viernes, 23 de junio de 2017

EL ABANDONO DE ARIADNA Y OTRAS MUJERES MÍTICAS


Leda y el cisne (Zeus)
En la mitología griega, los dioses del Olimpo experimentan las mismas pasiones y debilidades que los humanos, sus criaturas (y probablemente sus modelos, como ya sospechaba Hesíodo). La pareja formada por los dioses Hera y Zeus se encuentran y desencuentran en una serie de episodios no exentos de comicidad, por los repetidos adulterios de Zeus y los justificados celos de Hera. Algo similar pasa en la vida conyugal de la pareja del viejo y feo Hefesto y la bella Afrodita, que lo sucesivamente lo engaña con Ares, Anquises y Adonis. La infidelidad, sin embargo, por humillante que resulte para alguna de las partes, no quiebra del todo la relación inicial.
El héroe Jasón arma una pareja tormentosa con la exiliada Medea, a quien deja tras haberle dado un par de hijos, para aprovechar un matrimonio de conveniencia con Glauca, hija del rey de Tebas. La inmortal Selene se enamora del mortal Endimión, y al ser víctima de una maldición, solo puede entrar en contacto con el hombre, cuando él está dormido y sin despertarlo. Logra amar, sin que su pareja sepa que es amado y (menos aún) que dormido responde a ese amor.
Dido y Eneas
Dido es una reina viuda y exiliada, que funda la ciudad de Cartago. De acuerdo a La Eneida de Virgilio, otro exiliado, el troyano Eneas, es el hombre de quien Dido se enamora, a pesar de su decisión previa de consagrarse a la memoria de su marido. Eneas es alguien que no puede permanecer con ella, porque Júpiter le ha encomendado otra misión en otro lugar del Mediterráneo, la fundar la ciudad de Roma. Como no logra detenerlo, Dido se inmola en una hoguera. De nuevo, una mujer capaz de tomar decisiones trascendentales, revela que no es nadie, sin la compañía de un hombre. Perdido su amante, la mujer no tiene otra decisión que morir.

La muerte es ahora una visita / bien recibida. / Cuando yazga en tierra, / mis equivocaciones no deberán crearle / problemas a tu pecho. Recuérdame / pero ¡ay! Olvida mi destino. (Henri Purcell: Dido y Eneas)

Los amores de los dioses y héroes mitológicos no suelen afianzarse mediante un proceso de enamoramiento y compromiso gradual entre ambas partes. Tampoco se extinguen por causa de la rutina conyugal, que desgasta los lazos de afecto que pudo haber entre los seres humanos. Dioses y héroes conciben pasiones desmedidas, repentinas, imposibles de controlar. Cuando arman parejas, incurren también en traiciones, cuyas consecuencias no pasan desapercibidas para sus iguales. No existe nada pequeño en estos destinos. Resultan dignos de ser observados, porque exceden los límites habituales.
Teseo y Ariadna
Teseo goza de privilegios inexplicables desde el momento mismo de su nacimiento. Es hijo de Egeo, Rey de Atenas, que debe pagar un amargo tributo a Minos, Rey de Creta: después de ser derrotado en la guerra. Egeo se ha comprometido a entregar todos los años a siete vírgenes y siete hombres jóvenes, para ser sacrificados al Minotauro, un monstruo de cuerpo humano y cabeza de toro, que es su hijo y habita un laberinto construido especialmente para contenerlo.
Ariadna, hija de Minos, indignada por la bárbara costumbre o (lo más probable) enamorada del extranjero, toma la iniciativa de buscar a Teseo, para compartir con él un secreto que obtuvo de Dédalo, el arquitecto que alzó el laberinto. Si Teseo utiliza el ovillo de hilo que le suministra Ariana para marcar su recorrido y regresar, logrará matar al Minotauro, salvar su vida y la de muchos jóvenes atenienses. Ariadna pone como condición que una vez fuera del edificio, Teseo la lleve con él, para evitar la represalia de Minos y sobre todo, para convertirse en su pareja.
Esa es la imagen de una mujer apasionada: traiciona a los suyos, se convierte en responsable de la muerte de su hermanastro y opta por el exilio, con tal de asegurarse el amor de un hombre al que apenas conoce. Dotada de una inteligencia superior, la utiliza para someterse a su pareja.
En uno de sus juegos intelectuales con los personajes suministrados por la frecuentación de la biblioteca, Jorge Luis Borges atribuye un carácter paradojal (no solo antiheroico, sino ajeno a toda verosimilitud de una relación de pareja) al clímax de esta historia.

