.
De todos modos, la cultura patriarcal acostumbra a las mujeres a presentarse como un objeto infalible de atracción masculina. Los machos van a solicitarlas fueron programados por la cultura machista para hacerlo; van a competir entre ellos, como hacen los urogallos o los alces dispuestos a demostrar que son dignos de una hembra; van a esperar que ellas los acepten como pareja.
Aquellos que no reaccionan pronto, de acuerdo a ese mecanismo biológico elemental, se convierten en un desafío que puede volverlos más atractivos a los ojos femeninos. ¿Cómo derribar esa contención inesperada, inaceptable para el orgullo de la mujer?
Giovanni Lanfranco: José y la mujer de Potifar
El casto José, que rechaza las insinuaciones de la esposa de Potifar, no es precisamente un héroe de la mentalidad masculina moderna. El personaje bíblico tiene virtudes admirables, desde su generosidad con los miembros de su familia que lo han perjudicado, hasta su capacidad de administrar sabiamente los negocios de su patrón, pero la castidad no contribuye a que se lo aprecie más. ¿Acaso las mujeres no lo tientan? ¿Por qué la indiferencia sexual, una virtud tan apreciada cuando se piensa en las mujeres, pasa a convertirse en evidente objeto de escarnio cuando se refiere a la conducta de un hombre?
Los hombres incapaces de controlar sus deseos, son vistos en el peor de los casos, por la mentalidad dominante, como simples víctimas de un temperamento apasionado, mientras que las mujeres que caen en la misma categoría, lo más probable es que sean execradas.  ¿Cómo se atreven? Tal ha sido la milenaria tradición dominante en Oriente y Occidente, donde a nadie se le ocurría entender que la limitación de la experiencia femenina en el disfrute del sexo, pueda alimentar conflictos que debieran resolverse gracias a incómodos diálogos de pareja (“¿Lo pasaste bien?”, “¿Qué te ha gustado más?”, “¿Qué no te ha caído bien?”) o buscando la intermediación de alguna autoridad competente (desde consejeros espirituales a psicólogos y médicos) encargados de orientar a quienes lo consultan sobre una materia tan privada.

sábado, 20 de febrero de 2016

IDEÓLOGAS DEL CAMBIO SOCIAL


Marie Dentière
Cuando se piensa en mujeres que participan en la vida pública, tradicionalmente se tiende a verlas como seguidoras de los hombres elocuentes que ellas han tenido cerca, no pocas veces desempeñándose como sus dedicadas secretarias o admiradoras, también como sus fieles parejas, que no se oponían a las decisiones masculinas y tampoco las estorbaban, porque no se consideraban en condiciones de competir con ellos. Fue el caso de Catalina von Bora, monja que abandonó el convento para convertirse en esposa y colaboradora de Lutero, pero no el de la teóloga belga Marie Dentière, que intentó exponer ideas propias.

Si Dios dio gracia a algunas buenas mujeres, revelándoles algo santo y bueno a través de las Sagradas Escrituras, ¿tienen ellas que atreverse a no escribirlo, no hablarlo o no declararlo a los demás, por causa de los difamadores de la verdad? Puede ser demasiado impúdico cubrir el talento Dios nos ha concedido a nosotras, que debemos tener la gracia de perseverar hasta el fin. (Marie Dentière)

En el siglo XVI, Dentière, tras haber ingresado a un convento de monjas agustinas, asistió a una prédica de Martin Lutero, que la convenció de sumarse a la Reforma Protestante  que él llevaba a cabo contra los jerarcas de la Iglesia Católica. En 1528 Dentière se casó con un predicador de la misma tendencia, Simon Robert, con quien tuvo dos hijos. Al quedar viuda, predicó en Ginebra a la par de Calvino y Farel, líderes del protestantismo, que desaprobaron su actuación.
Para eludir la prohibición expresa a la publicación de textos teológicos escritos por mujeres, firmó los suyos con seudónimo. Dentiére se casó por segunda vez con Antoine Froment, otro predicador reformista. Planteó en sus artículos el punto de vista de las mujeres sobre la doctrina cristiana. Propugnaba la necesidad de reinterpretar los Evangelios, para ampliar la participación femenina en el culto religioso (un tema que cinco siglos más tarde continúa en discusión).

