sábado, 25 de julio de 2015

MUJERES EXHIBIDAS Y OCULTADAS


Magic Mike
La exhibición de los cuerpos de hombres poco vestidos no es habitual. Si bien se daba en los juegos deportivos de la Antigüedad y los tiempos modernos, llega a imponerse durante los últimos años en espectáculos de strip tease mitificados en las despedidas de solteras y el filme Magic Mike, lo más probable es que los hombres se exhiban vestidos (incluso revestidos) de ropas, ornamentos y protecciones que suministran una imagen capaz de imponer distancia y en más de un caso temor a los observadores.
Con las mujeres es diferente. Las mujeres son encaradas como reproductoras u objetos del deseo masculino. Por lo tanto ellas se exhiben en ciertas ocasiones y se ocultan en otras, de acuerdo a lo que exigen los hombres. Mientras las mujeres reproductoras se resguardan de otras miradas masculinas que no sean las de quienes las consideran suyas, para evitar cualquier sospecha respecto de la paternidad de su prole, hay otras, cuya principal función es suministrar placer. Ellas se exhiben, tomando todos los recaudos para no ser ignoradas y convierten esa actividad en un arte.
Gypsy Rose Lee
El striptease es un género menor y a pesar de ello tradicional de las artes escénicas: una bella mujer se desviste lentamente, al ritmo de la música, sin tomarse el trabajo de convertirlo en danza, prometiendo una desnudez que se demora y probablemente nunca se completa. ¿Hace falta algo más para concentrar la atención de una audiencia masculina? Una famosa cultora del strip tease describe la débil frontera que para ella diferenciaba la exhibición lisa y llana, del espectáculo:

Yo no estaba desnuda, porque estaba completamente cubierta por una luz azulada. (Gypsy Rose Lee)

Dita von Teese
Dita von Teese ha organizado una prolongada carrera basada en la evocación de distintas formas de desnudarse en el escenario. Lejos de hacerlo como cualquier bailarina de un barato bar topless, que entretiene a su clientela alcoholizada mediante la exhibición pública de atributos femeninos que ellos probablemente pueden ver en sus hogares (aunque no siempre de la misma calidad, ni con tanta comodidad), von Teese agrega la nostalgia del teatro burlesque y el cine de Hollywood de los años ´40, recuperando formatos tradicionales de un arte que no suele ser apreciado como tal. Utiliza luces de colores, encajes y transparencias, abanicos de grandes plumas, que solo permiten adivinar su cuerpo, grandes copas de champagne en la que se baña, etc.

No creo que nada de lo que he hecho y hago sea solamente para seducir a los hombres; ha sido para tener confianza en mí. (…) Lo que presento en mi espectáculo (…) va en contra de todos los estándares actuales de la belleza. Y eso es lo que creo que llama la atención de las mujeres, se ve como algo que se puede obtener, que es factible ser. (Dita von Teese)

De nuevo, como en el caso de Gypsy Rose Lee, que fuera del mundo del espectáculo prefería mostrarse con anteojos, leyendo libros y dialogando con intelectuales, von Teese se preocupa de otorgar dignidad a un espectáculo que no existiría sin la motivación sexual implícita en quienes lo ofrecen y quienes lo observan.
Los números de cabaret que exhiben mujeres casi desnudas (una especialidad del Crazy Horse de Paris desde hace seis décadas) no son invenciones de la modernidad. En un ambiente de costumbres tan relajadas como las del Imperio Romano, Marco Valerio Marcial describía hacia el comienzo de la era cristiana las danzas obscenas de las mujeres hispanas:

Las mozas de la licenciosa Cádiz harán vibrar en un prurito sin fin sus lascivas caderas con un temblor estudiado. (Marcial: Epigramas)

Teodora Emperatriz
Las actrices de la época no escatimaban recursos para seducir a su audiencia. Podían incluir en sus actuaciones animales que les arrancaban las ropas o gansos que picoteaban granos estratégicamente dispuestos sobre el cuerpo desnudo, como Procopio de Cesarea cuenta que se presentaba Teodora, antes de hacer un matrimonio afortunado con Justiniano y convertirse en Emperatriz de Bizancio..