-¿Lo creerás, Ariadna? –dijo Teseo- El minotauro apenas se defendió. (Jorge Luis Borges)

¿Por qué se dedicaría un hombre a derribar innecesariamente su propia imagen, delante de una mujer que lo ama y a quien ama? ¿Acaso hubo testigos de su enfrentamiento, capaces de desmentir el desempeño heroico? Teseo puede mentir tanto como quiera, adornar los hechos o hacer lo que se le ocurra con su hazaña. Gran parte del poder que un hombre puede ejercer sobre su pareja femenina, depende de la construcción del mito de la superioridad de él sobre ella en cualquier aspecto: sexual, económico, intelectual. La idea del hombre que voluntariamente devalúa su imagen personal, en el texto de Borges, parece referirse a otra cosa, que no corresponde a la mitología. El Teseo de Borges sabe que a pesar de que todo el mundo crea la otra versión, la más favorable a su fama, delante de su mujer será incapaz de sostenerla.
Ariadna en Naxos
Una vez muerto el Minotauro, los atenienses se apresuran a hundir las naves cretenses que hubieran podido seguirlos y embarcan de regreso a su patria, llevando con ellos a Ariadna y su hermana Fedra. Una tormenta los desvía de su rumbo y llegan en busca de agua potable a la isla de Naxos. Las razones que llevan a Teseo a abandonar en la playa a Ariadna pueden discutirse. De acuerdo a la versión de Hesíodo, ella se encuentra dormida cuando Teseo ordena embarcar a los suyos, dejándola atrás. ¿Nadie se ha dado cuenta de la ausencia de la princesa? Más probable resulta que Teseo quiera librarse de ella, porque está interesado en Fedra.
De acuerdo a otra versión, que trata de exculpar a Teseo, es Ariadna quien se interna por decisión propia en la isla y se duerme donde nadie puede encontrarla. Teseo se ve obligado a embarcar, un viento inesperado lo aleja de la isla y se obligado a abandonarla. ¿No son demasiadas coincidencias para encubrir una ruptura unilateral de la pareja?
Una mujer despechada puede convertirse en un adversario temible, cuando esto sucede en la vida cotidiana. Si bien es fácil dejarla de lado, ¿cómo evitar la respuesta de la víctima? En el mito, Ariadna maldice a Teseo y logra que el rey Egeo se arroje al mar, cuando un descuido de su hijo le hace creer que él ha muerto durante el viaje. Esa desgracia es ambigua, porque por un lado facilita el ascenso de Teseo al trono, y vuelve a resultar sospechosa, porque la unión de Teseo y Fedra no les depara la felicidad, sino el conflicto de la pasión que se despierta entre Fedra e Hipólito, su hijastro.
Al abandonar a Ariadna, tal como le sucede a Jasón cuando abandona a Medea, Teseo asegura su desgracia. El quiebre de la pareja es tolerado por la sociedad del mundo antiguo, que no discute el derecho de los hombres a cambiar de parecer y aburrirse de las mujeres que hasta poco antes los atraían, pero de todos modos resulta desaconsejable, dados los poderes considerables (temibles) de las mujeres.
La hazaña previa de Teseo es admirable, pero tiene un defecto: no existiría de no ser por la estrategia y los instrumentos que suministra Ariadna. Paralelamente, el proyecto de liberación personal de Ariadna es perfecto, pero no puede acometerse sin el aporte de Teseo (o de cualquier otro hombre que cumpla las mismas condiciones: a) demostrar la decisión suficiente para entrar en el laberinto, hallar al Minotauro y matarlo; b) ser tan atractivo como para alentar a Ariadna a enamorarse de él, al punto de convencerla de planear la muerte de su hermano y la humillación y el distanciamiento de su padre).
La mujer que aparece en esta historia es temible, porque planifica acciones que alteran el orden establecido por los hombres, guiada por sus hormonas, en lugar de la ambición o el cálculo político. El hombre, en cambio, no merece la confianza de su pareja, porque no se siente atado a ella por ninguna gratitud. Cuando tal situación se da y es conocida por otros, la mujer se vuelve detestable, sin importar los atractivos que se adviertan en ella.
Ariadna tiene que buscar un Teseo para manifestarse como estratega y hembra, un hombre que podría reemplazar por cualquier otro, mientras que Teseo no puede aceptar que Ariadna lo ate a la fidelidad conyugal, puesto que en su vida puede haber otras, como demuestra su nutrido historial de conquistador. Si ella es fiel, cumple con el mandato que la sociedad ha establecido para todas las mujeres, incluyendo a las diosas. Si él fuera fiel, rebajaría su estatura de héroe.
Ariadna y Dionisos
Los pintores han representado a Ariadna como una bella mujer, pacíficamente dormida, a veces desnuda, a quien su pareja traiciona con su hermana. Mayor desolación es imposible. De la ópera de Claudio Monteverde se conserva solo el aria del Lamento de Ariadna, que corresponde a ese momento en que el abandono es percibido por el personaje. Se encuentra sola, en un territorio que desconoce, ha dejado atrás a su patria, su familia y el amante por el que todo lo sacrificó. Ella es la imagen perfecta del sufrimiento femenino, que se alimenta del aislamiento y la indefensión.
Al alejarse de Creta, Teseo tuvo a su disposición a dos mujeres, y como se trata de un drama antiguo, en lugar del doble juego de la moral burguesa, debió optar por una de ellas, abandonando a su suerte a la otra. No es una solución demasiado honesta, pero traicionar a una mujer traidora, que deshonró a su padre, no parece una falta demasiado grave.
Ariadna tiene a lo largo de su historia la posibilidad de relacionarse con dos hombres, pero en ningún caso le es dado optar por ninguno de ellos: el primero la abandona cuando tiene la oportunidad de hacerlo, y el otro que la encuentra sumido en el duelo, la colma de una pasión que compensa cualquier dolor que la mujer hubiera experimentado.