¿Tenemos dos Evangelios: uno para hombres y otro para mujeres? Tampoco los calumniadores y enemigos de la verdad tienen el derecho de acusarnos de excesiva arrogancia, ni puede un verdadero creyente decir que las mujeres están traspasando sus derechos cuando hablamos a otra acerca de las Sagradas Escrituras. (Marie Dentiére)

Menos de tres siglos más tarde, las mujeres no pensaban en cambiar el mundo mediante la religión y se sumaban a la discusión política iniciada por los intelectuales. Cuando llega la Revolución Francesa, Théroigne de Méricourt fundó la Sociedad de Amigos de la Ley junto a su amigo, Gilbert Romme.
Théroigne de Méricourt
Años atrás, cuando decidió abandonar el hogar paterno por diferencias irreconciliables con su madrastra, perdió el apoyo de la familia, tuvo que sostenerse sola y al parecer habría llegado a prostituirse para sobrevivir. Una vez instalada en Paris, gracias a su relación con el Marqués de Persan, abrió un salón literario frecuentado por los futuros revolucionarios. Al comenzar la Revolución, la Méricourt no se conformó con recibir y agasajar a sus visitantes. Participó junto a los hombres, sable en mano, en la Toma de la Bastilla. Los monárquicos la vilipendiaron por sus ideales republicanos y su pasado de mujer pública. La describían como un personaje desequilibrado, que intentaba vengarse de la sociedad que la había marginado.

Ustedes [los hombres] anularon todo los privilegios [de la nobleza]; anulen también los del sexo masculino. Trece millones de esclavas llevan las cadenas que les colocaron trece millones de déspotas. (Théroigne de Méricourt)

Méricourt era imprudente en sus discursos, por apasionada y cometió el error de enfrentar al poderoso Robespierre, en medio de la lucha de facciones que estuvo a punto de desembocar en una guerra civil. Creó una legión de lo que denominó amazonas (batallón de mujeres armadas) con la que pretendía invadir los Países Bajos para liberarlos de la monarquía. Tanto activismo no anunciaba premios ni reconocimientos para ella. Había que silenciarla pronto, para que su ejemplo no cundiera entre las mujeres. Méricourt fue castigada por una banda de seguidoras de Robespierre, que le quitaron la ropa interior y la azotaron en plena calle.

Ciudadanas: demostremos a los hombres que no somos inferiores a ellos en valentía y bravura; demostremos a toda Europa que las mujeres francesas conocen y está a la altura de las ideas de su siglo, despreciando los prejuicios absurdos y antinaturales. (…) Francesas (…) rompamos nuestras cadenas. Ya es hora de que las mujeres abandonen el vergonzoso estado de nulidad en que el orgullo y la injusticia de los hombres las mantienen hace tanto tiempo. Volvamos a las épocas en que las galas y las altivas germanas deliberaban en las asambleas públicas y combatían al lado de sus esposas para rechazar a los enemigos. (Théroigne de Méricourt)

Flora Tristán
Durante el siglo XIX, las mujeres se plantearon reiteradamente igualar sus derechos cívicos con aquellos que disfrutaban los hombres. Flora Tristán, hija de los amores de una francesa y un alto oficial peruano que residía temporariamente en España, conoció una infancia desahogada, pero no logró ser reconocida por su padre, que murió cuando ella tenía cinco años. A partir de ese momento, ella y su madre quedaron en la pobreza, comenzó a trabajar en una imprenta en Paris y se casó muy joven con su patrón. Cansada de los malos tratos que recibía, Flora huyó de su hogar, llevándose a sus hijos.
Viaja a América, para reclamar la herencia paterna y apenas consigue una pensión. Al regresar a Francia, se incorpora a la lucha por la emancipación de la mujer y los derechos de los trabajadores (dos causas que a partir de ella pasan a estar indisolublemente relacionadas).
Cuando se niega a las niñas la posibilidad de recibir una educación, analiza Tristán, es porque se ha decidido que es en el seno del hogar donde mejor se las explota como fuerza de trabajo, al encargarles las tareas domésticas, la crianza de los niños, las compras de provisiones, etc. Ese régimen no pasa de ser una preparación para las tareas que se le encomiendan al llegar a la adolescencia, al ubicarlas como aprendizas en talleres donde el trato no es menos desconsiderado de lo que había sido en el hogar. La otra opción es prostituirse. Ante una situación tan intolerable vivida por millones de mujeres, la propuesta de Tristán es simple, difícil de aplicar y sin embargo inevitable, como reconoce su contemporáneo, Karl Marx:

Proletarios del mundo, uníos. (Flora Tristán)