Ella era la clase de comediante que encanta a la audiencia dejándose abofetear y le hace partirse de risa levantando sus faldas y enseñando a los espectadores esos secretos femeninos que la costumbre aparta de los ojos del sexo opuesto. (…) No esperaba ser solicitada, sino al contrario, con gesto incitadores y cómicos movimientos de sus faldas se ofrecía a todos. (Procopio: Historia Secreta)

El espectáculo público no pasaba de ser una forma de atraer clientes que pagaban por los favores de las artistas después de concluido el espectáculo. Ser actriz y prostituta era lo mismo. Los actores fueron excomulgadas por el nuevo culto cristiano, cuando se convirtió en religión oficial del Imperio Romano.  
Capitel iglesia medieval

Quebrantan sus cuerpos, saltan y giran, doblando sus cuerpos, torciendo los ojos y la boca, hacen otros gestos malvados y villanías de amor torpe y sucio, como suelen algunos; parecen que se les han quebrado los miembros, porque así los menean, como si estuvieran descoyuntados. (Martín Pérez: Libro de las Confesiones, 1316)

Ir al teatro o al circo donde se ofrecían estos espectáculos lascivos, era exponerse a ser seducido por el Demonio y condenarse por la eternidad a las penas del Infierno. Una de las danzas tradicionales de los artistas de feria del Medioevo, incluía arquear el cuerpo hacia atrás, hasta que los cabellos sueltos tocaban el suelo y dar saltos mortales hacia atrás, con largas faldas, que dejaban al descubierto (fugazmente) sus partes pudendas.
Cancán siglo XIX
Varios siglos más tarde, el cancán, un baile acrobático que inicialmente fue de parejas y derivó a espectáculo de grupos de bailarinas, entusiasmó a los espectadores del siglo XIX en Francia. Prometía lo mismo: un atisbo del cuerpo femenino, que en la vida cotidiana estaba cubierto por innumerables capas de tela, que rara vez se removían en su totalidad, porque hasta el baño se hacía vestido.

Un ejército de jóvenes muchachas que están allí para bailar este divino alboroto parisino, como su reputación lo exige (…) con elasticidad cuando lanzan su pierna al aire que no deja predecir un flexibilidad moral al menos igual. (Guía de los placeres de Paris, 1898)

La danza oriental de los siete velos alentaba a esperar que una mujer joven se exhibiera, probablemente no desnuda, pero de todos modos despertado la imaginación lujuriosa de los espectadores.
Lola Montez
Lola Montez, bailarina de mediados del siglo XIX, favorita de reyes y artistas, se hizo famosa con una supuesta danza española, que consistía en simular la búsqueda de una pulga que la agredía, pasando de un sitio al otro de su anatomía, con lo que justificaba que se desprendiera de algunas prendas de su vestuario y expusiera por instantes ciertas partes habitualmente ocultas en lugares públicos. Para la imaginación masculina de la época, eso debía bastar para encender el deseo. Con los años, la danza fue cambiando de nombre y de acuerdo a los testigos, la bailarina habría llegado más lejos:

En septiembre de 1855, se exhibió en su fuertemente erótica “danza de la araña” en el Royal Theatre de Melbourne, alzando de tal modo la falda que el público pudo ver que no llevaba ropa interior. Al día siguiente, el periódico Argus denunció que la exhibición había sido altamente ofensiva de la moralidad pública. Las familias respetables dejaron de frecuentar el teatro, que pronto sufrió ingentes pérdidas. (Michael Cannon: Melbourne después de la fiebre del Oro)