Dejadme morir / dejadme morir / ¿Esperáis, que me consuele / en un trance tan duro / en un martirio como éste? / Dejadme morir. / (…) ¡Oh Teseo, oh Teseo mío! /  Vuelve a mirar a aquella / Que por ti abandonó su patria y reino / y en esta playa, ahora / presa de fieras despiadadas y crueles / sus huesos dejará. (Strozzi y Monteverdi: L`Arianna)

Las fieras que asustan a Ariadna no resultan ser tan temibles como se anuncian. Forman parte de un cortejo que la protege y homenajea, en el que figuran también músicos y un carro donde llega una figura masculina joven y de inusitada belleza, el dios Dionisos (Baco para los romanos) el dios del vino y la euforia, que enloquece a las mujeres durante las procesiones en su homenaje. Dionisos la invita a viajar en su compañía, la convierte en su esposa y la conduce al cielo de los inmortales. El verdadero amor no tiene por qué ser el primero, como se advierte en este caso, sino aquel que se impone después de haber experimentado el desengaño.

Pasar de Teseo a Dionisos es para Ariadna cuestión de salud y de curación. (Gilles Deleuze)

Hay quien ve en esta transición a todas luces añadida, improbable, el crecimiento emocional de Ariadna. Si alguien sobrelleva el duelo por la pérdida del primer amor, que supuso definitivo, recibe como premio una felicidad perfecta que de otro modo hubiera desconocido. La mujer que toma la iniciativa en sus relaciones amorosas es castigada, por desafiar las normas de su cultura, que espera de ella su sometimiento al varón. La mujer que se entrega al hombre en el que ha logrado despertar una pasión, en cambio, recibe como premio una felicidad ilimitada. La pareja ideal, de acuerdo a la concepción griega, es aquella donde la mujer vive desde muy temprano en pareja, que es fiel porque no le brindan otra alternativa, y que se ha resignado a la subordinación al hombre, mientras el hombre vive en pareja tan solo para engendrar descendencia que lo engrandezca ante el resto de los hombres.