Emmeline Pankhurst
Emmeline Goulden era hija de una pareja de activistas sociales, que se incorporó a la causa del sufragio femenino a los 14 años. Se había formado en una escuela francesa. Conoció a Pankurst, su marido, un abogado bastante mayor que ella, con quien compartía los mismos ideales. Fue madre prolífica, lo que no le impidió fundar una asociación que promovía el voto universal. En el verano de 1908, llegaron a reunir medio millón de sufragistas en Hyde Park. Cuando Pankhurst intentó incorporarse al Partido Laborista, la rechazaron… por ser mujer.
Al quedar viuda, ella y sus hijas se dedicaron a actividades de agitación, que incluían quebrar los vidrios de ventanas de la residencia oficial del Primer Ministro, agredir a policías, incluso provocar incendios en establecimientos comerciales. Fueron encarceladas e iniciaron huelgas de hambre que las volvieron célebres por la crueldad de los métodos utilizados para alimentarlas por sondas. Al comenzar la Primera Guerra Mundial, las sufragistas invitaron a las mujeres para que incorporaran masivamente al campo laboral que hasta entonces había sido reservado a los hombres. Finalmente, en 1918, el Parlamento británico concedió el voto a los hombres mayores de 21 años y las mujeres mayores de 30. Nancy Astor fue la primera mujer elegida para un escaño de la Cámara de los comunes, en 1919.
Rosa Luxemburgo
Rosa Luxemburgo fue una militante izquierdista de fines del siglo XIX, nacida en Polonia, obligada a exiliarse en Suiza y Alemania, que se opuso a la Primera Guerra Mundial. A pesar del hándicap de una cojera, desde muy joven se destacó en la conducción de un partido político obrero, organizó huelgas, estudió Economía, Historia y Filosofía. La suya era una solitaria voz femenina en un mundo de hombres. La encarcelaron reiteradamente, predicó la objeción de conciencia ante el estallido de la guerra.
Acusada de incitar a la desobediencia civil, la justicia alemana la condenó a un año de encarcelamiento. La asesinaron en 1919, apenas concluida la guerra, cuando había previsto las desviaciones que aguardaban a la Revolución bolchevique, en la recién establecida Unión Soviética.

¡El orden reina en Berlin! Vuestro orden está construido sobre la arena. Mañana la revolución se levantará vibrante y anunciará con su fanfarria: ¡Yo fui, yo soy, yo seré! (Rosa Luxemburgo)

Alicia Moreau
Pocos años más tarde, la joven Alicia Moreau, hija de un anarquista francés emigrado a Argentina, fundó en 1906, a los 21 años, el primer Centro Feminista del país, con el objeto de promover el voto femenino. En 1907 ingresó a la Facultad de Medicina con otras cinco mujeres. En 1915 obtuvo su diploma universitario de Médica Cirujana. En 1921 fundó el Partido Socialista argentina y un año después se casó con su fundador, Juan B. Justo.

El feminismo no fue un detalle de indumentaria, sino una forma distinta de pensar; no se trató de oponer a la mujer al hombre, sino (…) de no dejarla ajena al pensamiento moderno, de permitirle que conquistase en la sociedad una posición menos deprimida, de darle los medios de defenderse contra un régimen que no ha sido hecho para ella y en donde se encuentra herida y vejada. (Alia Moreau de Justo: Feminismo e intelectualismo)

Alexandra Kollontai
Alexandra Kollontai fue designada Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública, tras el establecimiento de la Unión Soviética, en 1917. Desde el alto cargo que ejercía, logró que se aprobaran las leyes del divorcio y el derecho al aborto, el reconocimiento salarial a la maternidad, fundación de guarderías y hogares para los hijos de las trabajadoras. Promovió la participación femenina en todas las profesiones.
Desde 1921, Kollontoi quedó marginada por su propuesta de entregar las fábricas a los trabajadores y varios de sus planteos quedaron archivados definitivamente. Se la designó como embajadora de la URSS en Noruega (fue primera mujer que asumió una responsabilidad parecida). Sus ideas resultaban incómodas para una conducción que necesitaba consolidar una imagen más convencional de la mujer, después de haberle permitido incorporarse plenamente a las actividades productivas.

En vez del matrimonio indisoluble, basado en la servidumbre de la mujer, veremos nacer la unión libre fortificada por el amor y el respeto mutuo de dos miembros del Estado Obrero, iguales en sus derechos y en sus obligaciones. En vez de la familia de tipo individual y egoísta, se levantará una gran familia universal de trabajadores. (...) Estas nuevas relaciones asegurarán a la humanidad todos los goces del amor libre, ennoblecido por una verdadera igualdad social entre compañeros, goces que son desconocidos en la sociedad comercial del régimen capitalista. (Alexandra Kollontoi: La igualdad social del hombre y la mujer)