Hombres y mujeres se exhiben con el objeto de atraer a sus probables parejas sexuales (casi siempre del otro género, pero también del mismo) y desalentar a posibles competidores que se encuentran en inferioridad de condiciones. Mostrarse en la plenitud de sus formas excita el interés de aquellos que andan en busca de pareja y despierta la idea de emparejarse en quienes hasta entonces no habían pensado en el tema. Algo semejante ocurre en casi todas las especies animales en las que existen géneros diferenciados. ¿Quién se resigna a la soledad, cuando la Naturaleza, suministra la posibilidad de reproducirse, mientras se disfruta intensamente la ceremonia? Machos y hembras, sin embargo, no se exhiben de la misma forma, ni a partir de idéntica relación de fuerzas que les concede el territorio donde ocurre el cortejo.
Pavo real
En el caso de los peces y las aves, los machos suelen ser los individuos más vistosos (como demuestran las plumas del pavo real), mientras que en el caso de los mamíferos (según revelan las cornamentas de los ciervos o el erizamiento de la pelambre de los gatos), los machos se distinguen por su mayor agresividad. Cuando los machos toman la iniciativa, las hembras retroceden a un segundo plano, desde el cual excitan y contemplan la exhibición de fuerza de quienes pretenden tomarlas como parejas.
Entre los humanos, las estrategias de la atracción son más variadas, cambian de acuerdo a las culturas y épocas. La decisión de exhibirse las hembras ante los machos y viceversa, encuentra sus límites en el código del pudor de una determinada sociedad, que puede no estar escrito pero de cualquier modo es muy difícil de desafiar.
Durante el Medioevo europeo, las ropas de los hombres llegaban a ser más exhibicionistas que las femeninas, con sus calzas ajustadas, las braguetas que destacaban el volumen de los genitales, el uso de colores vivos, los sombreros adornados con plumas, etc. Las mujeres, en cambio, ocultaban el pelo, se cubrían casi todo el cuerpo con ropas infladas o disimuladoras de las formas naturales, como las elaboradas por el corsé.
Cuando Dante Alighieri describe en el siglo XIII el atractivo que ejerce su amada Beatrice Portinari, no comparte ninguna descripción visual con el lector, sino una serie de restricciones que ella y él aceptan gustosos.

Tanto gentile e tanto onesta pare / la donna mia quand´ella altrui saluta / ch´ogne lingua devèn tremando muta / e li occhi no l´ardiscon di guardare. / Ella si va, sentendosi guardare / benignamente d´umità vestuta / e par´che si una cosa venuta / dal cel in terra. (Dante Alighieri: La Vita Nuova)

Mujeres medievales
El mayor atractivo femenino del Medioevo (el único admitido socialmente) era ocultarse de la vista de los hombres, reservándose para uno solo, el marido. Sin embargo, cabe preguntar si esta idea era la correcta. Después de la boda, la confianza entre marido y mujer que hoy se da por descontada y resulta obligatoria, tampoco existía. La actividad sexual se consumaba en la oscuridad, entre participantes vestidos con ropajes provistos de estratégicas aberturas y tomando en cuenta un calendario religioso que restringía con distintas razones esas oportunidades (Cuaresma, Adviento y otras fiestas de Guardar). Ante la falta de imágenes estimulantes, la gente se tocaba y se olía con una intensidad que hoy cuesta entender, a diferencia del predominio que ha llegado a adquirir la vista en la cultura contemporánea.
Audiencia papal
En los países islámicos de la actualidad, tal como sucedía en el Medioevo de Occidente o las audiencias del Papa, las mujeres continúan cubiertas por distintas modalidades del velo o hiyab que costumbres ancestrales prescriben para ellas, con el objeto de que sean identificadas como musulmanas y protegerlas del acoso masculino. Mirar sin obstáculos a una mujer, el Corán, es lo mismo que fornicar con los ojos. En ciertos casos, el velo del chador oculta el cabello y el pecho, destacando los ojos, como sucede en Irán. En otros, las mujeres quedan totalmente  cubiertas de pies a cabeza por el burka, como sucede en Afganistán o Yemen.
Nikab islámico
En todos los casos, las ropas deben ser sueltas, en ningún modo trasparentes e impiden distinguir los detalles del cuerpo. La restricción ejercida sobre uno de los géneros, repercute directamente en el otro. Las mujeres son cubiertas, para que los hombres no se exciten demasiado con su visión y la fe se debilite. Los hombres, sin embargo, tampoco gozan de mayor libertad: tienen que dejarse barba y cubrirse la cabeza y los brazos (queda por saber si no es para que tampoco ellas se exciten demasiado al verlos).