viernes, 7 de abril de 2017

MUJERES QUE PAGAN POR COMPAÑÍA MASCULINA


David Bowie y Kim Novak: Just a Gigolo
Desde que la cultura patriarcal impuso el dominio de los hombres sobre las mujeres, a ellas les fue asignado el rol de permanente objeto del deseo de ellos. Si se las ve, si se las menciona, es porque los hombres las toman en cuenta, no porque se les permita elaborar una imagen propia, ni tener una voz propia. Por eso las mujeres resultan algunas veces fascinantes, lejanas, y otras despreciables, amenazantes o sometidas, mientras los hombres dedican todas sus energías para conquistarlas o eliminar a los rivales con los que compiten en la posesión de esos cuerpos, cuando no se empeñan en hacerles la vida imposible con sus ataques de celos, después de haberlas seducido y pasado a considerar objetos de su exclusiva propiedad.
Apoderarse de las mujeres, convencerlas de entregar sus cuerpos al disfrute unilateral de sus parejas, asegurarse su fidelidad mediante regalos o temor, convencerlas de que si se entregan incondicionalmente a quienes les hacen el favor de fijarse en ellas, van a acceder al mejor de los mundos posibles, son preocupaciones masculinas que parecen no tener equivalencia frecuente en el otro género.
Gloria Swanson y William Holden en Sunset Boulevard
Norma Desmond, la protagonista de Sunset Boulevard (el filme de Billy Wilder) es una madura actriz del cine mudo, que veinte años más tarde ha sido olvidada por el ambiente de Hollywood. Conserva sin embargo las propiedades y el capital que acumuló en otros tiempos, y puede pagar la compañía de un hombre veinte años más joven, mediante un empleo, trajes costosos y objetos de lujo. Esa inversión monetaria la hace esperar una dedicación exclusiva del hombre a su persona.
Cuando advierte que él está por abandonarla, poco importa si por causa de otra mujer o para recuperar su trabajo, ella le dispara en la espalda cuatro balas que terminan con su vida en una piscina, porque una mujer puede ser (si la provocan) tan feroz como suele ser un hombre, cuando no consigue imponer su voluntad.
Richard Gere: American Gigolo
Los hombres se han prostituido a lo largo de toda la Historia, a pesar de lo cual ese oficio tiende a identificarse con las mujeres, como demostración fehaciente de la inferioridad moral de ellas. En la Antigüedad, los hombres que se prostituían eran esclavos jóvenes que carecían de derechos y no podían aspirar a mejor trato. Sus clientes eran otros hombres y prestaban sus servicios en prostíbulos que tanto ofrecían hombres como mujeres al disfrute de su clientela.
Hombres famosos de entonces, como los gladiadores romanos, podían ser solicitados como reproductores calificados por las damas de la clase alta, que no los hubieran aceptado ni conservado como pareja. Solo se traba de suplir las deficiencias de sus maridos, exclusivamente con propósitos prácticas, sin mezcla de afectos más complejos.
En el Japón medieval hubo geishas hombres, que cumplían la misma función de acompañantes, cuando las mujeres todavía no se encargaban de la tarea. Se los denominaba houkan. Desde el siglo XIII, ellos daban consejos de estrategia militar a los señores feudales, durante épocas de guerra. Al llegar la paz, sus principales actividades pasaban a ser las de entretener mediante el recitado de poemas, narración de cuentos eróticos, canto y ejecución de música, propuestas de brindis de sake y una conversación bien informada sobre las artes.
El houkan era un animador de fiestas privadas, un compañero de diversión de otros hombres, que mantenía en todo momento un rol subordinado y complaciente durante su diálogo con los clientes del mismo género. A mediados del siglo XVII, las mujeres llegaron para reemplazarlos, demostrando una destreza muy superior a la de quienes las habían precedido. Los hombres quedaron relegados al rol de meros ayudantes de las geishas.
La tradición del gigoló en Occidente es otra. La palabra comienza a ser empleada en los años `20, como ampliación del término gigolette, que se aplicaba en Francia a la joven bailarina a la que se pagaba por sus servicios de acompañante en una pista de baile.
Catalina de Rusia
Cuando Catalina de Rusia escogía a sus amantes entre los oficiales de la Guardia Imperial, no solo tomaba en cuenta su aspecto físico, sino también su capacidad intelectual para secundarla en la administración de una inmensa nación que ella había llegado a controlar con tanto esfuerzo (como eliminar a su marido mediante una revolución inspirada por ella). En la intimidad, Catalina podía mostrarse dependiente y a la vez autosuficiente, como indica la carta que envía a uno de sus colaboradores:

Estoy sumida en la impaciencia. ¡Oh, mi criatura divina! Si no llegas pronto, te haré buscar por toda la ciudad. (Catalina de Rusia: carta a un amante)

Hombres atractivos como los hermanos Orlov o Grigori Potyomkin, entre otros, fueron sus acompañantes. A diferencia de Elizabeth de Inglaterra, Catalina retribuía generosamente los servicios de quienes la servían; les entregaba títulos de nobleza, grandes extensiones de tierras, siervos, y cuando se cansaba de ellos les encontraba esposas y apoyaba a las familias que ellos formaban. ¿Pagaba Catalina a sus acompañantes masculinos? Más bien, dispensaba sus favores de Emperatriz, consistentes en cargos públicos, tal como hubiera hecho cualquier hombre que estuviera en su envidiable situación.
Elizabeth I
Los favoritos de una mujer  poderosa del pasado, debían ser discretos, para no dejarla en evidencia como una promiscua o una débil de carácter, fácil de influir gracias a las destrezas amatorias de sus parejas. Tampoco les estaba permitido a los hombres ser infieles a la dama, porque al intentarlo arriesgaban sus cabezas, como aprendieron en su tiempo aquellos a quienes Elizabeth de Inglaterra, conocida como la Reina Virgen, concedió el privilegio de acompañarla y luego castigó.
Ella convocaba a su intimidad a aventureros como Robert Dudley, Robert Devereux, John Harrington o Walter Raleigh, que posteriormente eran recompensados con títulos nobiliarios, propiedades y permisos para explorar las riquezas del Nuevo Mundo. Qué pasaba entre ella y sus favoritos, no se sabe. Tal vez nada más que la excitación proporcionada por una vecindad heterosexual a una mujer a quien las razones de Estado le impedía comprometerse con nadie que pudiera perjudicar su actividad política.
En la actualidad, mujeres maduras de los países más desarrollados, pueden buscar (y encontrar sin mayor dificultad) una compañía masculina a su gusto, en países alejados de sus lugares de procedencia. El Caribe, el Mediterráneo, Indonesia, son los destinos más frecuentados por el nuevo turismo sexual. Contratan a jóvenes nativos que se ofrecen como guías turísticos, instructores de baile o acompañantes de alcoba.

Just a gigoló / everywhere I go / people know the part / I´m playing. / Paid for every dance / selling each romance / every night some heart / betraying. (Leonello Casucci e Irving Caesar: Just a gigolo)