martes, 16 de junio de 2015

MUJERES EXCITANTES Y EXCECRADAS



¡Oh, qué plaga, que aburrimiento, qué tedio es tener que tratarse con ellas mayor tiempo que los breves instantes en que son buenas para el placer. (Francisco de Quevedo)
Pepe Antártico
Si por cualquiera motivo las mujeres no pueden ser disfrutadas sexualmente por los hombres, ¿hay algún otro criterio que justifique su existencia? ¿Qué uso puede dárseles? El ingenioso Quevedo no encuentra muchas alternativas fuera del placer. Lo tientan en ocasiones, de ningún modo todo tiempo, porque la excitación constante se convertiría en tortura, pero fuera de esos breves encuentros no las tolera. Mientras ellas atraigan a los hombre, habrá que aceptarlas, incluso llegará a hacérseles creer que son maravillosas, el objeto de todos los pensamientos masculinos, pero apenas se calme la sexualidad y aburran, serán apartadas sin demasiada consideración.
La voluntad de mantener a las mujeres a cierta distancia de los hombres, para que no los molesten en su tarea de controlar el mundo, puede suponerse que indica la censura de los placeres del sexo, tan arraigada en la mentalidad medieval, que ha tardado mucho tiempo en disiparse. En la actualidad, nada de eso quedaría en pie, puede suponerse.
Playboy 2007
Playboy, la revista editada por Hugh Hefner a partir de 1953, pone en distribución imágenes frecuentes de mujeres desnudas que no esconden nada (salvo las poses que no las favorecen). Otras publicaciones del mismo tipo, demuestran que el mercado de las representaciones de la carne femenina es inagotable y más aún, resistente a los cambios de mentalidad que afecta a otros planos de la cultura. La llegada del cine y la televisión no dejó de lado ese material. La pornografía se vende, se actualiza, se especializa, se diversifica, llega a ocupar más de un tercio de las páginas de Internet.
Cuando Rudolf II de Bohemia reunió durante el siglo XVI un colección de curiosidades, entre las cuales muestras de arte erótico. Encargaba o compraba pinturas que brindaban a sus ojos, en la intimidad del Palacio, personajes de la Mitología griega, como excusa para representar actividades sexuales poco ortodoxas. La excitación sexual era por entonces un lujo disfrutado por unos pocos consumidores cultos (conocedores de las alusiones a la cultura antigua) dispuestos a financiar la producción de imágenes que invitan al fantaseo, pero no a compartirlas.
Francisco de Goya: La Maja desnuda
La modernidad ha democratizado el estímulo sexual. En el pasado, solo los potentados disponían de imágenes femeninas excitantes. Cuando Goya recibe (probablemente de Manuel Godoy) el mandato de pintar La Maja Desnuda, pinta también otra versión, donde la mujer está vestida. Se especula que las dos obras estaban instaladas en un ingenioso artefacto que permitía exhibir una u otra, de acuerdo a la voluntad del propietario, que de ese modo intentaba escapar al control de la Inquisición.
En la segunda mitad del siglo XX, en cambio, Hugh Hefner, Larry Flynt, Bob Guccione y otros empresarios editaron millones de ejemplares de revistas en colores,  que se vendían en los kioscos de la prensa (a veces ensobradas en una envoltura transparente que impedía revisar el contenido) y se suponía destinadas al consumo de una masiva audiencia masculina.
 El peso de la mujer en el imaginario masculino es ratificado todos los días por la publicidad audiovisual de productos de consumo, por la prensa sensacionalista y las páginas eróticas de Internet. Esas mujeres venden (no necesariamente a sí mismas) afirman los expertos. Han sido puestas donde las descubre el hombre menos atento, presencias seductoras, disponibles para anunciar productos y servicios que no llamarían la atención si ellas no los promovieran.
Tienen las bocas carnosas, abiertas y miran sin el menor pudor a quienes las espían. Aunque aparezcan solas en la imagen, sus miradas, sus poses, su actividad física o su relajada pasividad, se encuentran dirigidas a un observador que se halla frente a la pantalla, delante del cartel o la página impresa, y sin duda disfruta el espectáculo de esa mujer que lo designa como su cómplice, su pareja del momento.
Alberto Vargadas: Pin Up
Las pin ups de Alberto Vargas de los años `40, que obtuvieron tanta notoriedad en los medios masivos, combinan la tentación con la sorpresa. Fueron creadas para excitar a los hombres que participaban en la Segunda Guerra Mundial, a quienes designan con la mirada, pero al mismo tiempo adoptan la gestualidad de la inocencia sorprendida. Créase o no, ellas aparentaban estar sorprendidas de ser vistas y sin duda no esperaban ser tocadas. Solo por casualidad sus faldas volaban gracias al oportuno viento, mientras los escotes se desbocaban y los gestos íntimos eran observados por curiosos que no debían culparse de hacerlo. Su teatral inocencia denotaba que no llegaban a entender muy bien qué les estaban pasando. Eran víctimas tontas o al menos representaban ese rol, para facilitar la agresión imaginaria de los hombres.
¿Qué puede haber más seductor para un hombre, que la imagen de una mujer desnuda o con poca ropa? En ocasiones, cuando se encuentra vestida, ella no puede esperar para desvestirse. El Strip tease ha llegado a presentarse como un arte de los prolegómenos sexuales. Acompañada por la música, sin prisa, la mujer se quita una prenda tras otra (y tiene muchas, que sin embargo no llegan a cubrirla). En las versiones clásicas del strip tease, la desnudez no se completa. Incluso sin ropas, las poses bien estudiadas todavía tapan algo, por lo general los genitales.
Las mujeres de los medios excitan las fantasías de los hombres que las contemplan, los hacen sentirse poderosos, infalibles, adecuados para satisfacer los deseos de esas figuras que lo miran como si estuvieran desafiándolo. Al menos mientras no las toquen, pueden sentirse capaces de controlarlas y obtener placeres  al mismo tiempo. Ni los retratos de los equipos masculinos de fútbol gozan del mismo nivel de adhesión. En contraste con eso ¿quién consigue ser hombre y mantenerse indiferente a las mujeres? Casi nadie, incluyendo a los travestis que se mantienen a distancia de ellas, pero las imitan y parodian con tanto esmero.
Bailarina de Burlesque
En el escenario del music hall, el burlesque y el teatro de revistas, uno de los números tradicionales y más celebrados es un sketch en el que un cómico de cierta edad, hábil en el manejo del doble sentido verbal y gestual, probablemente ridículo por su edad y actitud conquistadora, encara a una mujer muy atractiva pero tonta, no demasiado vestida, incapaz de entender el doble sentido del discurso masculino. La permanencia del esquema durante décadas (demostrada por el paso del teatro a la televisión, sin que fuera necesario efectuar demasiados cambios) indica la persistencia del disfrute de la audiencia. El actor cómico se daba el gusto de controlar en público a esa hembra que la audiencia masculina hubiera deseado tocar, pero no le estaba permitido tocar, accesible para los ojos y a la vez inalcanzable.
Gordo Porcel y Susana Giménez
W.C: Fields y Groucho Marx hacían parecido en el teatro y el cine norteamericano. Aldo Fabrizzi lo hacía en el teatro italiano de variedades. El Gordo Porcel lo convirtió en una rutina televisiva en Buenos Aires y Miami. Pepe Antártico lo utilizó durante décadas en un comic chileno: la combinación más eficaz para alimentar las fantasías de la audiencia masculina, incluye una mujer exhibicionista, que aparenta ser boba para que cualquier abuso resulte cómodo, y un hombre que habla con desenvoltura y puede suponerse impotente.
Cabe pensar en una tendencia reciente de la industria cultural moderna, que utiliza a las mujeres para dirigir la atención hacia otra cosa, pero no es así. Esculturas primitivas, como la de Willendorf, tallada veinte a veintidós siglos antes de nuestra era, simplifica la imagen femenina, quitándole toda importancia a cualquier aspecto que no sean los pechos y las caderas. En ese momento, quizás no hubiera otras cosas que destacar en ellas, que fuera apreciado por el resto de la sociedad. ¿En la actualidad tampoco?
Artemisia Gentileschi: Susana y los viejos
Las figuraciones más frecuentes de la mujer en las artes plásticas tradicionales, tienen características similares. Susana, esposa de Joaquín, es espiada dos viejos hipócritas mientras se baña. La codician, se le acercan y al ser rechazados la acusan de impudor. Muchos pintores han aprovechado la historia para representar a una joven mujer desnuda, personaje inhabitual en la Biblia (la otra bañista es Bethsabé, espiada involuntariamente desde una terraza vecina por el Rey David, que a continuación no repara en apremios y abusos, con tal de convertirla en su amante, después de haber alejado al marido).
La casta Susana suele ocupar el centro de la imagen, mientras los viejos se camuflan en la vegetación. Cualquier observador puede disfrutar la visión de ese cuerpo indefenso, porque la representación del rechazo de la mujer o el castigo del voyeurismo que pone fin a la historia, no suelen hallar espacio. Cuando Artemisia Gentileschi pinta el episodio de Susana y los viejos, a comienzos del siglo XVII, muestra que la joven rechaza el asedio de estos ancianos que no pueden ser considerados por la sociedad como hombres ejemplares. Ella es la víctima y los acusa, pone al observador de la pintura como testigo de su inocencia. Se trata del punto de vista inusitado de una mujer sobre la lujuria masculina, una perspectiva moderna, que tiene cuatro siglos de antigüedad.