A comienzos del siglo XX, el gigoló no pasaba de ser una figura bastante inocente, la pareja masculina disponible para el baile de salón con una dama, actividad que no supone más contacto físico que el que puede ser vigilado por todos los asistentes al lugar. El gigoló era un bailarín profesional, contratado (por lo tanto, pagado) para acompañar a su pareja femenina en la pista de baile de hoteles elegantes, que permitían ese tipo discreto de prestaciones o llegaban a ofrecerlo a sus clientes, como uno más de sus servicios.
Rodolfo Valentino
Rodolfo Valentino, el famoso actor del cine mudo habría desempeñado ese oficio al llegar a New York desde su nativa Italia. A lo largo de su carrera, se especializó en roles románticos, que tarde o temprano incluían alguna escena de baile. Su desempeño como bailarín le abrió las puertas del cine.
Posteriormente, las actividades del acompañante masculino pasaron al ámbito privado, con lo que adquirieron una evidente connotación sexual. Una mujer madura y adinerada, contrata una joven pareja masculina (el gigoló) que con toda seguridad no estaría a su lado, si ella no le pagara por sus servicios. Esta pareja, objeto del escarnio generalizado, proviene de una época en que la imagen complementaria del hombre maduro acompañado por una jovencita, con edad para ser su hija o nieta, despertaba comentarios cómplices y envidiosos de quienes hubieran querido estar en su lugar.
Mae West y Cary Grant
La actriz y dramaturga Mae West, símbolo sexual de los años ´30, continuó exhibiéndose en compañía masculina siempre joven y atlética (primero con diez, luego con veinte, treinta o cuarenta años menos que ella) hasta el momento de su muerte, a los 80 años. Aquello que en un momento podía resultar provocador, con el tiempo llegó a convertirse en caricatura de la hembra devoradora.
Cuando un hombre maduro o anciano se exhibe con una pareja femenina bastante más joven que él, los otros hombres lo envidian, consideran que tiene buen gusto al seleccionar mujeres y demuestra estar sexualmente activo. Cuando una mujer madura se presenta en público, acompañada por un hombre mucho más joven, su imagen suele considerarse patética, reveladora de la incapacidad femenina para percibir el ridículo al que se expone.

lunes, 6 de marzo de 2017

MUJERES QUE AMAN A OTRAS MUJERES (II): LA MODERNIDAD



Karl-Maria Kertbeny
El término homosexualidad apareció en Europa hacia 1869 (fue acuñado por el científico Karl-Maria Kertbeny) por lo que no sería adecuado definir de ese modo a las relaciones de parejas del mismo sexo que ocurrieron en el mundo antiguo. El matrimonio de parejas del mismo sexo comenzó a ser reconocido por las leyes a comienzos del siglo XXI en los Países Bajos, Bélgica, España, Canadá, Sudáfrica, Noruega, Suecia, Portugal. Uno de los temas más conflictivos de este tipo de uniones, es la adopción de hijos. La opinión pública es favorable a una posibilidad como esa, mientras los especialistas no terminan de ponerse de acuerdo.
En 1901, cuando Marcela y Elisa, dos profesoras de una Escuela Normal, se casaron en La Coruña, la segunda adoptó el nombre de Mario para facilitar el rito católico, pero la suplantación no tardó en ser descubierta por la prensa y las dos mujeres debieron huir de España, para establecerse en Argentina. No es que confiaran ser aceptadas tal como eran: solo buscaban un sitio donde no se las conociera.
La sociedad suele oponerse a las relaciones que se apartan de la norma heterosexual, mientras exige de todos sus integrantes un disimulo o represión de los impulsos, que en la actualidad no todos parecen dispuestos a aceptar. El matrimonio o la unión civil, puesto que no puede esperarse la aceptación eclesiástica de parejas del mismo sexo, llegan para brindar una solución parcial a un desafío a las tradiciones que nuestra cultura no termina de digerir.
James Ivory: The Bostonians
En Las Bostonianas, la novela de Henry James publicada en 1886, se describe la duradera y armoniosa relación de dos mujeres solteras, probablemente basada en la experiencia de una hermana del escritor. Una de esas mujeres posee la habilidad (por entonces, inaudita) de hablar en público, mientras la otra está llena de ideas de reforma social que no consigue exponer. Cada una necesita de la otra. Por separado, se encuentran incompletas. Después de la emancipación de los esclavos, durante la Guerra de Secesión, la de las mujeres comienza a ser discutida e incluye (soterrada) las relaciones entre personas del mismo género.
Como es habitual en la obra de James, no hay ninguna descripción sexual que pueda ofender la sensibilidad del lector, y el final es convencional (Verene abandona a su amiga Olive, la militante feminista, por su novio Basil Ransom, un político conservador) pero el subtexto de la relación entre las dos mujeres debía resultar más que evidente para los contemporáneos, porque la denominación “Boston mariage” comenzó a ser utilizada para designar estas relaciones discretas pero inexplicables de convivencia de mujeres, que excluían a los hombres de su vecindad.
Susan B.Anthony y Elizabeth Cady Stanton

No hay poder en el cielo, el infierno o la tierra que pueda separarnos, porque nuestros corazones están eternamente ligados. (Elizabeth Stanton: carta a Susan Anthony)

La feminista norteamericana Susan B. Anthony mantuvo una estrecha relación de trabajo de medio siglo con su asistente Elizabeth Cady Stanton, que fue reconocida y respetada por quienes apoyaron su lucha por los derechos cívicos y reproductivos de las mujeres durante el siglo XIX. La relación era apasionada (ambas compartían los mismos ideales, enfrentaban a los mismos adversarios) pero no necesariamente sexual.