MUJERES QUE AMAN A OTRAS MUJERES (I): EL PASADO



Pareja de mujeres chinas
En el código Hammurabi de los sumerios, redactado en el siglo XVIII antes de nuestra era, se reconoce la existencia de mujeres (denominadas salzikrum) que tienen derechos sucesorios diferentes de los del resto de las de su género. Ellas heredaban a su padre y podían armar una familia con una esposa o varias.
Para los chinos, dos siglos antes de nuestra era, la relación amorosa entre dos mujeres era una situación tolerada socialmente, sobre todo en el ámbito de la Corte imperial. Durante la Dinastía Ping (desde el siglo XVII a comienzos del XX) había clubes femeninos, llamados Asociaciones de la Orquídea Dorada, en los que se establecían matrimonios grupales de mujeres y se adoptaban a niñas como hijas, que gozaban del derecho a heredar que los hombres. El amor de una mujer por otra era un tópico literario respetable.

Una sonrisa tuya cuando nos encontramos / Y yo me vuelvo muda y olvido las palabras. / (…) Jugamos juegos del vino / y una a la otra nos recitamos poemas. / (…) Luego una a la otra nos pintamos hermosas cejas. / Quiero poseerte por completo / Tu cuerpo de jade / y tu corazón prometido (Wu Tsao: Para la cortesana Chi´Ng Lin)

La libertad que alcanzaron las amantes del mismo género no se difundió en otras culturas, ni tampoco se mantuvo en China. La escasa visibilidad que se concedía a las mujeres en las culturas del Mediterráneo, incidió en la falta de información sobre aquellas que se sintieran atraídas por personas de su mismo género. Eso no importaba demasiado, porque no planteaba dudas sobre la legitimidad de la descendencia. En el fondo, era un alivio que ellas evitaran el contacto con hombres, dejándolas sin embargo a disposición de ellos, cuando deseaban tener hijos.
Para los antiguos griegos, no había mayores conflictos en reconocer la existencia de otras parejas que no fueran aquellas dedicadas a la reproducción de la especie. Junto al amor entre opuestos (hombre/mujer) podía haber también el amor entre iguales.
Puesto que las esposas no eran demasiado apreciadas por una sociedad que las limitaba a la función de reproductoras, mayores elogios merecían las educadas y bien maquilladas hetairas, que no se casaban y recibían mejor educación. Con ellas un hombre podía beber, discutir asuntos serios y disfrutar de su experiencia en las artes amatorias. La posibilidad de que un hombre se interesara en otro hombre, no causaba escándalo e incluso se la recomendaba... ¡siempre y cuando se tratara de una relación pasajera, con un menor de edad!
Al analizar esta situación, se advierte cuánto cambian las mentalidades. La pedofilia es hoy un delito sancionado en la mayor parte de los países. Abusar del poder del adulto, para seducir a jóvenes que se encuentran en etapa de formación y suelen no ser capaces de negarse a las presiones de alguien mayor, repugna a la conciencia moderna. Para los antiguos griegos, una pareja estable entre dos personas del mismo sexo, era también reprobable, porque se oponía a los intereses del Estado (al ser incapaces de reproducirse). Las relaciones con menores podían ser toleradas, porque estaban condenadas a disolverse al cabo de tres o cuatro años, cuando los adolescentes crecían, perdían su encanto o la credulidad inicial, para convertirse en ciudadanos adultos, por lo tanto comprometidos por la sociedad patriarcal a casarse con mujeres y tener hijos.
Platón describe en El Simposio un mítico origen de la humanidad en el que había seres humanos dobles, unidos por la espalda. Algunas de estas parejas estaban compuestas por un hombre y una mujer, otras por dos hombres y otras por dos mujeres. Aunque esas criaturas fueron separadas por Zeus durante uno de sus arranques de ira, quedaba en los descendientes la nostalgia del origen, que los impulsaba a buscar la mitad perdida. Por eso algunos hombres buscan a la mujer que los complementa, pero también hay hombres y mujeres que evidentemente buscan a una mitad de su mismo sexo.
En la cultura griega, que valoraba la institución del matrimonio, sin preocuparse del desarrollo intelectual, ni los derechos cívicos de las mujeres, los contactos entre personas de distintos sexo quedaban limitados a la procreación, mientras que en forma paralela se facilitaba la proximidad entre personas del mismo sexo. Tanto los negocios, como la guerra, el deporte y la educación, permitían el contacto íntimo entre los hombres, mientras que el gineceo o área del hogar reservado a las mujeres (el harem para los musulmanes), era un espacio raramente frecuentado por los hombres, reservado para los miembros de la familia, se convertía en el ámbito ideal para la intimidad entre ellas.
Solomon: Safo y Erinne
La rebelión de Safo y sus seguidoras se daba en varios niveles: por un lado, era la lucha de las mujeres por la instrucción que la sociedad patriarcal les negaba y la búsqueda de un espacio para manifestar sus dotes intelectuales. Por el otro, incluía el intento de independizarse eróticamente de los hombres. Safo estableció en Mitilene una escuela para mujeres, donde se las entrenaba en la práctica de la danza, la música y la pintura.
Esto no causaría demasiada extrañeza en la actualidad, cuando se supone que debe haber igualdad de oportunidades para ambos géneros. Si se toma en cuenta la opinión (adversa) de los griegos sobre la instrucción femenina, el proyecto adquiere un carácter de desafío. La comunidad de mujeres puede haberse organizado de acuerdo a principios similares a las comunidades de hombres de la época, donde las actividades sexuales eran consideradas normales y solo se condenaban si se pretendía continuarlas pasada la etapa de formación de los más jóvenes.
Posteriormente, ante la falta de datos biográficos sobre la biografía de Safo, se decidió atribuirle una historia de amor no correspondido con un hombre tan hermoso, Faón, de quien se habría enamorado también la diosa Afrodita. Desconsolada por la indiferencia del hombre, se inventó que Safo habría decidido matarse. De ese modo, con un gesto de sometimiento póstumo de la mujer independiente, se dejaba satisfecho a todo el mundo: aquellos que admiraban su poesía y aquellos que detestaban su autonomía.
Pareja femenina en Lesotho
Las comunidades de mujeres han reaparecido con diferentes características en otras culturas. Se prohibía a las monjas católicas, por ejemplo, compartir una cama y se establecía que durante las noches hubiera lámparas iluminando el recinto donde ellas durmieran. Motsoalle es la denominación que se otorgaba en Lesotho, una nación africana, a las parejas de mujeres. En Occidente, una relación de ese tipo hubiera sido sancionada por las leyes y la opinión pública. Si algo parecido se daba, lo habitual en el pasado era ocultarlo para eludir sanciones. La situación no se ignoraba, pero al mismo tiempo se prefería no mencionarla abiertamente, a diferencia de la condena explícita a las parejas masculinas.
Los conquistadores europeos que llegaron al Nuevo Mundo y describieron sus costumbres a comienzos del siglo XVI, dejaron testimonio de situaciones inaceptables para ellos, que sin embargo no eran reprimidas en las sociedades indígenas:

Indias de esta región juran y prometen castidad, y así no se casan ni conocen hombre de ninguna calidad, ni lo consentirán aunque las maten. Estas dejan todas las actividades de mujeres e imitan a los hombres y realizan sus oficios como si no fuesen mujeres. Traen el cabello cortado como los machos, van a la guerra y de cacería con arcos y flejas (…) y cada uno tiene una mujer a su servicio, que le hace de comer como si estuviesen casadas. (Pêro de Magalhâes de Gândavo)

Tal vez dos amantes femeninas no fueran condenadas en Europa a morir en la hoguera por haber sido sorprendidas involucradas en una relación sexual, como se hacía con los hombres, y apenas se considerara necesario azotarlas en público, pero si dos mujeres utilizaban para su placer algún instrumento que imitara los órganos masculinos, la sanción se agravaba, como quedó documentado en la acusación a la pareja formada por Catalina de Belunza y Mariche, a comienzos del siglo XVI.