Anthony decía a menudo que Stanton era el cerebro de la asociación; mientras ella misma era simplemente sus manos y pies; pero en verdad las dos mujeres trabajaban maravillosamente juntas, porque Stanton era una maestra de las palabras y podía escribir y hablar a la perfección de cosas que Susan B.Anthony veía, pero no podía expresar por sí misma. (Anna Howard Shaw)

Ruth Benedict


La antropóloga Margaret Mead se casó tres veces, la última con un colega, Gregory Bateson, con quien tuvo una hija. Ruth Benedict era otra antropóloga que se había casado y divorciado. Eso no impidió que Mead y Benedit establecieron una duradera relación sentimental, que les permitió apoyarse en los estudios que realizaron paralelamente sobre las culturas de la Polinesia (Mead) y Nuevo México (Benedict) destacándose en un campo científico del que las mujeres habían sido tradicionalmente excluidas. Esa relación, que no podía exhibirse, dio lugar a un intercambio de cartas que duró hasta la muerte de Benedict.

Pensarás que es tentar a los dioses decir esto, pero yo lo tomo como una garantía de lo que siempre había dudado –la permanencia de la pasión- y es que un simple movimiento de tu cabeza, una inflexión al azar de tu voz, tienen tanto poder hoy como hace cuatro años. (Margaret Mead: carta a Ruth Benedict)

Las escritoras Virginia Woolf y Vita Sackville-West mantuvieron una pareja desigual, no porque cada una de ellas estuviera casada mientras duró la relación, sino porque la primera reprimió la expresión de su sexualidad en los textos que escribió, mientras la segunda no dudó en plantearla.

Yo te extraño aún más de lo que podría haber creído; y estaba preparada para extrañarte mucho. Así que esta carta es apenas una protesta de dolor realmente. Es increíble cuán esencial has llegado a ser para mí. (…) Maldita seas, criatura consentida; y no haré que me ames nada más alejándome, como ahora. Pero, mi querida, yo no puedo ser astuta y reservada contigo: te quiero demasiado para eso. (Cita Sackville-West: carta a Virginia Woolf)

Una Troubridge y Radclyffe Hall
En 1928 aparece la novela El pozo de la soledad de Margarite Radclyffe Hall. El editor la condenó al poco tiempo, como un intento de presentar a los homosexuales como víctimas de una sociedad cruel. Se acusó a la novela de obscenidad, a pesar de que una protagonista de nombre masculino (Stephen) se sacrifica por la felicidad de su amante, a quien conduce a un matrimonio heterosexual. Es más que probable que la historia recogiera experiencias personales de Hall, que había sido conductora de ambulancias durante la Primera Guerra Mundial, en Francia.
En vano, grandes escritores contemporáneos como George Bernard Shaw, H.G.Wells, E.M.Forster, T.S.Eliot y Virginia Woolf intentaron defender a la autora en nombre de la libertad de expresión, antes que por sus valores literarios. Hall había logrado cierta fama como autora de ficciones de inspiración religiosa, que puso en peligro cuando se planteó la escritura de un libro al que atribuía una misión trascendente de agitación social.