Penetrarse entre sí como lo harían un hombre y una mujer, desnudas, en la cama, tocándose y besándose, la una encima del vientre o la panza de la otra, un crimen que habían perpetrado en numerosas y diversas ocasiones. (Fiscal General de San Sebastián)

Emily Dickinson - Susan Gilbert
Era una imagen demasiado perturbadora para la sensibilidad de los contemporáneos. Demostraba que el hombre podía ser sustituido sin demasiado esfuerzo por una mujer en el afecto de otra, a pesar de lo cual era difícil que eso se diera, al menos públicamente, porque la cultura patriarcal reprimía cualquier manifestación sexual entre dos hembras.
Ellas podían ser amigas, comadres, socias, pero se daba por sentado que apenas se les acercara un hombre, se convertirían en enemigas por la atención masculina, que debía ser el centro de sus vidas.
Cuando la escritora norteamericana Emily Dickinson le escribe a mediados del siglo XIX a Susan Gilbert, su cuñada, que ha debido trasladarse a otra ciudad, sobre la posibilidad de que ambas se reúnan, tal como desde hace años lo desean, la eventualidad se vuelve tan improbable, que el texto la describe como algo a lo que ambas renuncian de antemano.

Casi he permanecido un año entero sin ti. (…) Ahora, como pronto te tendré, te sostendré en mis brazos; perdonarás las lágrimas (…). Esas uniones, mi Susie querida, por las cuales dos vidas son una, esta adopción dulce y extraña en donde podemos mirar, y todavía no se admite, ¡cómo puede llenarnos el corazón y hacerlo latir violentamente! (Emily Dickinson: carta a Susan Gilbert), Emil



La sociedad inglesa tiene tradicionalmente fama de restrictiva y conservadora, pero al mismo tolera la existencia de personajes excéntricos, como Eleanor Butler y Sarah Ponsonby, dos damas de la clase alta que decidieron apartarse de sus familias y vivir juntas por cincuenta años, en una pequeña propiedad irlandesa de Llangolen, durante las últimas décadas del siglo XVIII. Gracias a la ayuda de parientes y amigos, armaron un ambiente precioso y anacrónico, evocador del Medioevo, donde recibían la visita de artistas y personalidades no convencionales de la época, como los escritores ingleses Walter Scott, Percy Shelley, William Wordsworth y Lord Byron de Inglaterra, o el príncipe alemán Hermann von Pückler-Muskau.
¿Se las admiraba como precursoras de una liberación de las costumbres que las grandes tendencias políticas no tomaban en cuenta, o se las observaba como especímenes curiosos, bastante ridículos por sus vestiduras? Librarse de los hombres requería de las mujeres disponer de recursos propios, una situación inimaginable para la sociedad de la época. No de otro modo podían recluirse para vivir su sexualidad y dedicarse al estudio y la escritura. La alternativa de llevar una vida similar a la de otras mujeres, quedaba descartada. Butler y Ponsonby gozaron de una fama que atraía también a otras mujeres, como Anne Lister, hija de un rico comerciante.
Ella había mantenido relaciones con compañeras de estudios y su conducta debió ser inaceptable para la familia, porque fue internada en un manicomio. Al heredar una fortuna de una de sus tías, pudo organizar su vida de acuerdo a sus intereses: la Historia de Grecia, los viajes por Europa y el cuidado de sus propiedades. Lister vestía de negro, a diferencia de la moda femenina de la época, participaba en actividades que se consideraban masculinas, y causaba molestias a sus parejas, que se negaban a mostrarse con ella en público. Marianne Belcombe rompió la relación que habían mantenido, cuando la vio vestida de hombre. Desafiar la condena social no entraba en sus planes. En 1834, Lister inició una relación con Anna Walker, una mujer bastante más joven, a la que convirtió en su heredera, después de lograr que un pastor anglicano bendijera su boda.
Lister dedicó buena parte de su vida a la jardinería, la política local (aunque las leyes no le permitieran votar) y la imponente escritura de sus diarios (27 volúmenes) donde describe con detalles su vida sexual… solo que no en inglés, para dejarlos al alcance de cualquiera, sino en una lengua inventada por ella, que utilizaba las alfabeto griego y signos algebraicos, que solo pudo ser descifrada un siglo y medio más tarde.

Tú tendrás cada sonrisa, cada suspiro de ternura. Uno solo serán nuestros intereses, una sola nuestra unión. Y cada deseo que el amor inspira, cada beso, cada sentimiento de encanto, solo me hará más segura y más enteramente tuya. (Anne Lister)