Puse mi pluma al servicio de las personas más perseguidas e incomprendidas en el mundo. (…) Por lo que sé, nunca antes se había intentado nada parecido en la ficción. (Radclyffe Hall)

Para muchos, la novela confirma los prejuicios de la opinión dominante sobre las lesbianas, que durante décadas continuaron en la penumbra, como única estrategia que les permitía continuar con su estilo de vida condenada por la mayoría.
Gabriela Mistral y Doris Dana

Cuando tú vuelvas, si es que vuelves, no te vayas en seguida. Yo quiero acabarme contigo y quiero morirme en tus brazos. (Gabriela Mistral: carta a Doris Dana)

La escritora chilena Gabriela Mistral, ganadora del Premio Nobel de Literatura, mantuvo una prolongada relación de ocho años con su joven secretaria norteamericana, Doris Dana, a quien convirtió en su heredera. Durante medio siglo, se prefirió no mencionar en público el carácter de esa relación, que ocurría en el extranjero, fuera del escrutinio de parientes, amistades e intrusos. Dana preservó las cartas de su pareja (aunque no aceptó que todas fueran microfilmadas por los investigadores) y sus propios herederos mantuvieron el silencio hasta varios años después de su muerte.
Marguerite Yourcenar
La escritora francesa Marguerite Yourcenar no confesó que su relación de cuatro décadas con la profesora Grace Frick, fuera la de una pareja de mujeres, en la que no hacía falta la participación de ningún hombre. En la comunidad africana de Lesotho, las mujeres pueden establecer relaciones durables que son aceptadas por la sociedad, tal como en el norte del Congo los guerreros solían casarse con jóvenes del mismo sexo que cumplen funciones de esposas.
En los países islámicos, relaciones de ese tipo son castigadas con la cárcel o la muerte en la actualidad, aunque hubo mayor tolerancia en el pasado. La eventualidad de que una mujer se sienta atraída por la idea de formar una pareja estable con alguien del mismo género, pone en crisis la hipótesis milenaria de que el objetivo fundamental de las parejas debe ser la procreación.
Anne Heche, una actriz de Hollywood que se encontraba en pleno romance con otra actriz, Ellen Degeneres, a comienzos del siglo XX, pudo hacer una declaración pública conmovedora (o rimbombante, si los hechos la desmentían a continuación, como sucedió) sin ser sometida por eso al escarnio público.

Estoy enamorada de una mujer. La fama no es la cosa más importante en mi vida. Si ustedes me dicen que voy a perder la fama por estar enamorada, yo digo que el amor es lo más importante. Se me reconoce por ser una estrella de cine, pero no tengo amor en mi vida, ¿de qué sirve todo eso? (Anne Heche)

Portia de Rossi y Ellen Degeneres
¿Habrá que mencionar que un par de años más tarde, Heche parece haber cerrado ese capítulo de su vida, para abrir otro, sin muchas conexiones con el anterior, donde interpreta el rol de feliz esposa heterosexual y madre? Para la prensa de espectáculos, la intimidad real o presunta de las figuras más notorias es la materia fundamental de su discurso ilusionista. ¿Qué harían esos personajes, qué dejan de hacer, cuando se supone que no lo muestran a sus admiradores? Levantar la barrera que suele haberse erigido entre lo público y lo privado, es lo más atractivo que puede haber para los consumidores de noticias que se confunden con la ficción, y de ficciones que se aceptan sin suficiente atención, como si fueran reales.

Estuvimos juntas durante cuatro años completos antes de casarnos, pero el momento en que dijimos “sí, quiero”, el momento en que nos pusimos de pie delante de nuestros padres y amigos, y nos comprometimos la una con la otra, nuestra relación cambió. Yo no creo que la gente entienda lo importante que es esa pequeña ceremonia y lo que en realidad le hace a la gente. (Portia de Rossi: refiriéndose a su matrimonio con Ellen Degeneres)

Madonna y Cristina Aguilera
Coquetear con otras mujeres se convierte en una forma de atraer el interés de la audiencia masiva. Durante una entrega de premios del 2003, Madonna, Cristina Aguilera y Britney Spears se besan para delicia y escándalo de millones de espectadores de todo el planeta. Cantantes como Miley Cyrus o Kathy Perry mencionan en la letra de sus canciones haber tenido relaciones con mujeres, pero nada parece confirmarlo en la vida real.
Los desfiles de modas recurren al llamado lesbian chic para renovar un repertorio de recursos que parece haberse agotado tras una temporada o dos. No se trata de opciones de vida que comprometan a nadie. Son looks, que se adoptan un día, causan sensación durante una breve temporada y luego se abandonan, para ser reemplazados por otros, no menos circunstanciales.